Hammer Film Productions, la compañía productora británica indie y proto exploitation por antonomasia, nació allá lejos en 1934 y en esencia se especializó hasta el segundo lustro de la década del 50 en comedias polirubro, muchísimos thrillers de misterio Clase B y algo de fantasía tardía, sin embargo todo cambiaría primero con el éxito de Pánico Mortal (The Quatermass Xperiment, 1955), de Val Guest, genial combo de ciencia ficción y terror que inmediatamente sería duplicado en ocasión de Lo Desconocido (X the Unknown, 1956), de Leslie Norman y Joseph Losey, y Vasallos del Mal (Quatermass 2, 1957), asimismo de Guest, esta última la primera de las numerosas continuaciones de la empresa dentro de la comarca de los gritos y los sustos, y segundo con La Maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), relectura de la célebre novela de 1818 de Mary Shelley dirigida por Terence Fisher, escrita por Jimmy Sangster y protagonizada por Peter Cushing como Víctor Frankenstein y Christopher Lee como esa inefable criatura sin nombre, film que gozaría de una enorme popularidad tanto en Europa como en Estados Unidos al punto de inspirar a las otras dos figuras, además del propio Fisher, que serían cruciales para revolucionar el horror de la época, hablamos del italiano Mario Bava, quien ofrecería su propia versión del terror gótico y kitsch vía las recordadas La Máscara del Demonio (La Maschera del Demonio, 1960), Las Tres Caras del Miedo (I Tre Volti della Paura, 1963) y La Fusta y el Cuerpo (La Frusta e il Corpo, 1963), y del norteamericano Roger Corman, el cual se embarcaría en una retahíla de ocho adaptaciones de joyas literarias de Edgar Allan Poe con su propio actor fetiche, el sublime Vincent Price. El querido y prolífico Terence pronto se convertiría en un director muy pero muy requerido por una Hammer interesada no sólo en reflotar a todo color aquellos monstruos clásicos de la Universal Pictures sino también distintos tópicos y latiguillos culturales del acervo inglés y europeo, de allí que en la ensalada profesional que fue la carrera del realizador encontremos cosillas como El Mastín de los Baskerville (The Hound of the Baskervilles, 1959), basada en el libro de 1902 de Arthur Conan Doyle, La Momia (The Mummy, 1959), reversión de las secuelas indirectas de la obra homónima de 1932 de Karl Freund con Boris Karloff, Los Estranguladores de Bombay (The Stranglers of Bombay, 1959), inspirada en la secta mafiosa hindú de los Thugs y el culto a la Diosa Kali, Las Dos Caras del Dr. Jekyll (The Two Faces of Dr. Jekyll, 1960), nueva interpretación de la novela de 1886 de Robert Louis Stevenson, La Espada del Bosque de Sherwood (Sword of Sherwood Forest, 1960), insólita epopeya sobre un Robin Hood en la piel de Richard Greene, La Maldición del Hombre Lobo (The Curse of the Werewolf, 1961), relectura a la distancia del clásico de 1941 de George Waggner con Lon Chaney Jr., y El Fantasma de la Ópera (The Phantom of the Opera, 1962), adaptación del libro de 1910 de Gastón Leroux.
Ahora bien, sin lugar a dudas la obra maestra de Fisher -y de la faceta más furiosamente comercial de la Hammer, esa que jugada con el imaginario cinéfilo del público- es Drácula (1958), propuesta que remite tanto a la novela original de 1897 del irlandés Bram Stoker como a la película de 1931 de Tod Browning con Bela Lugosi como el conde chupasangre, del mismo modo que La Maldición de Frankenstein hacía referencia en simultáneo al texto primigenio de Shelley y a aspectos varios de Frankenstein (1931) y su corolario La Novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935), ambas de James Whale y estelarizadas por Karloff como el monstruo. La mentalidad de siempre de la productora británica, aquel ardid de repetir en lo posible la fórmula ganadora para asimismo satisfacer las expectativas de sus socios hollywoodenses en lo que atañe a la distribución de los films en el mercado más redituable, el yanqui, hace que todos los profesionales fundamentales de La Maldición de Frankenstein regresen para Drácula y simplemente se le encargue a Sangster un guión acorde con un presupuesto modesto sin la fanfarria sobrenatural y el carácter de odisea bien ambiciosa del volumen literario de Stoker, por ello en esta oportunidad el protagonista no se convierte en murciélago, niebla o lobo, el maravilloso R.M. Renfield -su esclavo bizarro predilecto- desaparece por completo, Jonathan Harker muta directamente de un agente de bienes raíces a un cazador de vampiros consumado que trabaja a la par de su mentor, el Doctor Abraham Van Helsing, aquel viaje en barco de Drácula desde Transilvania hacia Londres se convierte en un modesto carruaje fúnebre y sobre todo descubrimos un enroque en cuanto a la identidad más laxa o heterogénea de los personajes de Lucy, en la novela la amiga íntima de toda la vida de Mina y aquí la prometida de Jonathan y la hermana de Arthur Holmwood, y la propia Mina, antes la futura mujer de Harker y hoy por hoy esposa de Holmwood y cuñada de Lucy. Todo transcurre en 1885 y comienza con la llegada de Harker (John Van Eyssen) al castillo de Drácula (Lee) en Klausenburg, en Rumania, con la intención de matarlo aunque se topa primero con una señorita voluptuosa (Valerie Gaunt) que le pide ayuda porque el conde la tiene prisionera cual ganado del cual alimentarse, así Jonathan eventualmente es mordido en el cuello y el hombre la mata clavándole una estaca en el corazón en su cama/ sepulcro. Pronto llega Van Helsing (Cushing) y libera a su colega del vampirismo, asesinándolo sin preámbulo, para después partir hacia Karlstadt, Alemania, y comunicarles la noticia de su fallecimiento a Arthur (Michael Gough) y su esposa Mina (Melissa Stribling) ya que Lucy (Carol Marsh) está enferma, en realidad ya transformada en presa del conde. La ex prometida de Harker muere y resucita y es faenada por el doctor en complicidad con Holmwood, quienes continúan la batalla contra el aristócrata succionador de hemoglobina y su intento de reemplazar a Lucy con Mina como amante de la cual beber.
Si bien la película recupera y respeta en sí los motivos paradigmáticos del vampirismo de la época, algo que queda de manifiesto en la secuencia en la que Van Helsing enumera en un fonógrafo las armas que pueden utilizar los mortales para combatir al merodeador nocturno y sus fechorías carnales, léase la luz solar, las ristras de ajos y el imponderable crucifijo cual símbolo del poder del bien sobre este mal parasitario y contagioso, también introduce grandes modificaciones o acentúa elementos ya presentes desde una perspectiva más adulta y bastante menos anodina/ teatral/ moderada si la comparamos con su homóloga del opus norteamericano de Browning, así las cosas al sadomasoquismo de la adicción vampírica entrecruzada y el futuro leitmotiv de las estacas de madera en el corazón se suman tanto la efervescencia de las truculencias y el gore, éste presente en un delicioso abanico que va desde la recordada escena de créditos iniciales -con la sangre chorreando sobre el ataúd de Drácula- hasta la aniquilación de los distintos personajes, como el fetiche conceptual de siempre de Fisher en lo que respecta a evitar todo fundamentalismo discursivo y proponer en cambio una mixtura de ciencia racionalista estándar y diversas supercherías religiosas al momento de reventar a los chupasangres, por ello el Van Helsing del magnífico Cushing representa no sólo al contrincante perfecto del protagonista, uno capaz de adaptarse a la frialdad homicida del conde aunque también a esa vulnerabilidad animal, nos referimos a su conducta predecible, sino además a todos los otros campeones de la razón y de los rituales paganos de las diferentes películas de Terence. El preciosismo barroco de la imagen y la historia en general, como decíamos con anterioridad muy influyente en términos del horror sibarita estadounidense, europeo y por añadidura internacional, se amalgama primero con la impronta morbosa tácita del convite en materia del incesto y la pederastia, algo resumido en aquella memorable secuencia en la que una Lucy trastocada en vampiro pretende atacar en el cementerio a su hermano Arthur después de querer hacer lo propio con una niña llamada Tania (Janina Faye), hija de la sirvienta del hogar de los Holmwood, Gerda (Olga Dickie), pero sin conseguirlo porque es frenada por un Van Helsing que le estampa un crucifijo en la frente y la “cura” a raudos martillazos en el corazón, segundo con algún que otro chispazo cómico que aligera el tono apesadumbrado e inquietante del relato, detalles mayormente condensados en aquel oficial de un control fronterizo de Ingolstadt (George Benson) que es sobornado por Arthur para que revele la dirección del conde en Karlstadt, precisamente una funeraria propiedad de un tal J. Marx (Miles Malleson) rebosante de humor negro, y tercero con el dejo romántico e implícitamente heroico de la interpretación del inmortal Lee, cuyo Drácula es casi siempre un solitario marginal de pocas palabras a lo artífice de una estampa elegante aunque naturalista tendiente a hincar sus colmillos en el escote de alguna hembra.
Quizás la característica más perdurable y vanguardista de Drácula, rebautizada El Horror de Drácula (Horror of Dracula) en yanquilandia para evitar toda confusión con el film de 1931 en tiempos de reestrenos habituales, sea de hecho el trasfondo sensual de la película, ya dejando de considerar a los personajes con dos punzadas sangrantes en el cuello como meras víctimas con el objetivo manifiesto de repensarlos desde la promiscuidad, el control psicológico/ genital y el mismo despertar erótico de quien pasa de ser un burgués aburrido y frígido a una ninfómana o un sátiro que anda por ahí, tanto en las metrópolis como en el campo inhóspito, desperdigando la “enfermedad” de la liberación de las ataduras sociales y la reconversión en depredadores que se pasan por el traste las ceremonias de cortejo, pareja y unión formal admitidas por el vulgo y las instituciones estatales, algo que abarca a la par a las mujeres, una Mina que cae en la infidelidad con el conde y una Lucy con voz de nena aunque putona a más no poder ya que se abre al peligro excitante, y a los varones, por ello Harker corre el mismo destino y pasa de pretender ser un modelo de valentía heterosexual, ingresando en el castillo del espanto como bibliotecario pero con la meta subrepticia de destruir a Drácula, a convertirse en un gay tácito cuando es mordido, quedando encerrado en el laberinto de lujos decadentes y farsescos del noble -su telaraña atrapabobos- y a su completa merced porque comparte su condena vampírica aunque sin detentar la experiencia trasnochadora del susodicho. Este frenesí amatorio y alimenticio de la cacería libidinosa y del ganado en la guarida cuenta con una dimensión lírica fatalista que por un lado toma la forma de la búsqueda incesante de la compañera de cama para parasitarla símil suicidio romántico camuflado, debido a ello la metamorfosis de humano a vampiro y la represión consciente del vampirismo generan anemia a lo señal de autodestrucción a corto, mediano o largo plazo, y por el otro lado se da cita desde el vamos bajo el ropaje retórico paradójico de un fluir aristocrático que no puede ser disfrutado, por ello el castillo le parece inocuo a Jonathan a primera vista salvo por un pequeño detalle, “no había pájaros cantando”, como bien dice en los primeros minutos del metraje indicando que las apariencias son engañosas y que la ausencia de vitalidad diurna puede ocultar cierto agite contracultural nocturno de índole antinatural, precisamente cuando el statu quo de la sociedad prosaica está durmiendo indefenso o ahogado en su soberbia y autoconfianza. Si consideramos brevemente las ocho secuelas, queda claro que las mejores son las dos primeras de Fisher y Sangster, Las Novias de Drácula (The Brides of Dracula, 1960) y Drácula: Príncipe de las Tinieblas (Dracula: Prince of Darkness, 1966), las tres intermedias caen en una corrección cualitativa apenas simpática, Drácula Regresa de la Tumba (Dracula Has Risen from the Grave, 1968), de Freddie Francis, Prueba la Sangre de Drácula (Taste the Blood of Dracula, 1970), de Peter Sasdy, y Las Cicatrices de Drácula (Scars of Dracula, 1970), de Roy Ward Baker, todas con guiones del aquí productor Anthony Hinds, y finalmente la última trilogía se impone como la más floja y ridícula de la franquicia aunque si la comparamos con los bodrios del terror mainstream futuro, a partir de las décadas del 80 y 90, la verdad es que las propuestas en cuestión no están tan mal, hablamos de Drácula 1972 (Dracula A.D. 1972, 1972) y Los Ritos Satánicos de Drácula (The Satanic Rites of Dracula, 1973), ambas dirigidas por Alan Gibson y centradas no en el Siglo XIX sino en aquel presente de comienzos de los 70 del Siglo XX, y Los Siete Vampiros de Oro (The Legend of the 7 Golden Vampires, 1974), mega delirio cofinanciado por los míticos Shaw Brothers, dirigido por el tremendo Baker y Chang Cheh y escrito por Don Houghton, el guionista de los dos largometrajes previos, que unificaba artes marciales con el marco habitual de referencias de la novela de Stoker. El desenlace de Drácula, asimismo, aclara y expande motivos que serían retomados por una infinidad de realizaciones subsiguientes vinculados con la ingenuidad de los seres humanos, así el enemigo que tanto rastreaban Holmwood y Van Helsing en el exterior comunal resulta estar adentro de la casa de la pareja y protegido en especial por el silencio de Mina, con el costado morboso, cosificante y enajenado del amor y toda devoción, recordemos en este sentido que en las postrimerías de la trama el conde pretende enterrar viva a su nueva amante vampírica, ese mismo personaje de la hermosa Stribling, al verse acorralado por sus crueles cazadores, y en último lugar con la derrota inevitable de la existencia al llegar el óbito, sin importar lo singular, frondosa o miserable que haya sido nuestra vida, esquema ideológico de emparejamiento en el más allá que en pantalla es representado a través de algo tan vulgar -e incuestionable en cuanto al destino final- como el polvo, único residuo, junto con ropa y un anillo, que queda después del contacto del vampiro con la luz, cortesía de un Van Helsing que forma una cruz con dos candelabros y tira abajo aquellas cortinas…
Drácula (Reino Unido, 1958)
Dirección: Terence Fisher. Guión: Jimmy Sangster. Elenco: Christopher Lee, Peter Cushing, Michael Gough, Melissa Stribling, Carol Marsh, Olga Dickie, John Van Eyssen, Valerie Gaunt, Janina Faye, George Benson. Producción: Anthony Hinds. Duración: 82 minutos.