La pena capital en el Reino Unido, sin duda una de las naciones con más faltas y/ o delitos castigados con la muerte, se suspendió en 1965 y se terminó de abolir en 1969, siendo los últimos ejecutados por ahorcamiento Gwynne Evans y Peter Allen en 1964, aquella dupla que pretendió robar y asesinó a golpes y cuchillazos a un tal John Alan West, el conductor de una camioneta de un servicio de lavandería. La campaña en pos de eliminar la condena a muerte en el país se basó en general en dos casos célebres de errores judiciales groseros, el primero fue retratado en el film 10 Rillington Place (1971), joya de Richard Fleischer, y se centra en el pobre Timothy Evans, sujeto que fuera acusado de asesinar a su esposa, Beryl Evans, y su beba, Geraldine, y ejecutado en 1950, en realidad crímenes cometidos por el homicida en serie y necrófilo John Christie, el cual inculpó a Evans para evadir el arresto policial y continuar matando, y el segundo fue analizado por Let Him Have It (1991), opus correcto de Peter Medak, y gira en torno a Derek Bentley, epiléptico de 18 años con un leve retraso mental que participó en un robo al almacén de una empresa de confitería junto al menor de edad Christopher Craig, loquito que mató de un disparo al policía Sidney Miles y generó que Bentley fuera sentenciado a morir en 1953 -a pesar de no haber asesinado a nadie- mientras que él fue encarcelado durante una década y luego liberado. Un caso menos popular en los alegatos de los 60 en contra de la pena capital pero también crucial fue el de Ruth Ellis, la última mujer ejecutada en el Reino Unido, en 1955 a la edad de 28 años, por haberle disparado a quemarropa a su amante David Blakely a pocos metros de la puerta del pub The Magdala, típico crimen pasional que para esa época casi siempre recibía un indulto de prisión perpetua que en esta oportunidad no llegó debido a declaraciones de la acusada sobre su intención expresa de cometer el homicidio y sobre todo porque una de las balas de su revólver, un Smith & Wesson calibre 38, fue disparada al pavimento y rebotó hasta herir a una testigo a la distancia, Gladys Yule, transeúnte que perdió el uso de su pulgar derecho.
Ellis había abandonado el colegio e ingresado en el universo laboral a los 14 años como camarera y a los 17 quedó embarazada de un soldado canadiense casado y así dio a luz a su primer hijo, Clare Andria Neilson alias Andy, vástago ilegítimo que tuvo que mantener sola y por ello entró en el submundo de los clubs nocturnos en la modalidad combinada de anfitriona, bailarina y prostituta, un ecosistema en el que tuvo que someterse a un eventual aborto y en el que conoció a un cliente y se casó con él en 1950, George Johnston Ellis, un dentista alcohólico y divorciado con dos hijos que la golpeaba porque estaba obsesionado con la idea de que le era infiel, relación que a su vez pronto deriva en divorcio y de la que nace la beba Georgina, segundo y último hijo de la fémina. Por aquellos años Ruth tiene una pequeña participación sin acreditar en la comedia erótica y satírica Lady Godiva Rides Again (1951), propuesta de Frank Launder, y regresa a la vida prostibularia ante la falta de trabajo aunque ahora ascendiendo al rol de gerente en un local nocturno londinense con ingredientes de bar y burdel, Little Club, en el que conoce a Blakely, un borracho con una familia de la alta burguesía y un piloto de carreras fracasado tres años menor que ella que estaba comprometido con otra mujer, Mary Dawson, así Ellis queda embarazada por cuarta vez y decide abortar de nuevo. La dependencia entre los amantes se acrecienta a pesar de otros affaires, el desempleo de David, su violenta frustración y ese sistema de castas de los británicos que impedía que la familia pudiente de él aceptase un casamiento con una furcia, por ello Ruth comienza en paralelo una relación con el más estable Desmond Cussen, ex piloto de la Real Fuerza Aérea que había trabajado de contador y por entonces era director de una compañía familiar con distintas tabaquerías, llegando a mudarse con el susodicho. Se supone que el detonante final del asesinato fue un puñetazo en el estómago que Blakely le dio a Ellis en 1955 cuando estaba embarazada por quinta vez, lo que generó un aborto espontáneo y el mentado homicidio gracias a una complicidad nunca probada de Cussen.
La reglamentaria adaptación cinematográfica del caso, Bailar con un Extraño (Dance with a Stranger, 1985), rankea en punta como una de las mejores películas de su realizador, el muy desparejo Mike Newell, y de su guionista, Shelagh Delaney, famosa dramaturga que en el campo del séptimo arte también escribió Charlie Bubbles (1968), de Albert Finney, y A Taste of Honey (1961), de Tony Richardson, esta última basada en su archiconocida puesta teatral de 1958. El dúo, más allá de algunos detalles, se mantiene muy cerca de los hechos verídicos en una jugada que sinceramente llama mucho la atención porque el cine se caracteriza por múltiples “libertades” en cuanto al retrato de una tragedia de una impronta tan altisonante y adulta: hoy por hoy Ellis (Miranda Richardson) efectivamente es una ex meretriz que dirige un club prostibulario que pertenece a Morrie Conley (Stratford Johns), quien se llena de dinero vendiendo alcohol mientras la deja vivir con su hijo pequeño Andy (Matthew Carroll) en un departamento ubicado encima del local, situación que excluye a su hija, al cuidado de su ex esposo, e incluye un ambiente ultra festivo interminable en el que conoce a Blakely (Rupert Everett) y Cussen (Ian Holm), ambos aparentes amigos con un cierto dejo masoquista compartido, el primero un piloto borracho e inmaduro y el segundo un empresario que la adora al punto de pagarle un internado a Andy para que no crezca rodeado de ese eterno desfile de alcohólicos putañeros/ libidinosos del lugar. El ciclotímico David fracasa en las 24 Horas de Le Mans y se vuelve más y más inestable, lelo y colérico, generando que Conley despida a Ellis después de una discusión a los gritos en el club y que ella se mude con Cussen, lo que no detiene del todo el affaire con Blakely e incluso vuelca la relación de fuerzas de la pareja porque en un primer momento la “voz cantante” es la de Ruth y en el desarrollo subsiguiente la que se enamora perdidamente del muchacho es ella y es así cómo termina en una posición de inferioridad símil dependencia emocional ante un varón egoísta y mentiroso que promete cosas que no cumple y sigue viendo a otras mujeres.
Como otros tantos trabajos consagrados al análisis del acervo y miserias de los lupanares, la película contrasta todo el tiempo la máscara de alegría sin fin que se da a los clientes con la angustia y penurias terrenales que padece este proletariado del placer y del entretenimiento escapista, por ello aquel look sensual y platinado a lo Marilyn Monroe o Jean Harlow del inicio, sinónimo del encanto de Ellis en la fauna masculina, va mostrando su artificialidad a medida que avanza el metraje y se profundiza la locura progresiva de la fémina, en esencia cortesía de un Blakely francamente insoportable que la denigra, acosa, ningunea y golpea al tiempo que no puede dejar de sentirse atraído hacia ella como una quimera romántica que se deshace en el mundo real y segmentado en el que viven, aquel hipócrita de mediados del Siglo XX sustentado en el sexo pecaminoso y las divisiones de los estratos irreconciliables. Aquí el episodio del aborto espontáneo terminal es más sutil porque se produce en soledad y más por las insatisfacciones generales y por una charla descarnada con Cussen que por una paliza en particular del otro vértice del triángulo, de la misma manera el fusilamiento se vincula a una doble promesa fraudulenta de David, a un Andy al que iba a llevar a una feria y a una Ruth a la que había prometido unas vacaciones en Francia. Holm y Everett están muy bien pero aquí la que se lleva las palmas es la debutante Richardson, actriz fenomenal que recorre con comodidad el espectro anímico de su personaje y que luego participaría en Empire of the Sun (1987), faena de Steven Spielberg, El Sueño del Mono Loco (1989), de Fernando Trueba, The Crying Game (1992), de Neil Jordan, y Damage (1992), de Louis Malle, entre otras. Pegada a lo mejor de la producción artística de Newell, léase Enchanted April (1991), Four Weddings and a Funeral (1994) y Donnie Brasco (1997), Bailar con un Extraño constituye un caso muy raro de melodrama criminal administrado con inteligencia, tan crudo como elegante, sobre el trasfondo tormentoso del amor y de ese tiempo que uno desperdicia esperando que el prójimo deje de lado vicios varios que resultan intrínsecos…
Bailar con un Extraño (Dance with a Stranger, Reino Unido, 1985)
Dirección: Mike Newell. Guión: Shelagh Delaney. Elenco: Miranda Richardson, Rupert Everett, Ian Holm, Matthew Carroll, Tom Chadbon, Jane Bertish, David Troughton, Paul Mooney, Stratford Johns, Joanne Whalley. Producción: Roger Randall-Cutler. Duración: 101 minutos.