El Sabor del Miedo (Taste of Fear)

Papá volvió pero no volvió

Por Emiliano Fernández

El Sabor del Miedo (Taste of Fear, 1961) funciona como uno de los logros más grandes de la Hammer Film Productions y de la carrera específica de su director, Seth Holt, señor que en ocasiones se lo toma como una metáfora viviente del declive paulatino del cine inglés durante la década del 70 después de esa efervescencia creativa de las comedias de Ealing Studios de los 50, aquella Nueva Ola Británica de fines de la década y comienzos de la siguiente y la catarata de clásicos del horror y la ciencia ficción de la misma Hammer de los 50 y 60, algo que tiene que ver con el enorme talento del realizador y con un derrotero profesional de lo más accidentado que empieza, precisamente, como editor y productor en Ealing para luego llegar a la dirección y eventualmente saltar a la Hammer, aunque no sin antes recuperar elementos singulares e interconectados de la citada Nueva Ola Británica y de su movimiento hermano, la pata documentalista denominada Free Cinema, como por ejemplo la tensión minimalista de entrecasa, una dinámica familiar en crisis, ese suspenso basado en la mundanidad y el conflicto, un trabajo de fotografía muy meticuloso, un claro marco de frustraciones y/ o autorepresión erótica colectiva y finalmente el apego hacia una dirección de actores exquisita. Holt, en cierto sentido un tesoro demasiado guardado que lamentablemente aún no llegó a penetrar del todo en la memoria y en el imaginario cinéfilo internacional, es famoso entre los conocedores tanto por lo que llegó a hacer como por sus proyectos abortados, en lo que atañe al primer apartado pensemos que entregó por un lado propuestas atractivas y hoy olvidadas, en línea con el film noir Ningún Lugar a Donde ir (Nowhere to Go, 1958), el melodrama sensual en el desierto Estación Seis Sahara (Station Six Sahara, 1963) y aquel combo de acción a lo James Bond/ 007 Ruta Peligrosa (Danger Route, 1967), y por el otro lado su estupenda trilogía para Hammer conformada por La Niñera (The Nanny, 1965), bella obra maestra del hagsploitation o terror de veteranas de la época, protagonizada por nada menos que Bette Davis, Sangre en la Tumba de la Momia (Blood from the Mummy’s Tomb, 1971), una de las propuestas más imaginativas y elegantes de la saga iniciada con La Momia (The Mummy, 1959), de Terence Fisher, y por supuesto la presente, sin duda uno de los grandes thrillers de misterio de la productora que recupera lo mejor de su faceta previa a la célebre reconversión identitaria de la empresa con motivo del éxito de La Maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), de Fisher, desde las comedias, la fantasía y el nerviosismo estándar del suspenso hacia un espanto barroco.

 

Holt luchó con tenacidad durante casi toda su vida con problemas de salud que hoy se cree estuvieron relacionados con el alcoholismo y una depresión crónica de larga data, estado de cosas que derivó en colapso cuando falleció en 1971 a la edad de 47 años de un ataque cardíaco en el mismísimo set de rodaje de Sangre en la Tumba de la Momia, película que fue completada por el productor histórico de la Hammer Michael Carreras. Más allá de la retahíla de faenas que se vinieron abajo o fueron rodadas por otros realizadores en última instancia, en sintonía con adaptaciones de obras detectivescas de Agatha Christie y Émile Gaboriau, una biopic acerca de Mijaíl Bakunin, una colaboración con Robert Aldrich y proyectos varios que desembocarían en las recordadas If…. (1968), de Lindsay Anderson, y Diabolik (1968), de Mario Bava, los escasos trabajos que sí completó demuestran la valía del director y en El Sabor del Miedo, al igual que en La Niñera, se percibe la influencia de otro cineasta maldito de la etapa, el también muy poco prolífico e injustamente olvidado Jack Clayton, sobre todo de sus tres primeros films, Un Lugar en la Cumbre (Room at the Top, 1959), Los Inocentes (The Innocents, 1961) y Esclava y Seductora (The Pumpkin Eater, 1964). La protagonista principal es Penny Appleby (Susan Strasberg), una muchacha parapléjica confinada a una silla de ruedas luego de un accidente con un caballo en el que el animal se le cayó encima y le fracturó numerosas vértebras de su columna, linda señorita norteamericana que llevaba viviendo una década en Italia con su madre, luego del divorcio de su padre (Fred Johnson), hasta que falleció su progenitora y luego su enfermera y mejor amiga, una tal Maggie Frencham que hace poco tiempo se ahogó en un lago sin explicación alguna porque era una buena nadadora. Ya completamente sola, Penny acepta la invitación de su padre, un ricachón que vive en una casona paradisíaca de la Costa Azul, para que se mude con él pero al llegar a Francia la pareja de su progenitor, Jane Appleby (Ann Todd), en términos prácticos su madrastra cincuentona, le informa que su padre está en un viaje de negocios y no sabe cuándo volverá, por ello se ve obligada a convivir con las personas que frecuentan la residencia, léase la sirvienta Marie (Anne Blake), el Doctor Pierre Gerrard (Christopher Lee), médico del desaparecido Señor Appleby, y Robert (Ronald Lewis), chófer y asistente multiuso que vive en el inmueble. Penny comenzará a ver a su padre en diversos lugares de la casa y a sospechar que todo forma parte de un plan macabro de parte de Jane y del adusto doctor para enloquecerla y así apartarla de lleno de la fortuna familiar.

 

El guión del aquí también productor Jimmy Sangster, otro profesional porfiado que saltó de Ealing al huracán productivo de la Hammer, en este caso como asistente de producción y dirección hasta convertirse de manera progresiva en realizador de tres clásicos menores del período, El Horror de Frankenstein (The Horror of Frankenstein, 1970), Lujuria para un Vampiro (Lust for a Vampire, 1971) y Miedo en la Noche (Fear in the Night, 1972), y en guionista de muchas odiseas de luminarias de la productora y más allá como los nombrados Fisher y Carreras, Alan Gibson, Joseph Losey, Jack Cardiff, Freddie Francis, John Gilling, Roy Ward Baker, Curtis Harrington, Richard Marquand y John Huston, entre otros, retoma primero el formato hollywoodense del cómplice investigativo, anímico y romántico, hoy un Robert que arranca el relato siendo un secuaz proletario de la burguesa protagónica y lo termina en las aguas pantanosas del maquiavelismo plutocrático promedio y su anhelo de riquezas rápidas, en segunda instancia los engranajes del misterio de entorno cerrado, esta mansión cercana a Niza con un estanque en el que se conserva siempre impoluto el cadáver del padre de Penny, y en tercer lugar los recursos retóricos complementarios de la histeria femenina, la manipulación doméstica, las damiselas en peligro, una melancolía atávica y el inefable “me quieren volver loca”, andamiaje narrativo de acoso más o menos subrepticio y de pretensiones fantasmales que va -con sus distintas variaciones y acentos- desde Luz que Agoniza (Gaslight, 1944), de George Cukor, y Perdón, Número Equivocado (Sorry, Wrong Number, 1948), de Anatole Litvak, hasta exponentes ya más heterogéneos y complejos como Las Diabólicas (Les Diaboliques, 1955), de Henri-Georges Clouzot, Cálmate, Dulce Carlota (Hush Hush, Sweet Charlotte, 1964), opus de Aldrich, y Asustemos a Jessica hasta Morir (Let’s Scare Jessica to Death, 1971), la bizarra ópera prima de John D. Hancock. Si bien la estampa de finado tenebroso de Johnson es monumental y desde ya aquí se destaca el desempeño de un elenco en verdad sublime, donde encontramos a los agraciados Lewis y Todd aunque también a John Serret como el policía de turno, el Inspector Legrand, y ese Christopher Lee que fue insignia de la mejor fase de Hammer Film Productions y que llegó a decir que la presente era su película preferida del generoso lote de obras que rodó para la compañía, a decir verdad la que carga al film sobre sus hombros es Susan Strasberg, hija de uno de los cabecillas del Actors Studio y padre crucial del Método, Lee Strasberg, mujer hermosa y talentosa que desparrama vulnerabilidad y brío tanto como inteligencia actoral.

 

A esta gloriosa y veinteañera Strasberg que venía de las flojas La Telaraña (The Cobweb, 1955), de Vincente Minnelli, y Sed de Triunfo (Stage Struck, 1958), de Sidney Lumet, y de las maravillosas Picnic (1955), de Joshua Logan, y Kapò (1960), joya de Gillo Pontecorvo, quien por cierto pronto se transformaría en actriz televisiva y a posteriori en especialista en horror en general y slasher en particular gracias a Manitu (The Manitou, 1978), de William Girdler, Cumpleaños Sangriento (Bloody Birthday, 1981), de Ed Hunt, y Dulces Dieciséis (Sweet Sixteen, 1983), de Jim Sotos, amén de rarezas como el simpático thriller de desastre Terror en la Montaña Rusa (Rollercoaster, 1977), de James Goldstone, y aquel díptico alucinógeno hippón de El Viaje (The Trip, 1967), de Roger Corman, y Psych-Out (1968), de Richard Rush, se suman la fotografía cerebral de Douglas Slocombe, como decíamos antes muy deudora de las colaboraciones de Clayton con Freddie Francis, señor que fue conocido en simultáneo como realizador y director de fotografía, y la estrategia frecuente del suspenso de impronta gótica o enrevesada de jugar con las expectativas del espectador para hacerle creer que sabe por dónde vendrá el remate de la historia, precisamente por las sospechas de Penny de que es objeto de una sádica conspiración para sacarla del medio como hicieron con su progenitor, y luego sorprenderlo con un par de revelaciones de último momento, primero la complicidad del psicópata de Robert con su amante Jane -y no con Gerrard, permitiéndole a Lee por una vez estar en el bando de los buenos- y segundo el detalle de que la Señorita Appleby en realidad es una Maggie Frencham que logra escapar cuando el chófer y la madrastra pretenden asesinarla arrojándola al mar con automóvil familiar y todo, muchacha que planificó con el médico y Legrand el desenmascaramiento de los responsables del fallecimiento del padre de Penny cuando, todavía estando en Italia, descubrió que había gato encerrado al recibir una invitación del patriarca para que vaya a Francia cuando el susodicho ya sabía de la muerte por ahogamiento de su hija, quien se suicidó después de luchar durante años con la depresión por el óbito de su madre. El Sabor del Miedo aprovecha de modo magistral este enroque identitario y el Complejo de Electra hiper nihilista de fondo con un padre ausente que acrecienta el peso dramático de la falta adicional de la madre, por ello la sustituta de la ricachona finada, esa cuyo cadáver rescatan de las aguas del lago en el inicio, se propone desenmascarar a quienes privaron a su amiga y paciente de la vuelta de una figura paterna necesaria para su madurez y mejoría mental…

 

El Sabor del Miedo (Taste of Fear, Reino Unido, 1961)

Dirección: Seth Holt. Guión: Jimmy Sangster. Elenco: Susan Strasberg, Ronald Lewis, Ann Todd, Christopher Lee, John Serret, Leonard Sachs, Anne Blake, Fred Johnson, Heinz Bernard, Bernard Browne. Producción: Jimmy Sangster. Duración: 82 minutos.

Puntaje: 10