El Caballero Verde (The Green Knight)

No perdamos la cabeza

Por Emiliano Fernández

David Lowery es uno de los pocos directores contemporáneos que tiene una personalidad propia y por consiguiente suele generar reacciones encontradas por parte de la crítica y el público, algunos enalteciendo alguna vertiente específica de su trabajo y otros atacándolo prácticamente por las mismas características que los de la orilla opuesta adoran defender. Dejando de lado su ópera prima ultra indie St. Nick (2009), esa que en términos prácticos no vio casi nadie, su carrera hasta la fecha abarcaba una mitad de opus amenos y otra mitad de bodrios, siendo los primeros Mi Amigo, el Dragón (Pete’s Dragon, 2016), una remake bastante lírica de la propuesta homónima original de 1977 de Don Chaffey y Don Bluth, y Un Ladrón con Estilo (The Old Man & the Gun, 2018), homenaje implícito a Robert Redford disfrazado de comedia criminal, y en lo que atañe a los mamarrachos éstos son En un Lugar sin Ley (Ain’t Them Bodies Saints, 2013), refrito preciosista a lo Terrence Malick circa Badlands (1973) sobre el motivo de los amantes en fuga símil Bonnie & Clyde (1967), genialidad de Arthur Penn, e Historia de Fantasmas (A Ghost Story, 2017), otro ejercicio del estilo por sobre la sustancia aunque ahora dentro de la comarca de ese drama romántico de impronta fantástica que le permite al cineasta desparramar escenas excesivamente largas y cuasi publicitarias y dejarnos sin desarrollo de personajes, sus dos problemas de siempre.

 

La última película de Lowery, El Caballero Verde (The Green Knight, 2021), está basada en un célebre poema del Siglo XIV de autor desconocido, Sir Gawain y el Caballero Verde (Sir Gawain and the Green Knight), y si bien el asunto se prestaba para una interpretación narrativa más o menos tradicional en línea con Mi Amigo, el Dragón y Un Ladrón con Estilo, el realizador y guionista vuelve a optar por un enfoque más etéreo y derivativo de muchísimos pastiches posmodernos que la van de profundos o surrealistas aunque las ideas detrás de las propuestas en cuestión son muy pocas, esquemáticas o hiper sencillas, algo que en esta oportunidad se agrava porque el poema de turno se enmarca dentro de la mitología trabajada hasta el hartazgo de Camelot, el Rey Arturo y sus caballeros y encima el personaje protagónico, Gawain, fue interpretado por nada menos que Liam Neeson en la mítica Excalibur (1981), de John Boorman. Lowery pretende resignificar el poema con inserts videocliperos, textos gigantes sobre las imágenes, una serie de cambios sustanciales en la odisea original, una fotografía que es azúcar para los ojos, algún que otro misterio de fondo y la movida de elegir a un actor de ascendencia hindú, Dev Patel, para componer al adalid del honor, sin embargo el grueso de la trama medieval de tentación y valía individual queda sin modificar y la verdad es que tampoco se expande a nivel retórico o conceptual.

 

Gawain, hijo de la poderosa hechicera Morgan le Fay/ Morgana (Sarita Choudhury), a su vez hermana del Rey Arturo (Sean Harris), asiste a un festín navideño en la Mesa Redonda con su tío y la troupe de acólitos, banquete cordial que es interrumpido por el Caballero Verde (Ralph Ineson) y su invitación a que alguno de los comensales entre en un combate con él para ganar su enorme hacha a condición de que un año después el susodicho viaje a su Capilla Verde y reciba un golpe idéntico como retribución. En esencia el intruso se deja decapitar por el joven duelista, Gawain, y se marcha acarreando su mollera, púber que se pasa un año disfrutando de la fama inmerecida de valiente que le cuelga el pueblo sólo por el carácter monstruoso símil árbol del contendiente, pero en la nueva víspera navideña debe comenzar el periplo hacia la morada del Caballero Verde por la promesa de aquel “juego”. El muchacho abandona a su amante prostituta, Essel (Alicia Vikander), y en el derrotero subsiguiente se topa con un ladronzuelo (Barry Keoghan), un espíritu femenino que le pide que recoja su cabeza de un arroyo, Winifred (Erin Kellyman), un zorro que habla que desea convencerlo de que renuncie sin más, unos gigantes que marchan en grupo y una pareja de señores feudales (Vikander de nuevo y el querido Joel Edgerton) que viven en un castillo con una anciana con ambos ojos vendados cual testigo inmutable de todo (Helena Browne).

 

Lowery por un lado incorpora un poco de magia surrealista aquí o allá vía los dos amuletos principales de la fábula, esa hacha que hoy desaparece cuando se la roba el personaje de Keoghan para que se la devuelva el de Kellyman y esa faja mágica protectora que le ofrece Morgana, después también se esfuma y al final regresa en manos de la dama seductora del castillo, y por el otro lado cambia el desenlace del poema, centrado en una “bromita” de Morgan le Fay en complicidad con el mentado Caballero Verde, quien no era otro que el señor feudal que supo hospedarlo, con el objetivo último de incluir dos versiones del destino de Gawain en el encuentro con su adversario, primero una decadente patética que lo ve sobreviviendo gracias a su propia cobardía y la trampa/ ardid/ truco/ hechicería facilista de la faja y transformándose en rey al punto de enajenarse a todos a su alrededor y terminar solo, suerte de exégesis conservadora egoísta de la celebridad por sobre la integridad, y segundo otra mucho más digna que implica que todo lo anterior no fue más que una visión y que la praxis lo conduce a perder la mollera ante el filo implacable de su verdugo, el cual sabe que lo justo es justo y así como el joven mató sin matar al contrincante sirviéndose de su no resistencia, ahora le toca a él someterse sin tanto lloriqueo ni miedo meditado. El realizador construye una película hermosa y episódica aunque también banal y demasiado extensa que ofrece otra dosis del preciosismo de sus faenas previas, momentos agregados de semblanzas filosóficas muy sencillas y un gran trabajo de parte de un elenco que en su conjunto ennoblece las correlaciones simbólicas de esta alegoría ética combinada acerca de la maduración, la responsabilidad contraída, el respeto hacia los seres queridos, los rituales de cualquier colectivo organizado, la identidad cambiante de los sujetos, los enigmas que aguarda el camino de la vida y en especial un coraje empardado al sacrificio y la voluntad individual férrea ante las adversidades y el dolor. Asimismo se nota que Lowery -sobre todo en función de la metamorfosis citada del remate del relato, que en general conserva la moraleja lírica primigenia- aquí pretende burlarse del narcisismo de nuestros días basado en la abulia, el orgullo bobo y una pusilanimidad siempre indisimulable, rasgos representados en un Gawain adolescente que quiere ser digno de los caballeros de su tío pero sin hacer demasiado en términos de méritos concretos y esperando que sus anhelos se satisfagan por herencia y listo, mientras que la senda transitada lo deja en ridículo una y otra vez porque espera que ese único gesto, el de someterse al mandato de un tercero verdoso y endiosado tácitamente, lo haga digno de la mayor estima comunal cual reduccionismo moral en el que el devenir trabajoso diario es sustituido por un hecho aislado y hasta algo mucho casual…

 

El Caballero Verde (The Green Knight, Estados Unidos/ Reino Unido/ Irlanda/ Canadá, 2021)

Dirección y Guión: David Lowery. Elenco: Dev Patel, Alicia Vikander, Joel Edgerton, Sarita Choudhury, Sean Harris, Ralph Ineson, Barry Keoghan, Erin Kellyman, Kate Dickie, Donncha Crowley. Producción: David Lowery, Theresa Steele Page, James M. Johnston, Tim Headington y Toby Halbrooks. Duración: 130 minutos.

Puntaje: 4