A pesar de que el grueso de los “períodos de oro” del cine a escala industrial de los tres principales países de América Latina -léase México, Brasil y Argentina- estuvo volcado a la producción de melodramas, comedias costumbristas y musicales, una etapa que a rasgos generales abarcó los años 40 y 50 del Siglo XX e incluso una buena parte de aquellos 60, las tres naciones asimismo estrenaron diversas anomalías en géneros duros o mucho menos simpáticos para el vulgo y la crítica de entonces como por ejemplo el thriller, el suspenso y sobre todo el terror, la comarca retórica más agresiva y con el público más sectario y fiel. Siempre que nos concentremos en el horror y nombremos al México de mediados de la centuria pasada, ese que le competía a Hollywood de igual a igual, surge de manera natural el nombre de Chano Urueta, un artesano del período en cuestión que dirigió una verdadera catarata de films en múltiples géneros entre finales de la década del 20 y mediados de los 70, no obstante la posmodernidad dio vuelta los gustos populares y periodísticos cual ironía del destino y hoy se lo recuerda en especial como artífice de una seguidilla de realizaciones de terror que lo transformaron en un curioso especialista del formato, quizás sin el talento de profesionales posteriores pero acumulando un catálogo interesante que incluye trabajos pioneros como El Signo de la Muerte (1939), El Monstruo Resucitado (1953), La Bruja (1954), El Jinete sin Cabeza (1957), la célebre El Barón del Terror (1962) y La Cabeza Viviente (1963), amén de una antología con Luis Alcoriza e Ismael Rodríguez, La Puerta y la Mujer del Carnicero (1969), y de la hilarante tetralogía híbrida de lucha libre compuesta por Blue Demon: El Demonio Azul (1965), Blue Demon contra el Poder Satánico (1966), Blue Demon contra los Cerebros Infernales (1968) y Blue Demon contra las Diabólicas (1968), todas obras protagonizadas por el personaje del título creado por Alejandro Muñoz Moreno, uno de los más famosos del catch junto con El Santo de Rodolfo Guzmán Huerta.
Sin embargo el mejor exponente de terror de Urueta, señor hoy también conocido por su retahíla de adaptaciones de la literatura internacional, es El Espejo de la Bruja (1962), una propuesta histérica y rara si la vemos desde la óptica homogeneizadora/ empobrecedora del Siglo XXI aunque relativamente común para el sustrato heterogéneo de su época ya que unifica las faenas de venganza sobrenatural, las epopeyas de científicos un tanto enajenados e incluso las obras que giran alrededor de bípedos resucitados o enterrados vivos. Casi todo ocurre en la lúgubre mansión del cirujano Eduardo Ramos (Armando Calvo), un hombre que está casado con Elena (Dina de Marco) y tiene de amante a una tal Débora (Rosita Arenas), con la que pretende contraer matrimonio y para ello decide envenenar una bebida de Elena sin saber que es una bruja y la ahijada de una hechicera mucho más poderosa, Sara (Isabela Corona), la ama de llaves de la propiedad y una experta en hablar con Belcebú y sus espíritus para solicitarles favores y predecir el futuro. Elena sabe de su funesto destino pero no puede evitarlo ya que las entidades del Más Allá le prohibieron a Sara intervenir con un conjuro, así la mujer muere y Eduardo pronto la reemplaza en el hogar con Débora, quien atestigua eventos insólitos en el caserón como flores que se marchitan de repente, un piano que se toca solo, el fuego de la chimenea que se apaga, puertas que se abren, gemidos bien tétricos y la desaparición del diario íntimo de Elena. Eventualmente los recién casados ven a la finada en el espejo mágico de su cuarto y Ramos le arroja una lámpara de kerosén, provocando un incendio y quemaduras espantosas en el rostro y las manos de Débora. Junto con un cómplice, Gustavo (Carlos Nieto), el cirujano se dedica a robar “cadáveres frescos” para reconstruir el cuerpo de su amada mediante injertos y trasplantes al punto de despertar la curiosidad de un inspector de policía (Alfredo Wally Barrón), crímenes que incluyen a una pianista del montón que para colmo fue enterrada viva por error ya que sufre catalepsia.
El guión es muy bueno y pone de manifiesto el conocimiento del rubro por parte de los dos artífices de turno, nada menos que Alfredo Ruanova y Carlos Enrique Taboada, señores que también colaboraron en Orlak, el Infierno de Frankenstein (1960), de Rafael Baledón, y en la saga vampírica de La Maldición de Nostradamus (1961), Nostradamus y el Destructor de Monstruos (1962) y La Sangre de Nostradamus (1962), las tres dirigidas por Federico Curiel, además del estatus de Taboada como uno de los principales renovadores del horror azteca -junto con Juan López Moctezuma- de la mano de las míticas Hasta el Viento Tiene Miedo (1968), El Libro de Piedra (1969), Más Negro que la Noche (1975) y Veneno para las Hadas (1986). Urueta por un lado exprime con inteligencia todos los latiguillos del terror gótico, pensemos en las actuaciones muy exageradas, los decorados decadentes, una iluminación tenebrosa, la crueldad generalizada y un lindo surtido de truculencias y demás como aquella hembra en llamas, su rostro desfigurado y unas cuantas manos amputadas y cadáveres descartados/ “ya usados”, y por el otro lado recupera los motivos de la revancha, el médico chiflado, las cirugías y el culto a la belleza de El Monstruo Resucitado y La Bruja, a su vez anticipando los esperpentos vengativos y el costado más esotérico de opus posteriores en línea con El Barón del Terror y La Cabeza Viviente. Mucho antes de que la brujería se transforme en el fetiche del cine posmoderno a partir de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, el director aquí construye a una hechicera con peso propio y sin culpa, Sara, que busca vengar el asesinato de su ahijada y acumula una variedad de destrezas sobrenaturales, no sólo invocar a los fantasmas de los fallecidos y hablar con deidades maléficas sino también aparecer y desaparecer a gusto, convertirse en lechuza o gato negro y de hecho intervenir en la praxis más mugrosa cuando Mefistófeles y sus socios espectrales se lo permiten en una clásica “noche de mercurio teñida de negro”.
Analizándola desde la serie de referencias que se mueven por detrás, El Espejo de la Bruja es una odisea de lo más convulsionada porque no oculta bajo ningún punto de vista que adora reflotar el barroquismo, la claustrofobia y la catalepsia fatídica del Edgar Allan Poe modelo La Caída de la Casa Usher (The Fall of the House of Usher, 1839) y El Entierro Prematuro (The Premature Burial, 1844), el monstruo híbrido y nuevamente el científico loco de Frankenstein o el Moderno Prometeo (Frankenstein or the Modern Prometheus, 1818), de Mary Shelley, la sombra avasallante de una pareja previa de Rebeca, una Mujer Inolvidable (Rebecca, 1940), de Alfred Hitchcock, aquellos problemitas para controlar un par de extremidades trasplantadas de Las Manos de Orlac (Orlacs Hände, 1924), de Robert Wiene, la utopía de reconstituir lo dañado rapiñando cuerpos ajenos de Los Ojos sin Rostro (Les Yeux sans Visage, 1960), de Georges Franju, y cierto coqueteo -especialmente durante la primera mitad del metraje- con la idea de desequilibrar a una fémina símil Luz de Gas (Gaslight, 1940), de Thorold Dickinson. La proeza de Urueta lo es tanto por los méritos en sí de la película que nos ocupa, una entretenida y desvergonzadamente cruda y visceral para su época, como también porque le pisa los talones al gótico moderno del resto del planeta, sobre todo aquel del Mario Bava de La Máscara del Demonio (La Maschera del Demonio, 1960), el Jesús Franco de Gritos en la Noche (1962), el Roger Corman de La Caída de la Casa Usher (House of Usher, 1960), El Pozo y el Péndulo (Pit and the Pendulum, 1961), El Entierro Prematuro (Premature Burial, 1962) y Cuentos de Terror (Tales of Terror, 1962) y por supuesto ese Terence Fisher de La Maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), Drácula (1958), La Momia (The Mummy, 1959) y La Maldición del Hombre Lobo (The Curse of the Werewolf, 1961), redondeando una joyita inusitada del terror latinoamericano que en su furia nada tiene que envidiar a los productos foráneos…
El Espejo de la Bruja (México, 1962)
Dirección: Chano Urueta. Guión: Alfredo Ruanova y Carlos Enrique Taboada. Elenco: Isabela Corona, Armando Calvo, Dina de Marco, Rosita Arenas, Carlos Nieto, Alfredo Wally Barrón. Producción: Abel Salazar. Duración: 76 minutos.