El Norte

No somos libres

Por Emiliano Fernández

En la mal llamada Guerra Civil de Guatemala (1960-1996), un largo período de terrorismo de Estado en la Guerra Fría por parte de sucesivos gobiernos dictatoriales apoyados por Estados Unidos y sostenidos por fraudes electorales y campañas de represión, el ejército local, la oligarquía política, los latifundistas y la principal compañía bananera de impronta neocolonial, la estadounidense United Fruit Company alias UFCO, se dedicaron a suprimir cualquier manifestación opositora de la guerrilla, los líderes regionales, los intelectuales metropolitanos o los mismos campesinos indígenas, desposeídos de sus tierras desde aquel período de dominio español con influencia inglesa, belga y alemana, esquema que derivó primero en el genocidio y expulsión del pueblo maya, siempre reclamando los territorios robados por la administración central o por los conglomerados empresarios vernáculos/ extranjeros, y segundo en una estrategia de “tierra arrasada” que significó violaciones de los derechos humanos a instancias de escuadrones de la muerte de índole estatal que se dedicaron a identificar, secuestrar, torturar y hacer desaparecer a cualquier sospechoso de manifestar descontento u osar criticar a las cúpulas castrenses y civiles de turno, productos evidentes de un sinfín de Golpes de Estado a lo largo de las décadas en los que jugó un rol crucial el gobierno yanqui y la United Fruit Company, ésta muy conectada con la CIA, agencia a través de la cual se suministró armas, inteligencia y adiestramiento bélico para el asesinato de aproximadamente 200 mil personas. Guatemala, una sociedad históricamente dividida en tres capas sociales, léase criollos o descendientes de españoles oligárquicos, mestizos o burgueses/ burócratas de segundo orden y finalmente indígenas menesterosos que conforman el grueso del pueblo, fue destruida por múltiples masacres pertenecientes a las “tácticas de contrainsurgencia” que los paramilitares guatemaltecos aprendieron de los estadounidenses, los israelitas y los argentinos, en este último caso a través de oficiales de las Fuerzas Armadas del Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), dictadura en el poder en la nación sudamericana que a su vez había adquirido dichas prácticas fascistas de la CIA y los militares franceses apostados en Argelia durante aquella Guerra de Liberación.

 

A diferencia de tantas gestas cinematográficas encaradas por los países del Primer Mundo y centradas en inmigrantes, como Las Viñas de la Ira (The Grapes of Wrath, 1940), de John Ford, o el díptico del sueco Jan Troell con Max von Sydow y Liv Ullmann a partir de una seguidilla de novelas del rubro de Vilhelm Moberg, Los Emigrantes (Utvandrarna, 1971) y La Nueva Tierra (Nybyggarna, 1972), odiseas en donde todos los padecimientos siempre responden a tiempos pasados símil etapas salvajes previas a una modernidad supuestamente civilizada y dorada, El Norte (1983), de Gregory Nava, en cambio, es una epopeya cien por ciento latinoamericana de migrantes contemporáneos que arrastra la enorme paradoja de haber sido financiada por dos gigantes del servicio radiotelevisivo estatal anglosajón, el británico Channel 4 y el norteamericano Public Broadcasting Service o PBS, en este último caso dentro de aquel ciclo antológico American Playhouse. El film de Nava, un realizador estadounidense de linaje mexicano y vasco, verdaderamente se abre camino como una de las mejores películas que retrataron la vida y los viajes pesadillescos de los inmigrantes, lo mucho que pierden o dejan atrás en sus periplos, la miseria de los territorios intermedios que atraviesan y especialmente los procesos de aculturación globalizadora tendientes a la marginación o incluso la asimilación de la cultura del huésped, un armazón simbólico que termina desapareciendo bajo esa dialéctica capitalista bobalicona y soberbia homologada a la cultura del anfitrión, no obstante la propuesta va más allá ya que también es una de las pocas obras que, precisamente, analizaron el éxodo de los campesinos mayas con motivo de la represión armada gubernamental en Guatemala y el genocidio sistemático de indígenas, cuyos poblados bucólicos fueron aniquilados para cortar de cuajo todo movimiento de izquierda y todo planteo político opositor con respecto al poder de los terratenientes y las empresas monopólicas de importación de frutas de América Central. Los protagonistas son dos hermanos aborígenes cuasi adolescentes, Enrique (David Villalpando) y Rosa Xuncax (Zaide Silvia Gutiérrez), que terminan huérfanos cuando su madre es secuestrada por tropas del ejército y su padre asesinado y decapitado por intentar formar un sindicado en la región.

 

Después de descubrir la mollera de su progenitor, Arturo (Ernesto Gómez Cruz), colgada de un árbol para que sirva de escarmiento para otros peones rurales, Enrique mata con un machete a un soldado moribundo que lo ataca luego de una arremetida militar nocturna contra el grupo de campesinos descontentos al que pertenecía su padre, lo que lo obliga a huir de su pueblo, San Pedro, y del país mediante un viaje con dinero de su madrina hacia “el norte”, los Estados Unidos, en el que se suma su hermana, aventura que empieza con el traslado de ambos a Tijuana haciéndose pasar por campesinos de Oaxaca en busca de un coyote o experto en el arte de esquivar los controles limítrofes, Raimundo Gutiérrez (Abel Franco), que a su vez les recomendó un conocido de Enrique, Ramón Muñoz (Rodolfo de Alexandre), sin embargo padecen un intento de robo por parte de un ladronzuelo azteca, Jaime (Mike Gómez), que los lleva a ser apresados por la patrulla fronteriza y extraditados de nuevo a México al engañar a los idiotas yanquis de turno. El dúo finalmente encuentra a Gutiérrez, un cocinero en un restaurant, y el hombre los convence de atravesar la zona limítrofe no por las montañas, un paso hoy muy peligroso, sino por un drenaje lúgubre en desuso de muchos kilómetros de largo, donde los hermanos se topan con una infinidad de ratas antes de llegar a San Diego, California, quedando a merced de un tal Monte (Trinidad Silva), el dueño de un hotel destartalado que ofrece mano de obra barata/ semi esclava a capitalistas norteamericanos y orientales. Los dos protagonistas aprenden progresivamente inglés en una escuela pública gratuita, Rosa trabaja en un taller textil clandestino y después limpiando la casona de una familia burguesa yanqui, así conoce a una inmigrante mexicana bonachona llamada Nacha (Lupe Ontiveros), y Enrique consigue un puesto en un restaurant elegante para la alta burguesía y se hace amigo de Jorge (Enrique Castillo), otro trabajador sin Green Card que lucha por su supervivencia en una cultura foránea de “tesoros” varios como los lavarropas, inodoros y coches, no obstante todo empeora cuando Rosa enferma de tifus por las ratas y Enrique debe huir porque otro colega, el chicano Carlos (Tony Plana), lo denuncia a las autoridades de inmigración ya que es ascendido a camarero antes que él.

 

A lo largo de 141 minutos de duración y tres partes intituladas Arturo Xuncax, El Coyote y El Norte, la película combina registro etnográfico, melodrama familiar, cine de aventuras y realismo mágico latinoamericano, en este sentido recordemos el sueño de Enrique en el autobús hacia Tijuana con el soldado feroz, la alucinación de una Rosa muy enferma con su padre y su madre, Lupe (Alicia del Lago), y esa visión final del personaje de Villalpando alrededor de San Pedro, ya reconvertido en lo que tanto temía, un par de “brazos fuertes” y nada más, trabajando como obrero de la construcción en California luego del fallecimiento de su hermana en un hospital público yanqui en el que por poco evita ser rechazada por no tener seguro social, licencia de conducir o tarjeta de residencia. El guión del realizador y su esposa y productora, Anna Thomas, deja en claro en los diálogos la perspectiva socialista enfatizando la condición de parias eternos de los pobres en el capitalismo planetario actual, siendo segregados y perseguidos en su suelo natal, sufriendo la miseria de las naciones vecinas y debiendo someterse -en el mejor de los casos- a la esclavitud bajo el halo de los ricos del Primer Mundo o el sistema monetario de las grandes urbes, donde la producción de comestibles propios es imposible y lo único que importa es el dinero para solventar el ridículo nivel de gastos. El desempeño de todo el elenco es excelente y sorprende el muy buen nivel de la producción a pesar del sustrato independiente y precario de los recursos disponibles, más teniendo en cuenta que Nava no despuntaría en un gran director sino en uno apenas correcto como lo demuestran sus mejores trabajos posteriores, en línea con la autobiográfica Mi Familia (My Family, 1995), sus dos biopics musicales, Selena (1997), sobre Selena Quintanilla (Jennifer López), y Por qué los Tontos se Enamoran (Why Do Fools Fall in Love, 1998), acerca de Frankie Lymon (Larenz Tate), y ese regreso al acervo testimonial, Ciudad al Límite (Bordertown, 2007), film con López sobre los homicidios de mujeres en Ciudad Juárez, amén de su guión para Frida (2002), la biopic de Julie Taymor acerca de Frida Kahlo (Salma Hayek). El Norte piensa la quimera de un “futuro mejor” sin condescendencia y viendo de frente a la crueldad racista y laboral del devenir cotidiano…

 

El Norte (Estados Unidos/ Reino Unido/ México, 1983)

Dirección: Gregory Nava. Guión: Gregory Nava y Anna Thomas. Elenco: Zaide Silvia Gutiérrez, David Villalpando, Ernesto Gómez Cruz, Alicia del Lago, Mike Gómez, Rodolfo de Alexandre, Abel Franco, Trinidad Silva, Lupe Ontiveros, Tony Plana. Producción: Anna Thomas. Duración: 141 minutos.

Puntaje: 10