Honestamente no existen muchas realizaciones que nos propongan la tan espantosa como potencialmente cotidiana premisa de un encierro en uno de los elevadores de cualquier edificio metropolitano del montón, no obstante resulta posible identificar sin demasiados problemas a las dos grandes “madres” del formato en términos narrativos laxos, primero Ascensor para el Cadalso (Ascenseur pour l’échafaud, 1958), joya del film noir de Louis Malle que anticipó el ardid retórico del cautiverio más vulgar y a priori impensado por el ciudadano promedio que confía sin chistar, y segundo la pionera aunque desde un punto de vista mucho más tangencial/ complementario El Ascensor (De Lift, 1983), opus acerca de un elevador psicópata del holandés Dick Maas que tendría su tardía remake norteamericana a cargo del mismo director y guionista, Down (2001), también conocida como The Shaft. Dentro del catálogo en cuestión asimismo podríamos citar a Hellevator: The Bottled Fools (Gusha no Bindume, 2004), importante delirio japonés de ciencia ficción y terror de Hiroki Yamaguchi, y las hollywoodenses variopintas Blackout (2008), slasher minimalista de asesino en serie de Rigoberto Castañeda, Devil (2010), amena epopeya sobrenatural de acento muy mefistofélico de John Erick Dowdle, y Elevator (2012), thriller psicológico de angustia -con una bomba algo mucho ridícula incluida- de Stig Svendsen, sin embargo la película que verdaderamente patentó los resortes principales del esquema, ya pensándolo en términos modernos y teniendo presente que la reclusión prosaica que nos ocupa iría a parar a una infinidad de odiseas semejantes de todo el maldito planeta, es Fuera de Servicio (Abwärts, 1984), del cineasta suizo Carl Schenkel, una obra dolorosa a más no poder que funciona en simultaneo como thriller claustrofóbico, faena de horror social ochentoso e incluso estudio de la naturaleza humana como condena predatoria autoimpuesta que deriva en desastre para uno mismo y todo nuestro entorno, ese que de una forma u otra termina sumándose a la competencia demente de fondo mediante las huestes de un bando o el otro.
El guión, craneado por Frank Göhre en sociedad con el propio Schenkel, comienza con un típico planteo irónico de índole comunal/ laboral/ barrial porque un operario presumido de mantenimiento (Kurt Raab), quien como suele ocurrir siempre piensa que la culpa es de los demás y no propia, informa a un guardia polaco bastante avejentado y sin nombre conocido (Jan Groth) acerca de la necesidad de chequear más a menudo los mecanismos de control del gigantesco edificio alemán de turno porque basta apenas una capa de polvo para que todo deje de funcionar de un momento al otro. Ahora bien, ese mismo bocón se olvida en el hueco del ascensor un destornillador que por los agitados movimientos del cubo de metal y sus poleas mecánicas termina cayendo sobre un tablero eléctrico y así provocando que un elevador, en concreto el número 7, deje de funcionar. Las sentenciados a pasar tiempo en conjunto en la mazmorra de las alturas son Pit (Hannes Jaenicke), un muchacho que trabaja en un servicio de mensajería y tiene una actitud entre hedonista y punk frente a la vida y la falta de oportunidades verdaderas para la juventud en la primera oleada neoliberal de los 80, Jörg (Götz George), un yuppie modelo cuarentón que convalida este estado de cosas en Europa y en el resto del mundo y se muestra implacable ante cualquiera que lo contradiga o elimine privilegios de cuna, siempre considerando que todo se mide en riquezas latentes o suprimidas, Marion (Renée Soutendijk), colega, amante y socia en diversas fechorías de oficina del anterior con una perspectiva ideológica un poquito más moderada y femenina autovictimizante según la conveniencia de cada circunstancia, y Gössmann (Wolfgang Kieling), empleado contable que viene de robar todo el capital disponible en la empresa en la que trabaja desde hace 15 años, hurto motivado por maltratos del jefe de larga data y la pronta incorporación de un sistema informático al que considera no podrá adaptarse. Las identidades opuestas, la diferencia de edad, los celos ante la mujer, los miedos arrastrados desde lejos y la tensión del encierro generarán un cóctel sadomasoquista a punto de estallar.
Amparado en el aislamiento de un viernes a la noche y un sistema de alarma que brilla por su inutilidad tanto como el guardia polaco que se la pasa leyendo el periódico o viendo TV en su cubículo del lobby del inmueble, Schenkel se aboca a despedazar a cada uno de los personajes por razones distintas a través de diálogos y decisiones que los pintan de pies a cabeza tanto en sus miserias como en sus fortalezas: Jörg y Pit están casi todo el tiempo peleándose no sólo por las diferencias etarias y actitudinales sino la presencia de la celestial Marion, eje de una rivalidad permanente, y sobre todo los estratos opuestos de la pirámide plutocrática a los que responden, el primero un esclavo feliz de la alta burguesía empresaria que sigue defendiendo a la patronal y su visión del mundo a pesar de que está cerca de ser despedido, todo dentro de ese canibalismo estándar de oficina, y el segundo un miembro de la clase baja marginal al que le importa un comino todo y como no tiene nada valioso que perder no se deja basurear por ninguno de los imbéciles egoístas de los que están llenas las sociedades desarrolladas (y las subdesarrolladas también), Gössmann por su parte es un pobre tipo fagocitado por su temor de obsolescencia y reemplazo en el engranaje capitalista a través de un software que automatizará lo que hasta ese instante era un trabajo artesanal de personas de carne y hueso, y finalmente Marion se nos aparece por un lado remarcando que en las oficinas todo es más duro para las hembras y por el otro comportándose como una trepadora común y corriente que no deja de coquetear con todo varón que se cruza en su camino, desde el veterano Gössmann hasta el carilindo cool de Pit, con quien se besa mientras su amante está fuera del cubo de metal, en el conducto del elevador, tratando de abrir una de las puertas de los pisos, lo que deriva en un intento cruzado de asesinato entre los dos hombres. La autosugestión belicista boba, una que lleva al conflicto artificial eterno, queda representada en el cuento que Jörg le relata a Pit sobre un sujeto de Chicago atrapado en un vagón frigorífico de un tren y muriendo sin que dicho aparatejo estuviese encendido.
Schenkel fue un director errático y muy particular, como decíamos previamente un suizo que comenzó su carrera en el séptimo arte en la República Federal de Alemania durante la etapa final de la Guerra Fría hasta alcanzar un relativo éxito internacional con Fuera de Servicio y por consiguiente mudarse a Hollywood en busca de una estabilidad profesional que jamás llegó, donde encaró unos cuantos bodrios aunque también propuestas bastante dignas como A Espaldas de la Ley (The Mighty Quinn, 1989), una de las primeras obras memorables de Denzel Washington, y Enigma Mortal (Knight Moves, 1992), sin duda uno de los grandes logros del período taquillero del hoy olvidado Christopher Lambert, amén de muchos trabajos televisivos en series como The Hitchhiker (1983-1991) y Profiler (1996-2000). Jaenicke y George están magníficos como enemigos declarados, Kieling cumple bastante bien como un empleaducho gris temeroso de que descubran el dinero robado en su maletín y Soutendijk, célebre por sus colaboraciones con el neerlandés Paul Verhoeven, léase las queridas Descontrol (Spetters, 1980) y El Cuarto Hombre (De Vierde Man, 1983), es una femme fatale rubia e inmaculada que justifica el diminuto aunque voraz vendaval de violencia, amargura y soberbia que se da cita en nuestro ascensor número 7. Desde ya que los personajes son muy estereotipados y Schenkel por momentos abusa de la estrategia de dejar en el misterio determinados episodios, casi siempre por la evidente imposibilidad técnica de registrar algunas tomas ambiciosas de efectos especiales, sin embargo construye con maestría una fábula moral sobre un suicidio simbólico por odio recíproco absurdo que hasta incluye chispazos de humor negro y/ o surrealista de pulso kafkiano, basta con pensar en Jörg falleciendo por su obsesión con el dinero, en los rescatistas ultra racistas del último acto, esos Heinz (Klaus Wennemann) y Otto (Ralf Richter) que no dejan de burlarse a pura cobardía del guardia polaco ni por un segundo, y por supuesto en Gössmann viendo cómo los billetes mutan en el desenlace en su ropa sucia, claro eco de aquel loquito de Chicago…
Fuera de Servicio (Abwärts, República Federal de Alemania, 1984)
Dirección: Carl Schenkel. Guión: Carl Schenkel y Frank Göhre. Elenco: Hannes Jaenicke, Renée Soutendijk, Götz George, Wolfgang Kieling, Klaus Wennemann, Ralf Richter, Jan Groth, Kurt Raab, Ekmekyemez Firdevs, Luce Rains. Producción: Matthias Deyle y Thomas Schühly. Duración: 90 minutos.