Pienso en el Final (I'm Thinking of Ending Things)

No hay colores en el universo

Por Emiliano Fernández

El formato general de thriller psicológico relativamente tradicional de I’m Thinking of Ending Things (2016), la primera novela del escritor canadiense Iain Reid, muta en manos del director y guionista Charlie Kaufman en un drama surrealista de dudas existenciales e identitarias que se acopla perfectamente a sus otros trabajos como realizador, Synecdoche, New York (2008) y Anomalisa (2015), y como guionista, ¿Quieres ser John Malkovich? (Being John Malkovich, 1999), Naturaleza Humana (Human Nature, 2001), El Ladrón de Orquídeas (Adaptation, 2002), Confesiones de una Mente Peligrosa (Confessions of a Dangerous Mind, 2002) y aquella Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004). Kaufman, uno de los pocos cineastas realmente inconformistas del acervo mainstream norteamericano de nuestros días, en esta oportunidad alcanza la muy inusual proeza de mantenerse fiel a los acontecimientos narrados en el libro y en simultáneo crear su clásico entramado de situaciones melancólicas mundanas en las que el patetismo de lo prosaico lleva la bandera retórica y a su vez es asistido por chispazos de humor negro, alucinaciones varias, intercambios de impronta culta, nostalgia para con lo perdido y por supuesto mucha mordacidad anti estupidez sumisa yanqui, esa de la que los protagonistas pretenden despegarse aunque a veces terminan reproduciéndola de manera inconsciente como buenos hijos de la sociedad que los crió. Son precisamente los vínculos filiales/ parentales/ románticos los que dominan el relato, sopesando por un lado los ideales que trae a colación la pareja que nos precede, los padres, y por el otro la psicología de la dupla que nosotros como individuos adultos queremos construir con la compañera de turno, planteo que el director exprime sirviéndose de los sutiles misterios de fondo que propone Reid en el papel y de su habitual y deliciosa ciclotimia fantástica, esa que una vez más pasa a representar la psiquis atribulada de personajes complejos y pensantes cuyas aspiraciones e idiosincrasias suelen chocar entre sí porque cada ser humano es inigualable en sus delirios.

 

La trama de base en términos de su armazón constitutivo, como decíamos, es más o menos idéntica a su homóloga de la novela: la narradora es una mujer joven que recibe diversos nombres a lo largo de la historia (Jessie Buckley), una estudiante universitaria de física cuántica y adepta a la pintura paisajista que nos relata -en plan de soliloquios intimistas/ confesionales en off- su necesidad de finiquitar la relación de siete semanas con Jake (Jesse Plemons), un hombre prácticamente de su edad y también alumno universitario al que le reconoce rasgos positivos como dulzura, sensibilidad, inteligencia y capacidad de escuchar a la contraparte, no obstante la chica no puede dejar de percibir que “algo” está profunda e irremediablemente mal en el vínculo que comparten y por ello se siente motivada a buscar el instante adecuado para poder decírselo y sellar la ruptura. En medio de esta coyuntura de incomodidad anímica incesante y sin que la chica pueda del todo determinar qué es lo que le molesta de su pareja, la película en sí fluye a lo largo de un día y una noche que están dedicados a un viaje en auto por una carretera nevada para visitar la granja de los padres del muchacho (David Thewlis y Toni Collette), un par de sujetos bastante bizarros con el que comparten una cena plagada de malentendidos, pequeñas reacciones histéricas o neuróticas, miradas de enorme perplejidad y silencios piadosos con el objetivo de esquivar discusiones. Kaufman, fiel a su estilo, combina distintos planos de realidad: primero tenemos a la pareja y su periplo de superficies lustrosas y fastidio interior, luego viene una subtrama paralela centrada en el trabajo cotidiano de un conserje de una escuela secundaria (Guy Boyd) y finalmente tenemos un film que el anterior ve en un televisor durante uno de sus descansos, película dirigida por Robert Zemeckis que gira alrededor de una camarera de un restaurant llamado Red Line Diner, Yvonne (Colby Minifie), que es despedida cuando su novio (Jason Ralph) se pone a gritar adelante de los clientes que la ama, que quiere ser abogada animalista y que no puede recomendar hamburguesas a los comensales porque es vegana.

 

La andanada de situaciones surrealistas va tomando preeminencia de a poco e incluye a personajes que desaparecen de un momento a otro, un constante envejecer y rejuvenecer de los progenitores de Jake, repeticiones por demás enigmáticas, una omnipresencia fantasmal/ sepulcral de la nieve, una mascota -el perro de la casa, Jimmy- que parece no dejar jamás de sacudirse, voces que de repente se hacen inaudibles sin explicación alguna y en especial pistas que nos hablan de duplicados cruzados, de sentimientos de inferioridad o hasta de posibles amenazas, basta con recordar las desconcertantes llamadas y mensajes de voz que recibe la chica por parte de un desconocido (Oliver Platt) o la parada en la heladería Tulsey Town que hace este dúo en crisis cuando sale de la granja, con Jake ni queriendo acercarse al mostrador porque aparentemente dos chicas hermosas que trabajan allí se burlan de él por lo bajo (Hadley Robinson y Gus Birney) mientras el personaje de Buckley trata con una tercera empleada (Abby Quinn) con un horrible sarpullido en sus brazos y manos -similar al que sufre el hombre, por cierto- que asimismo parece intentar advertirle acerca de un peligro ignoto que la espera si sigue avanzando hacia adelante en términos temporales. Sin embargo lo mejor de la realización se condensa en las exquisitas y muy interesantes charlas que la pareja tiene a bordo del automóvil acerca de la mediocridad estandarizante de los colectivos humanos contemporáneos y de diversas nociones del filósofo Guy Debord, los escritores León Tolstói y David Foster Wallace y Una Mujer bajo la Influencia (A Woman Under the Influence, 1974), la obra maestra de John Cassavetes protagonizada por Gena Rowlands y Peter Falk, eje de una discusión tácita que nunca explota del todo debido a que ella la considera una aventura de entrecasa demasiado impostada y él una maravilla que explora la bondad detrás de la Mabel Longhetti de Rowlands y su diminuto combate contra una sociedad que la aliena. El corazón desgastado, las utopías y el transcurrir implacable del tiempo son otros tópicos que se cuelan progresivamente en el genial desarrollo general.

 

Kaufman no oculta para nada que su estrategia narrativa favorita puede resumirse no sólo en ese costumbrismo freak apaciguado, su gran marca registrada como autor, sino también en aquella frase que Jake le regala a su novia, “no hay colores en el universo”, explicitando que los susodichos son frecuencias electromagnéticas que el cerebro tiñe de características distintivas, lo que implica decir que el interior filtra al exterior de determinada manera en una amalgama entre la física/ la ciencia/ el realismo impiadoso y la psicología/ lo espiritual/ el surrealismo más etéreo e impredecible, precisamente la fórmula adicional del esquema kaufmaniano. Mucho más que una simple propuesta cinematográfica, Pienso en el Final (I’m Thinking of Ending Things, 2020) está erigida como una experiencia en la que vemos desfilar la vida anímica y frustraciones románticas y familiares de un hombre en el umbral de su muerte, un Jake que en pantalla se diferencia de su homólogo del libro porque queda menos preso de los determinismos formales del terror o el suspenso como géneros duros, dejando la cosa más indefinida porque si bien resulta evidente para el espectador avezado que todo se trata de la ensoñación/ remembranzas de un viejo, léase la versión veterana del protagonista, el conserje, símil Un Suceso en el Puente de Owl Creek (An Occurrence at Owl Creek Bridge, 1890), el célebre cuento de Ambrose Bierce, asimismo el remate retórico está enmarcado en un dejo poético difuso gracias a las tragicómicas referencias al ballet y a una de las principales canciones, Lonely Room, del musical Oklahoma! (1943), clásico del rubro de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II que se centra en un triángulo amoroso hoy empardado a las dos versiones de Jake, la joven y la de la tercera edad, y a esa chica que definitivamente siempre estuvo en su corazón y que desde el vamos jamás pudo querer, ya sea por su propia timidez, cobardía e inseguridades o por el carácter algo mucho egoísta y prepotente de una típica burguesa ombliguista que vive analizándose cual fetiche existencial semi maniático. Entre corderos congelados a la intemperie, ceremonias insólitas del Premio Nobel, publicidades de antaño de Tulsey Town en blanco y negro y un enorme cerdo animado que parlotea mientras su barriga está siendo devorada por gusanos, la epopeya de Charlie Kaufman es única y muy perspicaz porque literalmente no se parece a nada del paupérrimo cine internacional actual y porque consigue reflexionar con astucia sobre las estafas inherentes a la esperanza de que todo mejore, evitando de sopetón vivir en el presente para entronizar un futuro que nunca llega y para concebir posibles “recorridos alternativos” que en realidad no sucedieron en un pasado que ya no podemos modificar…

 

Pienso en el Final (I’m Thinking of Ending Things, Estados Unidos, 2020)

Dirección y Guión: Charlie Kaufman. Elenco: Jesse Plemons, Jessie Buckley, Toni Collette, David Thewlis, Guy Boyd, Hadley Robinson, Gus Birney, Abby Quinn, Colby Minifie, Oliver Platt. Producción: Charlie Kaufman, Robert Salerno, Stefanie Azpiazu y Anthony Bregman. Duración: 134 minutos.

Puntaje: 9