Menudo destino le tocó en gracia a William Wyler a nivel de la memoria popular cinéfila, ya que en esencia se lo recuerda por ser uno de los directores más laureados en materia de los Oscars, por haber sido el artífice de muchas películas del Hollywood Clásico que no envejecieron del todo bien y sobre todo por entregarnos la que quizás sea la obra menos representativa de su trayectoria aunque sin duda la más famosa, aquella épica religiosa de aventuras intitulada Ben-Hur (1959) y protagonizada por el tremendo Charlton Heston, no obstante el señor supo diversificar su rango artístico desde sus inicios profesionales y regalarnos muchos melodramas polirubro más o menos exacerbados como Infamia (These Three, 1936), Fuego Otoñal (Dodsworth, 1936), El Infierno del Bosque (Come and Get It, 1936), Jezabel, la Tempestuosa (Jezebel, 1938), Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights, 1939), La Loba (The Little Foxes, 1941), La Heredera (The Heiress, 1949), Destino de Dos Vidas (Carrie, 1952) y La Mentira Infame (The Children’s Hour, 1961), comedias a lo El Abogado (Counsellor at Law, 1933), Una Chica Angelical (The Good Fairy, 1935), La Princesa que Quería Vivir (Roman Holiday, 1953), Cómo Robar un Millón de Dólares (How to Steal a Million, 1966) y Funny Girl (1968), westerns pomposos símil El Caballero del Desierto (The Westerner, 1940) y Horizontes de Grandeza (The Big Country, 1958), y dramas bélicos como Rosa de Abolengo (Mrs. Miniver, 1942), Lo Mejor de Nuestras Vidas (The Best Years of Our Lives, 1946) y La Gran Tentación (Friendly Persuasion, 1956), en suma pivotes variopintos de una carrera que fue mutando y -vale recordar- arrancó en el cine mudo de los años 20 y finalizó en aquella génesis de la década del 70 del siglo pasado.
Ahora bien, dentro del derrotero de Wyler la faceta más olvidada y la que mejor sobrellevó el paso del tiempo es la que abarca su producción artística en los rubros hermanados del thriller y el film noir, en línea con realizaciones como Callejón sin Salida (Dead End, 1937), La Carta (The Letter, 1940), Horas Desesperadas (The Desperate Hours, 1955), El Coleccionista (The Collector, 1965) y La Liberación de L.B. Jones (The Liberation of L.B. Jones, 1970), todas propuestas interesantes -y muy raras si las comparamos con el resto del acervo wyleriano- que sintetizan algunas características esenciales del cine del señor en su vertiente agitada y/ o perversa, como por ejemplo su enorme talento para la dirección de actores, el perfeccionismo a nivel de la puesta en escena, su predilección por el enfoque profundo o deep focus en materia de relatos con múltiples personajes, su apego hacia temáticas poco trabajadas en su época o hacia el quiebre de tabúes, su comodidad tanto en el suspenso como en la violencia más efusiva y su preocupación por construir un realismo sucio dentro del corsé que imponía el Código Hays o sistema de autocensura del aparato hollywoodense, en funcionamiento entre 1934 y 1967. Todos estos rasgos reaparecen en la odisea que rankea en punta en tanto su mejor y más enérgico y despampanante policial negro, La Antesala del Infierno (Detective Story, 1951), gran película escrita por Philip Yordan y Robert Wyler -este último el hermano mayor de William- a partir de una puesta teatral de 1949 de tres actos de Sidney Kingsley, de quien el realizador ya había adaptado otra obra de teatro en ocasión de Callejón sin Salida, en esta oportunidad sacándole el jugo a un Kirk Douglas monumental que arrasa en cada una de sus intervenciones en pantalla.
Toda la acción se desarrolla en el Precinto Número 21 de la Policía de Nueva York en aquel presente de 1951 y comienza cuando el Detective Dakis (Bert Freed) trae para fichar a la comisaría a una cleptómana con unos sutiles problemillas mentales que acaba de robar un miserable bolso de seis dólares de una tienda (Lee Grant). Luego cae el Detective James McLeod (Douglas), un oficial rudo, obsesivo, intransigente y sin un gramo de simpatía hacia los criminales que está tratando de tener un hijo con su bella esposa, Mary (Eleanor Parker), hombre que pretende fichar sí o sí a un joven, Arthur Kindred (Craig Hill), que acaba de arrestar por robarle a su patrón 480 dólares, Albert R. Pritchett (James Maloney), sin embargo todos sus esfuerzos están volcados a meter en la cárcel a Karl Schneider (George Macready), médico especializado en abortos clandestinos al que se le quitó la licencia y sobre el que cuelgan cargos de homicidio luego de la muerte de varias de sus pacientes. A pesar de que su superior directo, el Teniente Monaghan (Horace McMahon), y el maquiavélico abogado del doctor, Endicott Sims (Warner Anderson), le advierten en materia de no golpear a Schneider, el protagonista termina haciendo lo propio cuando pierde las dos testigos que podrían identificar al médico, su enfermera/ asistente la Señorita Hatch (Gladys George), a la que soborna con un abrigo de pieles, y la Señorita Anderson, una víctima de su accionar que termina falleciendo en un hospital. Entretenido además, junto a su amigo y colega el Detective Lou Brody (William Bendix), en la manipulación de dos ladrones veteranos, Charley Gennini (Joseph Wiseman) y Lewis Abbott (Michael Strong), para que se delaten/ traicionen mutuamente en busca de beneficios procesales, McLeod entra en una espiral autodestructiva cuando Monaghan decide hacer sus propias averiguaciones debido a amenazas enigmáticas de Sims en torno a acusar al detective de sadismo contra Schneider por motivos meramente personales, así el teniente descubre que Mary -antes de casarse con James- tuvo una relación con un mafioso ególatra llamado Tami Giacoppetti (Gerald Mohr) y se hizo un aborto en el precario consultorio de Karl, motivo principal por el que se le dificulta tanto tener hijos hoy en día, revelación que a su vez el mandamás policial le traslada a un McLeod que primero arremete contra su esposa y luego pretende recuperarla por consejos de Brody y el periodista carroñero Joe Feinson (Luis Van Rooten), siempre presente en la estación de policía en pos de alguna primicia. James termina reconociendo que no puede abandonar el odio que lleva dentro, perdiendo a Mary por sus exabruptos y optando por un suicidio implícito cuando arremete contra un Gennini que había tomado un arma de un oficial distraído, recibiendo varios balazos que lo llevan a la pronta muerte aunque no sin antes retirar los cargos contra Kindred. Hablamos de un convite de la primera etapa de la carrera de Douglas, la cual pasó de los roles secundarios en El Extraño Amor de Martha Ivers (The Strange Love of Martha Ivers, 1946), de Lewis Milestone, Retorno al Pasado (Out of the Past, 1947), de Jacques Tourneur, Yo Solo me Basto (I Walk Alone, 1947), de Byron Haskin, y Carta a Tres Esposas (A Letter to Three Wives, 1949), de Joseph L. Mankiewicz, a los protagónicos que llegaron a posteriori de El Triunfador (Champion, 1949), de Mark Robson, pensemos en El Trompetista (Young Man with a Horn, 1950), de Michael Curtiz, El Zoo de Cristal (The Glass Menagerie, 1950), de Irving Rapper, Camino de la Horca (Along the Great Divide, 1951), de Raoul Walsh, y sobre todo Cadenas de Roca (Ace in the Hole, 1951), clasicazo de Billy Wilder en el que el actor con el mítico agujerito en su mentón componía a otro de sus antihéroes despiadados marca registrada, Chuck Tatum, un periodista neoyorquino ambicioso e individualista que consigue trabajo en un periódico de Albuquerque, Nuevo México, y transforma en un circo mediático a las tribulaciones del pobre Leo Minosa (Richard Benedict), aquel lugareño atrapado en una cueva por un derrumbe imprevisto mientras buscaba cerámicas indígenas.
Debemos en primera instancia sincerarnos y decir que el film no logra escapar del todo de los latiguillos claustrofóbicos formales semi obligatorios de las adaptaciones teatrales pero consigue un inusitado dinamismo visual para su tiempo gracias al brío y la inteligencia dramática de Wyler y a la fotografía muy precisa de Lee Garmes y John F. Seitz, jugando constantemente con el enfoque profundo para manejar distintos planos de los hechos dentro de lo que por momentos funciona como un relato coral complejo basado en la permanente imprevisibilidad de una comisaría que puede pasar de la tranquilidad al caos en un mínimo santiamén. La trama también piensa las ironías vinculares del caso porque arranca con una pareja feliz y consolidada, unida tanto bajo el signo del amor como del vástago buscado en conjunto, la de James y Mary, la primera una mujer que no fue precisamente sincera con el hombre desde el vamos y el segundo un workaholic adepto a la mano dura -siempre considerando a los civiles “demasiado vagos, egoístas o indiferentes para ir al juzgado y mantener los cargos”- porque la “mente criminal” de su padre lo condujo a maltratar a su madre al punto de confinarla en un manicomio, a lo que se suma un episodio de cuando era un novato en el que dejó libre a dos atracadores de un automóvil y dos noches después esos mismos muchachos mataron en un robo al dueño de una carnicería; y el relato finaliza con otra unión romántica aunque de muy distinta naturaleza, la de Arthur y Susan Carmichael (Cathy O’Donnell), hermana de la ex pareja de Kindred de hace cinco años, Joy, una chica que estaba enamorada en secreto de su cuñado simbólico y que hasta le promete a Pritchett devolverle el dinero sustraído para una cena en la que el joven pretendía recuperar, eventualmente en vano, a una Joy tan hermosa como ricachona y petulante, todo encima con Brody convenciendo al jefe de Arthur para que levante los cargos y luego teniendo que replegarse ante la insistencia de McLeod con la doctrina de la “cero clemencia”, el cual pone de ejemplo a Gennini cuando asevera que los primeros infractores siempre terminan siendo reincidentes. El amor deshecho por las circunstancias de la vida y del trabajo de la pareja veterana se contrapone al cariño naciente entre un muchacho y una muchacha que a pesar de una coyuntura igual de dolorosa y trágica, de todos modos apuestan a consolidar el vínculo afectuoso y seguir adelante. Más allá de la valentía detrás del hecho de meterse con el tabú del aborto, mayormente esquivado en pantalla mediante sustitutos verbales para evitar la interferencia castradora del Código Hays, el opus de Wyler mantiene la virulencia anímica alta en todo momento y subraya con sarcasmo y sabiduría que donde parece que hay intenciones revanchistas, eso de cargarse a Schneider por el aborto que padeció Mary, en realidad sólo prima el desconocimiento y la idiosincrasia típica del sujeto en cuestión, en este sentido basta con pensar que James en serio no sabía nada del asunto -por ello explota en intolerancia hacia su esposa y automartirio en el desenlace- y que su cruzada contra Karl simplemente tiene que ver con sus pocas pulgas de siempre y una desconfianza patológica contra todos aquellos que quiebran o podrían haber quebrado la ley, ganándose una insólita fama de ortodoxo/ fanático incluso en el seno de las fuerzas de represión metropolitanas más ortodoxas/ fanáticas, con la mayoría de los compañeros del protagonista asqueados de los civiles y el Lou de supuesto buen corazón -se identifica con Kindred porque luchó en la Segunda Guerra Mundial como su hijo, muerto en el conflicto bélico- pateando a pura furia y adelante de todos a un Gennini burlón para con la parejita cuasi idílica de Arthur y Susan. Puede que muchos trabajos de Wyler hayan quedado relegados por el devenir del tiempo y diversos desniveles retóricos e impostaciones artificiales de su época, pero La Antesala del Infierno se mantiene firme como un film noir aguerrido de entorno cerrado acerca de los demonios privados heredados y cuánto podemos llegar a internalizar los peores rasgos de nuestros progenitores, para colmo creyendo que estamos en una senda vital antagónica…
La Antesala del Infierno (Detective Story, Estados Unidos, 1951)
Dirección: William Wyler. Guión: Philip Yordan y Robert Wyler. Elenco: Kirk Douglas, Eleanor Parker, William Bendix, Cathy O’Donnell, George Macready, Horace McMahon, Gladys George, Joseph Wiseman, Lee Grant, Craig Hill. Producción: William Wyler. Duración: 103 minutos.