Así como eliminar a la nueva derecha -desde el trumpismo hasta su versión fandom, el mileismo- equivale a desnazificar el mundo, tarea muy noble que reclama una ejecución del modo más urgente, violento y anal/ rectal posible, suprimir las realizaciones de Marvel puede homologarse a desidiotizar el planeta o quizás deslobotomizarlo en lo que respecta a su dimensión cultural específica, ahorcando alegremente en la plaza pública del arte a los payasos responsables y a los minusválidos mentales que aún consumen estos bodrios sin cojones, alma o corazón alguno, sólo cargados de una superficie lustrosa y multimillonaria destinada a vender menús de comida chatarra y muchos muñequitos para nenes y adultos inmaduros del montón. El último engendro de la factoría, Thunderbolts (2025), con la dirección de Jake Schreier y un guión de Eric Pearson y Joanna Calo, es un caso bastante raro porque si bien estamos ante la misma fórmula de antaño de Marvel, el palurdo del productor, Kevin Feige, parece acusar recibo de los ataques intra industria y del magro desempeño reciente en taquilla de la franquicia y por ello opta por copiar a la competencia, DC, construyendo una remake camuflada de Escuadrón Suicida (Suicide Squad, 2016), un mamarracho de David Ayer que refritaba la premisa elemental de Doce del Patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), propuesta de Robert Aldrich protagonizada por Lee Marvin, Charles Bronson, Ernest Borgnine, Telly Savalas, Donald Sutherland y el querido John Cassavetes.
La relectura que nos ocupa, trabajo que también puede considerarse una secuela espiritual de obras asociadas como el spin-off Aves de Presa y la Fantabulosa Emancipación de una Harley Quinn (Birds of Prey and the Fantabulous Emancipation of One Harley Quinn, 2020), de Cathy Yan, y el reboot disfrazado de continuación El Escuadrón Suicida (The Suicide Squad, 2021), de James Gunn, por momentos parece intentar recrear el cine de superhéroes mucho más heterogéneo -y menos saturado de pavadas- de las décadas del 70, 80 y 90, en sintonía con los clichés de siempre de gente como Richard Donner, Tim Burton y Alex Proyas, entre otros, pero en última instancia el film nuevamente cae en frasecitas pretendidamente mordaces a lo sitcom, un melodrama con trauma colectivo reciclado, otra tanda de CGI de alcance gigantista para escenas de acción hiper conservadoras y finalmente una estructura argumental que hoy por hoy se repite por trigésima sexta vez como si fuese el producto de un autómata, un algoritmo cualquiera o esa inteligencia artificial patética de nuestros días, apenas por encima del Traductor de Google en materia de mediocridad y redundancia (personajes marginados, traición gubernamental, unión a regañadientes, algo de terapia a cielo abierto, diversas peleas en el seno del pelotón y una amenaza apocalíptica que ya no le importa a nadie por lo subnormal, genérico o insípido de todo el asunto y sus corolarios oscurantistas dentro del mainstream yanqui, siempre promediando hacia abajo).
A diferencia de otra basura de Marvel de los últimos meses, como las inmediatamente anteriores Deadpool & Wolverine (2024), de Shawn Levy, y Capitán América: Un Nuevo Mundo (Captain America: Brave New World, 2025), de Julius Onah, Thunderbolts se tira de cabeza hacia el relato coral y aquí los antihéroes o “malos buenos” son Yelena Belova (la talentosa Florence Pugh cobrando el cheque a puro desgano), una sicaria modelo Viuda Negra, y Ava Starr (Hannah John-Kamen), señorita que puede atravesar los objetos, más el grupito de supersoldados conformado por Bucky Barnes (Sebastian Stan), John Walker (Wyatt Russell) y Alexei Shostakov (David Harbour), todos ellos obligados a enfrentarse a Valentina Allegra de Fontaine (Julia Louis-Dreyfus), directora de la CIA que padece un juicio político por sus múltiples operaciones ilegales y que desea matarlos para ocultar el asuntillo, por ello primero les tiende una trampa que deriva en fracaso y a posteriori utiliza a uno de sus experimentos secretos, un joven amnésico llamado Bob (Lewis Pullman), para reventar al quinteto e impedir que testifique en su contra. La cosa no sale muy bien que digamos porque De Fontaine manipula a Sentry, costado bondadoso o bienintencionado del personaje de Pullman, hijo del célebre Bill, no obstante sin proponérselo termina desatando su faceta sumamente depresiva, nihilista o algo así, El Vacío, monstruo emo y/ o adepto a la apariencia fantasmal que convierte en sombras a los habitantes azarosos de Nueva York.
Como siempre en el caso de estas bostas superheroicas orientadas a castrados o bobitos fascistas que adoran evadir la realidad a través de la pata más aniñada de la cultura masiva para terminar en el piso en posición fetal y llorando por mami, el engolosinamiento con la violencia pueril enmascara la ausencia total de sexo o cuerpos erotizados, de la misma forma que las tramas repletas de personajes de relleno esconden la pobreza discursiva de fondo y por supuesto esa soberbia metadiscursiva y narcisista enmascara la banalidad absoluta de la saga de Marvel, ni siquiera detentando el carácter imprevisible o desparejo -y por ello eventualmente interesante- de su homóloga de DC. Feige y sus esclavos, en esta oportunidad un Schreier que lleva una década trabajando en televisión después de entregar la estupenda Un Amigo para Frank (Robot & Frank, 2012) y la fallida Ciudades de Papel (Paper Towns, 2015), ya directamente no saben qué hacer para reempaquetar el mismo producto y venderlo a un público oligofrénico que a pesar de sus “problemillas cognitivos” ve venir a kilómetros de distancia cada ingrediente de esta ensalada, hoy -como decíamos antes- un poco más minimalista/ retro/ menos complicada aunque nuevamente larguísima sin necesidad y rebosante de tiempos muertos, amén de un final que mete en la licuadora a Superman III (1983), de Richard Lester, Los Cazafantasmas (Ghostbusters, 1984), de Ivan Reitman, y aquella seguidilla centrada en el Freddy Krueger del recordado Wes Craven…
Thunderbolts (Estados Unidos, 2025)
Dirección: Jake Schreier. Guión: Eric Pearson y Joanna Calo. Elenco: Florence Pugh, Sebastian Stan, Wyatt Russell, David Harbour, Lewis Pullman, Hannah John-Kamen, Julia Louis-Dreyfus, Olga Kurylenko, Geraldine Viswanathan, Wendell Pierce. Producción: Kevin Feige. Duración: 126 minutos.