The Stuff

Para fagocitar al anfitrión

Por Emiliano Fernández

Larry Cohen constituyó un verdadero tesoro para el cine norteamericano promedio porque no sólo fue uno de los creadores más originales y efervescentes de yanquilandia sino que también se abrió paso a lo largo de su carrera como uno de los pocos directores y guionistas capaces de construir un cine de autor en medio de la industria Clase B de las décadas del 70, 80 y 90, proeza monumental debido a que aquel era un terreno con criterios similares al mainstream en donde mandaban los productores y la necesidad de generar dinero para seguir filmando sin demasiados criterios artísticos de por medio, esos que de todas formas el señor logró incorporar en propuestas furiosamente comerciales aunque al mismo tiempo de barricada en términos de un discurso inconformista y paródico para con los distintos aspectos de la sociedad de consumo estadounidense. Luego de una legendaria ópera prima, la comedia negrísima Bone (1972), Cohen primero dejaría su marca en el blaxploitation de la mano de las recordadas Black Caesar (1973) y Hell Up in Harlem (1973), ambas con Fred Williamson, y luego alcanzaría una generosa popularidad amparado por una trilogía de terror que satirizaba a la familia estándar y a la polémica en torno al aborto y retomaba algunos elementos de Rosemary’s Baby (1968), de Roman Polanski, nos referimos a It’s Alive (1974), It Lives Again (1978) y It’s Alive III: Island of the Alive (1987), lo que por cierto no debe hacernos olvidar que el amigo Larry asimismo entregó otras realizaciones maravillosas, imaginativas y muy efusivas como God Told Me To (1976), See China and Die (1981), Full Moon High (1981), Q (1982), Perfect Strangers (1984), Special Effects (1984), The Ambulance (1990), As Good as Dead (1995), Original Gangstas (1996), su reencuentro con Williamson y para colmo acompañado por Pam Grier y Jim Brown, y Pick Me Up (2006), su episodio en Masters of Horror, la famosa serie televisiva de Mick Garris para Showtime, amén de sus guiones para las mayormente desparejas I, the Jury (1982), de Richard T. Heffron, Best Seller (1987), de John Flynn, Body Snatchers (1993), de Abel Ferrara, Guilty as Sin (1993), de Sidney Lumet, Uncle Sam (1996), del tremendo William Lustig, Invasion of Privacy (1996), de Anthony Hickox, The Ex (1996), de Mark L. Lester, Phone Booth (2002), de Joel Schumacher, Cellular (2004), de David R. Ellis, Captivity (2007), de Roland Joffé, Messages Deleted (2010), de Rob Cowan, y por supuesto para la saga comenzada con Maniac Cop (1988), también de Lustig y con el genial Robert Z’Dar.

 

Ahora bien, una de sus películas fundamentales y quizás la que mejor sintetiza sus gustos, obsesiones y diversas marcas de estilo de siempre es The Stuff (1985), una mixtura adorable e inteligente entre la parábola sobre la paranoia de la infiltración comunista/ extranjera de Invasion of the Body Snatchers (1956), de Don Siegel, con todos esos duplicados humanos sin alma pero con conciencia colectiva que nacían de unas vainas alienígenas, y aquella ameba gelatinosa imparable del espacio exterior de The Blob (1958), de Irvin S. Yeaworth y Russell S. Doughten, otra joya absoluta de la Clase B y nada menos que el debut en un rol protagónico de Steve McQueen: Cohen en The Stuff tuerce todo hacia la burla sardónica polirubro e incorpora ingredientes típicos de él como mutaciones físicas que se homologan a lo psicológico, un contexto metropolitano en constante ebullición, una investigación de tipo policial paradigmática aunque siempre cercana al film noir, un ritmo narrativo muy enérgico símil show de TV, medio en el que supo trabajar en sus inicios durante la década del 60, estupendos chispazos de ciencia ficción que se combinan con un entorno de horror visceral, comentarios sociales de tono bien cáustico y juguetón, milicianos que se rebelan contra la autoridad central, una denuncia de la codicia sin fin del entramado productivo capitalista, detalles de comedia irónica antiinstitucional, delirios y coincidencias retóricas muy hilarantes y un caos comunal que tiene mucho de desobediencia civil y alzamiento político. Otros dos elementos primordiales de la carrera de Cohen, léase las historias de naturaleza semi episódica y la presencia de Michael Moriarty, con quien colaboró además en Q, It’s Alive III: Island of the Alive, Pick Me Up y A Return to Salem’s Lot (1987), en esta oportunidad regresan a toda máquina porque lo que tenemos delante de nosotros es una suerte de relato coral basado en la asociación circunstancial aunque con intereses en común entre cuatro personajes principales, David “Mo” Rutherford (Moriarty), un ex agente del FBI y hoy espía industrial especializado en sabotaje y chantajes, Nicole Kendall (Andrea Marcovicci), una ejecutiva publicitaria dueña de una agencia que difundió un postre símil yogur hiper popular bautizado The Stuff, Jason (Scott Bloom), un niño que ve cómo su familia cae en una adicción a lo zombie ante el producto, y Charles W. “Chocolate Chip Charlie” Hobbs (Garrett Morris), un magnate de color de la comida chatarra que se quedó sin su compañía porque sus allegados le entregaron la firma a los fabricantes de The Stuff.

 

El realizador y guionista jamás se molesta en explicitar el origen exacto o las intenciones últimas del organismo cremoso emblanquecido/ rosado y apenas si nos aclara que brota del suelo en un sector minero cual lago freak y que es envasado en crudo en potecitos al por mayor por el dueño del terreno de turno, Fletcher (Patrick O’Neal), quien a su vez compra a Rutherford con 25 mil dólares y un contrato para supervisar la seguridad de su empresa cuando se entera que aceptó investigar la misteriosa composición química de The Stuff a instancias de un conglomerado de fabricantes de helado, los principales perdedores por las ventas masivas del nuevo producto, comandado por el Señor Evans (Alexander Scourby). Mientras Jason una noche ve al líquido cremoso moverse en la heladera y sus padres y hermano insisten con que empiece a degustarlo, lo que lo lleva a destruir una infinidad de potes en un supermercado, David comienza una relación romántica con Nicole haciéndose pasar por un magnate petrolero que desea comprar su agencia publicitaria y ponerla a ella a cargo, génesis de una investigación que rápidamente lo lleva a toparse con “Chocolate Chip Charlie” Hobbs y a descubrir que The Stuff se testeó -antes de su llegada al mercado- en un pueblito llamado Stader, en el Estado de Virginia, cuyos habitantes terminaron uniéndose a las filas de Fletcher en la mina en cuestión en Midland, en el Estado de Georgia, al igual que los responsables de la Administración de Medicamentos y Alimentos que certificaron el producto para su comercialización masiva, salvo un tal Señor Vickers (Danny Aiello), administrativo de alto rango que es atacado por su mascota, un gran danés negro adicto a The Stuff. Rutherford eventualmente une fuerzas no sólo con Nicole, que tiene problemas de conciencia por haber ayudado a posicionar el producto entre el vulgo, y Jason, el cual anhela rauda venganza por la aniquilación de su familia, sino también con un ex coronel ultra desquiciado, Malcolm Grommett Spears (Paul Sorvino), que encabeza un mini ejército símil unidad paramilitar a la espera de una invasión soviética sobre suelo yanqui, señor al que chantajea con unas grabaciones de encuentros amorosos ilícitos con una señorita de 17 años a espaldas de su esposa y al que convence para que luche de su lado contra los esbirros de Fletcher aclarándole que sus peores temores sobre la contaminación del agua se hicieron realidad pero a través del yogur homicida lavacerebros, lo que remite a Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), clásico de Stanley Kubrick.

 

The Stuff es una de las faenas más libres y mordaces de Cohen porque el señor literalmente no se contiene para nada y desparrama misiles intra relato, casi nunca haciéndolo explícito mediante los diálogos, contra el consumismo extendido, el marketing, las celebridades de plástico, la incesante concentración empresarial, el control cultural, la obesidad fetichizada, el anticomunismo, las adicciones celebradas por el mercado, el espionaje industrial, el militarismo, la paranoia xenófoba, la publicidad lobotomizadora, la plutocracia de todos los días, el lucro capitalista, la estupidez e inocencia del pueblo, la omnipresencia de lo visual supuestamente atractivo y sobre todo el entramado del fast food en tanto alegoría social/ económica/ política/ cultural que nos habla en simultáneo de una imposición externa y de una aceptación obediente interna por parte de unas mayorías que se muestran cada vez más propensas a dejarse manipular por mentiras, pavadas y facilismos/ reduccionismos berretas argumentativos que garantizan una fraudulenta felicidad futura a condición de que se renuncie a la individualidad y a las ansias de autonomía y equidad, que es lo mismo a decir que todos deben entregar el alma y lo que los hace humanos con vistas a escalar en la pirámide del bienestar egoísta que niega el destino y la vida del prójimo. El cineasta trabaja estos conceptos desde su clásica anarquía narrativa en mosaico y aunando el terror casi surrealista con la comedia negra y el thriller de impronta conspirativa, nuevamente echando mano para los FXs de miniaturas, stop motion, maniquíes, muchas superposiciones y hasta aquel cuarto invertido de A Nightmare on Elm Street (1984), de Wes Craven, en esta ocasión en función de la aparatosa embestida que padecen David y Nicole en un hotel por parte de The Stuff, sustancia inmunda que sale de las almohadas, se le pega en el rostro a Rutherford y obliga a la chica a prenderla fuego para momentos después comenzar a atacar a un zombie sumiso que se aparece de golpe, ahora con The Stuff saliendo profusamente del colchón del cuarto a lo espuma de afeitar o contenido de un matafuegos (otras escenas memorables son la de la destrucción en el supermercado cortesía de Jason, la del perro de Vickers, la de la arremetida en Stader que sufren Charlie y David, la de la fuga del niño de su hogar y todas las del segmento final con el camión, el lago cremoso tapado con cargas explosivas, la avanzada de The Stuff contra los soldados de Spears, la muerte de Hobbs en la estación de radio del ex coronel y el epílogo con el mercado negro y el daño consumado).

 

Muy pocos militantes de izquierda del gremio cultural fueron tan lejos como Cohen a la hora de desarmar los embustes del conglomerado capitalista poniendo al descubierto cómo se la pasan empaquetando y vendiendo una y otra vez la misma mierda de siempre, basta con pensar en este sentido en la secuencia del desenlace, cuando luego de una advertencia radial de los protagonistas los ciudadanos comienzan a rebelarse y a incendiar los envases de The Stuff y Rutherford descubre que Fletcher no sólo no acusa recibo de la catástrofe y las masacres de su autoría sino que se asoció con Evans, su otrora competencia, para relanzar el yogur del averno bajo una nueva marca, The Taste, flamante veneno compuesto por un 88% de helado y 12% de The Stuff, lo que genera como respuesta un prodigioso y sádico castigo por parte de David y Jason contra ambos oligarcas del empresariado más necio y asesino, a quienes obligan a punta de pistola a comerse una caja entera de su propio producto al extremo de transformarse ellos mismos en esos consumidores oligofrénicos que sólo viven para dejarse fagocitar por la sustancia en cuestión y celebrar características tan variopintas como su delicioso sabor, su amplio rango nutricio y el hilarante hecho de que al derramarse no mancha, precisamente por ello The Stuff en tanto producto es una metáfora del poder que se reproduce en cada sujeto dejando cuando lo abandona un cuerpo vacío, ya sin vida propia debido a que fue succionada sin más, planteo que incluso juega con las nuevas estrategias mitómanas de comunicación de la posmodernidad que prometiendo una cosa, en este caso la “cura” para el hambre mundial, terminan entregando exactamente lo contrario, aquí un organismo parasitario que destruye la vida de una población anfitriona ignorante y constituye un fin en sí mismo como la especulación, las cuantiosas ganancias y el regocijo del poder maquiavélico y narcisista en el capitalismo. Como tantos artesanos del pasado que con poco y nada de recursos redondeaban películas que vivirán por siempre, el querido Larry nos regala una sátira poderosísima y muy pero muy entretenida vía un acervo Clase B que se mueve alrededor de una edición a lo bestia, actuaciones un tanto dudosas y una fotografía encarada a los tumbos, ítems formales que nos recuerdan el encanto de las imperfecciones al momento de humanizar al film y de enfatizar el colosal esfuerzo que hay detrás de una genial realización que no buscaba la aburrida prolijidad y el triste preciosismo omnipresente de nuestros días sino criticar todo lo dado por sentado en la sociedad global…

 

The Stuff (Estados Unidos, 1985)

Dirección y Guión: Larry Cohen. Elenco: Michael Moriarty, Andrea Marcovicci, Garrett Morris, Paul Sorvino, Scott Bloom, Danny Aiello, Patrick O’Neal, Alexander Scourby, Brooke Adams, James Dixon. Producción: Larry Cohen, Paul Kurta y Barry Shils. Duración: 87 minutos.

Puntaje: 10