No Profanar el Sueño de los Muertos

Ojos pintados con sangre

Por Emiliano Fernández

Desde la década del 90 y en especial a partir del nuevo milenio se ha venido revalorizando de manera escalonada, sobre todo entre los cinéfilos amantes del terror más visceral, una película hasta no hace mucho tiempo casi completamente olvidada aunque muy importante en su momento de estreno, No Profanar el Sueño de los Muertos (1974), no sólo el film que inventó la vertiente moderna de los zombies junto a La Noche de los Muertos Vivos (Night of the Living Dead, 1968), de George A. Romero, ya dejando de lado aquellos devaneos con el vudú de antaño de Yo Anduve con un Zombie (I Walked with a Zombie, 1943), de Jacques Tourneur, sino además una de las mejores propuestas de horror a secas de uno de los innegables períodos de gloria del género, los 60 y 70, aquí incluso yendo mucho más allá de lo que constituía el estándar de la época -estructura exploitation vinculada a una montaña rusa de entretenimiento- y ofreciéndonos un trasfondo discursivo muy interesante e insólitamente complejo. La obra maestra del director español Jorge Grau, aquel de otros opus memorables del fantaterror como Ceremonia Sangrienta (1973), sobre la infame Condesa Erzsébet Báthory y su costumbre de asesinar para mantenerse joven, y Coto de Caza (1983), cruento thriller de invasión de hogar y represalia, anticipa en parte y en un mismo movimiento el acecho histérico de El Regreso de los Muertos Vivos (The Return of the Living Dead, 1985), de Dan O’Bannon, ese sarcasmo político/ cultural posterior del Romero de El Amanecer de los Muertos (Dawn of the Dead, 1978) y El Día de los Muertos (Day of the Dead, 1985), y hasta el gore demencial refulgente de la querida Trilogía de las Puertas del Infierno de Lucio Fulci, léase las siempre geniales Miedo en la Ciudad de los Muertos Vivientes (Paura nella Città dei Morti Viventi, 1980) y El Más Allá (E tu Vivrai nel Terrore! L’Aldilà, 1981) y la más accesoria La Casa Cercana al Cementerio (Quella Villa Accanto al Cimitero, 1981), eslabón final de la loca retahíla lovecraftiana del italiano.

 

De por sí la película es un rejunte algo extraño de nacionalidades porque está financiada principalmente por capitales italianos, rodada por un equipo técnico e interpretada por un elenco de naturaleza mixta, español/ italiano, transcurre en la campiña inglesa -de hecho, muchos exteriores fueron filmados en el Reino Unido- y en esencia empezó como un proyecto que pretendía recuperar en formato de rip-off conceptual el acervo norteamericano de aquel ultra bajo presupuesto de La Noche de los Muertos Vivos, no obstante en términos prácticos sólo quedó una referencia explícita al convite de Romero, nada menos que la escena en la que aparece por primera vez un zombie en pantalla, con una chica debiendo hacer frente al simpático “no muerto” con raudo espanto y mucha desesperación. La trama en sí nos propone un extraordinario devenir de asfixia y tensión in crescendo que empieza cuando George Meaning (Ray Lovelock), el joven dueño de una tienda de antigüedades, decide abandonar Mánchester para pasar el fin de semana en la casa de campo de unos amigos pero termina formando una sociedad tácita con Edna Simmonds (Cristina Galbó), una mujer que en una estación de servicio de la ruta choca con su Mini Cooper en reversa la motocicleta Norton del muchacho. Ambos deciden compartir el viaje a bordo del automóvil y pasar primero por el destino de ella, el hogar en Southgate de su hermana heroinómana Katie (Jeannine Mestre), a su vez casada con el fotógrafo Martin West (José Lifante), pero se pierden en el camino y por ello les preguntan a unos sujetos que encuentran en la zona, quienes resultan ser representantes del Ministerio de Agricultura probando en un campo cercano una enorme máquina experimental que emite radiaciones ultrasónicas con el objetivo de afectar el sistema nervioso de los insectos e inducirlos a devorarse los unos a los otros en un frenesí de canibalismo improvisado, bajo la supuesta idea de que todo el asunto funcione como un insecticida agrícola no contaminante que revolucione el gremio.

 

Desde ya que el efecto colateral de turno es que dentro del rango de acción de la máquina, primero una milla y luego cinco cuando los palurdos del gobierno lo amplían, los cadáveres regresan a la vida por sus sistemas nerviosos atrofiados/ elementales semejantes a los de los insectos, para colmo derivando en una infección que supera la región original ya que los finados que deambulan trasmiten su renovada energía a sus colegas a través de la sangre de los vivos en un círculo vicioso donde las carnicerías de los primeros zombies perpetúan la masacre al contagiar a todos los cuerpos sin vida que tengan a mano. Como decíamos antes, el primer ataque lo padece Edna a instancias de un vagabundo que murió ahogado hace poco, Guthrie Wilson (Fernando Hilbeck), del que logra escapar aunque definitivamente no puede decirse lo mismo de su cuñado, Martin, el cual termina asesinado con brutalidad por el mismo zombie ante los ojos de horror e impotencia de su esposa Katie. Desde el vamos el esbirro asignado al caso, un ignoto Inspector (Arthur Kennedy), culpabiliza a la esposa drogadicta de la víctima y estigmatiza con un hilarante fascismo a la pareja protagónica, George y Edna, tratándolos de melenudos con ropas afeminadas y amantes del sexo, las fiestas non stop y los estupefacientes. El asunto escala significativamente en intensidad cuando George descubre junto a un médico del Hospital de Southgate, el Doctor Duffield (Vicente Vega), que los bebés también muerden con furia a cualquiera que se cruce en su camino, encima cuando el aún escéptico Meaning lleva a Simmonds al cementerio local para convencerla de que el tal Guthrie está muerto y jamás pudo haberla atacado, ambos descubren que el cadáver anda por ahí pintando con sangre del cuidador de turno los ojos de los otros cuerpos que esperan sepultura para que revivan sin más, provocando por cierto un pandemónium y descalabro masivo en el lugar que el paparulo del Inspector interpreta como producto de supuestas “ceremonias satánicas” a cargo de los pobres Edna y George.

 

No Profanar el Sueño de los Muertos supera por mucho su esquema Clase B primigenio debido a que construye con dedicación e inusitada vehemencia la destrucción paulatina de Southgate -en un delicioso periplo del caos que comienza en el cementerio en cuestión para a posteriori pasar a la morgue, las calles y el hospital- y porque en simultáneo redondea un entramado discursivo que trabaja tópicos muy raros para el terror de la época como por ejemplo la ecología (Meaning escapa de la contaminación, el ruido y la sobrepoblación de Mánchester hacia la aparente tranquilidad de la campiña británica, no obstante allí se topa con esos necios del Ministerio de Agricultura haciendo de las suyas con una tecnología siempre utilizada para el lucro sin conciencia alguna que destruye lo natural y sus procesos básicos), el fuerte choque generacional del momento (el payaso de extrema derecha del Inspector acosa, zarandea y hasta golpea a George porque lo considera un “resumen con patas” de todo lo que odia, hablamos por supuesto de la contracultura, la juventud en tanto estrato social autónomo y los coletazos del hippismo del primer lustro de la década del 70), y la lucha entre facciones dentro del marco institucional/ estatal (mientras que el Inspector es un claro exponente de la “mano dura” en materia de combatir al delito, el Juez Perkins de Francisco Sanz, en cambio, ofrece una opción más blanda aunque con la paradoja de haberle metido en la cabeza al anterior que Meaning es el líder de una banda de satanistas que se dedican a menesteres varios del rubro como profanar tumbas, celebrar misas negras y mutilar y quemar cuerpos sin vida en honor al eterno Mefistófeles, cuando en realidad el muchacho descubrió que el fuego es la única forma de detener a unos zombies lentos pero con una fuerza colosal que vuelcan no sólo a aplastar pechos, arrancar partes de los vivos y masticar su tierna carne sino también a hacerse de cruces y lápidas para arrojárselas en la espalda a sus víctimas de ocasión, como le ocurre a ese Oficial Craig de Giorgio Trestini).

 

Más allá de ingredientes paradigmáticos del cine de horror de su tiempo como las tomas objetivas que de repente se transforman en subjetivas desde el punto de vista de un muerto que camina, en línea con el recordado plano de presentación del Hospital de Southgate, y delirios varios que obedecen a la dinámica adicional del sexploitation, como esa chica que corre desnuda al principio del relato por las calles de Mánchester sin explicación alguna o el berretín bien sádico/ morboso de Martin de sacarle fotos sin ropa a su mujer en medio de su angustia a raíz del síndrome de abstinencia, la realización de Grau, con guión de Sandro Continenza, Juan Cobos, Marcello Coscia y Miguel Rubio, por un lado combina de manera magistral el cine de zombies y la ciencia ficción apocalíptica, esta última dándose cita tanto vía la mentada máquina de la tecnocracia estatal eficientista que experimenta con la población de modo indirecto como a través de esas bizarras cámaras frigoríficas grisáceas de la morgue de Southgate, y por el otro lado se hace un festín con el carnaval gore de las masacres en secuencia cual virus de impronta política implícita que no deja de expandirse aprovechando la inefable estupidez de los seres humanos y toda su autoconfianza/ soberbia; regalándonos de paso escenas estupendas de canibalismo como la del cementerio, la del tanatorio y aquella legendaria del hospital, una que anticipa el amor por las truculencias de Lucio Fulci de la mano del hachazo de un muerto viviente contra el cráneo del Doctor Duffield y la arremetida de los zombies contra una enfermera a la que le arrancan una teta y le meten la mano en la entrepierna para también sacarle un lindo pedazo de carne de la zona vaginal. Entre la histeria retórica más gloriosa, algo de sensualidad e ironías macabras, una muy buena fotografía de Francisco Sempere y un genial desempeño de Giuliano Sorgini y el propio Grau en materia de la música y el sonido minimalista y muy tétrico de la máquina, aquí el director todo lo hace bien y a pura vertiginosidad irrefrenable en función de una película que recorrería el globo sin descanso recibiendo la friolera de un par de decenas de títulos alternativos que van desde el muy aparatoso del mercado inglés, The Living Dead at Manchester Morgue, hasta los dos del enclave norteamericano, Don’t Open the Window y Let Sleeping Corpses Lie, en suma con Grau sobrepasando por mucho al otro gran baluarte de los zombies del fantaterror clásico, la famosa tetralogía de los Templarios Ciegos, léase La Noche del Terror Ciego (1972), El Ataque de los Muertos sin Ojos (1973), El Buque Maldito (1974) y La Noche de las Gaviotas (1975), todas a cargo de Amando de Ossorio…

 

No Profanar el Sueño de los Muertos (España/ Italia, 1974)

Dirección: Jorge Grau. Guión: Sandro Continenza, Juan Cobos, Marcello Coscia y Miguel Rubio. Elenco: Ray Lovelock, Cristina Galbó, Arthur Kennedy, Jeannine Mestre, José Lifante, Giorgio Trestini, Fernando Hilbeck, Vicente Vega, Francisco Sanz, Anita Colby. Producción: Edmondo Amati y Manuel Pérez. Duración: 93 minutos.

Puntaje: 10