Blue Moon

Para mantener vivo nuestro amor

Por Emiliano Fernández

Hoy al letrista estadounidense Lorenz Hart (1895-1943) se lo recuerda sobre todo por el dúo Rodgers & Hart, aquel que conformó junto con el compositor Richard Rodgers a lo largo de unos 24 años que generaron más de 500 canciones, la enorme mayoría destinada a películas de Hollywood y especialmente a musicales de Broadway. Responsable de temas eternos que se transformaron en lugares comunes del jazz, como Here in My Arms (1925), Manhattan (1925), I’ve Got Five Dollars (1931), Isn’t It Romantic? (1932), Blue Moon (1934), Glad to Be Unhappy (1936), My Funny Valentine (1937), The Lady Is a Tramp (1937), Falling in Love with Love (1938), Bewitched, Bothered and Bewildered (1941) y Wait till You See Her (1942), la dupla se alejó del semi vodevil de la época y modernizó de modo progresivo los espectáculos de comedia musical, incorporando diversas coreografías de baile y dándole una profundidad satírica a las letras siempre meticulosas de Hart, sin embargo el alcoholismo del letrista y sus problemas mentales vinculados a una depresión crónica llevaron a Rodgers a sustituirlo con Oscar Hammerstein II a partir de Oklahoma! (1943), un musical de ambientación rural y pretérita que no le llamaba la atención a Lorenz, quien prefería los contextos urbanos o contemporáneos para el lucimiento de su ingenio y su mordacidad, y que eventualmente desencadenaría la película homónima de 1955 de Fred Zinnemann, el único musical del célebre realizador austríaco asentado en Estados Unidos, artífice de joyas como High Noon (1952) y Behold a Pale Horse (1964). El 31 de marzo de 1943 Hart asistió a la premiere de Oklahoma!, show que sería el más exitoso de la carrera de Rodgers, y al mes siguiente fallece su madre viuda, Frieda, con la que había vivido toda su existencia sin jamás casarse o tener hijos porque aparentemente era un gay que prefería el voyeurismo, dos sucesos que exacerbaron sus trastornos psicológicos y su adicción al alcohol al extremo de llevarlo a la muerte en noviembre de ese mismo 1943 a la edad de 48 años, todo en el contexto de una borrachera en función de la cual pasó frío en la calle y contrajo neumonía justo luego de reescribir algunas letras y preparar nuevas canciones para un revival de A Connecticut Yankee (1927), el último proyecto creado junto con Rodgers, éste ya cansado de las peleas y de los inconvenientes y la falta de compromiso de su colega.

 

Blue Moon (2025), odisea dirigida por Richard Linklater y escrita por el novelista y hoy guionista debutante Robert Kaplow, imagina precisamente cómo fue aquella noche del 31 de marzo que resultó fundamental en el dominó de acontecimientos, sensaciones o estados mentales que llevaron a Lorenz a la tumba, en este sentido conviene tener presente que así como Rodgers & Hart hicieron progresar al musical como formato artístico coherente, Rodgers & Hammerstein, el dúo que lo siguió en su condición de cuasi secuela, también ayudó a modernizar a los repetitivos shows de Broadway empezando por Oklahoma!, un trabajo tontuelo, edulcorado y sentimental digno de las operetas aunque revolucionario para su tiempo porque ofrecía una historia cohesiva en la que la música, el baile y las letras estaban orientadas a desarrollar un relato lineal con la finalidad de despertar la empatía del público, un esquema que ya venía de Show Boat (1927), colaboración de Hammerstein con el compositor Jerome Kern, y que negaba el sustrato caótico de los espectáculos musicales hasta inicios del Siglo XX, en esencia una retahíla de excusas para números individuales con poca o nula trama de fondo porque el entretenimiento efímero lo era todo. Aquí y en Nouvelle Vague (2025), atractivo retrato del rodaje de Breathless (À Bout de Souffle, 1960), de Jean-Luc Godard, el director por fin regresa al excelente nivel de calidad de Boyhood (2014), joya que desencadenó una serie de obras menores. La historia de Kaplow, señor que inspiró con su novela de 2003 Me and Orson Welles (2008), opus también de Linklater, nos presenta a un Hart (Ethan Hawke) abandonando asqueado la premiere de Oklahoma! y refugiándose en el bar de un restaurant cercano de Manhattan, Sardi’s, que es atendido por Eddie (Bobby Cannavale), lugar en el que se celebrará la fiesta posterior a la función y en el que conversa con el susodicho, con el pianista del lugar, Morty Rifkin (Jonah Lees), y con un joven repartidor de flores al que invita a un jolgorio en su hogar, ese Troy al que rebautiza Sven (Giles Surridge). Mientras trata de encarar románticamente a una estudiante de Bellas Artes de Yale de 20 años que lo quiere como amigo, Elizabeth Weiland (Margaret Qualley), Hart odia el éxito de Rodgers (Andrew Scott) con su nuevo socio, Hammerstein (Simon Delaney), y de a poco regresa a la bebida después de una breve fase de sobriedad.

 

Resulta interesante el verdugueo del comienzo del metraje a Casablanca (1942), film de Michael Curtiz, para pegarle a Hollywood, y a Oklahoma!, para burlarse de Broadway, en ambos casos señalando las miserias de un mainstream mediocre, inofensivo y redundante hasta el hartazgo, por ello Linklater y Kaplow se identifican fuertemente con la perspectiva marginal de este Hart que celebra lo arcaico o veterano como algo bello y la vulnerabilidad o las imperfecciones como la gran fortaleza del artista, en términos prácticos su carburante a nivel cotidiano, panorama que en pantalla desemboca en una idealización de lo femenino desde un intelecto frondoso que se enreda con sus propias palabras y pensamientos al extremo de no reconocer la mundanidad/ banalidad de lo fetichizado, de hecho como suele ocurrir en la realidad. Apuntalada en una magistral interpretación de Hawke, totalmente compenetrado con el personaje -casi poseído- y además exprimiendo con maestría cada línea de diálogo como si fuera la última de su carrera, la verborrágica faena por momentos se asemeja a una carta de amor a la magia de las palabras, tanto la literatura y la prensa como los versos de las canciones, en calidad de portadoras y garantes de un hechizo que puede derivar en conocimiento, hipnosis y/ o una algarabía que tiende a tocarse con su opuesto exacto, la tristeza. El ocaso profesional, en pantalla representado por la incapacidad del protagonista a la hora de “guardarse” sus opiniones sobre Oklahoma! para convencer a Rodgers de realizar un mega musical sobre Marco Polo, se mezcla con el alcoholismo, la decepción amorosa, la soledad, la melancolía y la querencia masoquista de Lorenz, el cual acepta de mala gana y como premio consuelo lo que le propone su ex socio, precisamente el revival de A Connecticut Yankee. El film por un lado anula con astucia a la madre del letrista, Frieda (Anne Brogan), al condenarla a una sola aparición en los primeros minutos durante la función de Oklahoma!, cuya presencia hubiese significado recargar el relato a escala dramática, y por el otro lado enfatiza la intentona heterosexual abiertamente fallida de Hart, planteo que provoca diálogos muy graciosos vinculados a la posibilidad de intimar con Weiland, muchacha que a su vez lo aprecia y lo admira aunque pretende utilizarlo para conocer a Rodgers ya que anhela una trayectoria en el diseño de escenografía y vestuario.

 

El divorcio creativo de fondo, con el bobalicón de Hammerstein oficiando de tercero en discordia, está empardado al conformismo del mercado capitalista, ese que se obsesiona con la medianía y el reciclado de fórmulas en detrimento de la originalidad, la elegancia y la profundidad conceptual, en este sentido podría decirse que el choque en el andamiaje discursivo se da entre la complejidad sin soluciones facilistas y los latiguillos melosos, chauvinistas o lelos de siempre en lo que atañe al producto masivo. En la película hay una especie de apuesta en favor de la amistad ultra elocuente por sobre el amor, sinónimo de incomunicación o malentendidos, ya que la primera es mucho más duradera pero aún así también puede perecer o cesar de repente como en el caso de Rodgers & Hart, el primero cansado del comportamiento errático del segundo y prefiriendo la estabilidad anodina -pero estabilidad al fin- que ofrece Hammerstein. Se agradecen los cuasi cameos de Ascher Fellig alias Weegee (John Doran), un famoso fotógrafo de Nueva York del período, y E.B. White (Patrick Kennedy), un escritor que se insinúa obtuvo el título de su epopeya infantil más conocida de parte de Lorenz, Stuart Little (1945), no obstante no agregan nada al desarrollo general del convite y su preocupación por desplegar la claustrofobia emocional del letrista, suerte de callejón sin salida en el que termina en parte por sus propias decisiones y en parte por la marginación al que lo somete el mainstream cultural norteamericano frente al primer indicio de dificultades en la cadena productiva. El sueño tardío de regreso al estrellato de los años 20 y 30 con el extravagante musical sobre Marco Polo se complementa con los delirios románticos/ profesionales en torno a su “protegida”, Elizabeth, lo que en conjunto exacerba un fracaso que no se reconoce como tal debido al desfasaje entre las pretensiones paródicas revulsivas de Hart y el surgimiento de un nuevo público que abraza en cuerpo y alma el show musical ya cien por ciento maduro/ invariable de Broadway, uno conformista y automatizado que Rodgers seguiría desarrollando a futuro con Hammerstein mediante hitos del rubro como South Pacific (1949), The King and I (1951) y sobre todo The Sound of Music (1959), musical adaptado en 1965 a la pantalla grande por el querido Robert Wise. La historia adicional de amor no correspondido de la chica, fascinada con un muchacho con el que tuvo sexo y luego la abandonó, duplica el enamoramiento de Lorenz y subraya la razón por la que se llevan bien aunque sólo como amigos, eso de compartir y entender que el corazón y el cerebro viajan por caminos muy distintos al punto de que las compulsiones no pueden evitarse fácilmente por más decisión férrea que exista de por medio. Muy lejos de las propuestas fallidas recientes del siempre prolífico Linklater a posteriori de Boyhood, Everybody Wants Some!! (2016), Last Flag Flying (2017), Where’d You Go, Bernadette? (2019), Apollo 10½: A Space Age Childhood (2022) y Hit Man (2023), Blue Moon, título que remite a los sentimientos encontrados que le genera al letrista la bella canción por su impronta extremadamente popular, asimismo aprovecha muy bien la paradoja de cabecera en torno a la denuncia del sentimentalismo de Rodgers & Hammerstein cuando el mismo Hart era un experto consumado en dicho campo como lo demuestra su obra, en todo caso ofreciendo una acepción mucho más astuta y humanista de la comarca de las emociones…

 

Blue Moon (Estados Unidos/ Irlanda, 2025)

Dirección: Richard Linklater. Guión: Robert Kaplow. Elenco: Ethan Hawke, Margaret Qualley, Bobby Cannavale, Andrew Scott, Jonah Lees, Simon Delaney, Patrick Kennedy, John Doran, Anne Brogan, Giles Surridge. Producción: Richard Linklater, Mike Blizzard y John Sloss. Duración: 101 minutos.

Puntaje: 9