Cruising

Mucho cuero caliente

Por Emiliano Fernández

William Friedkin ya había demostrado en Los Chicos de la Banda (The Boys in the Band, 1970), escrita por Mart Crowley a partir de su puesta teatral homónima de 1968 del Off-Broadway, que para él los homosexuales son la misma mierda que los heterosexuales y que todas las posibles diferencias superficiales terminan enterradas ante los idénticos problemas de siempre como la ansiedad, la frustración, los anhelos incumplidos, la mega soberbia, la malicia, los delirios paranoicos, el temor, los secretos dolorosos, la envidia y los círculos viciosos de la vida en general, esos que nos arrastran a compulsiones que podemos disfrutar o padecer o un poco de ambas opciones. La película, una de las primeras norteamericanas en analizar y complejizar a la comunidad gay, estaba dividida en una primera mitad de tono light o más o menos jocoso y sustentada en la repetición de estereotipos denigratorios -casi siempre subrayando que el maricón es una mujer caricaturizada que odia a las mujeres- y una segunda parte que derivaba en un melodrama histérico de humillaciones en secuencia símil ¿Quién le Teme a Virginia Woolf? (Who’s Afraid of Virginia Woolf?, 1966), de Mike Nichols, ya terminando de categorizar a los homosexuales bajo los mismos criterios del resto de la sociedad, hablamos de los individuos tranquilos y los sádicos, los frenéticos y los remilgados, los activos y los pasivos, los asumidos y los otros negados, los jocosos y los serios petulantes, aquellos que celebran su idiosincrasia y esos que la perciben como una condena, etc. Cruising (1980), estrenada justo una década después, no sólo reproduce buena parte de los clichés interpretativos sociales, a sabiendas de que en gran medida se condicen con la realidad mundana o por lo menos sirven para describirla, sino que los amplía, ahora aseverando que podemos separar a los normales de los psicópatas, nuevamente según los idénticos conceptos que se utilizan para cualquier comunidad del planeta sin que importe demasiado su condición sexual en una especie de emparejamiento hacia abajo que nos habla de la capacidad de daño de todos los seres humanos por más que sean discriminados por esto o aquello o decidan formar guetos separados del resto del vulgo como medida de protección, precisamente a lo que apunta el título de manera irónica, “cruising”, término que sirve para designar tanto el patrullaje policial, fuente de verdugueo constante hacia el gay tracción a homofobia, como la búsqueda de encuentros sexuales furtivos a partir de un código homosexual propio alejado de los aburridos rituales tradicionales de apareo y cerca de la celeridad amatoria clandestina, una que va directo al grano sin sonseras femeninas.

 

Friedkin, para este punto de su carrera, ya había demostrado que su rango artístico era muy amplio y su producción generosamente errática, pensemos que había entregado maravillas como la citada Los Chicos de la Banda, Contacto en Francia (The French Connection, 1971), El Exorcista (The Exorcist, 1973) y Sorcerer (1977), propuestas bien olvidables en sintonía con Fiesta de Cumpleaños (The Birthday Party, 1968), Los Alegres Veintes (The Night They Raided Minsky’s, 1968) e ¿Y Dónde Está el Ladrón? (The Brink’s Job, 1978) y algún que otro bodrio como su ópera prima por encargo con Sonny Bono y Cher, Buenos Tiempos (Good Times, 1967), dejando muy al descubierto que su registro retórico favorito podría resumirse como un realismo profundamente sensacionalista, “realismo” porque la mayoría de sus obras -y las del Nuevo Hollywood en general- estaban abocadas a retratar el costado más mugriento de la modernidad metropolitana que en términos prácticos no pudo verse en el cine mainstream previo a la década del 60, algo que por supuesto tiene que ver con la revolución cultural del hippismo primero y el nihilismo setentoso polirubro después, y “sensacionalista” debido a que el señor arrastra desde siempre un fetiche con el hecho de regodearse en la inmundicia aunque no como rasgo anómalo del ser humano, desde una hipotética perspectiva burguesa de utopía de perfección reluciente que se opone a las “aberraciones”, sino considerando a la miseria, barrabasadas y atropellos cotidianos como ingredientes del estado natural de los bípedos y su maquiavelismo, lacras que siempre terminan moviéndose de a poco hacia la idea de controlar al prójimo y servirse de él para los caprichos de sometimiento de turno. Cruising, que podría haber sido uno de los tantos protoslashers desechables del período, se transforma en simultáneo en un retrato de la algarabía sexual previa a la aparición del SIDA, del apego hacia las orgías sadomasoquistas del grupillo más extremo del cónclave gay, de la marginalidad suburbana que todavía no fue devorada por la gentrificación, de la incompetencia de siempre de la policía en materia de arrestar a criminales en serio y evitar acosar a inocentes, de las tensiones que ocultan las parejas heterosexuales tradicionales cuando la tentación de infidelidad se asoma en el horizonte, de la peligrosidad de un mundo contemporáneo repleto de loquitos exaltados que no entienden razones y finalmente de ese juego de las identidades trastocadas que puede llevar al cazador de esquizofrénicos a convertirse en un esquizofrénico de tanto seguirle el rastro a la presa y emular todos sus movimientos, negando los propios a puro mimetismo.

 

La realización casi ni historia tiene porque a Friedkin no le interesaba demasiado la novela original del mismo título de 1970 de Gerald Walker y en todo caso orientó la película hacia un retrato de la subcultura nocturna homosexual del cuero caliente de aquella Nueva York de fines de los 70, bebiendo en especial de una serie de homicidios sin resolver en los boliches y bares gay de la época, que fueron cubiertos por un artículo de The Village Voice del periodista Arthur Bell, y de la experiencia de tres sujetos reales que inspiraron diversos aspectos de Cruising y funcionaron como asesores creativos, primero Randy Jurgensen, un oficial de policía que se infiltró en el circuito gay de la Gran Manzana -para detener a dos supuestos asesinos que se hacían pasar por uniformados para matar impunemente- y fuente directa para el modelado del protagonista, Steve Burns (Al Pacino), segundo Paul Bateson, actor de El Exorcista, homicida condenado del reportero Addison Verrill y otro sospechoso en la retahíla de crímenes neoyorquinos mencionados, y tercero Sonny Grosso, inspiración de aquel Buddy Russo (Roy Scheider) de Contacto en Francia y un detective que colaboró en la creación de otros clásicos del film noir del período como El Padrino (The Godfather, 1972), de Francis Ford Coppola, y El Escuadrón Implacable (The Seven-Ups, 1973), de Philip D’Antoni. Luego del hallazgo de partes humanas flotando en el Río Hudson y del apuñalamiento de un actor y de un profesor universitario, ambos asiduos de la escena gay y habiendo tenido sexo con un hombre estéril por el nulo volumen de espermatozoides en su semen, el Capitán Edelson (Paul Sorvino) elige y envía como agente encubierto a Burns, un heterosexual pudoroso, dentro del ambiente sadomasoquista citadino en una operación que lo lleva a perder el interés por su novia, Nancy (Karen Allen), y a evidentemente sentirse muy atraído hacia su vecino de su flamante departamento, Ted Bailey (Don Scardino), un dramaturgo homosexual que vive peleándose con su pareja, el bailarín Gregory Milanese (James Remar), sobre quién debería trabajar y quién consagrarse a su verdadera pasión. Los homicidios continúan, uno en un parque público y el otro en una cabina pornográfica en la que el psicópata deja una huella dactilar en una moneda, y Steve comienza a sospechar de un tal Skip Lee (Jay Acovone) que trabaja en un restaurant y parece algo tenebroso pero es inocente, a quien los cerdos identifican gracias a un travesti informante llamado DaVinci (Gene Davis), el cual sufrió el acoso de un uniformado casado con hijos y abandonado por su esposa, DiSimone (Joe Spinell), un trolazo no asumido que se hace practicar sexo oral.

 

Lejos de toda corrección política, eufemismo o sutileza retórica, Friedkin en su guión de Cruising se lanza de cabeza en la pileta del exploitation disfrazado de cine documentalista seco y en muchas ocasiones construye lo que desde su punto de vista -inconformista y fascinante aunque siempre derechoso y bombástico- debe haber sido interpretado como una montaña rusa por el adorable y colorido mundo de los putos de mierda que le escapan al sustrato mariquita burgués y adoran envaselinarse el puño para romper unos lindos culos, algo que deja en claro con los travellings incesantes en torno a los súper exagerados clubes nocturnos sadomasoquistas neoyorquinos que vemos en pantalla, cual paneo por el infierno del deseo sin frenos, y con la misma estrategia de presentar al film ante la Motion Picture Association con 40 minutos de metraje adicional, lleno de rituales eróticos homosexuales, para el escándalo de los mojigatos de la época con el objetivo manifiesto de que se quejen, tener que cortar de inmediato y garantizarse así que la película originalmente planeada reciba una calificación lo suficientemente baja como para hacerla estrenable en salas del circuito de distribución habitual, pasando de la categoría primigenia, X- “no se admiten menores de 17 años”, a la subsiguiente, R- “se admiten menores con la compañía de un adulto”. Así como el realizador en Los Chicos de la Banda equiparó las tribulaciones entre heteros y homos mientras apuntalaba desde lo burdo muchos clichés del ecosistema gay, en Cruising termina de construir los latiguillos visuales del ámbito del cuero y de las tachas pero sin poder camuflar su sutil y contradictoria repugnancia hipnótica ante lo mostrado, pensemos en la uniformidad estética, actitudinal e ideológica de los secundarios de la genitalidad underground y en la persistente noción de la “doble vida” de los maricones y los mismos sospechosos de los asesinatos, tanto el proletario Skip Lee, camarero de día y drogón feroz de noche que termina brutalizado por los esbirros de Edelson para el espanto de un Burns naif que parece que no se esperaba las palizas psicológicas y físicas de sus compañeros de la policía, como el posterior y culpable definitivo Stuart Richards (Richard Cox), depredador nocturno y estudiante veinteañero esquizofrénico de buen pasar de día que prepara su tesis sobre el teatro musical estadounidense y le escribe cartas a su padre, John L. Richards, y habla de él regularmente a pesar del detallito de que lleva diez años muerto en medio de una relación incestuosa misteriosa que derivó en una cruzada homicida sin motivos claros, quizás por desaprobación familiar o represión culposa ante lo lascivo o frente a la seducción que ejercen los testículos y el pene. El propio Steve es utilizado de manera solapada para señalar la peligrosidad y corrupción hollywoodense caricaturesca del ámbito sexual gay porque sus encuentros con Nancy son románticos y apacibles en un inicio aunque a medida que el relato homologa al sexo anal con el acuchillamiento en sí el protagonista se vuelve más distante y violento, planteo representado también por la patética operación para arrestar in fraganti a Skip Lee, con los agentes entrando apresuradamente en la habitación en cuestión porque los micrófonos funcionan muy mal y sin que el supuesto asesino en serie haya atacado a un Burns boca abajo en la cama que pidió que lo aten, y por el enfrentamiento del final entre Richards y el policía encubierto en otro contexto de coito perverso y muy en línea con la pulsión de muerte, cuando Steve apuñala a Stuart antes de que él lo apuñale primero. La frialdad y la vulnerabilidad de Pacino, no por técnica actoral prodigiosa sino por lo mal que la pasó durante el rodaje por las protestas frecuentes de los imbéciles de los grupitos progays que prejuzgaron a la compleja epopeya que nos ocupa y pretendieron sabotear la filmación a nivel cotidiano, calzan perfecto en el esquema del exponente ambicioso de clase media que desea trepar en su trabajo y duda de su sexualidad una vez que es blanco de las múltiples tentaciones de la exuberancia de la otra orilla del devenir libidinoso, por ello su posible reconversión en psicópata depredador del desenlace, uno en verdad magistral porque Bailey -el objeto prohibido del deseo por mandato social mayoritario- aparece muerto y la hueca de Nancy se prueba desde la banalidad femenina la gorra, campera y anteojos espejados del oficial, termina de ratificar el carácter marginal y arriesgado detrás de la homosexualidad en tiempos en los que la principal herramienta de lucha contra la discriminación era de hecho asumir la categoría delictiva asignada desde el exterior y empezar a canibalizar a los colegas cual emparejamiento con cualquier otro colectivo comunal y sus pugnas de poder internas, aquí asimismo metamorfoseadas en el sustrato salvaje del sexo y las típicas dificultades para convivir con el prójimo -en la pareja, el trabajo o la coyuntura que sea- sin eventualmente sacar a ventilar las ganas de matarlo, todos conceptos y recursos ya presentes en Los Chicos de la Banda al punto de que aquel chapero circunstancial de antaño, Cowboy Tex (Robert La Tourneaux), ahora muta en un negro pijudo al servicio de los interrogatorios de la ley y dispuesto a trabajar el recto que resulte conveniente (David Winnie Hayes). Más allá del ardid de que en verdad son varios los actores que representan al asesino para que quede bien en claro que los reduccionismos institucionales, léase la hipótesis del chiflado siempre solitario, casi nunca responden a la praxis prosaica y su eterna fragmentación, aquí Friedkin por un lado denuncia la hipocresía burguesa en la que vivirá a futuro el personaje de Pacino, convertido en el remate en otro gay de clóset que se refugia en una hembra anodina para sentirse “curado” aunque llevando una existencia freak paralela como el DiSimone del querido Spinell, y por el otro lado no idealiza para nada a los homosexuales ni a las sectas sadomasoquista o travesti, recordemos a DaVinci buchoneando a otros trolos, sino que los explota como un producto más que puede ser filtrado, empaquetado y vendido contra su voluntad como la vanguardia punk, los atuendos negros brillosos, ese look corporal de adonis con músculos inflados y el revelador lenguaje de pañuelos de colores para comunicar intenciones de cópula como una mamada o una gratificante lluvia dorada o simplemente que se es un taxi boy o un consumidor del sexo pago. Al mismo tiempo homofóbica tontuela y defensora del trasfondo terrorista de la homosexualidad que se opone a los modos de vida siempre lavados y castrados ponderados por el Estado y los oligofrénicos que reproducen su prédica, Cruising es una de esas rarezas absolutas del mainstream que sitúa al acoso placentero, extasiado o morboso como un fin en sí mismo que responde a la enajenación social general y exacerba la cosificación del otro al extremo de considerarlo esclavo de nuestro parecer, amén de poner al descubierto la mugre del aparato represivo metropolitano tanto en lo que hace a su gustito por los travestis como en lo que atañe a su inoperancia y corporativismo, recordemos el hostigamiento del comienzo de DiSimone y su compañero, Desher (Mike Starr), sobre DaVinci y un amigo (Robert Pope) y el reconocimiento del desenlace de DiSimone, ante el cadáver de Bailey, por parte de un Edelson que sabe del asunto y no hace nada para castigar al uniformado…

 

Cruising (Estados Unidos/ República Federal de Alemania, 1980)

Dirección y Guión: William Friedkin. Elenco: Al Pacino, Paul Sorvino, Karen Allen, Richard Cox, Don Scardino, Joe Spinell, Gene Davis, Jay Acovone, James Remar, Mike Starr. Producción: Jerry Weintraub. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 10