Laberinto (Labyrinth)

Nunca des nada por sentado

Por Emiliano Fernández

Laberinto (Labyrinth, 1986) es en gran medida una reacción violenta pero maquillada de Jim Henson a la triste performance en taquilla de El Cristal Encantado (The Dark Crystal, 1982), su propuesta anterior en el terreno de los títeres que le escapan a sus creaciones más famosas, los Muppets, aquella estupenda colección de personajes del ámbito televisivo que en primera instancia aparecieron en Sam y Amigos (Sam and Friends, 1955-1961), luego en Plaza Sésamo (Sesame Street, 1969-2023) y finalmente en El Show de los Muppets (The Muppet Show, 1976-1981), un programa símil vodevil que en su momento funcionó como el trampolín perfecto para que los hilarantes muñecos pudiesen saltar a la pantalla grande mediante una trilogía inicial producida por Jim y escrita por el equipo de Jerry Juhl, Tom Patchett y Jay Tarses, hablamos de Llegan los Muppets (The Muppet Movie, 1979), de James Frawley, La Gran Aventura de los Muppets (The Great Muppet Caper, 1981), del mismísimo Henson, y Los Muppets Conquistan Manhattan (The Muppets Take Manhattan, 1984), obra dirigida por Frank Oz, su colaborador crucial desde principios de la década del 60, amén de Plaza Sésamo Presenta: Sigan esa Ave (Sesame Street Presents: Follow That Bird, 1985), un film digno y hoy semi olvidado de Ken Kwapis. Las diferencias entre El Cristal Encantado y Laberinto, por cierto a su vez conformando una suerte de trilogía tácita de epopeyas para niños y adolescentes de corazoncito dark junto con otra producción del querido titiritero estadounidense, La Maldición de las Brujas (The Witches, 1990), joya de Nicolas Roeg, son tan grandes como los puntos en común entre ambos convites, paradoja que abarca coincidencias como una gesta de restitución, protagonistas de corta edad y un mundo mágico de una rigurosidad de índole realista o más bien muy palpable, por un lado, y desemejanzas que prácticamente nos ubican en el extremo opuesto en términos de tono narrativo y condimentos varios, por el otro lado, en este sentido recordemos que El Cristal Encantado hace gala de una oscuridad deliciosamente opresiva y juega de manera explícita con elementos del cine de horror mientras que Laberinto apuesta por una fantasía más liviana con canciones, personajes humanos prominentes y una historia centrada no en una revolución contra una tiranía sino en la aceptación de la parentela y de los propios errores.

 

Asimismo parte del ciclo profesional final de un Henson que fallecería de repente en 1990 a los 53 años de edad por una neumonía bacteriana, fase que cubre además La Maldición de las Brujas y sus últimos proyectos televisivos de verdadera importancia, léase Los Fráguel (Fraggle Rock, 1983-1987), El Cuentacuentos (The Storyteller, 1987-1989) y La Hora de Jim Henson (The Jim Henson Hour, 1987-1992), Laberinto representa en simultáneo una de las cumbres en general de los practical effects de los años 80, producto de un larguísimo proceso de experimentación y desarrollo técnico que se remonta hasta los comienzos del séptimo arte, y el vuelco ya definitivo hacia la vanguardia artística de un Jim que estuvo muchísimos años limitado a las distintas facetas/ lecturas/ posiciones simbólicas dentro de la industria cultural yanqui de estas marionetas de gomaespuma flexible cubierta de tela, desde los sketchs cómicos de Sam y Amigos y la educación preescolar de Plaza Sésamo, pasando por el amplio uso de los Muppets en publicidad y aquel breve paso por la primera temporada de Saturday Night Live de 1975 y 1976, hasta el sustrato cuasi circense de El Show de los Muppets y el costado aleccionador -ponderando la fraternidad y el respeto, tan escasos por entonces como en el Siglo XXI- de Los Fráguel. El guión original de Terry Jones, miembro insignia de los Monty Python, fue reescrito sin acreditar por Henson, Laura Phillips, Elaine May y George Lucas, quien también ofició de productor ejecutivo, y en esencia es una amalgama de los diseños de Brian Froud, dibujante británico especializado en hadas, duendes, ogros, elfos y sirenas que ya había colaborado con Henson en El Cristal Encantado, y una noción de base que el dúo aparentemente tomó de Allá Afuera (Outside Over There, 1981), un libro ilustrado del norteamericano Maurice Sendak que se centra en el derrotero de una joven, Ida, en pos de rescatar a su hermana de nueve años, secuestrada por unos duendes y llevada a una tierra mágica, y que conforma un tríptico orientado a las distintas etapas de la vida del lector, así Allá Afuera abarca la adolescencia, En la Cocina de la Noche (In the Night Kitchen, 1970) explora la infancia y Donde Viven los Monstruos (Where the Wild Things Are, 1963) se mete con la fase iniciática preescolar, un volumen archiconocido que fue adaptado por Spike Jonze en aquella extraña realización del 2009.

 

Sarah (Jennifer Connelly) es una chica de 16 años que adora recitar pasajes de un libro llamado El Laberinto (The Labyrinth) y siente celos de su hermanastro bebé, Toby (Toby Froud, nada menos que el vástago de Brian), a quien su padre (Christopher Malcolm) y su madrastra (Shelley Thompson) le entregan viejos muñecos de peluche de ella como uno de sus favoritos, un oso bautizado Lancelot. En un episodio de impulsividad furiosa y pueril, precisamente durante una noche en la que debe oficiar de niñera, la muchacha desea que los duendes de la novela se lleven al crío y así el mocoso se esfuma y ella entra en pánico, por lo que aparece Jareth (David Bowie), el rey de los liliputienses grotescos -“goblins”, en inglés- y un señor elegante con la capacidad de transformarse en lechuza que le promete materializar todos sus sueños bajo la condición de que acepte la pérdida del purrete, cosa que la protagonista rechaza y por ello surge un reto entre ambos que involucra la certeza de que Toby mutará en duende dentro de trece horas a menos que su hermanastra atraviese un inmenso laberinto y sus mortíferas trampas hasta llegar a la ciudad de los duendes, donde se encuentra el castillo de Jareth, todo un adepto a las esferas mágicas de cristal. La película utiliza esta premisa para crear una serie de viñetas alrededor de las criaturas estrafalarias que Sarah va encontrando en su periplo de rescate, pensemos en un enano manipulador al servicio de Jareth y amante de la bisutería, Hoggle (Shari Weiser y Brian Henson, el hijo de Jim), un gusano parlanchín que avisa a la púber sobre el carácter engañoso del laberinto (Karen Prell y Timothy Bateson), un yeti gigantesco y bonachón que controla las piedras, Ludo (Ron Mueck y Rob Mills), un fox terrier antropomórfico, Sir Didymus (Dave Goelz y David Shaughnessy), y su corcel, el collie barbudo Ambrosius (Steve Whitmire y Kevin Clash), una chatarrera bien bizarra que lleva sus pertenencias en su espalda (Prell de nuevo más Denise Bryer) y unos grupetes desquiciados de personajes interpretados por muchos titiriteros y actores vocales, como el ejército de duendes de Jareth, los guardias caprinos que protegen portales, las “manos que hablan” del foso, los tótems premonitorios de roca, el sabio narcoléptico y su sombrero símil ave, un par de picaportes siempre enemistados y los dementes que bailan en torno al fuego y arrojan sus cabezas y extremidades por doquier.

 

Haciendo uso de un devenir muy gracioso e imaginativo en el que poco y nada acontece a ciencia cierta en términos narrativos, destacándose sobre todo dos episodios que trabajan los motivos de la amistad y la madurez sexual propios de la adolescencia, nos referimos primero a esa batalla farsesca entre Ludo y Sir Didymus en la Ciénaga de la Fetidez Eterna (Bog of Eternal Stench) que termina de sellar el colectivo de secundarios que acompañan a Sarah en su misión, comitiva que incluye a Hoggle y por supuesto a un Ambrosius hiper cobarde que en algunas tomas es un perro real y en otras una marioneta, y segundo al baile de máscaras en el que la púber cae por degustar un durazno encantado que el rey de los duendes le entregó a Hoggle, donde efectivamente se produce un intento de seducción de parte de Jareth que la muchacha rechaza y por ello termina en el depósito de basura de la chatarrera, Henson en Laberinto se las arregla para construir una armonía retórica insólita considerando el generoso volumen de ingredientes involucrados, pensemos por ejemplo en los Muppets, Sendak, el surrealismo, las novelas de caballería, Roald Dahl, el slapstick o comedia física del cine mudo, J.R.R. Tolkien, los cuentos de hadas de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, ese M.C. Escher de la célebre litografía Relatividad (1953), la faena de aprendizaje o bildungsroman, los Monty Python y especialmente el genial Terry Gilliam, el futurismo italiano, el folletín de aventuras, El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), obra de Victor Fleming, el teatro del absurdo, el gótico modelo Edgar Allan Poe, la fantasía barroca, delirante y family friendly de los 80, el kabuki o teatro tradicional japonés y aquel Lewis Carroll de Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (Alice’s Adventures in Wonderland, 1865), entre otros pivotes conceptuales. Como si se tratase de una versión femenina y light de la masculinidad apesadumbrada de El Cristal Encantado, aunque aún desde una idiosincrasia rebelde anti sensiblería barata hollywoodense, la película se mete astutamente con tópicos de marco adulto, como el crecimiento, la manipulación cotidiana, el egoísmo, el desarrollo intelectual moroso o mediocre, el peso de la responsabilidad y la tendencia a aislarse del resto y construir burbujas que niegan la realidad social, mientras desparrama una sabiduría estética descomunal sostenida en una bella catarata de recursos y disciplinas hermanadas, en especial los títeres clásicos, los animatronics, el proto morphing de la época, la animación tradicional y en 3D, las superposiciones, los mattes, un sutil stop motion, el combo florido de “vestuario más maquillaje más peinados” e incluso un poco de cámara lenta y detalles nebulosos para la secuencia videoclipera del baile de máscaras. Más allá de la riqueza visual de las creaciones de la mítica compañía Jim Henson’s Creature Shop, cenit que como decíamos antes marcó tanto el súmmum de los efectos especiales de vieja escuela como la génesis simbólica de su futura sustitución mediante el patético artificio digital por ser simplemente más barato y no requerir de la experiencia de tantos profesionales inigualables, Laberinto también bebe mucho del encanto de la doncella de Connelly, una actriz perfecta que venía de Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984), de Sergio Leone, y Phenomena (1985), de Dario Argento, y del carisma todo terreno del villano andrógino de Bowie, por entonces atravesando su etapa new wave y todavía en la “cresta de la ola” de su estrellato internacional de la mano de los álbumes Scary Monsters (and Super Creeps) (1980), Let’s Dance (1983) y Tonight (1984), aquí de hecho aportando cinco canciones maravillosas intituladas Magic Dance, Underground, As the World Falls Down, Chilly Down y Within You que sintetizan lo mejor de las baladas y del pop ochentoso de plástico. Quizás nunca llegará a la altura del universo fascinante y perverso de El Cristal Encantado pero esta secuela espiritual y lavada de toda peligrosidad de 1986 transmite la necesaria verdad de los muñecos, la del tacto y de los seres vivos en general, y sin duda siempre mantendrá la frescura gracias a su alucinante exuberancia, el humor negro del relato, la presencia de la hechicería como una puerta abierta al caos y la potencia innegable de su moraleja, una doble que nos invita a nunca dar nada por sentado, porque lo que hoy está mañana de seguro desaparecerá, y a no conceder poder alguno a figuras mefistofélicas que sólo pretenden parasitarnos o sacar ventaja, precisamente como nuestro Jareth y sus promesas de sueños cumplidos y libertad absoluta con la contradictoria condición de fondo de una esclavitud eterna en su castillo bajo su todopoderosa voluntad…

 

Laberinto (Labyrinth, Reino Unido/ Estados Unidos, 1986)

Dirección: Jim Henson. Guión: Terry Jones. Elenco: David Bowie, Jennifer Connelly, Brian Henson, Ron Mueck, David Shaughnessy, Dave Goelz, Karen Prell, Timothy Bateson, Frank Oz, Michael Hordern. Producción: Eric Rattray, George Lucas y David Lazer. Duración: 101 minutos.

Puntaje: 10