Verano del 84 (Summer of 84)

Nadie conoce a nadie

Por Emiliano Fernández

Y tenían que venir unos canadienses locos, François Simard, Anouk Whissell y Yoann-Karl Whissell, el equipo responsable detrás de la maravillosa Turbo Kid (2015), para ofrecernos un antídoto a la nostalgia bobalicona y muy escapista modelo Stranger Things del terror contemporáneo, otro de esos fetiches comerciales del mainstream que pronto derivan en una fórmula estándar: mientras que los protagonistas de la serie de Matt y Ross Duffer son soberbios, cínicos y de lo más neuróticos y la trama suele ir de lo interesante al catálogo más elemental y redundante de clichés del rubro fantástico, los jóvenes de la encantadora Verano del 84 (Summer of 84, 2018) sí generan empatía por el realismo de fondo -en esencia sólo les interesan las chicas y pasar el rato juntos a pura afabilidad y chistes soeces- y la historia de turno sí es asquerosamente verosímil porque está centrada en los peligros que acechan detrás de las máscaras de la burguesía de los suburbios citadinos y/ o los pueblitos más recónditos, amenazas cuyos rostros son humanos y para nada sobrenaturales.

 

La premisa de la película es sencilla a más no poder e incluye un planteo doble que unifica las aventuras de un conjunto de chicos símil Los Goonies (The Goonies, 1985) o Cuenta Conmigo (Stand by Me, 1986) y el viejo arte de espiar el devenir de los vecinos en sintonía con La Ventana Indiscreta (Rear Window, 1954), La Hora del Espanto (Fright Night, 1985), S.O.S. Vecinos al Ataque (The ‘Burbs, 1989) y la reciente Disturbia (2007). Aquí el protagonista central es Davey Armstrong (Graham Verchere), un adolescente de 15 años que en su receso estudiantil de verano trabaja repartiendo diarios, está obsesionado con su bella vecina Nikki Kaszuba (Tiera Skovbye) y en suma se divierte reuniéndose con sus tres amigos Tommy “Eats” Eaton (Judah Lewis), Curtis Farraday (Cory Gruter-Andrew) y en especial Dale “Woody” Woodworth (Caleb Emery), el más cercano a Davey. La abulia del barrio se corta con el accionar de un homicida en serie, llamado el Asesino de Cabo May, que mata a varones jóvenes y ya lleva más de una docena de “desapariciones” en su haber.

 

Las sospechas del inquisidor Armstrong caen en el vecino de enfrente de su hogar, Wayne Mackey (Rich Sommer), un policía con una reputación en apariencia “intachable” a la que Davey le importa un comino, principalmente porque durante una noche de casualidad ve en casa del oficial a uno de los niños perdidos, esos que luego se homologan a cadáveres. A espaldas de sus padres, Randall (Jason Gray-Stanford) y Sheila (Shauna Johannesen), el protagonista comenzará una vigilancia sistemática sobre el policía asistido por sus amigos y con la decidida intención de primero determinar si Mackey es el psicópata pederasta y segundo reunir evidencias para probarlo ante las autoridades, una faena que lo llevará por un lado a obsesionarse con la costumbre del señor de comprar grandes cantidades de tierra y por otro lado a acercarse a Nikki, una chica un poco mayor que asimismo fue niñera de Davey años atrás y hoy está padeciendo una sutil depresión a raíz del divorcio de sus padres. El astuto guión de los debutantes Matt Leslie y Stephen J. Smith juega con el fluir costumbrista y picaresco del derrotero diario de los muchachos y al mismo tiempo con un suspenso hitchcockiano muy centrado en los personajes y alejado de toda pompa ingenua.

 

De una forma similar a lo hecho en ocasión de Turbo Kid, aquí los realizadores construyen una propuesta de influjo clase B donde pesan más las relaciones, diálogos, ocurrencias y estrategias varias de los antihéroes que las referencias almidonadas a ítems de la cultura pop de la década del 80, el ritmo narrativo vertiginoso, los jump scares cronometrados, la catarata de CGI o la misma “carcasa” retórica de las aventuras infantiles del pasado que productos como la citada Stranger Things suelen trasladar de prepo -bajo el modelo de “cortar y pegar”, desde la más pura torpeza y desgana- a nuestros días para trastocarla/ desvirtuarla en función del delirio y el malestar permanentes de las sociedades actuales, generando en última instancia un opus que desdibuja su pretendida melancolía y termina subrayando los estereotipos formales del horror mainstream contemporáneo. Hoy el acento en cambio está puesto en tomar prestados a la par tanto ese molde (música popera tracción a sintetizadores, un pulso discursivo más reposado y los mismos latiguillos de la historia) como su núcleo conceptual (lo esencial es el vínculo de los chicos construido a partir de un cohabitar cotidiano y prosaico, no dado por sentado automáticamente desde el comienzo).

 

Uno como espectador avezado por supuesto ve venir cada giro del relato a la distancia no obstante el foco de la experiencia no radica en las vueltas de tuerca sino en la cordialidad, picardía, sagacidad y sentido de la amistad y de una “diversión” relativamente suicida de los adolescentes, por quienes nos preocupamos a medida que se van acercando más y más hacia el origen máximo del peligro: esta decisión de mover el eje del relato desde el simple descubrir al homicida hacia el compartir con los protagonistas su pesquisa y sus riesgos bien mundanos constituye un pequeño tesoro en el marco audiovisual de nuestros días porque ofrece sinceridad y verdadera gallardía en donde suelen reinar el fetichismo con las citas cansadoras, las recurrencias de por sí quemadas y esos personajes unidimensionales y egoístas que parecen campeones de la necedad. En consonancia con lo anterior, el final de Verano del 84 es uno de los más deprimentes y realistas -del realismo sucio- que se hayan visto en mucho tiempo, dando a entender no sólo que la única salida posible del desarrollo previo es la paranoia y la incertidumbre (la falta de cierre general se da la mano con un cambio profundo de tono desde lo lúdico/ juguetón a lo tenebroso consumado), sino también que nadie conoce a nadie en las comunidades endogámicas de clase media ya que la vida privada y/ o la mente de cada uno pueden esconder monstruos humanos de lo más crueles y salvajes (la contingencia de tener a un vecino psicópata a veces es tan tremenda como la pasividad, inocencia o altanería de los “habitantes comunes”, aquí representados en esos padres que no defienden a sus propios hijos, se ponen de parte de extraños y de hecho no hacen nada para desenmascarar o atrapar al asesino). Así como Stranger Things no logró superar a su fuente de inspiración, Súper 8 (2011), y luego fue sobrepasada en términos cualitativos por It (2017), ahora Verano del 84 emparda los logros del film de Andy Muschietti aunque dentro de la comarca indie y sin la fanfarria del Hollywood gigantesco; regalándonos un pantallazo adictivo y minúsculo alrededor de la curiosidad de la temprana edad, las muchas frustraciones que trae la adultez, la apatía de los burgueses idiotas y conservadores, la colorida mediocridad de base de las ciudades -en realidad no importa su tamaño- y lo frecuente que resultan la impunidad y los traumas en contextos donde los adalides individuales o grupales deben hacerse cargo de algo que le corresponde a terceros que a su vez se pasean por los terrenos de la ineficacia, la estupidez o la incompetencia…

 

Verano del 84 (Summer of 84, Canadá/ Estados Unidos, 2018)

Dirección: François Simard, Anouk Whissell y Yoann-Karl Whissell. Guión: Matt Leslie y Stephen J. Smith. Elenco: Graham Verchere, Caleb Emery, Judah Lewis, Cory Gruter-Andrew, Tiera Skovbye, Rich Sommer, Jason Gray-Stanford, Shauna Johannesen, Mark Brandon, J. Alex Brinson. Producción: Matt Leslie, Jameson Parker, Van Toffler, Shawn Williamson y Cody Zwieg. Duración: 105 minutos.

Puntaje: 8