Kalifornia

No apropiado para consumo masivo

Por Emiliano Fernández

A Kalifornia (1993) en su momento de estreno se la malinterpretó en parte como otra más de las muchas realizaciones centradas en asesinos en serie o criminales vehementes que aparecieron a posteriori de Misery (1990), de Rob Reiner, El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991), de Jonathan Demme, y Cabo de Miedo (Cape Fear, 1991), de Martin Scorsese, un pelotón que incluye a Asesinos por Naturaleza (Natural Born Killers, 1994), de Oliver Stone, Pecados Capitales (Seven, 1995), de David Fincher, Ciudadano X (Citizen X, 1995), de Chris Gerolmo, Copycat (1995), de Jon Amiel, Fargo (1996), de los hermanos Joel y Ethan Coen, La Verdad Desnuda (Primal Fear, 1996), de Gregory Hoblit, Besos que Matan (Kiss the Girls, 1997), de Gary Fleder, El Coleccionista de Huesos (The Bone Collector, 1999), de Phillip Noyce, y Telaraña (Along Came a Spider, 2001), de Lee Tamahori, entre otras. Si bien algo de eso hay porque el film es claramente un producto de su época, por cierto fascinada con los psicópatas y las atrocidades de las que suelen ser responsables, asimismo resulta innegable que el asunto en este caso concreto pasa por otros lados ya que el neo noir de Dominic Sena es una cruza entre el drama indie noventoso, las road movies existenciales de los años 70 y ese formato de thriller psicológico moderno que fue surgiendo entre las décadas del 60 y 80, además en el guión de Tim Metcalfe, después reescrito sin acreditar por el director y los productores Steve Golin, Aristides McGarry y Sigurjon Sighvatsson, sobrevivieron chispazos varios del tono narrativo original vinculado a la autoparodia y la comedia negra, de hecho una de las facetas profesionales de Metcalfe como lo atestiguan sus participaciones en La Hora del Espanto 2 (Fright Night Part 2, 1988), de Tommy Lee Wallace, y en la saga que comenzó con La Venganza de los Nerds (Revenge of the Nerds, 1984), de Jeff Kanew, amén de su apego hacia el horror de Bones (2001), opus de Ernest R. Dickerson, e Invocando Espíritus (The Haunting in Connecticut, 2009), de Peter Cornwell, y sus otras incursiones en estas epopeyas viscerales o cargadas de realismo sucio, Laberinto de Hierro (Iron Maze, 1991), de Hiroaki Yoshida, y Diario de un Asesino (Killer: A Journal of Murder, 1995), obra con James Woods dirigida por Metcalfe.

 

Early Grayce (Brad Pitt) es un demente hedonista y muy inestable de clase baja que acaba de ser despedido de una fábrica de espejos y está en libertad condicional por el aparente combo de cargar una pistola sin licencia, robar un automóvil y resistirse al arresto, por ello no puede abandonar el Estado en cuestión, Kentucky, y vive en un remolque en una zona marginal de Louisville junto a su novia camarera Adele Corners (Juliette Lewis), una chica ingenua que fue violada en grupo cuando tenía 13 años por tres muchachos y ve a Grayce como su “protector”, lo que implica que no puede fumar ni decir groserías ni beber alcohol porque Early se lo prohíbe y que acepta alguna que otra paliza correctora de tanto en tanto. Como no tienen más que unos pocos dólares, idealizan California y se ven acosados por el dueño del terreno donde tienen el trailer, John Diebold (James Michael McDougal), quien les reclama pagos atrasados, y por el oficial de libertad condicional de Grayce (Judson Vaughn), un sujeto bizarro con un gancho como mano derecha y convencido de que el ex reo debe aceptar un trabajo de conserje que reemplace aquel que perdió, la pareja opta por compartir gastos en un viaje hacia Los Ángeles con un par de burgueses presumidos, Carrie Laughlin (Michelle Forbes), una fotógrafa avant-garde especializada en sadomasoquismo, y Brian Kessler (David Duchovny), un periodista que viene de escribir un artículo sobre homicidas en serie y acaba de cobrar un adelanto para un libro sobre la temática, el cual a su vez se evaporó entre pagar el alquiler de su departamento y comprar un convertible para el periplo y su sueño de fondo de “recomenzar” la vida en una California con K. Grayce, que gusta de arrojar rocas sobre los parabrisas de los autos para ver cómo se estrellan, antes de partir mata a Diebold y de inmediato se interesa en Laughlin, incluso le corta el cabello a Corners para que se parezca al pelo de la morocha. Mientras se detienen en el camino en diferentes puntos “turísticos” relacionados con el derrotero de asesinos en serie del pasado para tratar de comprender su psicología y para que Carrie saque fotos ilustrativas, Brian se hace amigo de Early sin saber que robó y mató a un cliente de una gasolinera de Texas y se prepara para ya tomarlos de rehenes cuando la parejita descubra semejante raid delictivo.

 

Sena, hoy entregando su única película interesante porque después mutó en el responsable de la catarata de bodrios de 60 Segundos (Gone in 60 Seconds, 2000), Swordfish: Acceso Autorizado (Swordfish, 2001), la televisiva 13 Tumbas (13 Graves, 2006), Terror en la Antártida (Whiteout, 2009) y Cacería de Brujas (Season of the Witch, 2011), pertenece a aquella generación de directores de los 90 y comienzos del nuevo milenio que empezaron sus carreras trabajando en el ámbito de la publicidad y/ o los videoclips, como por ejemplo Fincher, Mark Pellington, Spike Jonze, David Slade, Jonathan Glazer, Michel Gondry, Garth Jennings, Francis Lawrence, Tarsem Singh, Marc Webb, el dúo de Jonathan Dayton y Valerie Faris e incluso Anton Corbijn, un poco más veterano, cónclave que a su vez tiene de padres fundamentales al quinteto británico de oro de los 80, léase Ridley Scott, Adrian Lyne, Hugh Hudson, Tony Scott y Alan Parker, los primeros realizadores que introdujeron en el cine el esteticismo rebuscado y pretendidamente elegante de aquellos anuncios de TV de las postrimerías del Siglo XX de las grandes marcas del capitalismo. Kalifornia, en este sentido, arrastra muchos de los lugares comunes a nivel visual y temático de los 80 y 90 en sintonía con el preciosismo extremo de la fotografía de Bojan Bazelli, el pulso narrativo cuasi etéreo del montaje de Martin Hunter, los comentarios permanentes sobreexplicativos en voice-over del personaje de Duchovny, el erotismo tan grasiento como adorable de la época, la violencia morbosa fetichizada cual brutalidad en cámara lenta, ese suspenso freak o alucinado símil Tony Scott y por supuesto un influjo exploitation que nunca se decide del todo entre el gore extremo del horror, las reflexiones irrespetuosas a lo comedia negra, la epopeya alegórica sobre la “América Profunda”, la recapitulación en torno a los engranajes sensoriales videocliperos o hasta la fábula vinculada al cuento de hadas para adultos, ahora sin duda con La Noche del Cazador (The Night of the Hunter, 1955), de Charles Laughton, como máximo punto de referencia aunque en simultáneo volcando la idiosincrasia hacia un nihilismo que mantiene siempre en el terreno de la incógnita las motivaciones verdaderas de nuestro pajuerano psicópata, un señor que vive en un presente eterno sin restricciones.

 

Contraponiendo a lúmpenes y burgueses por un lado, los primeros dedicados a sobrevivir y los segundos consagrados a la autoindulgencia y perdiendo el tiempo en muchas idioteces, y realidad y ficción alrededor de los asesinos en serie por el otro lado, siempre desde una pose cool algo esquemática que por lo menos desromantiza a los psicópatas y los aleja de los psicologismos baratos de tanto thriller claustrofóbico de los 90, Kalifornia, de hecho, se burla del manojo de prejuicios del periodista, un Brian que se identifica con los chiflados y trata de dilucidar si la maldad es congénita o efectivamente comunal/ creada/ pedagógica tácita como cree, algo que se logra en pantalla mediante esa desfachatez exacerbada y muy marginal de Grayce, el representante dentro del relato de la libertad anárquica de la misma forma que Corners simboliza la ingenuidad y sumisión del pueblo, Kessler a una burguesía intelectual elitista fascinada con lo que no comprende por la mentada otredad antropológica y Laughlin a una superioridad moral hipócrita, paradigmática de unas clases media y alta que se dicen amigas de la disrupción cultural/ política y el arte “no apropiado para consumo masivo”, frase acuñada por los galeristas que rechazan sus fotos libidinosas trasnochadas, pero que impugnan de lleno todas las interpretaciones de esa misma disrupción que vienen desde otras clases sociales, por supuesto ya violentas en serio porque el resto del universo capitalista padece el hambre, la opresión y las estrategias de exclusión que los privilegiados ratifican de modo implícito o explícito. Forbes y Duchovny hoy cumplen con dignidad, la primera célebre por interpretar a Ro Laren en Viaje a las Estrellas: La Nueva Generación (Star Trek: The Next Generation, 1987-1994), la serie de Gene Roddenberry, y el segundo al inefable Fox Mulder en Los Expedientes Secretos X (The X-Files, 1993–2002), de Chris Carter, pero los que sobresalen son esa Lewis de Cabo de Miedo, Asesinos por Naturaleza y Del Crepúsculo al Amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996), opus de Robert Rodríguez, y el Brad Pitt de Pecados Capitales, Thelma & Louise (1991), de Ridley Scott, Entrevista con el Vampiro (Interview with the Vampire, 1994), de Neil Jordan, y 12 Monos (12 Monkeys, 1995), de Terry Gilliam, dos actores que ponen su carisma al servicio de nuestra masacre…

 

Kalifornia (Estados Unidos, 1993)

Dirección: Dominic Sena. Guión: Tim Metcalfe. Elenco: Brad Pitt, Juliette Lewis, David Duchovny, Michelle Forbes, James Michael McDougal, Judson Vaughn, Brett Rice, Jerry G. White, Sierra Pecheur, John Dullaghan. Producción: Steve Golin, Aristides McGarry y Sigurjon Sighvatsson. Duración: 118 minutos.

Puntaje: 7