Todo Riff

Nadando en una ciénaga de macadam

Por Marcos Arenas y Ernesto Gerez

Introducción, por Marcos Arenas:

 

La historia de Riff es la historia de Pappo (Norberto Aníbal Napolitano), lisa y llanamente, un artista tan fascinante y prolífico como errático y despreocupado. Desde sus comienzos con Los Abuelos de la Nada y Los Gatos, pasando por los míticos cinco primeros volúmenes de Pappo’s Blues, y llegando a Riff y sus múltiples proyectos paralelos como por ejemplo Aeroblus, Patrulha do Espaço, Hoy no es Hoy, los Widowmakers y tantos otros, este monstruo sagrado de la guitarra difícilmente se mantuvo mucho tiempo en el mismo lugar -tanto a nivel abstracto/ artístico como espacial, ya que vivió en Europa y Estados Unidos- y a decir verdad el conservadurismo de la industria cultural y la Argentina en su conjunto tampoco ayudaron mucho a que el señor pudiese contar con una carrera más o menos estable en la que cualquiera de sus proyectos sobreviviese más allá de un par de años.

 

A pesar de cierto ninguneo local, un público rockero que nunca lo entendió del todo, una legión de fans que le festejaban cualquier cosa y un reconocimiento muy tardío, por cierto de la mano de un Jorge “Corcho” Rodríguez (otro detalle bizarro en una carrera plagada de detalles bizarros) que le brindó los recursos para grabar Buscando un Amor (2003), uno de sus discos mejor producidos, el Carpo en sí fue una presencia insoslayable para aquellos que crecimos escuchando su música y descubriendo sus transformaciones a lo largo de años y años de constante convulsión social, política, económica y cultural de todo tipo.

 

Como si todo lo anterior fuese poco, su proyecto encabezando Riff, algo así como la primera banda de rock pesado y heavy metal de Argentina y Latinoamérica (ya sin los cuelgues psicodélicos/ hippones ni las aventuras progresivas de maravillosos colegas como los muchachos de El Reloj, Vox Dei o Billy Bond y La Pesada del Rock and Roll), siempre padeció comentarios despectivos de buena parte de sus propios admiradores, quienes consideraban a Riff apenas un experimento lúdico muy inferior a Pappo’s Blues, su agrupación histórica de siempre.

 

En consonancia con los rescates emotivos que nos caracterizan, en las siguientes líneas Metacultura se propondrá analizar todos los discos de estudio de Riff con el objetivo manifiesto de sacar a relucir que -efectivamente- pueden no haber alcanzado las cúspides de Pappo’s Blues sin embargo incluyen una gama sonora y discursiva muy interesante que no sólo constituyó la génesis para una movida posterior enorme como la del heavy metal y el punk autóctonos, sino que además abrió un frente de batalla contra el repugnante y genocida Proceso de Reorganización Nacional a través de un combate cultural directo en pos de dar de baja el tradicionalismo social, las mentiras gubernamentales, el hippismo trasnochado del momento y la pasividad del público rockero ante la policía.

 

En función de una estética y un sonido que eclosionarían luego de la ruptura de Pappo’s Blues y la formación de Aeroblus, aquel maravilloso trío de transición -que editaría un genial álbum homónimo en 1977, su único disco- con Pappo en guitarra y voz, Alejandro Medina en bajo y voz y Rolando Castello Junior en batería, a posteriori el Carpo tomaría las tachas, el cuero, los borcegos y las cadenas de las bandas de metal de fines de la década del 70 y principios de los 80 para pegarle un tremendo sacudón a la escena rockera argentina del momento vía riffs pesados y monumentales que no tenían parangón en estas pampas.

 

Acompañado por sus cofrades Vitico (Víctor Bereciartúa) en bajo y voz, Héctor Oscar “Boff” Serafini en guitarra y Michel Peyronel en batería y voz, Pappo encaró Riff como pudo según las trágicas circunstancias del país y de la misma manera caótica con la que encaró todo en su vida, lo que nos dejó con tres períodos bien concretos a nivel histórico. El primero abarca las tres placas iniciales, Ruedas de Metal (1981), Macadam 3… 2… 1… 0… (1981) y Contenidos (1982), y se caracteriza por un imaginario marcado por los autos veloces, el agite nocturno, la brujería/ necromancia/ misticismo del metal tradicional, el movimiento y la acción como sinónimos de vida, aquella ingenua “incitación a la violencia” del género en sus comienzos, la denuncia de la inmovilidad mortuoria de la dictadura, la falta de comprensión social del período ante el rock, las mentiras construidas/ convalidadas por el Proceso y la sociedad argentina, el hastío metropolitano ante el conservadurismo y las máscaras, la presencia de ninfómanas elegantes y sin frenos, el fantasma de la Guerra Fría y todas aquellas metáforas sobre el cuero y las tachas como un modo de vida alternativo, lejos de la conformidad y la apatía reinantes.

 

La segunda etapa, correspondiente a la separación de la formación histórica de la banda, su reagrupación con nuevos integrantes y la edición del disco Riff VII (1985), jugó con la religiosidad épica, la hechicería símil folklore europeo, la ciencia ficción apocalíptica, las frustraciones del show business y las referencias a los cuentos de terror gótico en sintonía con Edgar Allan Poe y Henry James (en su versión argenta y metalera, por supuesto…).

 

Finalmente, la tercera y última fase de la carrera de Riff, en consonancia con Zona de Nadie (1992) y Que Sea Rock (1997), apuntó a nuevas ninfómanas insaciables, los misterios cercanos al western y el film noir, el desamor, la locura metropolitana, los autos como símbolos de masculinidad y de diferencias sociales, esas mujeres enigmáticas que pueden llegar a asesinar de tanto sexo salvaje, la autoparodia consciente, la sensualidad onírica, la despersonalización de las grandes urbes, el reviente de siempre del rock y la noche (el acento está puesto mucho más en la promiscuidad que en las drogas), la peligrosidad autoasumida, el amor con señoritas más jóvenes, la adicción a los juegos de azar y en especial la soledad del que se sabe independiente frente a los prejuicios sociales y la mediocridad reaccionaria del resto de la comunidad.

 

 

Ruedas de Metal (1981), por Ernesto Gerez:

 

Si bien en la arrolladora Vamos a Buscar la Luz y en un puñado de temas más del mítico disco de 1977 de Aeroblus ya se podía percibir el germen de lo que luego sería el primer álbum de Riff, todavía hay en ese acercamiento a un rock más pesado cierta libertad en las composiciones, cierto aire de zapada tecnicista que no tendría lugar en el hermético y rupturista Ruedas de Metal.

 

Hablamos del primer disco de verdadero rock pesado argentino, un trabajo que marcaría un giro en la vida artística de Pappo y que también sería un puntapié perfecto para la escena pesada de un país inmerso aún en la dictadura y con un circuito musical donde predominaba el culto al virtuosismo y donde el rock duro y el heavy metal no tenían representantes ni cabida. Recordemos que aunque la legendaria V8 de un joven Ricardo Iorio ya estaba ensayando, recién pudo editar Luchando por el Metal (1983) dos años después de la primera obra de Riff.

 

Ruedas de Metal arranca con la potencia del tema homónimo e incorpora en nuestro país el mismo tipo de riff de guitarra que un año antes haría de Saxon una gran banda; además la composición no por casualidad respeta la estructura del tema Wheels of Steel, también nombre de ese gran segundo disco de 1980 de la agrupación inglesa. El orgullo y la autoconciencia de la jugada marcan el pulso desde el inicio mismo, “nosotros los reyes de este pesado rock/ estamos alerta por cualquier situación”; incluyendo además un retrato breve pero astuto de la burbuja hippona y el retraso argentino con respecto a las vanguardias musicales internacionales, “aquí no hay estaciones de comunicación/ y está un poco difícil interceptar el sol”.

 

Pero Riff no fue sólo una amalgama orientada a la explotación de la new wave del heavy metal británico ya que, como mencionábamos más arriba, fue también una continuación de la exploración musical del mismo Pappo y de los viajados Vitico y Peyronel. En Sordidez, segundo tema del disco, se notan ya ciertos arreglos de guitarra más melódicos y un estribillo con gancho de rock and roll que sería luego, a pesar de que nos referimos a una canción de Vitico y no a una composición del Carpo, uno de los sellos más importantes de Riff: vale aclarar que la banda, más allá de sus influencias concretas, en cierto sentido nunca pretendió alcanzar la pesadez del heavy metal y siempre se mantuvo cómoda bajo el ala del hard rock relativamente clasicista.

 

El Marqués bajo la Luz abre con un arpegio que podría formar parte de un disco de power metal del Reino Unido pero a su vez tiene acento local; y es en este tercer tema donde además se incorporan solos de guitarra más veloces y se puede apreciar la técnica de las cuerdas acompañada de una lírica críptica, corta y deforme de un Pappo tan inspirado como simple que parece citar sus gloriosos años con Pappo’s Blues.

 

En el siguiente tema la pelota vuelve a Vitico y estamos nuevamente frente a un rock and roll bubblegum que proclamaba -y era cierto- que aún quedaba “mucho por hacer” en el periplo sin fin de autodefinirnos como individuos y como nación. No Detenga su Motor es otra canción que seguramente inyectaba adrenalina en las huestes rockeras de aquel momento con otra letra que en la superficie formaba parte del imaginario de motores y velocidad, pero que asimismo arengaba a una juventud narcotizada y aún bajo la suela de los borceguíes más siniestros de la historia argentina.

 

Rayo Luminoso comienza con un solo chuckberryano que rápidamente va mutando hacia el hard rock hasta acercarse con su progresión a ciertos arreglos más ligados al metal que al rock and roll (además de la fuerza del estribillo, posee un fantástico clima sabbathero en el medio), dando pie a otro tema arengador que vuelve a pedir garra y acción en tanto antídotos para la apatía social, Necesitamos más Acción.

 

Esta primera obra de Riff, que sienta las bases para una nueva etapa en la música argentina que se alejaría de la pura técnica para adentrarse en el pantano del rock crudo de guitarras, cierra con dos temas que mantienen la calidad del resto de este elogio al movimiento en franca contraposición con respecto a la dejadez y pasividad mortuorias del Proceso de Reorganización Nacional que gobernaba al país por aquellos años: así primero tenemos Alas del Mal, con una intro en la que afloran las influencias de AC/DC y un estribillo con aroma jinglero, y luego llega el lúdico Boff, no Puedo Soportarlo Más, hit olvidado de simpleza pop y furia hardrockera, nada más y nada menos que encargado de poner punto final a una obra fundamental del rock pesado argentino.

 

 

Macadam 3… 2… 1… 0… (1981), por Ernesto Gerez:

 

Los muchachos necesitaban más acción y metieron dos discos en un año; por un lado por la buena recepción del primero, que tuvo su accidentada presentación en un Obras rabioso, y por otro lado, por las ganas y el temple más que prolífico de Pappo y su grupo de macarras, siempre embadurnados de cuero y tachas listas para el flash de las fotografías, imagen que les daba más aspecto metalero que el que les concedía su música, la cual -como dijimos anteriormente- estaba más ligada al hard rock que al heavy propiamente dicho.

 

La apertura homónima de Macadam 3… 2… 1… 0… lo ratifica: hablamos de un tremendo rock and roll pistero que debería presentar todas las carreras del TC2000, no por su letra, que derribaba el Muro de Berlín casi una década antes (“ya no hay URSS ni USA, sólo hay ángeles sucios por acá”), sino por la intensidad de su motor de cuerdas. Qué decir de esos versos del inicio, “nadando en una ciénaga de macadam, no quiero estar tranquilo ni quiero paz”, toda una declaración en favor de agitar/ socavar/ destruir el ambiente almidonado del período y la cultura del “mirar para otro costado” ante los atropellos del gobierno y las fuerzas de represión, reconfirmando también que la potencia de Ruedas de Metal (1981) había llegado para quedarse.

 

En Días Buenos y Malos la cosa se pone más pesada pero rápidamente vuelve a bajar con ¿Qué es un Tulipán?, especie de balada oscura con toques de metal ochentoso, sin duda una de las canciones más largas de Riff sobrepasando los seis minutos de duración. Debo Seguir Buscando es el último tema de gran calidad de un disco que no está entre lo mejor del grupo pero que fue una buena continuación de Ruedas de Metal y terminó de delinear ese sonido característico de los inicios apuntalado en los juegos adictivos de guitarras, la potencia de las bases, una producción -quizás demasiado- compacta y letras centradas en la frustración social, el espiritismo modelo macabro y todo ese furor detrás de la velocidad y la violencia más vitalistas.

 

La Dama del Lago, tema muy querido por la banda y seguramente por muchos fanáticos, y que supo abrir más de un show, posee un muy buen riff de guitarra aunque las melodías vocales no logran conjugarse de la mejor manera; un cruce entre las violas y las palabras que de algún modo se repite en Ultra-Velocidad, con las voces jugando sobre las líneas de bajo cuando las guitarras se mutean.

 

Profanador de Tumbas consigue la oscuridad y la consistencia de los primeros temas, circunstancia que nos lleva a afirmar que el disco tal vez debería haber terminado con esta canción y no con No Pasa Nada en esta Ciudad, rock and roll directo de Vitico que en cierto sentido resulta disfrutable aunque a fin de cuentas no consigue la usual efectividad del señor y queda un poco fuera del registro sombrío y ensimismado del pantano que nos propone Macadam 3… 2… 1… 0… en sus mejores momentos, quizás una de las placas más desparejas de la banda aunque incluso así superior al decididamente fallido Riff VII (1985).

 

 

Contenidos (1982), por Ernesto Gerez:

 

Con Contenidos, Riff vuelve a la calidad compositiva de Ruedas de Metal (1981), esa que mezcla himnos del hard rock criollo incipiente con temas símil el Led Zeppelin homologado a pisadas de gigante destructor (no el Zeppelin amigo del folk tardío). Más allá del hecho de que este sea un disco de confirmación y no de ruptura como aquel, es innegable que nos devuelve la frescura de la ópera prima con una lista de temas con cierto espíritu bubblegum (al menos en su primera mitad) y que vuelve a encadenar con criterio las canciones más rocanroleras con las más oscuras y de pretensión tétrica, además de contar con un muy inspirado Peyronel en la escritura.

 

La placa arranca con un hit eterno, Susy Cadillac, un high energy rock and roll cargado de adrenalina y erotismo, proponiéndonos como protagonista a algo así como la contracara de aquella moribunda Suzie que aguantaba en Suzie Hold On de Saxon, y todo pronto se funde con Mal Romance, otro gran rock pesado de alma punk que muestra a Boff, Peyronel y Vitico en plena forma y acercándose a conciencia al alto octanaje de los New York Dolls… el cual, desde ya, reenvía a una “versión sacada/ enajenada” del acervo compositivo de The Rolling Stones.

 

Hoy no Hago Nada y Lo que Quieras Hacer parecen un homenaje simpático, camp y rocanrolero al viejo ocultismo que simplemente pregonaba el libre albedrío y que puede enrolarse en aquella filosofía del legendario brujo británico Aleister Crowley, autor de El Libro de la Ley (The Book of the Law, 1904) y una de las grandes influencias “filosóficas” de Jimmy Page, que básicamente destacaba que la norma fundamental en la vida debería ser hacer lo que te salga de los cojones (Crowley fundó una suerte de religión esotérica, thelema, que anticipó algunos rasgos de la contracultura de la década del 60 y que se centró en las máximas “haz tu voluntad, será toda la ley” y “amor es la ley, amor bajo voluntad”).

 

El disco pega un giro con Pantalla del Mundo Nuevo, distopía escrita por Peyronel y relatada por el Carpo, en la que unos nuevos greasers (“hay hordas de chicos malos, con sus camperas de cuero/ y metales brillan al sol, provocan el mundo nuevo”) dejan atrás al hippismo en un relato que cruza la realidad política con la ciencia ficción y la escena del rock vernáculo de aquel momento; poesía maldita y mala onda envuelta en lindos coros y solos de guitarras con la simpleza del buen gusto. La primera y más amable parte del disco finaliza con Me Tienen Cansado, rock and roll honesto seteado en la frescura de la temporalidad punkrocker.

 

Los últimos cuatro temas del álbum tienen otras ambiciones y se alejan en parte del resto del lote: el espíritu directo y casi bailable de la primera mitad (con la excepción de Pantalla del Mundo Nuevo, que podría formar parte de este segundo acto más sombrío) es reemplazado por un sonido potente y casi hipnótico muy cercano al del heavy metal de los comienzos de los 80 que se comienza a percibir en Héroes del Asfalto y Duro Invierno y termina de consolidarse en la excelente Maquinación, oda al inconformismo del rock que por aquellos años tomaba la forma de una crítica más o menos solapada contra el régimen militar y sus socios civiles, pensemos para el caso en los versos de la última estrofa y el estribillo: “hoy decidimos la caída de tu falsedad/ tu código de humano ya ha quedado fuera de actualidad/ nos vuelven de los muros los ecos de una oscura maquinación/ queremos seguir distintos, queremos agitar instintos de insatisfacción”.

 

Contenidos cierra con Tiempo Distante, una canción de amor de guitarras aceleradas semejantes a AC/DC y al Aerosmith de los 70, dedicada vaya uno a saber a quién o a qué pero que sin dudas redondea un disco que termina de consagrar a Riff como una banda pionera en su género en estas tierras, revalidando asimismo el hiper merecido lugar del inquieto Pappo en el podio de los mejores del rock de la República Argentina.

 

 

Riff VII (1985), por Marcos Arenas:

 

Luego de la separación de la formación original de Riff (Pappo en guitarra y voz, Vitico en bajo y voz, Boff Serafine en guitarra y Michel Peyronel en batería y voz) por la violencia en los recitales y la persecución constante de la policía durante las postrimerías del Proceso de Reorganización Nacional, el Carpo edita su primer disco oficial como solista, el en vivo y muy heterogéneo Pappo en Concierto (1984) y aporta las guitarras a Patrulha 85 (1985), álbum de la banda brasileña Patrulha do Espaço que incluía dos temas, Olho Animal y Deus Devorador, que pronto formarían parte del material de la nueva encarnación de Riff, ahora con el mítico Oscar Moro reemplazando a Peyronel en la batería y un joven JAF (Juan Antonio Ferreyra) en el lugar de Boff.

 

El trabajo resultante, Riff VII, poco tiene que ver con el núcleo de influencias concretas de la banda de los tres primeros discos, Ruedas de Metal (1981), Macadam 3… 2… 1… 0… (1981) y Contenidos (1982), ya que en esta ocasión el asunto se vuelca hacia comarcas nuevas y no del todo satisfactorias: dicho de otro modo, de aquel hard rock de los primeros AC/DC, Aerosmith y Kiss, más alguna que otra cosilla de New York Dolls, pasamos a una versión más o menos lavada de Deep Purple, Rainbow y Ronnie James Dio como solista, más ingredientes nada disimulados de la nueva ola del metal inglés símil Iron Maiden y Judas Priest.

 

Todos los estereotipos todos del metal religioso/ mitológico/ folklórico se condensan en el primer tema del álbum, La Espada Sagrada, una composición apuntalada en ecos, un riff de guitarra bien pegado al rock pirotécnico ochentoso y una letra que funciona como una readaptación de la época de aquellas de Led Zeppelin de la década del 70, con una historia simpática acerca del nacimiento de un mesías en un contexto apocalíptico. En Ex-Terminador seguimos en el mismo territorio del tema anterior, ahora cayendo en una descripción bastante naif y derivativa de un cyborg que se parece mucho al que componía Arnold Schwarzenegger en Terminator (The Terminator, 1984), la obra maestra de ciencia ficción de James Cameron.

 

Elena X, una suerte de power ballad de manual cortesía de JAF, es sin duda una de las canciones más polémicas de la placa ya que nos acerca peligrosamente al territorio de fiascos del hard rock melódico en sintonía con Scorpions y el Whitesnake de los 80; la letra por su parte tampoco ayuda mucho con una anécdota de ascenso y caída de la cantante del título, quien termina enloqueciendo cuando el éxito y los chupasangres de turno la abandonan en los momentos finales de su carrera/ vida.

 

Pappo levanta muchísimo el nivel del disco con Arañas y Ratas, una reformulación muy potente de un típico riff de Motörhead: vale aclarar que el tema formalmente fue atribuido a Pappo y JAF, producto de un acuerdo entre los músicos para que el resto de la banda -más allá de Pappo- cobren regalías por tres temas cada uno, pero en realidad el autor es Pappo en solitario. La muy inspirada letra nos dispara una serie de imágenes de desolación nocturna, apatía y motivos varios del terror gótico más clásico. Con Parece que Viene Bien llega el infaltable momento orientado al rock juguetón y algo demencial de Vitico, a mitad de camino entre The Rolling Stones, el punk y la new wave onda The Cars, de paso alejándose del contexto general del álbum y aportando otra de las mejores canciones del lote.

 

En Dios Devorador, un interesante comienzo a lo Black Sabbath muta en una arquitectura hiper deeppurpleiana sobre la deidad antropófaga del título en un tema francamente menor y olvidable. Ojo Animal es otro rock rutinario que sigue el “dejo Ritchie Blackmore” del tema anterior para volcarlo hacia lo que parece ser la historia de un licántropo. Finalmente, Apiádate de él, Señor, una composición de JAF, se empalma musicalmente con las dos previas del período de Pappo con Patrulha do Espaço, en esta oportunidad sobre un canillita que sufre la indiferencia social, todo con un riff tan cercano a Rainbow como a algunos pasajes del primer Pappo’s Blues.

 

Riff VII en el fondo no pasa de ser una rareza amigable dentro de la carrera del Carpo y su catálogo de colaboraciones con una infinidad de músicos, algunas de ellas interesantes y otras bastante fallidas. Aquí se nota mucho la pretensión detrás del álbum de redondear una placa popular que les permita despegar en términos comerciales a través de la estrategia de aggiornar el sonido de la banda a los tiempos que corrían y a la vez ampliar la colección de referencias dentro del campo del rock pesado, no obstante la jugada se siente un tanto forzada y sólo exitosa -a nivel artístico- en un cien por ciento en Arañas y Ratas y en la anomalía Parece que Viene Bien, un tema casi retro en este contexto aunque con esos ecos ochentosos característicos de toda la producción.

 

A decir verdad el resto de las canciones no son malas tampoco, simplemente funcionan como un gesto algo vacuo que no va más allá de una réplica sin demasiada convicción y para colmo cercana a la “traición” con respecto a la idiosincrasia individual de los integrantes… salvo el caso de JAF, por supuesto. De todas formas Pappo no aprendería rápido la lección y se podría decir que luego de la nueva -y esperable- separación de Riff, profundizaría esta efímera vertiente de su carrera al grabar el que se suele considerar su primer disco solista de estudio, Plan Diabólico (1987), con una banda que bautizó Pappo y Hoy no es Hoy (él en guitarra y voz, Boff en segunda guitarra, Rubén Ramírez en bajo y Juan “Locomotora” Espósito en batería), un trabajo incluso más fallido que el presente y orientado a reproducir el esquema musical de agrupaciones como Van Halen y Def Leppard (aunque sin aquellos sintetizadores berretas del metal family friendly ochentoso, gracias al infierno…).

 

 

Zona de Nadie (1992), por Marcos Arenas:

 

En medio del caos de la carrera de Pappo de fines de los 80 y principios de los 90, léase entre viajes a Estados Unidos para formar los Widowmakers, una vuelta al taller mecánico familiar y finalmente la edición del exitosísimo y muy disfrutable Blues Local (1992), aparece el quinto álbum de Riff, Zona de Nadie, ya con un regreso de la formación tradicional (Pappo en voz y guitarra, Boff Serafine en guitarra, Vitico en bajo y voz y Michel Peyronel en batería y voz). La placa continúa la enorme mejora en sonido de Riff VII (1985) con respecto a los tres primeros discos y hasta una profundización de la mano de una producción muscular -típica de la década del 90- a cargo de Mundy Epifanio.

 

Desde ya que la vuelta de los forajidos de siempre implicó un regreso a las fuentes (AC/DC y Aerosmith, sobre todo), pero en esta oportunidad dentro de un contexto social/ musical más relajado y sin la necesidad de quebrar los paradigmas de consumo cultural del período: sin la obligación de tener que explicarles a todos qué demonios es el rock pesado y el heavy metal, el disco se transforma en una atractiva mixtura entre el Riff clásico y la carrera de Pappo por aquellos años, con una impronta bluesera muy fuerte que ahora se acopla alegremente con el hard rock sucio de The Rolling Stones… de hecho, en el regreso de la banda durante la década del 90 -el cual se prolongaría gracias a Que Sea Rock (1997)- sobrevuela muy fuerte una concepción de “madurez clasicista” en clara sintonía con la profesionalidad y la fuerza detrás de discos como el previo Steel Wheels (1989) y el posterior Voodoo Lounge (1994).

 

La apertura, Lo Tuyo es Vicio, es una gloriosa cruza entre AC/DC, los Stones y Stevie Ray Vaughan, cortesía de Vitico y Peyronel: la canción pone el acento en una ninfómana desquiciada que lleva al narrador al extremo de la separación en lo que se podría leer como una autoparodia rockera y totalmente impensada tiempo atrás (la autoconciencia de los señores llega al límite de lo sublime y de paso hace estallar el cliché rockero de los héroes masculinos insaciables que siempre quieren más: ahora resulta que el demonio sin límites es la mujer). El rock cuadrado del pasado sigue de parabienes con El Forastero, una fábula símil western -o policial negro- protagonizada por un amante misterioso que se asemeja a los antihéroes de las letras de la banda de Mick Jagger, Keith Richards y compañía.

 

Aquella Estrella, por su parte, es una hermosa canción de amor y soledad de Vitico, insólitamente dulce para el tono estándar -tan sexista como lúdico- de Riff. Más guitarras adictivas se condensan en Geisha, una oda hacia una máquina amatoria que nos llega desde Oriente, aparentemente una autómata consagrada al placer (muy buen solo del Carpo, por cierto). El trasfondo musical de la placa continúa volcándose hacia el rock clásico en La Frontera Inesperada, un gran tema con un estribillo que recuerda a lo lejos a Bad Company y una letra que retoma la confusión metropolitana y la angustia existencial de antaño de Pappo.

 

La Voiture (Acústico) es el primero de los dos temas que traía el CD como bonus tracks con respecto a las ediciones en LP y cassette, aquí una versión acústica de uno de los clásicos absolutos del grupo y del rock argentino en general, con el aditivo de esa célebre “trompeta vocal” cortesía de Boff que siempre nos saca una sonrisa. En lo que atañe al tema en sí en su versión más popular y riffiana a full, Sube a mi Voiture, el susodicho está más en sintonía con el material que a futuro engrosaría el Volumen 8- Caso Cerrado (1995), de Pappo’s Blues, que con buena parte del acervo histórico de Riff (lo que por cierto no es nada malo, ya que implica que todos en la banda reconocían el liderazgo fundamental del Carpo, una fuerza creativa sin igual). Betty Silicona es otra excelente incursión símil New York Dolls/ The Rolling Stones en el terreno de las femmes fatales, parodia incluida a la Guerra Fría y a las parafilias cercanas a la muerte.

 

Vértigo Romántico es un nuevo rock cavernícola -con la voz de Michel- que nos retrotrae al maravilloso Ruedas de Metal (1981) y a los pasajes más interesantes del desparejo Macadam 3… 2… 1… 0… (1981). El momento de la rareza llega de la mano de Juegos Nocturnos, un curioso tema de Vitico y Peyronel que evoca a aquel Black Sabbath con Ronnie James Dio, hoy basándose en ensoñaciones románticas craneadas en la oscuridad. Se podría decir que Zona de Nadie, la canción, viene a terminar de exorcizar los fantasmas del Riff VII (1985) porque literalmente aquí Pappo y compañía corrigen los errores y readaptan con astucia el sonido de Deep Purple a la idiosincrasia de Riff, invocando a su vez el propio pasado de la agrupación de manera natural e inteligente. Ya en el desenlace, El Malo de la Película, la autoconciencia paródica regresa con toda su fuerza: el segundo tema que traía el CD como bonus track unifica solos gloriosamente oscuros y un riff bien intenso con una letra que pide que se deje de demonizar -cual séptimo arte, precisamente- al narrador/ cantante, sobre todo por su promiscuidad y su propensión a la fiesta eterna del rock.

 

Como decíamos anteriormente, la placa que nos ocupa representó el puntapié inicial para el renacimiento artístico y comercial de Pappo a la par de Blues Local y Pappo Sigue Vivo (1994), aquel querido disco en directo que el señor registró luego de un accidente automovilístico muy grave que padeció por aquellos años. La frescura del material en su conjunto y la prolijidad e inteligencia de la producción convierten a Zona de Nadie en un trabajo fundamental para dar a conocer la inventiva, el talento y la vitalidad que tenía el Carpo como profeta del rock and roll en esta pampa y como héroe inoxidable de la guitarra, de esos que ya no existen porque la locura anárquica de su trayectoria sólo se explica por un porfiar todo terreno que va más allá de las miserias y desventuras de un país como la Argentina que vive tropezándose con las mismas piedras, ubicándonos en el centro mismo de un corazón enorme que amaba a la música ante todo y que defendía su arte contra cualquiera que se ponga enfrente.

 

Por último, y como mínima nota al pie, conviene aclarar que una reedición del disco incluyó como coda final cinco temas en vivo grabados en The Roxy en un show de 1995, en primera instancia totalmente innecesarios y en segundo término -sin duda- no la mejor representación de Riff en directo (para nada, ya que el recital en cuestión fue bastante pobre y la calidad de sonido pésima… como prácticamente todos los discos en vivo de Riff, mal que pese a quien le pese).

 

 

Que Sea Rock (1997), por Marcos Arenas:

 

Que Sea Rock abrió la segunda fase del renacimiento de Pappo, esa que a posteriori continuó gracias al también prodigioso Volumen 8- Caso Cerrado (1995), de Pappo’s Blues, en la que predominaría un aire muy marcado de “artista ya grandecito que se siente cómodo retomando terreno conocido”, circunstancia que en este caso significó un rejuvenecimiento creativo que desde el vamos trajo un proceso muy interesante de depuración y estilización. En este sentido, indudablemente el modelo de rock maduro continúa acoplado a The Rolling Stones, una banda cuyos trazos musicales no eran perceptibles en los discos de Riff de la década del 80 y que ahora, en los 90, adquiere una inusitada presencia tanto a nivel ideológico como en lo que hace a las composiciones concretas que quedaron registradas en Zona de Nadie (1992) y en la placa que nos ocupa, producida por Álvaro Villagra.

 

El genial tema homónimo que abre el disco, con una tapa muy parca sobre fondo negro que nos remite al Back in Black (1980) de AC/DC y al Black Album/ Metallica (1991) de Metallica, comienza con una guitarrita que se transforma en un poderoso riff y un mantra verbal supremo, eso de “hay psicosis masiva, es menester que sea rock”: ¡hermoso! Enseguida bajamos unos cuantos cambios para disfrutar de otro clásico eterno de la banda, No Obstante lo Cual, ahora con un ritmo cansino e hipnótico que conduce una letra súper alejada de la corrección política de nuestros días, en la que el Carpo nos comenta que -más allá de las pavadas conservadoras que le tiren sobre buscar un trabajo y formar una familia- a él le “sigue gustando el cabaret” con una capacidad de resumen extraordinaria, siempre hermanada al blues. Un aire a Motörhead sobrevuela fuerte en Bienvenida a mi Lado Oscuro, un rock furioso centrado en una maldad autoasumida cercana a la violación hecha y derecha, en la que la frontera entre la aceptación por motus propio y la imposición a la fuerza es muy tenue (aquí resulta gloriosa esa sensación de peligro acechante de índole sexual).

 

En sintonía con Susy Cadillac y Sube a mi Voiture, Lily Malone es un flamante himno sobre otra fémina que se erotiza con los vehículos, ahora llegando al extremo de conducir nada menos que un camión, “su caballo de veinticuatro ruedas”: otro solo majestuoso del Carpo y su voz rasposa constituyen la frutilla del postre. La historia de un bobo que se dejó fagocitar por los sueños televisivos de estrellato, cometiendo un crimen sin sentido, es el centro de Mala Noche, una composición excelente apuntalada en la voz burlona de Michel y un riff asesino que nada tiene que envidiar a los clásicos del metal internacional. En ocasión de En la Ciudad del Gran Río se sienten a full las resonancias musicales a lo Black Sabbath vía una letra que gira alrededor del desconcierto destructor -y bien épico y adictivo- de la vida metropolitana, todo con la manipulación berreta mediática como gran telón de fondo de este temazo.

 

Ya en la mitad del álbum, llega el momento del rockito sucio de parte de Vitico, Es Tarde, nuevamente con un tono jocoso vinculado a la ruptura romántica. Seguimos en terreno stone en la encantadora Sátiros Sueltos, una canción bien relax que retoma el sustrato paródico de algunas composiciones de Zona de Nadie, hoy a la par concentrándose en una autocaricatura (“sátiros sueltos, satisfacción/ Peyroneles sueltos, satisfacción”) y en una denuncia sutil de las injusticias sociales, la hipocresía y el conservadurismo cultural en la era de la supuesta tolerancia y/ o respeto (“señora, no deje a su hija con los delincuentes/ porque ellos son distintos y eso no va/ hay muchos delincuentes que usan camisa y corbata/ y dejan que brille su traje escocés”).

 

Vergüenza Ajena es otra anomalía para el repertorio habitual de Riff, una balada de desamor re tranquila, quizás un tanto olvidable pero digna al fin y al cabo. Larga Distancia es una pequeña y bella canción muy semejante a las de Pappo’s Blues que insólitamente fue incorporada en un disco de Riff: hablamos de un rock a medio tiempo y también hiper stone acerca de “remarla” contra la corriente, metáfora de Pappo sobre lo difícil que le resultó construir su carrera desde la independencia y con el martirio a cuestas de sufrir el ninguneo de buena parte de la prensa y las compañías discográficas locales. En un Harén de Agadir funciona como una hilarante composición símil nueva ola del metal inglés sobre un antropófago que gusta de degustar la anatomía femenina (incluye una alusión a Lalo Mir muy ocurrente).

 

El hard rock británico ochentoso sigue presente en Reza Duro, un ataque directo contra lo que parece ser una figura de poder -ya sea político o religioso- que deriva en expulsión lisa y llana, todo con versos excelentes como “no es necesario recurrir a conceptos tan abstractos para tratar de comunicarse/ lo material te convirtió en un sorete”. Tigre Hotel es un temazo total sobre la adicción al juego bajo una arquitectura semejante a un jingle publicitario que definitivamente se inspira en el costado más irónico del Charly García circa Say No More (1996): un riff adictivo, muchas sonoridades de casino y una letra hiper nihilista de un Pappo casi susurrante son los pilares magistrales de la canción. Estamos Hartos, el último tema del último disco de Riff, aporta un gran cierre que nos reenvía al discurso de denuncia contra la dictadura de los tres primeros álbumes de la banda, aquí sacando a relucir las mentiras sociales/ gubernamentales, el sadismo de la Argentina y la falta de movimiento/ verdadera libertad entre las personas, asimismo enfatizando la naturaleza predatoria de la fama y esa condición de sonámbulos de la mayoría de los ciudadanos de a pie.

 

En cierto sentido Que Sea Rock sintetiza todo lo que Riff hizo en el pasado y lo vuelca hacia una sabiduría inagotable que vino con los años y se solidificó en esta especie de “grandes éxitos” conceptual en el que se compilaron todas las encarnaciones/ facetas del grupo cual estudio de sus diferentes intereses a lo largo del tiempo. La madurez de las canciones, la mejora sustancial del sonido y la independencia total con respecto a las discográficas mainstream -la placa fue editada por el sello autogestivo Riff Records- son factores que les permitieron a los muchachos ya no tener que preocuparse por incluir esto o aquello para satisfacer los caprichos del mercado del momento y así finalmente redondear el que sería el canto de cisne de la banda, quizás el trabajo más poderoso y heterogéneo de toda la carrera de Riff.

 

Si bien la placa es una de las últimas joyas del generoso catálogo discográfico de Pappo, debemos reconocer que la buena racha no duraría mucho porque el guitarrista pronto grabaría El Auto Rojo (1999), uno de los peores discos de su carrera, algo que no obstante corregiría en parte con el álbum doble Pappo y Amigos (2000), un ambicioso autohomenaje que fue exitoso sólo parcialmente debido a la variopinta colección de invitados, la mayoría de los cuales sinceramente no estaban -ni nunca estuvieron o estarán- a la altura de la leyenda que los convocó para participar en el proyecto… y ello se vio reflejado en los horrendos covers que algunos de ellos entregaron de los clásicos del señor.

 

El verdadero “broche de oro” de la carrera de Pappo fue Buscando un Amor (2003), una placa adorable en la que el Carpo por fin se relajó con el objetivo de construir un trabajo semejante a aquellos primeros volúmenes de Pappo’s Blues, hasta incorporando cuerdas, vientos y coros como nunca antes en su trayectoria (insistencia de su entorno mediante). En esos últimos años de su vida, la cual llegaría a su fin el 25 de febrero de 2005 producto de un accidente en Luján con su motocicleta Harley Davidson, de nuevo se mostró preocupado más por la riqueza musical que por los gestos propios de los subgéneros del rock que trabajó a lo largo de su carrera, una experiencia que en conjunto coronó el sentir y el talento de un artista enorme e irrepetible de nuestro país.