Dos de los grandes problemas del paupérrimo cine contemporáneo son el formalismo y el preciosismo exacerbados, claros productos de la globalización o victoria de Estados Unidos en el marco simbólico/ cultural/ ideológico de la Guerra Fría y la rápida estandarización compulsiva de criterios elevados y específicos de producción que deben respetarse si la película en cuestión y/ o sus productores pretenden acceder al jugoso mercado mundial, prácticamente el único que garantiza el regreso con ganancias del capital invertido debido a la enorme influencia de la piratería y el achicamiento de los distintos mercados nacionales gracias al incremento del desempleo y la miseria en todo el globo, cortesía del capitalismo salvaje de siempre en su acepción naturalizada vía el sentido común: el formalismo se ve hoy en día en el indie y el mainstream mediante esa obsesión con privilegiar la dimensión técnica del film de turno por sobre la narración o la dinámica actoral o siquiera un mínimo sustrato conceptual de fondo, y en lo que atañe al preciosismo -estrechamente vinculado con lo anterior, desde ya- éste es posible identificarlo en la tendencia maniática de buena parte de los profesionales actuales a embellecer las imágenes y esa puesta en escena por más que el tópico tratado sea la inequidad, indigencia, marginación o injusticias sociales, algo que pone en primer plano la universalización señalada de los criterios estéticos más banales y redundantes del Hollywood posmoderno de las décadas del 80 y 90 en adelante, cuando el lenguaje marketinero, publicitario y videoclipero tomó la posta del clasicismo para acelerar la acción, emprolijar al extremo el apartado formal y en suma licuar en buena medida cualquier atisbo de profundidad doctrinaria o mensaje revulsivo o contracultural.
Sin embargo en aquellos mayormente superficiales años 90 sobrevivía aún un cine de actores que, de hecho, ponía el énfasis en el desempeño de los intérpretes en un ámbito de mayor libertad creativa y de lucimiento melodramático, todo lo contrario a la dictadura del nuevo milenio en torno a los rodajes planeados al dedillo y con aseguradoras encargándose de cada uno de los posibles entuertos del camino. Un excelente ejemplo de esta concepción alternativa del séptimo arte, tradición que va desde Ingmar Bergman y Woody Allen hasta Paul Thomas Anderson y Pedro Almodóvar, es sin duda Vidas Cruzadas (The Crossing Guard, 1995), segunda película como director de un Sean Penn que estaba en el medio de la trilogía inicial de su entrecortada trayectoria en el rubro, aquella que se completa con las también interesantes Bajo la Misma Sangre (The Indian Runner, 1991) y Código de Honor (The Pledge, 2001), opus que a su vez dejarían paso a otro trío de realizaciones aunque ya bastante deficitario, aquel de la sobrevalorada Hacia Rutas Salvajes (Into the Wild, 2007) y las ya directamente insoportables El Último Rostro (The Last Face, 2016) y El Día de la Bandera (Flag Day, 2021). Con un guión del mandamás detrás de cámaras, la propuesta gira alrededor de Freddy Gale (Jack Nicholson), el propietario depresivo de una joyería que perdió a su pequeña hija, Emily, cuando fue atropellada por un conductor ebrio, John Booth (David Morse), a su vez vástago de los simpáticos Stuart (Richard Bradford) y Helen (Piper Laurie) y ex convicto que recupera su libertad luego de cumplir su condena. Freddy, quien se la pasa en strip clubs y acostándose con prostitutas, decide matarlo y para ello le da un período de tres jornadas para arreglar lo que tenga que arreglar en su vida antes de fusilarlo.
A pesar de lo que podría sugerir semejante premisa, una vinculada con el exploitation de revancha personal sobre todo de las décadas del 70 y 80, la película responde a las faenas dramáticas de duelo, furia y redención porque está llena de tiempos muertos, paradojas, ironías y encrucijadas identitarias que hacen al desarrollo de personajes con motivo de las escenas que siguen al encontronazo inicial -“fallido” porque Gale se olvida de cargar el arma- entre ambos hombres, víctima y verdugo, el primero viviendo en la casa rodante de sus padres, comenzando a trabajar en un barco pesquero y tratando de entablar una relación con una hermosa fémina que conoció en una fiesta, Jojo (Robin Wright), y el segundo buscando comprensión por parte de su ex esposa, Mary (nada menos que Anjelica Huston, pareja histórica de Nicholson), y saboteando una suerte de relación estable con una stripper veterana, Verna (Priscilla Barnes). Penn se deja ayudar por dos maestros inigualables de sus respectivos gremios, el director de fotografía Vilmos Zsigmond y el compositor Jack Nitzsche, para tapar/ solucionar con oficio las inconsistencias de su guión, los estereotipos en los que cae, la nula originalidad de fondo y cierta tendencia simplista a dar vuelta el eje ético maniqueo tradicional de Hollywood para humanizar al homicida accidental, un Booth que se nos presenta como un sujeto tranquilo y con una culpa a flor de piel que destruye su vínculo con Jojo, y para condenar por lo bajo a ese progenitor de la víctima de antaño que anhela una justicia escurridiza o demacrada, un Freddy que no pasa del putañero estándar autocondescendiente que se enajena a todos al basurearlos de manera sistemática como si fuesen mártires de segunda categoría ante el calvario del campeón del sufrimiento burgués.
Vidas Cruzadas, en este sentido, sintetiza a la perfección los pros y los contras del cine de actores de los 80 y 90, cuando el nihilismo de los 70 fue sustituido por un existencialismo más apolítico e inofensivo: por un lado pensemos que el convite ofrece escenas magistrales y evidentemente semi improvisadas como por ejemplo la de la visita de Gale a la casa que Mary comparte con su nueva pareja, Roger (Robbie Robertson), y un par de gemelos que tuvo con Freddy (Michael y Matthew Ryan), la de la confesión de John a sus padres sobre sus sentimientos y su parecer ante lo vivido, aquella secuencia del baile ante Morse de una esplendorosa Wright que luego se transformaría en esposa de Penn, la de la canción de la stripper Mia (Kari Wuhrer) en el teclado frente a Gale, aquella de la llamada telefónica del joyero a Mary y finalmente esa del encuentro entre esta última y el personaje del querido Nicholson en un bar/ restaurant; y por el otro lado hay que tener presente que la odisea abusa de los momentos descriptivos, incluye chispazos de un surrealismo onírico algo fuera de lugar, a veces derrapa hacia automatismos de la tragedia de desaparición del ser querido y en general roza el delirio en cuanto a una duración exagerada de 111 minutos a la que le sobra mínimo media hora que podría haber quedado en la sala de edición, indulgencia de Penn de por medio que impidió los necesarios cortes. Entre el olvido facilista de la ex en la piel de Huston y el dolor fetichizado en formato suicida de Gale, la realización analiza los mojones intermedios en esta escala del desconsuelo familiar que busca algún tipo de alivio y desde ya recuperar el orgullo íntimo perdido, por más que sea cargándose al responsable directo de la debacle o denunciando la estupidez de la enorme mayoría de la humanidad…
Vidas Cruzadas (The Crossing Guard, Estados Unidos, 1995)
Dirección y Guión: Sean Penn. Elenco: Jack Nicholson, David Morse, Anjelica Huston, Robin Wright, Piper Laurie, Richard Bradford, Priscilla Barnes, Robbie Robertson, John Savage, Kari Wuhrer. Producción: Sean Penn y David Hamburger. Duración: 111 minutos.