El Tren de las 3:10 a Yuma (3:10 to Yuma)

Operación extracción

Por Emiliano Fernández

Delmer Daves, un señor que en sus años mozos fue actor y guionista, es otro de los tantos realizadores hoy olvidados del Hollywood Clásico que pudieron crear un derrotero artístico con personalidad propia por fuera del entorno uniformizador y maniqueo barato de aquel período histórico, así empieza su carrera como director con tres películas protagonizadas por John Garfield, de temática bélica variopinta y rodadas durante las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, hablamos de Rumbo a Tokio (Destination Tokyo, 1943), La Realidad de un Sueño (Hollywood Canteen, 1944) y El Orgullo de los Marines (Pride of the Marines, 1945), tópico al que regresaría en ocasión de las inferiores El Horizonte en Llamas (Task Force, 1949) y Los Reyes van al Frente (Kings Go Forth, 1958), no obstante de repente se reinventa para saltar al film noir de la mano de las gloriosas La Casa Roja (The Red House, 1947) y La Senda Tenebrosa (Dark Passage, 1947), esta última un mega clásico del rubro con Humphrey Bogart y su esposa Lauren Bacall. De inmediato se lanza de cabeza al género por el que sería recordado por la crítica y el público cinéfilo curioso de allí en más, el western, debutando con la legendaria La Flecha Rota (Broken Arrow, 1950), gran joya estelarizada por James Stewart y Jeff Chandler que destruyó el estereotipo de los “indígenas salvajes y asesinos” del mainstream norteamericano anterior, ese propio del chauvinismo racista y fascistoide de John Ford, Howard Hawks y John Wayne, con vistas a ofrecer un retrato mucho más humano y complejo de los habitantes nativos que precedieron al aluvión inmigratorio/ colonial de Europa, efectivamente abriendo una rama profesional que demostraría ser prolífica y a su vez se dividiría entre trabajos excelentes, en sintonía con El Hombre Pacífico (Jubal, 1956), La Última Carreta (The Last Wagon, 1956), El Tren de las 3:10 a Yuma (3:10 to Yuma, 1957) y El Árbol de la Horca (The Hanging Tree, 1959), y otros ya más secundarios o quizás complementarios, pensemos para el caso en El Regreso del Texano (Return of the Texan, 1952), Tambores de Guerra (Drum Beat, 1954), El Vaquero (Cowboy, 1958) y Arizona, Prisión Federal (The Badlanders, 1958), nada menos que la primera remake de La Jungla de Asfalto (The Asphalt Jungle, 1950), de John Huston, la instigadora fundamental de las caper movies o propuestas de atracos y núcleo de otras dos relecturas, Cairo (1963), de Wolf Rilla, y Cool Breeze (1972), de Barry Pollack.

 

Si bien es posible encontrar otras realizaciones atendibles dentro de la trayectoria de Daves, como por ejemplo Demetrio y los Gladiadores (Demetrius and the Gladiators, 1954), ese insólito y disfrutable péplum del amigo Delmer, lo cierto es que el resto de su producción artística no resulta tan atractivo y en la misma exacta bolsa caen su fallido intento cómico/ romántico símil La Realidad de un Sueño, Besos en la Oscuridad (A Kiss in the Dark, 1949), su ciclo de delirios aventureros, aquel de Ave del Paraíso (Bird of Paradise, 1951), El Tesoro del Cóndor de Oro (Treasure of the Golden Condor, 1953) y No me Abandones (Never Let Me Go, 1953), y la retahíla de melodramas de estudio al que se tuvo que limitar en la etapa final de su carrera por problemas coronarios, una larga serie que incluye Verano de Amor (A Summer Place, 1959), Parrish (1961), Amarte fue Pecado (Susan Slade, 1961), Los Amantes Deben Aprender (Rome Adventure, 1962) y Fiebre en la Sangre (Spencer’s Mountain, 1963), convite con Henry Fonda, Maureen O’Hara y Mimsy Farmer y quizás la mejor representante del lote en cuestión. Hoy en día al director se lo tiene presente sobre todo por El Tren de las 3:10 a Yuma, una diminuta obra maestra que por un lado combina elementos del Viejo Oeste con el suspenso, el policial negro y la epopeya minimalista de aventuras y por el otro lado recupera motivos y recursos caros al acervo de Daves en línea con la riqueza psicológica de los personajes, un esquema de prejuicios éticos que se ve violentado, una narración a la vez cerebral y emotiva, un contexto natural/ social que refleja la identidad de los antihéroes y por supuesto un trasfondo ideológico desmitologizador y de izquierda que se vincula no sólo con La Flecha Rota y los westerns posteriores, ahora humanizando al villano en lugar de al indígena y poniendo en duda el entramado moral del “hombre común y corriente” a lo estadounidense moderno promedio, sino también con la tradición del momento en materia del western antimacartista y de los estudios acerca de la pasividad, el cinismo, la cobardía, la vehemencia ciega y el sustrato pueril de la cultura de yanquilandia, tantas veces homologada al heroísmo idiota y mentiroso, recordemos en este sentido ese camino que nos lleva desde A la Hora Señalada (High Noon, 1952), de Fred Zinnemann, y El Desconocido (Shane, 1953), de George Stevens, hasta Vera Cruz (1954), de Robert Aldrich, y El Hombre del Oeste (Man of the West, 1958), de Anthony Mann.

 

El guión de Halsted Welles, profesional televisivo que luego volvería al western para El Árbol de la Horca y Furia sin Freno (A Time for Killing, 1967), de Phil Karlson y Roger Corman, expande sustancialmente la anécdota que cubre el cuento homónimo de 1953 de Elmore Leonard, figura mítica norteamericana que empezó su carrera escribiendo odiseas del Viejo Oeste para después mutar en uno de los mayores talentos de la novela negra, de hecho escribiendo los guiones y/ o inspirando con sus textos una andanada de películas dirigidas por Budd Boetticher, Martin Ritt, Edwin Sherin, John Sturges, Richard Fleischer, J. Lee Thompson, Burt Reynolds, John Frankenheimer, Fred Walton, Abel Ferrara, Barry Sonnenfeld, Paul Schrader, Quentin Tarantino, Steven Soderbergh y John Madden, entre otros. La acción transcurre en la Arizona de fines del Siglo XIX y se centra en la relación entre dos hombres muy distintos, primero Ben Wade (Glenn Ford, gran intérprete que había colaborado con Delmer en El Hombre Pacífico y reincidiría en El Vaquero), líder de una copiosa pandilla de forajidos que tiene de lugarteniente a Charlie Prince (Richard Jaeckel), y segundo Dan Evans (Van Heflin), ranchero que viene soportando ya tres años de sequía y padre de familia que está casado con Alice (Leora Dana) y tiene dos vástagos pequeños, esos Mathew (Barry Curtis) y Mark (Jerry Hartleben). Evans, mientras pastaba su ganado, atestigua el robo del oro que transportaba una diligencia propiedad del oligarca Butterfield (Robert Emhardt) por parte de los muchachotes de Wade, a quien no le tiembla el pulso a la hora de matar a uno de los suyos cuando es hecho prisionero por el conductor, Bill Moons (Boyd Stockman), también herido de muerte. La osadía de Ben lo conduce al pueblo más cercano, Bisbee, y a avisarle del asalto al alguacil local (Ford Rainey), el cual marcha hacia la sede desértica del episodio sin conocer la identidad del bandolero mientras Wade ordena a los suyos que crucen la frontera con México para así conquistar en soledad a la preciosa camarera del salón de Bisbee, Emmy (Felicia Farr). Cuando Ben cae en una emboscada de las autoridades y el alguacil concibe un plan para despistar a los malhechores y evitar que lo liberen, Butterfield ofrece 200 dólares a quien lleve al prisionero a la estación de trenes de Contention City para subirlo al servicio de las 3:10 hacia la cárcel de Yuma, por ello se ofrecen Evans y un borracho ninguneado por casi todos llamado Alex Potter (Henry Jones).

 

Mediante mecanismos retóricos simples pero manejados con mano maestra, nos referimos tanto al encuentro sexual tácito con Emmy, precisamente el verdadero catalizador de las desventuras de los protagonistas ya que incluso supera al robo en sí, como a los sucesivos intentos de Wade en pos de sobornar/ comprar la voluntad de Evans, éste un cowboy al que el banquero y propietario de la cantina de Bisbee (George Mitchell) le niega un préstamo que necesita con desesperación para darle de beber a su ganado, la película construye una fábula de apatía y pusilanimidad popular símil A la Hora Señalada mediante un Dan que se va quedando progresivamente más y más en soledad porque Potter es asesinado por Prince, Butterfield pretende abandonar la misión y lo mismo ocurre con otros cinco hombres, todos también contratados por el dueño de la diligencia, que dejan las instalaciones del hotel de Contention City, una mazmorra improvisada para pasar con el reo los instantes previos a la llegada del tren, de allí que el último acto del opus de Daves sea recordado como una de las primeras y más eficaces aproximaciones del mainstream cinematográfico al “tiempo real” de impronta asfixiante, en la praxis poniendo en interrelación a la tenacidad individual, la angustia, el marco ético, la tensión de la urgencia y ese mito social hipócrita que pondera bajo diferentes halos/ miradas a un padre amoroso de familia como Evans y a un ladrón afamado y temible de la talla de Wade. El Tren de las 3:10 a Yuma no sólo indaga en el conflicto simbólico de fondo, el conservadurismo bucólico y algo mucho aburrido versus la fogosidad y autonomía anarquista del criminal o nómada antiestatal, sino que además trae a colación nociones adicionales como la corrupción intrínseca del ser humano, sobre todo en una red capitalista nefasta de ninguneo público y privado, y la heterogeneidad identitaria, aquí un malhechor que puede ser en simultáneo un homicida implacable y un galán que conquista a hembras vacantes como Emmy o ya casadas como Alice, algo manejado con suma sutileza y desde la censura o puritanismo industrial de la época. Pensando también la autolegitimación suicida detrás de tamaña “operación extracción”, motivo repetido de la idiosincrasia masculina, y utilizando a la sequía o las penurias de la naturaleza como una semblanza de una debacle que muta en salvación, en pantalla de la mano de un final que no es ni feliz ni trágico sino realista porque apunta a la reconciliación de los extremos, nos referimos a esa lluvia de último minuto y a aquella colaboración del forajido al subir por motu proprio al convoy ferroviario como forma de agradecerle al ranchero y tirador experto que haya impedido que el hermano del conductor fallecido lo matase en represalia en el hotel, un exaltado Bob Moons (Sheridan Comerate), la propuesta analiza las paradojas y sorpresas de la vida y especialmente las tentaciones -ya sean materiales o sentimentales o placenteras- que ponen en crisis los principios de cada sujeto concernientes a su ideología o integridad, a lo que se agrega la estupenda fotografía de Charles Lawton Jr., la perfecta música de George Duning, la hermosa canción titular de este último y Ned Washington en la voz de Frankie Laine y desde ya ese talento de siempre de Delmer para un desarrollo discursivo inmaculado que por cierto no es posible hallar en la remake del 2007 de James Mangold, con Christian Bale en el personaje del correcto Van Heflin y Russell Crowe en el rol del irremplazable Glenn Ford, obra olvidable que lejos está del ingenio de la original…

 

El Tren de las 3:10 a Yuma (3:10 to Yuma, Estados Unidos, 1957)

Dirección: Delmer Daves. Guión: Halsted Welles. Elenco: Glenn Ford, Van Heflin, Felicia Farr, Leora Dana, Henry Jones, Richard Jaeckel, Robert Emhardt, Sheridan Comerate, George Mitchell, Ford Rainey. Producción: David Heilweil. Duración: 93 minutos.

Puntaje: 10