El Contador de Cartas (The Card Counter)

Mutilaciones frecuentes

Por Emiliano Fernández

La carrera del genial Paul Schrader está dividida entre por un lado su pata de guionista para terceros, vertiente que abarca películas maravillosas como Yakuza (The Yakuza, 1974), de Sydney Pollack, Obsesión (Obsession, 1976), de Brian De Palma, Tormenta Arrolladora (Rolling Thunder, 1977), de John Flynn, La Costa Mosquito (The Mosquito Coast, 1986), de Peter Weir, City Hall (1996), de Harold Becker, y sus recordadas colaboraciones con Martin Scorsese, léase Taxi Driver (1976), Toro Salvaje (Raging Bull, 1980), La Última Tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) y Vidas al Límite (Bringing Out the Dead, 1999), y por el otro lado el cúmulo de sus heterogéneos trabajos como director, en la gran mayoría de los casos también haciéndose cargo del guión dentro de un espectro cualitativo muy variado y ciclotímico que va desde la excelencia de Blue Collar (1978), Hardcore (1979), Mishima (Mishima: A Life in Four Chapters, 1985), Traficantes (Light Sleeper, 1992), Días de Furia (Affliction, 1997), Auto Focus (2002) y El Reverendo (First Reformed, 2017), pasa por el buen nivel general de Gigoló Americano (American Gigolo, 1980), La Marca de la Pantera (Cat People, 1982), Luz del Día (Light of Day, 1987), Patty Hearst (1988), El Placer de los Extraños (The Comfort of Strangers, 1990) y Adam: Memorias de una Guerra (Adam Resurrected, 2008), y finaliza en las ya problemáticas o fallidas Ilusiones Satánicas (Witch Hunt, 1994), El Toque (Touch, 1997), Marcado por la Venganza (Forever Mine, 1999), Dominion: Precuela del Exorcista (Dominion: Prequel to the Exorcist, 2005), The Walker (2007), The Canyons (2013), La Muerte de la Luz (Dying of the Light, 2014), luego rebautizada Dark en ocasión del corte del director del 2017, y Como Perros Salvajes (Dog Eat Dog, 2016). Estos desniveles permanentes de Schrader como creador -especialmente en su faceta de realizador- tienen que ver con su semblante explosivo, su idiosincrasia eternamente experimental y cierta mala suerte en lo que respecta a los productores y actores con los que le tocó trabajar, unos cuantos de ellos ubicándose en serio en las antípodas ideológicas del impetuoso y ultra pasional cineasta estadounidense.

 

Honestamente Schrader es el único autor perteneciente a aquella gloriosa generación del Nuevo Hollywood de la década del 70 que se mantiene en movimiento a través de un ritmo laboral frenético ya muy entrado el nuevo milenio, algo que nos habla de su apego hacia el séptimo arte y su evidente necesidad cuasi visceral de pelearle a la mediocridad de buena parte del mainstream y el indie de hoy en día, cuyos públicos y crítica criados en la idiotez lobotomizante de los géneros duros tienden a malinterpretar las realizaciones del amigo Paul como si fueran intentos de cine popular tradicional hollywoodense cuando en verdad son exponentes hiper inconformistas de la comarca underground, la mayoría de ellos encarados con estrellas afamadas aunque sin que la movida -enmarcada en la necesidad de facilitar la distribución comercial planetaria- implique algún tipo de concesión en materia artística o discursiva, de allí las batallas que el señor suele afrontar contra los productores, como decíamos con anterioridad. La extraordinaria El Reverendo lo había vuelto a situar en el centro del candelero internacional de la mano de un guión muy astuto y una magnífica interpretación de Ethan Hawke, plenitud que se confirma en El Contador de Cartas (The Card Counter, 2021), otra exploración admirable de Schrader en el alma de un personaje complejo y afligido que en esta ocasión incluye un fuerte componente sadomasoquista porque a las tribulaciones de esa pasividad abúlica o paranoica de siempre ahora se suma el rol de torturador activo de nuestro adalid de las ambigüedades morales, William Tell (Oscar Isaac), dentro del marco histórico del suplicio y el abuso sistemático de cautivos en 2003 en la prisión de Abu Ghraib, en Irak, por parte de toda la milicia estadounidense, la CIA y mercenarios/ contratistas privados durante la ocupación norteamericana del país entre 2003 y 2011 bajo el pretexto de buscar inexistentes armas de destrucción masiva, una movida bastante burda para enriquecer las arcas petroleras yanquis y aceitar la industria bélica en aquel execrable gobierno de George W. Bush y sus secuaces principales Donald Rumsfeld y Dick Cheney, recargados de hipocresía vía los atentados del 11 de septiembre del 2001.

 

Tell fue uno de los pocos soldados yanquis que fueron juzgados por las torturas en Abu Ghraib, política impuesta desde unas cúpulas que se autogarantizaron impunidad absoluta a escala de los mandos medios y altos, por ello pasó ocho años en una cárcel militar puliendo de manera maniática su habilidad con las manos y las cartas de póker y desarrollando un sistema de juego basado en la matemática, el índice de probabilidades y la retención en la memoria de los naipes sobre la mesa y los restantes en la baraja. Al salir en libertad se convierte en un jugador de bajo perfil que pudiendo hacerse rico decide en cambio apostar poco y ganar poco para poder mantenerse en movimiento a lo largo de Estados Unidos sin ser detectado por los casinos y por consiguiente expulsado de sus instalaciones ya que por una vez el apostador/ jugador sabe cómo volcar a su favor esa ventaja que siempre conserva la sala de juegos para sí. El anonimato y la soledad de William cambian drásticamente cuando conoce primero a La Linda (Tiffany Haddish), una afroamericana que responde a inversores en las sombras que financian a un grupo de jugadores expertos llevándose parte de sus ganancias, mujer que pretende reclutarlo para participar en un campeonato mundial de póker que ofrece suculentas recompensas monetarias, y luego a Cirk (Tye Sheridan), un muchacho que está obsesionado con secuestrar, torturar y asesinar al que juzga como el responsable de la destrucción de su parentela, John Gordo (Willem Dafoe), un contratista privado que sirvió como director tácito de Abu Ghraib durante el control del gobierno estadounidense del presidio, entre 2003 y 2006, y principal encargado del entrenamiento de los soldados rasos torturadores como Tell y el padre de Cirk, quien asimismo fue castigado cual chivo expiatorio legal de bajo orden al punto de que se volvió alcohólico, adicto a las drogas y violento con su hijo y esposa, fémina que lo abandonó y provocó que el hombre se suicide pegándose un tiro. Tell en esencia busca una especie de redención evitando que el joven materialice su plan de venganza y elige llevarlo con él en su tour de póker al servicio de La Linda, frente a la cual mantiene distancia a pesar de que ambos se sienten atraídos.

 

Schrader juega de manera brillante con las oposiciones retóricas porque para las escenas de los casinos recurre a un ritmo narrativo aletargado que enfatiza la repetición banal de las superficies lustrosas del capitalismo de las apuestas, para los flashbacks de Abu Ghraib a lo pesadillas de William se decide por la velocidad y las lentes deformantes con el objetivo de retratar la adrenalina del sadismo en aquel infierno en la tierra y finalmente para el cortejo entre Tell y La Linda apuesta por una secuencia sublime cuasi surrealista en un parque adornado con bellas luces de colores, lugar que es recorrido por la dupla y que motiva una majestuosa toma aérea. La película utiliza al póker y la dinámica de los juegos de azar en general como metáfora de vicios humanos que se repiten también en el campo militar, por ello la ludopatía y la tendencia a dejarse llevar por el frenesí de las ganancias y pérdidas, descuidando las habilidades necesarias para mantenerse en control de la situación/ partida en cuestión, resultan equiparables a la crueldad de los interrogadores/ torturadores cuando una y otra vez aplican más presión sobre sus víctimas obteniendo menos resultados, otro comportamiento adictivo absurdo que implica autodestrucción psicológica, ética y humana escalonada porque el militar se deja llevar por la frustración de no conseguir información y por el mismo poder cobarde y asimétrico que instaura su rol de verdugo sobre un sujeto que no puede defenderse y para colmo es cosificado y degradado sin cesar. El guión del mismo realizador indaga en la deshumanización del personaje del estupendo Isaac mediante su apego a las rutinas uniformizantes de la cárcel castrense y a una vida gris que se reproduce en paredes y que Tell lleva consigo incluso en libertad, algo que queda de manifiesto en su costumbre enajenada de envolver los muebles de sus habitaciones de hotel con sábanas inertes para que su coyuntura vital se asemeje a aquella castrada y burocrática de la celda. Los complementos fundamentales del protagonista son un Cirk que no sabe dónde se está metiendo, ya que el muchacho evidentemente no tiene la capacidad de llevar adelante la revancha y así lo enfatiza su asesinato final a instancias de su presa, y ese mismo Gordo que sintetiza de pies a cabeza la hipocresía institucional y el sustrato nauseabundo de la administración norteamericana desde siempre, basta con recordar que William encuentra al susodicho dando un seminario sobre seguridad global en Atlantic City debido a que por su carácter de contratista privado externo no fue juzgado para nada por las humillaciones, los tormentos, las violaciones y los asesinatos de detenidos en Abu Ghraib, claro ejemplo de la connivencia del capital privado y su homólogo público/ estatal en lo que respecta al pacto mafioso no sólo para resguardar la impunidad de los jerarcas sino también para que los responsables continúen trabajando en el rubro de turno como si fueran gurúes inmaculados que le regalan su sabiduría a otros fascistas inmundos como ellos pertenecientes al vulgo y las elites del gremio de la represión masiva. La Linda, por su parte, hace las veces de un testaferro de los intereses explotadores y semi marginales que parasitan a los apostadores para su propio beneficio, a su vez sacándole una tajada a los casinos en tanto principales chupasangres del ecosistema del juego, y un secundario bien odioso y caricaturesco, el Señor U.S.A. (Alexander Babara), simboliza el trasfondo multicultural, intercambiable y oligofrénico de los norteamericanos y todos los acólitos del imperialismo en general, nos referimos a un jugador ucraniano feroz que gana en cualquier mesa de póker, se viste con atuendos con la bandera yanqui y es vitoreado constantemente por dos lacayos imbéciles que gritan su nombre cada vez que resulta triunfador (Billy Slaughter y Shane LeCocq). El Contador de Cartas se caga olímpicamente en el cine de género y el entorno de hipotética heist movie porque lo suyo es el ámbito retórico del film noir aunque volcado al desarrollo de personajes más gélido y la pata arty apesadumbrada del querido existencialismo marca registrada de Schrader, de allí que la propuesta gire de modo constante sobre las mismas situaciones cual laberinto en el que el jugador/ torturador del título está siempre atrapado, uno dominado por fetiches temáticos de larga data de Paul en consonancia con la culpa de impronta cristiana, la senda de la expiación, el coqueteo con la locura, el compañerismo y la amistad masculina, la cruzada quijotesca contra los monstruos corruptores o la derecha política, cierto manto implícito de autodestrucción, un autoasignado rol de salvador de un tercero del montón por parte del antihéroe, el papel de lo femenino como artífice de paz, la mediocridad plutocrática de la comunidad estadounidense y mundial actual, la fábula de autodescubrimiento de fondo símil western revisionista y por supuesto una cinefilia rabiosa que se ve tanto en la angustia paradójica de Tell a lo Sam Peckinpah y ese remate inspirado en su homólogo de El Carterista (Pickpocket, 1959), joya de Robert Bresson, como en la utilización de bestias sagradas del séptimo arte, en sintonía con Isaac, Dafoe y el también supremo Sheridan, y de la música de Giancarlo Vulcano y Robert Levon Been, este último bajista y cantante de Black Rebel Motorcycle Club y hoy por hoy despachándose con un soundtrack exquisito de rock lánguido vocal con toques de blues y trip hop que eleva la de por sí celestial fotografía de Alexander Dynan. El motivo de las mutilaciones frecuentes, tanto las físicas como las mentales o identitarias, regresa con todo al acervo de un Schrader dispuesto a escupirle en la cara a la gran industria y contraponer instantes tétricos como el fuera de campo del desenlace, cuando Gordo y Tell se enfrentan y el segundo sale con vida, con otros humanistas prodigiosos como ese epílogo que señalábamos antes con los dedos de William y La Linda tocándose a través del cristal del penal, un amor que nace del odio…

 

El Contador de Cartas (The Card Counter, Estados Unidos/ Reino Unido/ China, 2021)

Dirección y Guión: Paul Schrader. Elenco: Oscar Isaac, Tiffany Haddish, Tye Sheridan, Willem Dafoe, Alexander Babara, Bobby C. King, Ekaterina Baker, Bryan Truong, Billy Slaughter, Shane LeCocq. Producción: Braxton Pope, David M. Wulf y Lauren Mann. Duración: 111 minutos.

Puntaje: 10