Películas anómalas existen muchas en la historia del cine -no tantas en la actualidad gracias a esa triste uniformidad del mainstream y el indie de nuestros días, siempre tendientes a empaquetar lo mismo hasta el hartazgo- sin embargo son realmente muy pocas las obras que logran hacernos pasar de la extrañeza a la fascinación a través de una batería de sorpresas o un desarrollo progresivo que consigue naturalizar lo que en un primer momento resultaba bizarro o desconcertante, proceso que por supuesto tiene que ver con el cuidado e inteligencia en materia de las lógicas retóricas involucradas y su puesta en ejecución. Jaula sin Techo (The Baby, 1973), escrita por Abe Polsky y dirigida por el querido Ted Post, es una de estas realizaciones que hacen del marco exploitation insólito su fuerte y se abren camino hacia lo memorable creativo que obliga a cada espectador a atestiguar por sí mismo la proeza en cuestión. La película narra el conflicto encarnizado entre dos grupos de mujeres por un hombre de unos 20 años con un aparente retraso mental que simplemente responde al mote de “Bebé” y vive encerrado en diversas cunas gigantescas: por un lado están una trabajadora social llamada Ann Gentry (Anjanette Comer), que viene de padecer un misterioso accidente automovilístico que la dejó con culpa ya que su esposo resultó gravemente afectado, y su suegra Judith (Beatrice Manley), y por el otro lado tenemos a la madre del muchacho, la Señora Wadsworth (Ruth Roman), y sus otros dos vástagos, la hermana mayor Germaine (Marianna Hill) y la del medio Alba (Susanne Zenor), un clan bien excéntrico que depende para subsistir de la pensión por incapacidad del Bebé porque ninguna de las mujeres tiene un trabajo estable (en ocasiones Germaine filma publicidades para televisión y Alba da clases de tenis, amén de la tétrica matriarca cuya única verdadera “ocupación” por fuera del hogar es jugar al bridge con sus amigas dos veces a la semana).
Sabiendo que la negligencia del Estado fue cuantiosa en el caso porque el sujeto que nos ocupa (en la piel de David Mooney) sólo fue sometido de niño a tests psicológicos y físicos y para colmo la única trabajadora social previa que pareció lograr algún tipo de progreso desapareció enigmáticamente, Gentry comienza a tocar con regularidad la puerta de la parentela Wadsworth y se gana su desprecio porque las susodichas estaban acostumbradas a apenas un par de visitas por año, situación que le permite a Ann deducir que el supuesto Bebé no tiene de por sí ninguna predisposición al retraso cognitivo o motriz y que el estado de infantilismo perpetuo al que está condenado es inducido por el trío de arpías para cobrar el dinerillo mes a mes, un plan de abusos conductivistas paulatinos que incluye -primero- la prohibición de caminar, hablar, pararse y hacer cosas por sí mismo y -segundo- una serie de castigos que van desde el abuso verbal y los encierros sistemáticos hasta las palizas y los choques eléctricos mediante una picana para animales. Desde el vamos queda en claro que las Wadsworth son capaces de cualquier cosa con tal de proteger a su fuente de ingresos y de que siga representando su papel, detalles que salen a la luz con todo en ocasión de los golpes que recibe una Babysitter (Erin O’Reilly) que se excitó cuando el Bebé se le prendió de una de las tetas en plan de lactancia virtual. Gentry intenta llevar al joven a un instituto especializado en niños con capacidades diferentes, la Greenview School, para que lo vea un Doctor (Tod Andrews), no obstante se topa con negativas de parte de la matriarca y sus dos cómplices que derivan en quejas y mentiras ante el jefe de Ann, el Señor Foley (Joseph Bernard), provocando que sea apartada del caso y que a su vez amenace a las Wadsworth con luchar legalmente por la custodia del Bebé, lo que implicaría que las autoridades llevarían adelante sí o sí esa necesaria investigación que las mujeres tanto desean evitar.
Si bien el guión del también productor Polsky es muy bueno, un señor que en esencia sólo escribió Jaula sin Techo, un par de trabajos olvidables y unos capítulos de Bonanza y Kung Fu, el que se luce es un Post de una eficacia inconmensurable y con un voluminoso bagaje televisivo que lo paseó por series de lo más variopintas como Perry Mason, El Hombre del Rifle (The Rifleman), El Virginiano (The Virginian), La Ley del Revólver (Gunsmoke), Combate (Combat!), La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), Baretta y Columbo, además de dirigir un puñado de películas maravillosas como La Marca de la Horca (Hang ‘Em High, 1968), Bajo el Planeta de los Simios (Beneath the Planet of the Apes, 1970), Magnum 44 (Magnum Force, 1973) e Infierno sin Salida (Go Tell the Spartans, 1978). Aquí el realizador se las ingenia para construir un verosímil que se sumerge en el grotesco dramático y las actuaciones exageradas por parte de todo el elenco aunque al mismo tiempo evita lo que podría ser el facilismo de la comedia negra, el sustrato absurdo rimbombante o hasta el erotismo, apenas apostando a la incorporación de unos segundos de metraje semi documental de purretes reales con retraso mental, autismo y Síndrome de Down: la fuerza del convite está basada en la pulcra fotografía de Michael D. Margulies, la complejidad de los personajes y el desempeño que extrae Post del convincente Mooney y las cuatro actrices fundamentales, basta con pensar en la angustia y desesperación de Comer, el trasfondo maquiavélico y frío de Roman y el carácter ultra sexy de Hill y Zenor (estas dos últimas ocupan el rol de las putonas “marca registrada” del exploitation, con la primera siendo una semi veterana que gusta de sucumbir en el incesto al tratar al Bebé como un semental nocturno y la segunda una sádica que disfruta de lastimar a los hombres tanto como mami, quien por cierto tuvo a sus tres vástagos con tres varones/ fracasos románticos distintos).
Desde el momento en que las Wadsworth se cansan de la trabajadora social y se proponen drogarla y luego asesinarla a lo largo de la fiesta de cumpleaños del Bebé, lo que asimismo deriva en su fuga ayudada por el grandulón y en un fatídico intento posterior de recuperar al muchacho ingresando de noche a la casona que comparten Ann y Judith, el film nos ofrece una escalada formidable de maquinaciones, trampas sesudas y violencia que sin duda magnifican esta sutil metáfora que homologa a los estados primigenios de la vida con lo inconsciente natural del ser humano y a las obsesiones cotidianas con lo salvaje igualmente latente, cual nitrato animal que le escapa a cualquier planteo por fuera del eje del arte de porfiar y porfiar sobre lo mismo inclaudicable. La siempre sorprendente Jaula sin Techo tira el ancla narrativa en las aberraciones de entrecasa y desde allí examina temáticas como el destrato social hacia los retrasados o minusválidos mentales, el abuso e inoperancia del sistema de salud pública, las barrabasadas a nivel de la convivencia parasitaria familiar, el sadismo misándrico por parte de mujeres frustradas a nivel sentimental, el acoso a manos de representantes estatales que se autoimponen como jueces eternos/ omniscientes de lo ajeno, el trasfondo gatopardista y/ o fútil del asistencialismo social cuando la inequidad es la regla máxima del capitalismo dominante, y finalmente las inefables “peleas de gatas” por un macho -ahora literalmente- ultra bobalicón. Más allá de que vale aclarar que la versión de la película que se consigue hoy por hoy cuenta con un doblaje decisivo para la crudeza freak de base, reemplazando la voz, los llantos y los quejidos de Mooney por los de un bebé real, el opus de Post desarma con esmero y sagacidad la estructura de poder hogareña, la manipulación y el caretaje femeninos, un Complejo de Edipo llevado al extremo y sobre todo lo que ocurre cuando nos encontramos con bandos de psicópatas en pugna, de lo que por supuesto constituye un ejemplo ese magnífico desenlace hiper retorcido en el que por fin descubrimos el objetivo de Gentry, quizás menos mundano y burdo aunque igual de claustrofóbico y compensatorio fanático que aquel que caracterizó a las Wadsworth, un clan que no supo juzgar en toda su peligrosidad a su rival y a esa mascarada de buenas intenciones a las que suelen recurrir los engendros del Estado para rapiñar cuanto deseen…
Jaula sin Techo (The Baby, Estados Unidos, 1973)
Dirección: Ted Post. Guión: Abe Polsky. Elenco: Anjanette Comer, Ruth Roman, David Mooney, Marianna Hill, Susanne Zenor, Tod Andrews, Beatrice Manley, Erin O’Reilly, Joseph Bernard, Michael Pataki. Producción: Abe Polsky y Milton Polsky. Duración: 84 minutos.