Los primeros versos de TV Movie en la voz de Jarvis Cocker, una extraordinaria canción de Pulp perteneciente a su obra maestra discográfica This Is Hardcore (1998), sintetizan muy bien y en clave de metáfora romántica la concepción que la enorme mayoría de los cinéfilos tuvo, tiene y tendrá de las películas hechas para televisión, “sin ti mi vida se ha convertido en una resaca sin fin/ una película hecha para TV: malos diálogos, malas actuaciones, sin interés, demasiado larga y sin historia ni sexo”. Si bien en nuestros patéticos días dicha descripción asimismo le calza a la enorme mayoría del mainstream uniforme planetario que continúa estrenándose en salas tradicionales, lo cierto es que ello se debe a que el séptimo arte viene copiando desde las décadas del 80 y 90 el tono infantilizado, reduccionista, pacato y lavacerebros de la “caja boba”, a lo que se suma el traspaso de la antorcha de la banalidad insistente desde la televisión al streaming aunque más o menos respetando esta pauperización cualitativa promedio con alguna que otra excepción que se explica por la adquisición para la distribución hogareña de films ya finiquitados y/ o por una copia literal de los esquemas cinematográficos de producción para acoplar todo a la prolijidad y el detallismo de la gran pantalla en su acepción norteamericana globalizada. Por supuesto que hubo una época en la que esto no era así y fue sobre todo durante el apogeo del Nuevo Hollywood de la década del 70 en tanto catarata de realizaciones adultas financiadas por el mainstream, gloriosa etapa en la que la libertad y la efervescencia creativa de la época lograron filtrarse hacia la televisión al punto de que el período condensa las contadas “TV movies” que quedaron enquistadas en la memoria cinéfila de los espectadores ya entrados en años, obras que se sostienen por peso propio y superan por mucho todo lo realizado a posteriori en el campo específico del formato de las propuestas de unos 70 minutos aprox. orientadas a ser emitidas con publicidad hasta llegar a la hora y media de duración al aire.
Indudablemente en la comarca del terror, una de las más fértiles de aquel instante, la “santa trilogía” es aquella compuesta por Bad Ronald (1974), de Buzz Kulik, Don’t Be Afraid of the Dark (1973), de John Newland, y Duel (1971), de Steven Spielberg, aunque también existen otros trabajos atendibles como por ejemplo Crowhaven Farm (1970), de Walter Grauman, Gargoyles (1972), de Bill Norton, Dying Room Only (1973), de Philip Leacock, Winter Kill (1974), de Jud Taylor, la ya algo tardía Dark Night of the Scarecrow (1981), de Frank De Felitta, y el célebre díptico de Darren McGavin como el periodista Carl Kolchak, léase The Night Stalker (1972), de John Llewellyn Moxey, y The Night Strangler (1973), de Dan Curtis, a su vez catalizadoras de la serie Kolchak: The Night Stalker (1974-1975), esa creada por Jeffrey Grant Rice para la ABC, amén de films televisivos de otros géneros que también han sabido penetrar en el inconsciente cinéfilo en sintonía con The Brotherhood of the Bell (1970), de Paul Wendkos, Brian’s Song (1971), otra de Kulik, The Longest Night (1972), de Jack Smight, That Certain Summer (1972) y The Execution of Private Slovik (1974), ambas de Lamont Johnson, The Missiles of October (1974), opus de Anthony Page, Planet Earth (1974), de Marc Daniels, y The Boy in the Plastic Bubble (1976), de Randal Kleiser y con John Travolta. Ronald Wilby (Scott Jacoby) es un adolescente que vive con su madre sobreprotectora, la divorciada Elaine (Kim Hunter), y termina encerrado oculto en el baño de la casona familiar luego de matar por accidente a una mocosa que se burló de él, Carol (Angela Hoffman), hermana de su utópico interés romántico, la muy soberbia Laurie (Shelley Spurlock), y niña que enterró sin darse cuenta de que ello lo incriminaba aún más. Elaine muere durante una cirugía de vesícula biliar y deja solo a un Ronald fugitivo de la ley que enloquece al punto de obsesionarse con la hija menor de la familia que compra el hogar, Babs (Cindy Fisher), hermana de Althea (Cindy Eilbacher) y Ellen (Lisa Eilbacher).
El guión del debutante Andrew Peter Marin, basado en la novela de 1973 de John Holbrook Vance, es todo lo ágil y servicial que uno podría esperar de una faena de apenas 74 minutos donde no hay tiempo para mucho desarrollo de personajes porque éstos deben hablar y autodefinirse por sus acciones y reacciones, así Wilby se nos aparece como un púber inepto a escala vincular y amorosa que termina atrapado en una pesadilla fortuita con mucho de discriminación/ estigmatización social a cuestas ya que son el bullying y el basureo frontal de los otros críos los que desencadenan el óbito de Carol y la tendencia del muchacho a replegarse en un mundo de fantasía sustentado en dibujos de un reino, bautizado Atranta, que es gobernado por él mismo, bajo el álter ego del Príncipe Norbert, con una compañera que pronto es homologada a la pobre Babs, llamada Princesa Fanseta, esquema que incluye a villanos que quieren destruir la felicidad de la pareja, no precisamente los padres de las tres hermanas (Pippa Scott y Dabney Coleman) sino el novio de Ellen, Duane (Ted Eccles), nada menos que el hermano de la occisa y Laurie, y una hilarante vecina que responde al nombre de Señora Schumacher (Linda Watkins), una mega metiche que desde el principio sospecha que Ronald evadió a la policía, ésta en pantalla representada por el incompetente Sargento Lynch (John Larch), ocultándose en la residencia, mujer que de hecho fallece de un infarto cuando ve al adolescente mugroso y hambriento robar comida de la heladera. La premisa de base, esta del “huésped indeseado” que resultaría muy influyente a futuro en los thrillers de invasión de hogar aunque no tan utilizada de manera explícita debido a que es en verdad espeluznante para el burgués estándar, reclama que uno como espectador deje de lado el detalle de que durante la venta de la casa los compradores podrían haber descubierto fácilmente el baño tapiado/ camuflado mediante los planos de la casa, así como la trampilla en la despensa, no obstante la suspensión de la incredulidad nos paga con mucho suspenso.
A diferencia de reinterpretaciones futuras de la idea central, como aquellas de las mundanas Mientras Duermes (2011), de Jaume Balagueró, y El Habitante Incierto (2004), de Guillem Morales, las sobrenaturales Secretos Ocultos (Marrowbone, 2017), de Sergio G. Sánchez, y Los Otros (The Others, 2001), del chileno Alejandro Amenábar, y/ o las estrambóticas La Gente Detrás de las Paredes (The People Under the Stairs, 1991), de Wes Craven, y Flores en el Ático (Flowers in the Attic, 1987), film de Jeffrey Bloom, Bad Ronald, convite de la prolífica ABC que después tendría una insólita remake francesa que no vio nadie, Méchant Garçon (1992), de Charles Gassot, y una también anglosajona aunque jamás reconocida del todo y adornada con un muñeco diabólico del montón, The Boy (2016), de William Brent Bell, responde completamente al nihilismo tragicómico de los 70 y por ello deja de lado los devaneos existenciales de las realizaciones citadas y se concentra en cambio en el patetismo bien prosaico del protagonista, sus sueños truncos de estudiar medicina, su incapacidad a la hora de hablar con el sexo opuesto, el acoso tácito permanente de las instituciones públicas, esa soledad fatalista que lo lleva a la condición de ermitaño o cuasi anacoreta, su talento abiertamente desperdiciado como dibujante y su costumbre de hacer agujeros en las paredes -la arquitectura yanqui constituye un canto a la precariedad de la madera- para espiar a las deliciosas ninfas que andan correteando por ahí sin saber que son presas de ojos tórridos. Kulik, un veterano que empezó a trabajar en la TV en los 50 y se lo recuerda además por el western Villa Rides (1968) y la comedia criminal Shamus (1973), exprime con inteligencia el maravilloso desempeño de Jacoby, actor que venía de participar en The Anderson Tapes (1971), de Sidney Lumet, y pronto saltaría a The Little Girl Who Lives Down the Lane (1976), de Nicolas Gessner, su último trabajo memorable aunque este Ronald rankea en punta como lo mejor de su trayectoria ya que combina el Complejo de Edipo, las fijaciones eróticas homicidas y el voyeurismo de Norman Bates (Anthony Perkins) de Psycho (1960), de Alfred Hitchcock, con la reclusión deshumanizadora de la malograda Ana Frank (1929-1945) y la metáfora pictórica símil símbolo del decadentismo moral del protagonista de El Retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray, 1890), de Oscar Wilde. El desenlace, apuntalado en el doble secuestro de Babs y Duane, el descubrimiento de una mirilla por parte de Althea y la destrucción repentina de la pared a instancias de un Wilby enloquecido que colapsa a nivel psicológico y grita por su madre, es uno de los remates más tenebrosos e histéricos del entramado audiovisual de su época y otra excelente excusa para seguir pensando a la situación de fondo desde sus dos caras, la burguesa clásica del que entra en pánico porque se violenta la inviolabilidad del domicilio y la otra, una marginal o quizás humana ya más general, de unos muros que pueden proteger del exterior aunque asimismo encierran y tienden a la paranoia, la alienación y a los delirios más estrafalarios posibles…
Bad Ronald (Estados Unidos, 1974)
Dirección: Buzz Kulik. Guión: Andrew Peter Marin. Elenco: Scott Jacoby, Pippa Scott, John Larch, Dabney Coleman, Kim Hunter, Linda Watkins, Cindy Fisher, Cindy Eilbacher, Lisa Eilbacher, Ted Eccles. Producción: Philip Capice. Duración: 74 minutos.