Un Muchacho y Su Perro (A Boy and His Dog)

Mutualismo en el páramo

Por Emiliano Fernández

Hubo un tiempo en el que existían muchos menos automatismos en el cine, la irreverencia solía marcar el horizonte, la corrección política estaba limitada y en general el arte era más libre de lo que lo es hoy por hoy, casi siempre preso de dejar bien parados a absolutamente todos los protagonistas, “satisfacer” a todos los segmentos demográficos y condenar a la falta de desarrollo/ verdadero sustento dramático a la fauna de secundarios, amén de las recurrencias cíclicas de los mismos esquemas narrativos de siempre, idénticos latiguillos en diálogos, los mismos enfoques sobre temáticas harto gastadas y una más que dolorosa merma de talento. Un Muchacho y Su Perro (A Boy and His Dog, 1975) forma parte de esas películas que en el momento del estreno fueron ninguneadas pero que con el correr de los años, y a medida que el panorama mainstream e indie se empobrecía, fueron ganando una legión de fans hasta convertirse en una experiencia gloriosa y de culto, aquí sobre todo por el inconformismo del film, su originalidad para su época y el hecho de que en esencia es la única obra disponible como director y guionista de L.Q. Jones, un legendario actor de reparto conocido especialmente por sus trabajos con el eterno Sam Peckinpah (se supone que el señor dirigió otro film más en 1964 pero está perdido desde hace mucho tiempo).

 

La historia se sitúa en el campo de la ucronía, esos futuros posibles que sin embargo no ocurrieron, con un 2024 luego de una Tercera Guerra Mundial que duró de 1950 a 1983, 33 años de batallas entre los bloques oriental y occidental que terminaron con la firma de un armisticio en el Vaticano, y de una Cuarta Guerra Mundial que se extendió a lo largo de apenas cinco días, tiempo suficiente para que ambos bandos se lanzasen misiles nucleares, arrasando gran parte de la superficie terrestre. En un páramo desolado que alguna vez fue la ciudad de Phoenix, en el Estado norteamericano de Arizona, Vic (un jovencísimo Don Johnson), un muchacho amoral y bastante salvajón de 18 años, y su perro Blood (voz de Tim McIntire), un cuadrúpedo mestizo símil pastor inglés que mantiene conversaciones telepáticas con Vic, recorren el inmenso desierto, sueñan con una utopía paradisíaca -en forma de rumor social- llamada “Sobre las Colinas” y tratan de abrirse paso entre bandas de merodeadores, pueblitos muy miserables y mutantes denominados aulladores. Si bien gran parte de las charlas giran alrededor de Blood transmitiéndole conocimientos históricos a Vic, a quien llama Albert para molestarlo, la obsesión del joven son las mujeres, un bien escaso en esta coyuntura dominada por hombres que pudieron sobrevivir a las neutrónicas.

 

El pacto entre los protagonistas, basado en el mutualismo más clásico, se centra en un Vic consiguiendo comida para él y para el can y en un Blood detectando presencia de hembras humanas para que el simpático de su compañero las viole cuanto antes. Después de seis semanas desde la última mujer, y con la decepción a cuestas de haber encontrado a una que fue violada en grupo y tajeada por unos merodeadores, dejándola en términos prácticos “inutilizable”, el dúo roba un saco con alimentos a unos acaparadores y con ello se paga la entrada a un cine improvisado al aire libre en el que se proyectan películas porno vintage; lo que eventualmente da lugar a que Blood descubra a una apetecible fémina, Quilla June Holmes (Susanne Benton), quien funciona como cebo y termina engatusando a Vic para que baje a la ciudad subterránea de la que ella proviene, Topeka, una sociedad fascista de impronta rural bizarra administrada por un triunvirato conocido como “El Comité” -con Lou Craddock (Jason Robards) a la cabeza, el padre de Holmes- que gobierna gracias a un robot estandarizado encargado de la represión, Michael (Hal Baylor), enviando a cualquiera que ose cuestionar sus directivas a “la granja”, argot por asesinato, y en esencia obligando a todos los vecinos a vivir en la abulia y a pintarse el rostro de blanco de manera permanente.

 

Mientras que Blood queda esperándolo en la superficie y no se cansa de repetirle que todo el asunto es una trampa, Vic termina nomás hecho prisionero en Topeka y con la tarea de fecundar a 35 mujeres debido a que la población masculina local se está volcando hacia la esterilidad por el prolongado tiempo de vida bajo tierra, no obstante su alegría de semental pronto deriva en frustración cuando descubre que el encargo se reduce a electroeyaculación e inseminación artificial. Cuando una ambiciosa Holmes, que se abalanzó sobre Vic con el objetivo de que la dejen formar parte de El Comité, se topa con la negativa de Craddock, la señorita decidirá “facilitar” la fuga inmediata del protagonista. Mezcla furiosa de ciencia ficción postapocalíptica, western de tono crepuscular y comedia negra adepta a subrayar su predilección por la contracultura, Un Muchacho y Su Perro es un cóctel prodigioso en el que la misoginia y la misandria entrecruzadas desencadenan una de las epopeyas más nihilistas, inteligentes y honestas del cine fantástico estadounidense, ejemplo hiper sensato de cómo desparramar misantropía a lo bestia y al mismo tiempo conservar un manto de hilarante elegancia, sustentado principalmente en la actitud violenta de Vic, sus geniales conversaciones con Blood y la naturalidad con la que se trabajan temáticas bien candentes.

 

De hecho, lejos de cualquier ingenuidad o talante complaciente, la película muestra a las mujeres en simultáneo como unas pobres víctimas de la impetuosidad erótica masculina y unas arpías manipuladoras que se sirven de la idiotez prototípica del varón para sacarle provecho, y a los hombres como unos fanáticos de la cultura de la violación -ni siquiera hay machismo involucrado, más bien sadismo puro y ganas de ahorrarse cualquier aburrido ritual de apareo, características primordiales de los seres humanos- y a su vez como unos amigos entrañables que comprenden la perspectiva del compañero de correrías y hacen lo posible para ayudarlo, no sólo porque auxiliándolo se asisten a ellos mismos sino también porque hay una idea muy clara de fondo de defender la impronta cooperativa en un contexto extenuante, desesperanzador y plagado de necesidades de toda índole. El humor negro de la obra de Jones, basada en la novela homónima de 1969 de Harlan Ellison, por un lado reemplaza a lo que podría haber sido un bípedo por un perro y por el otro traslada el saber y el conocimiento humano al can, dejando con los instintos primarios al muchacho en un juego de enroques en el que además la moral brilla por su ausencia porque -como suele ocurrir en la realidad en situaciones de catástrofe- el darwinismo social tiene preeminencia y así los enclaves habituales de distinción por clase, género, ideología o credo desaparecen de golpe -ahora con la excusa de la caída de las bombas atómicas- para abrir paso a las afinidades más directas, borrando en el trajín todas las mascaradas comunales de antaño vinculadas a la tolerancia, el entendimiento, la bondad y en el mejor de los casos el respeto.

 

Junto con la extinción de cualquier marco ético viene una anarquía implícita en la dupla de amigotes, Vic y Blood, que se contrapone primero a la escasez de los dos productos más preciados, la comida y las mujeres, luego a los competidores/ fuentes de peligro en el ecosistema de turno, léase los merodeadores y los aulladores, y finalmente a la “alternativa” política al caos, un gobierno de retro derecha demencial, esa Topeka símbolo del simulacro mentiroso de las quimeras religiosas/ chauvinistas/ militares en torno a un tiempo de candor primigenio pre conflictos bélicos, lo que por supuesto lleva a una esclavitud general con vistas a meter a los individuos en las “cajas” asignadas por la elite burguesa, El Comité. El mítico desenlace, otro de los factores cruciales en el encanto que caracteriza al film, para colmo duplica la apuesta porque esa decisión final de Vic de ayudar a su hambriento cofrade perruno matando y cocinando a Quilla June va en sintonía con la efervescencia iconoclasta que recorre a la trama, ahora convirtiendo al canibalismo en un broche de oro que sella para siempre la camaradería de la dupla humana/ animal ya que la afinidad entre pares le suele ganar a la distancia con el género opuesto y el errar libre del varón va en contra del sedentarismo y los férreos moldes psicológicos femeninos (no sólo casi ninguna otra obra de la historia del cine termina con el antihéroe engullendo a su contraparte -esa que habla y habla y habla- sino que aquí además el asunto posee un remate sublime vía una frase tan graciosa como inconformista, cuando -mientras avanzan hacia el páramo una vez más- Vic le dice a Blood “dijo que me amaba, demonios, no es culpa mía si ella me eligió para deshacerse de esos cretinos” y el can responde “bueno, tenía un gusto maravilloso, Albert, aunque no muy buen sabor”, despertando unas carcajadas que se condicen con esa Holmes faenada y en el estómago de ambos). El opus de Jones no pide permiso a nadie y juega de manera magistral con tabúes de todo tipo para enfatizar que en última instancia la anarquía es preferible a cualquier gobierno de tecnócratas y cualquier relación de sumisión tácita dentro de una payasada de poder autolegitimante, hipócrita o validado por mayorías lobotomizadas/ condicionadas que perdieron la capacidad de razonar por cuenta propia…

 

Un Muchacho y Su Perro (A Boy and His Dog, Estados Unidos, 1975)

Dirección: L.Q. Jones. Guión: L.Q. Jones, Alvy Moore y Wayne Cruseturner. Elenco: Don Johnson, Tim McIntire, Susanne Benton, Jason Robards, Alvy Moore, Helene Winston, Charles McGraw, Hal Baylor, Ron Feinberg, Michael Rupert. Producción: L.Q. Jones y Alvy Moore. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 10