El Eternauta

Nadie se salva solo

Por Martín Chiavarino

Junto a Mafalda, la creación de Joaquín Salvador Lavado Tejón mejor conocido como Quino, El Eternauta es la única historieta que ha logrado colarse en el panteón de las grandes obras literarias argentinas, en un canon en el que hay trabajos de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, algunos de los escritores más leídos, citados y renombrados de nuestro país. Esto sin dudas es una hazaña para una historieta popular editada en una revista semanal específica de un género que tardó mucho tiempo en ser reconocido como algo más que un consumo cultural popular.

 

Publicado originalmente entre 1957 y 1959 en el suplemento semanal Hora Cero, una de las revistas de historietas más conocidas de la Argentina, El Eternauta, escrito por Héctor Germán Oesterheld y dibujado por Francisco Solano López, cautivó a un público joven que crecía al calor de las ideas desarrollistas de Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio, del exilio de Juan Domingo Perón y las consecuencias de su derrocamiento y el ensañamiento contra su figura y contra las conquistas de los trabajadores por parte de la autodenominada Revolución Libertadora. Era un público que aún tenía en la memoria la crisis de la segunda presidencia de Perón en la que prácticamente se había desatado una guerra civil, pero que también recordaba la bonanza de su primera presidencia. Todo eso era parte de una realidad en la sobresalían las luchas internas en la institución militar entre los militares antiperonistas y los anticomunistas, el acceso de las clases populares a la cultura de masas y una idea de progreso que aún no había sido truncada por la historia.

 

El éxito de El Eternauta había llegado luego de los primeros personajes de Oesterheld, Bull Rockett, Sargento Kirk y Ernie Pike, que se situaban en el oeste norteamericano, como los dos primeros, o en la Segunda Guerra Mundial, como el último. La gran particularidad de El Eternauta era que transcurría en la Argentina, era nuestra versión en clave de historieta de La Guerra de los Mundos (The War of the Worlds, 1898), de H.G. Wells, y sus batallas se producían en paisajes emblemáticos de la Ciudad de Buenos Aires y su área metropolitana. Oesterheld le dio vida a personajes que se juntaban a jugar al truco por las noches y tomaban mate. Un profesor de física, Favalli, el dueño de una pequeña empresa que fabricaba transformadores, Juan Salvo, un fundidor, el joven Alberto Franco, y la esposa de Juan, Elena, una ama de casa, y su pequeña hija, Martita, son un producto de la sociedad argentina de su época, del servicio militar obligatorio, de la Argentina que buscaba prosperar con un plan desarrollista de sustitución de importaciones iniciado en la década del treinta por necesidad debido a las consecuencias de la crisis producida por la caída de las bolsas de valores en 1929.

 

A lo largo de los años muchos directores habían intentado llevar El Eternauta al cine, pero nadie había estado siquiera cerca de concretar la hazaña, para la que se necesitaban muchos recursos económicos. Desde fines de la década del sesenta ya había proyectos para una adaptación. Fernando “Pino” Solanas y Gustavo Mosquera habían iniciado tratativas, Adolfo Aristarain también en la década del ochenta, pero la que más trabajaría en ello sería la realizadora argentina Lucrecia Martel, que creó un guión completo dedicándole un año y medio a una película que finalmente no se concretaría. Incluso el español Álex de la Iglesia estaba interesado, pero sólo Bruno Stagnaro, el director de Pizza, Birra, Faso (1998) y la serie Okupas (2000), un realizador al que le había llegado el éxito demasiado pronto, demasiado joven, en un momento bisagra del séptimo arte local, y un declarado fanático de la historieta de Oesterheld, que venía trabajando en un guión, haciendo y deshaciendo, escribiendo y descartando, desde 2023 logró lo que nadie había conseguido hasta el momento, asegurar el presupuesto para completar una obra a la que finalmente le había llegado su hora de ser adaptada a la nueva modalidad de consumo televisivo gracias al aporte de capitales privados y de la mano de BA Producción Internacional, de la Ciudad de Buenos Aires, y otros programas de apoyo estatal a producciones foráneas de Uruguay, Canadá e India.

 

Con la adaptación de El Eternauta de Bruno Stagnaro junto a Ariel Staltari, que colaboró en el guión, también regresa la historia del martirio de Héctor Oesterheld y su familia, secuestrado y asesinado por la última dictadura cívico militar, al igual que sus cuatro hijas, dos de ellas embarazadas, y tres de sus yernos, debido a su militancia política en la organización peronista Montoneros.

 

La adaptación de Stagnaro, uno de los pocos realizadores que entendió y se atrevió a enfrentarse a la descomposición social de la década del noventa, tiene una mirada que intenta indagar en los problemas socioeconómicos y socioculturales de la Argentina, trasladando la historia original de la década del cincuenta al presente. Esta decisión genera cambios significativos en el relato, que se materializan principalmente a partir del segundo capítulo de los seis que componen la primera temporada. Lo más importante del comienzo es la transformación del inicio de la historia, con la materialización del protagonista, Juan Salvo, en la casa del escritor, Oesterheld, por una escena de la hija de Salvo con unas amigas en una embarcación en los momentos previos al inicio de la invasión, lo cual anula gran parte de la trama, que es el relato de Juan Salvo de su historia como Eternauta. Para compensar esto, las visiones de Salvo en forma de reminiscencias o premoniciones se inician tempranamente en lugar de las alucinaciones colectivas de la historieta, con el objetivo de justificar el título de la serie y la figura del protagonista como viajero del éter.

 

El Eternauta había sido editada como historieta a lo largo de tres años, por entregas, por lo que la historia está construida a partir de escenas cortas, que la serie cambia de duración y tono debido a la metamorfosis en cuanto al formato. Hoy gran parte de las series tienen entre seis y diez capítulos, por lo que el relato se organiza en base a esa configuración narrativa, más parecida a lo que Stagnaro había creado en Okupas o Un Gallo para Esculapio (2017), que a la historieta original, sin perder la esencia de la aventura escrita por Oesterheld.

 

A partir de la escena inicial con las jóvenes que parece desentonar con la historia original la acción se traslada a Vicente López, en el conurbano bonaerense, donde Juan Salvo (Ricardo Darín), el “Ruso” Polsky (Claudio Martínez Bel), Lucas (Marcelo Subiotto) y Omar (Ariel Staltari), un pariente de la esposa de Polsky, se juntan en la casa del “Tano” Alfrero Favalli (César Troncoso) y su esposa, Ana (Andrea Pietra), para jugar al truco, tomar whisky y disfrutar de la noche de amigos de los viernes. Pero lo que parece una inocente partida de cartas se convierte en una pesadilla cuando los copos de nieve comienzan a caer en pleno verano, matando a todos los que están en la calle. Así se inicia esta aventura en la que no faltan el traje y la máscara aislante de Salvo.

 

Para trasladar la acción al presente sin comprometer el relato original, Stagnaro anula toda la tecnología moderna y a partir del segundo capítulo inicia una transformación de la trama, en la que Elena (Carla Peterson), la ex esposa de Salvo, es una médica que intenta ayudar a todo el mundo, mientras que Salvo se empeña en encontrar a Clara (Mora Fisz), la hija de ambos, en medio del caos. Al igual que el personaje de Omar, un hombre que ha emigrado a Estados Unidos durante la crisis del 2001, Stagnaro incluye en el elenco a una joven venezolana que trabaja en una aplicación de encargos/ pedidos, Inga (Orianna Cárdenas), para traer una de las cuestiones sociales del país al candelero, la situación de precariedad de los empleados de esta modalidad y las formas de supervivencia de los migrantes venezolanos en Argentina y el mundo. Stagnaro incluye estos personajes que no están en la historieta para reforzar su intento de evadir el fetiche del héroe individual de los cómics norteamericanos, para recuperar la idea de Oesterheld del héroe colectivo, que comenzaba a imponerse en una sociedad que anhelaba un camino alternativo a lo que las grandes potencias ofrecían como modelo.

 

Stagnaro sigue aquí los lineamientos de este tipo de historias apocalípticas de ciencia ficción, comenzando con una larga introducción para luego pasar a capítulos con más acción y tensión, en el que los Cascarudos, aquí los “bichos”, atacan mientras los argentinos se organizan para resistir. El segundo capítulo hace más hincapié precisamente en la organización de un edificio, tomando situaciones extremas ocurridas durante la pandemia en el año 2020 para mirar los lugares más oscuros del corazón humano sin ningún tipo de romanticismo, por ello recién en la segunda mitad de la serie aparece una acción más intensa acorde con el devenir de la historieta.

 

Al igual que en la historieta la serie busca que el espectador argentino sienta la cercanía con las locaciones, todos lugares reconocibles de la Ciudad de Buenos Aires y la zona norte y noroeste de la Provincia de Buenos Aires. Por momentos hay un abuso de la publicidad de marcas pero como un recurso narrativo de gran potencia, contraponiéndolo con el panorama desolador, destacando el sinsentido del marketing en medio de la tragedia y el apocalipsis, incluso usando las publicidades callejeras para ofrecer una metáfora en consonancia con la escena de turno o tan solo creando una alegoría sobre lo inútil y hueco de la vida en el capitalismo financiero y consumista actual.

 

Al ser una obra pulp típica de la época, con un rol pasivo de la mujer imposible de duplicar hoy en día, incluso no deseable, con mucha aventura, que exuda fantasía y necesita de muchos efectos especiales, la necesidad de transformar la historia -si se quiere, de traerla al presente- se vuelve imperiosa. Ya sea por la falta de recursos o por visión personal, Stagnaro no cae en la trampa de abusar de la tecnología, con unos CGIs y fondos digitales basados en los motores de los videojuegos que en general son buenos a pesar del bajo presupuesto para este tipo de propuesta, pero que podrían y deberían ser mejores para mejorar la calidad artística de la obra. Aun así, incluso los bichos son creíbles y sólo en algunas escenas del cuarto capítulo no funcionan demasiado bien.

 

La frase que marca toda la mirada de Stagnaro es que “nadie se salva solo”, que ante una situación extrema la unión hace la fuerza, cuestión que Hollywood se encarga constantemente de encubrir con sus ficciones de superhéroes. En este sentido, Omar intenta tomar un camino propio y termina reencontrándose con Salvo y Favalli, de los que quería alejarse, mientras que Salvo es salvado por sus amigos después de intentar salir a buscar a su hija. A pesar de ser una obra realista descarnada, que retoma traumas de la historia argentina como la Guerra de Malvinas, no hay una mención a la política nacional, lo cual es probablemente un acierto, incluso una necesidad en una época donde se prefiere no dejar de lado a ningún público y donde todas las ideologías se han convertido en una sombra de lo que eran, sin rumbo ni horizonte.

 

También hay una preocupación ecológica en la serie que coincide con los elementos científicos de la profesión de Oesterheld (era geólogo recibido de la Universidad de Buenos Aires), ahora dando cuenta de la incipiente preocupación de la época por el estado del planeta Tierra, en pleno avance de la industria militarista. La inversión de los polos, la caída de la nieve radioactiva y la destrucción de los ríos, catástrofes que sacuden los cimientos del mundo que los personajes dan por descontado antes de que se inicie el periplo del Eternauta, son algunas de las cuestiones ambientalistas que aparecen en esta gran adaptación, que no se priva de introducir constantemente pequeñas referencias a nuestra cultura.

 

Como en todas las obras de Stagnaro los conflictos suscitados por la lucha de clases son uno de los principales ejes narrativos, a lo que se suma el análisis de las consecuencias del colapso de la producción y el mercado, además de la rapiña de los restos del mismo. Al igual que en todas las series de este tipo, similares a The Walking Dead, hay un interés por explorar las distintas formas en que los sujetos se adaptan al nuevo contexto, cómo se organizan y qué ocurre ante el desmoronamiento del régimen anterior, aunque también hay un homenaje a La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos (The Invasion of the Body Snatchers, 1956), la película de Don Siegel basada en la célebre novela de Jack Finney, Los Usurpadores de Cuerpos (The Body Snatchers, 1955). En este sentido Stagnaro se esfuerza por evadir el fetiche con el héroe individual que propone el cine de Hollywood, creando un héroe colectivo en sintonía con la historieta original y superando con creces prácticamente todas las obras del género gracias a la gran labor de la producción artística y la autenticidad de las escenas.

 

Desde ya que no todas son rosas. La música, ya sea el folklore de Mercedes Sosa o Los Hermanos Ábalos, un tango de Carlos Gardel o temas del rock nacional de Manal, El Reloj, El Mató a un Policía Motorizado o Soda Stereo, no terminan de cuajar con las imágenes como sí lo hacían en Okupas, aunque es muy buena la elección de temas y en algunas secuencias la música está muy bien incluida. Las actuaciones son muy buenas, destacándose el rol de Cesar Troncoso como Favalli, uno de los personajes más interesantes de la historieta, aquí transformado en técnico electrónico. Ricardo Darín aporta su experiencia a una caracterización que tiene poco que ver con el Juan Salvo de Oesterheld, un hombre inteligente devenido en la serie en un sujeto de gran amargura, divorciado, ex combatiente de Malvinas, desconfiado y con las frustraciones de todo argentino. Los personajes femeninos de Andrea Pietra y Carla Peterson funcionan como el contrapunto de los hombres, con una idiosincrasia más altruista, que no siempre da frutos, más optimistas y menos pesimistas. También aparecen en el último capítulo Jorge Sesán como un maquinista que se une a la resistencia y Dante Mastropiero como su colega, que le piden a Darín que se sume a su gesta. Como perla queda el homenaje de Claudio Martínez Bel al gran payaso argentino, Pepitito Marrone, y la frase icónica de Favalli, “lo viejo funciona, Juan, lo viejo funciona”, toda una declaración de principios para la visión efímera y de descarte del Siglo XXI.

 

Llama la atención la elección de Ricardo Darín como Juan Salvo, dado que el personaje de Oesterheld tiene treinta y tantos años y en la serie el protagonista ronda los sesenta años. Más allá de la cuestión de que Darín es uno de los pocos actores argentinos con reconocimiento internacional, la razón reside nuevamente en el simbolismo etario. El Salvo de la historieta es un hombre de familia en la plenitud de sus facultades, con el futuro por delante, al igual que Argentina a fines de la década del cincuenta. La esperanza desarrollista de fines de los cincuenta es trocada en la serie por la amargura del personaje, que, como el país, no tiene perspectivas, un rumbo, ni siquiera consensos básicos, oscilando cada cuatro años entre un falso liberalismo de corte conservador y corporativo que alienta la importación de bienes generando desocupación y cierre de fábricas, y su contracara, un proteccionismo corporativo que depende del valor internacional de los bienes primarios que el país exporta para prosperar.

 

El Eternauta es una obra compleja, que hace malabares para convencer al público vernáculo y lograr el éxito internacional, y realmente consigue hacer pie en ambas regiones gracias a una propuesta más parecida a la adaptación de alguna novela del escritor argentino Horacio Convertini que a la historieta de Oesterheld, sobre todo debido al traslado de la acción al presente, lejos de las esperanzas de progreso de antaño a través del desarrollo del país, aunque también hay una mirada de la patria similar a la de Oesterheld, que aparece en el último capítulo.

 

Para una segunda temporada quedan la tercerización de la invasión, sin duda una alegoría de la explotación capitalista y sus personeros burgueses, y la terminología de Oesterheld, hablamos de los Cascarudos, los Hombres-Robot, los Manos, los Gurbos y los Ellos, porque solo los tres primeros hacen su aparición en esta primera temporada. También queda en el tintero la incógnita de si le llegará su turno a la segunda historieta, El Eternauta II (1976-1978), más revolucionaria y comprometida con la militancia, escrita por Oesterheld ya en la clandestinidad, que comenzó a publicarse en Gente, revista que después de su apuesta por la segunda parte de esta obra tan popular se arrepintió rotundamente a raíz de la polémica generada entre sus lectores, obligando a sus autores, Oesterheld y Solano López, a terminarla a las apuradas e incluso ofrecer una disculpa por la virulencia de sus páginas. Hoy al igual que ayer, El Eternauta, ese viajero que nos enseñó el valor del coraje y la amistad, que le tocó salir a enfrentarse a la muerte por la suerte de un dado, es una obra necesaria para comprender nuestro pasado y enfrentar a los monstruos de este presente que buscan enterrar la cultura argentina.