La Rosa Blanca (Die Weiße Rose)

Panfletos de resistencia

Por Emiliano Fernández

La Rosa Blanca fue un grupo de resistencia pacífica antinazi de connotaciones católicas formado por estudiantes de la Universidad de Múnich que operó entre 1942 y 1943 y que publicó seis célebres panfletos en los que se denunciaban las atrocidades cometidas por los nacionalsocialistas en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, tanto contra los judíos, los colectivos sociales minoritarios y los habitantes de los territorios ocupados como contra los propios alemanes a nivel de su existencia diaria, quienes padecían el control asfixiante de la dictadura y sus intentonas cíclicas de lavado mental para garantizar el apoyo del vulgo a los mandos cívico militares o por lo menos su apatía en materia del “dejar hacer” a las autoridades. Los principales integrantes fueron Christoph Probst, Alexander Schmorell, Willi Graf, los hermanos Hans y Sophie Scholl, una dupla que tenía a su padre preso por un comentario crítico dirigido hacia Adolf Hitler, y un profesor de filosofía y musicología que se sumó en la última etapa de la célula, Kurt Huber, todos colaborando en la confección y distribución de los folletos con arengas entre políticas, cristianas y sociológicas, tanto en el metro y la universidad como en carteleras de la vía pública, los trenes, los tranvías y las cabinas telefónicas, y a posteriori en el pintado mediante esténcils de consignas como “abajo Hitler” y “libertad” en paredes varias de Múnich, aprovechando el desastre nazi en ocasión de la Batalla de Stalingrado, y en la comunicación y coordinación de acciones con otros grupos opositores de todo el país en línea con el Círculo de Kreisau y la Orquesta Roja, éstos en cierto sentido más profesionalizados pero mucho menos populares porque el objetivo de la Rosa Blanca era precisamente llegar al mayor número de personas posibles para articular por escrito lo que muchos pensaban aunque optaban por callar debido al miedo a represalias, persecuciones y arrestos, nos referimos a la impugnación de la retahíla de abusos perpetrados por los esbirros del régimen en el poder a lo largo de toda Europa.

 

La célula y diversos ayudantes caerían arrestados luego de que un típico buchón mierdoso de los nazis, el empleado de mantenimiento de la universidad Jakob Schmid, identificase a los hermanos Scholl distribuyendo los panfletos en el recinto educativo y llamase a la Gestapo, la policía política de la dictadura, la cual los arrestó encontrando en posesión de Hans un borrador del séptimo folleto con la letra de Probst, de este modo los tres fueron los primeros en ser guillotinados bajo la sentencia de un autodenominado “tribunal popular” presidido por el juez Roland Freisler, un desquiciado que encabezó los dos procesos legales iniciales de los tres en total contra los miembros de la Rosa Blanca al punto de desparramar ejecuciones y condenas de prisión entre una generosa colección de alumnos. Ahora bien, sin duda la gran mártir del movimiento, esa que consiguió ingresar en el inconsciente mundial, fue Sophie Scholl (1921-1943), algo que se explica por su belleza, por sus apenas 21 años al momento de su homicidio y por la anécdota de que el oficial encargado de los crueles interrogatorios de la Gestado, Robert Mohr, le asignó como compañera durante sus últimos cinco días de vida, los previos a ser guillotinada por traición a la patria, a una prisionera política llamada Elsa Gebel con la meta de espiarla y sacarle los nombres de sus colegas de la Rosa Blanca, no obstante Sophie generó tal impresión en ella que la infiltrada se negó a revelar información alguna al régimen. A comienzos de los años 80 Lena Stolze interpretó a la muchacha en los dos primeros intentos de abarcar la figura de la militante, la correcta Los Últimos Cinco Días (Fünf Letzte Tage, 1982), de Percy Adlon, basada en la relación final con Gebel (Irm Hermann, actriz fetiche de Rainer Werner Fassbinder), y la mejor y más ambiciosa La Rosa Blanca (Die Weiße Rose, 1982), de Michael Verhoeven, epopeya que cubre el período de Scholl como estudiante de biología y filosofía, su etapa en la organización, su triste captura y finalmente su ejecución en calidad de opositora política.

 

El guión de Verhoeven y Mario Krebs hace eje en la Sophie de Stolze aunque sin llegar a la claustrofobia retórica de las biopics testimoniales recientes porque aquí el abanico narrativo abarca a su círculo cercano y al resto del colectivo clandestino, sobre todo su novio Fritz Hartnagel (Ulf-Jürgen Wagner), un oficial de las Wehrmacht/ Fuerzas Armadas Unificadas, su hermano Hans (Wulf Kessler), el líder tácito apasionado de la Rosa Blanca y joven en pareja con la quisquillosa Traute Lafrenz (Anja Kruse), Probst (Werner Stocker), miembro más moderado que se repliega ante un asomo de llamamiento a la acción, y el profesor y mentor implícito Huber (Martin Benrath), también mostrándose remilgado al inicio aunque llegando a escribir el sexto panfleto casi en su totalidad. La Señorita Scholl es muy amiga de la futura pareja de su hermano, Traute, y profundiza su ideario antinazi luego del arresto del padre de ambos, así comienzan a circular los folletos en la universidad y eventualmente la chica descubre que Hans está entre los responsables de su impresión, en esencia diatribas muy influenciadas, además, por eruditos cristianos y los movimientos juveniles alemanes de entonces como el Bündische Jugend, todos ilegalizados de manera paulatina por las cúpulas para privilegiar a las Juventudes Hitlerianas. Sophie, con su apariencia inocente, consigue cientos de sellos postales para la distribución por correo, roba miles de hojas de dependencias estatales con gran eficacia y asimismo ayuda al transporte de panfletos vía tren hacia otras ciudades, todo mientras estudia en la universidad y no le queda otra opción que someterse al Servicio Alemán de Trabajo en una fábrica de municiones, donde conoce a la distancia a una prisionera rusa esclavizada con la que intercambia sonrisas mientras la ve saboteando los proyectiles con migas de pan. Al igual que Fritz, todos los hombres de la Rosa Blanca, en su enorme mayoría estudiantes de medicina, sirven en el Frente Oriental como soldados y médicos en formación y presencian los crímenes nazis en Polonia y Rusia.

 

La realización, que después sería objeto de una remake bastante digna, Sophie Scholl: Los Últimos Días (Sophie Scholl: Die Letzten Tage, 2005), dirigida por Marc Rothemund y protagonizada por Julia Jentsch como la militante antifascista, recupera el discurso de 1943 de un líder nacionalsocialista regional (Reinhold Olszewski) en la Universidad de Múnich que desencadenó una revuelta del alumnado debido a la catarata de pavadas retrógradas que dijo en lo que atañe al lugar que las féminas deberían ocupar en la sociedad germana, en esencia acusando a las estudiantes de burguesas acomodadas y feas porque cualquier mujer bella del pueblo estaría sirviendo a la nación como compañera de un soldado o funcionario gubernamental y engendrando un hijo símil ofrenda al Führer y a sus delirios imperialistas, absolutistas y racistas, acontecimiento que sirve para comprender la coyuntura castradora comunitaria y el hecho de que Sophie era una anomalía ya que sus actividades y entusiasmo en la Rosa Blanca igualaban a las de los varones y por cierto sobrepasaban por mucho a las de las otras hembras vinculadas al colectivo de resistencia, como Lafrenz, ejemplo de la costumbre femenina de acaparar o censurar al macho desde el conservadurismo o el temor paranoico, y Gisela Schertling (Mechthild Reinders), compañera de la protagonista en el Servicio Alemán de Trabajo y amiga posterior que en pantalla protagoniza una suerte de triángulo amoroso con Hans y Traute, adoptando una posición comprensiva pasiva que en la realidad histórica se tradujo en la perfidia para con sus compañeros ante la Gestapo y la Alemania nazi en general, cuya estructura jurídica -para colmo de males- continuaba en pleno funcionamiento al estreno del film que nos ocupa y por ello fue necesario eliminar la prohibición sobre el colectivo estudiantil para garantizar la exhibición de la película. Los esfuerzos finales para materializar los esténcils, conseguir más papel para imprimir, evitar el asedio de las fuerzas de represión de la dictadura y aceitar los intercambios con los otros grupos clandestinos para un hipotético sabotaje se diluyen con la intervención de Schmid (Axel Scholtz) y el arresto de los hermanos Scholl y del paradójicamente más parco del lote a escala de la efervescencia sediciosa, Probst, lo que le permite a Verhoeven reflexionar acerca de los límites de cada sujeto en cuanto a arriesgar su vida por sus convicciones, el estatuto de la violencia en un contexto despótico y desde ya la efectividad concreta de su contraparte sosegada/ espiritual/ humanista en materia de trastocar un sentido común lobotomizado que ha sido arrastrado al belicismo chauvinista, amén de poner en cuestión hasta qué punto el desear la derrota nacional en un conflicto armado puede repercutir en nuestro círculo de afectos, por ejemplo a través del fallecimiento de una pareja, familiares o amigos varios, y en simultáneo provocar un bien mucho mayor, léase la caída del nazismo tracción al desprestigio popular o la misma invasión de los Aliados. Valores como el coraje, la honestidad y el idealismo político verdadero, hoy enterrados en la posmodernidad y su cinismo, resurgen en toda su gloria y complejidad en el opus de un Verhoeven que exprime con astucia el muy buen desempeño de Stolze y que regresaría al nazismo con motivo de Una Chica muy Rebelde (Das Schreckliche Mädchen, 1990), también con Lena y basada en la figura de la investigadora Anna Rosmus, y El Coraje de mi Madre (Mutters Courage, 1995), inspirada en el derrotero del dramaturgo y director teatral George Tabori, andanada artística en la que asimismo se puede sumar otro análisis más de los atropellos cortesía del credo imperialista/ capitalista que funciona como un prólogo simbólico de la trilogía del cineasta alemán sobre la autocracia de Hitler, hablamos de la polémica O.K. (1970), clásico del cine antinorteamericano que llevó a la cancelación al Festival Internacional de Berlín de ese año por su retrato bien crudo del infame Incidente en la Colina 192, aquel secuestro, violación grupal y asesinato de la vietnamita Phan Thi Mao de 21 años en 1966 por parte de un pelotón yanqui durante la Guerra de Vietnam, episodio que también derivó en Pecados de Guerra (Casualties of War, 1989), recordado opus de Brian De Palma. La Rosa Blanca no es una propuesta perfecta porque por momentos se hace un poco larga, en función de algunas secuencias innecesarias para el desarrollo narrativo, pero su eficacia discursiva es innegable y prueba de ello es la extraordinaria escena en la fábrica de municiones entre la prisionera soviética y la muchacha alemana, ambas solidarizándose recíprocamente y compartiendo tareas en sectores opuestos de la planta, representantes de la subversión tanto en cautiverio, mediante las migas que la rusa incorpora en los proyectiles, como en libertad, en este caso a través de las múltiples actividades artesanales y muy peligrosas que la joven llegó a realizar para intentar abrir los ojos de las mayorías embotadas y/ o incentivarlas a rebelarse contra esa lacra institucional que las gobierna y ellas legitiman con su silencio…

 

La Rosa Blanca (Die Weiße Rose, República Federal de Alemania, 1982)

Dirección: Michael Verhoeven. Guión: Michael Verhoeven y Mario Krebs. Elenco: Lena Stolze, Martin Benrath, Wulf Kessler, Werner Stocker, Anja Kruse, Ulf-Jürgen Wagner, Mechthild Reinders, Axel Scholtz, Oliver Siebert, Ulrich Tukur. Producción: Michael Verhoeven, Dietmar Schings y Hans Prescher. Duración: 125 minutos.

Puntaje: 9