Los Perros no Usan Pantalones (Koirat eivät Käytä Housuja)

Parafilia del dolor

Por Emiliano Fernández

Películas sobre el sadomasoquismo hay muchas y para todos los gustos, léase trabajando el tema desde el mismo núcleo del relato o de manera relativamente colateral, fundiéndolo con el contexto histórico en cuestión o relegando al tópico a la intimidad atemporal de los sujetos, o transformándolo en un fetiche pasajero o directamente en una forma de vivir y resignificar la sexualidad, ejemplos evidentes de las diversas vertientes son La Fusta y el Cuerpo (La Frusta e il Corpo, 1963), de Mario Bava, Belle de Jour (1967), de Luis Buñuel, La Matriarca (1968), de Pasquale Festa Campanile, Portero de Noche (Il Portiere di Notte, 1974), de Liliana Cavani, Historia de O (Histoire d’O, 1975), de Just Jaeckin, El Imperio de los Sentidos (Ai no Korîda, 1976), odisea de Nagisa Ôshima, Maîtresse (1976), de Barbet Schroeder, Terciopelo Azul (Blue Velvet, 1986), del gran David Lynch, Las Edades de Lulú (1990), de Bigas Luna, Perversa Luna de Hiel (Bitter Moon, 1992), de Roman Polanski, Crash (1996), de David Cronenberg, Mentiras (Gojitmal, 1999), de Jang Sun-woo, La Profesora de Piano (La Pianiste, 2001), obra de Michael Haneke, La Secretaria (Secretary, 2002), de Steven Shainberg, La Piel de Venus (La Vénus à la Fourrure, 2013), otra joya de Polanski, Ninfomaníaca (Nymphomaniac, 2013), de Lars von Trier, y desde ya El Duque de Burgundy (The Duke of Burgundy, 2014), de Peter Strickland, entre muchos otros convites que pensaron a los juegos superpuestos del placer y el dolor desde el punto de vista de lo beneficioso y/ o lo nocivo que puede resultar seguir por ese rumbo más allá de las primeras experiencias por simple curiosidad o quizás hastío para con las rutinas en la cama, el hogar, el trabajo y demás esferas, de allí que resulte esencial el desarrollo de personajes porque toda faena centrada en las parafilias necesita de un mínimo marco psicológico englobador para que el asuntillo no quede sólo en esa dinámica indefectiblemente repetitiva del sexo.

 

Los Perros no Usan Pantalones (Koirat eivät Käytä Housuja, 2019), del finlandés J.-P. Valkeapää, constituye la flamante adición al catálogo en general y en esencia recupera un viejo e insistente latiguillo del formato narrativo que nos ocupa, casi siempre mezclando elementos de los dramas identitarios y del romance de cadencia contracultural, hablamos de la vinculación entre el impulso sadomasoquista en sí y un hecho traumático del pasado del individuo, con el objetivo manifiesto de volcar sutilmente la trama hacia los engranajes de la comedia negra más elíptica, esa que trabaja las compulsiones de los protagonistas, alguna que otra obsesión que pueden llegar a anular y unos anhelos silentes que el espectador debe deducir del comportamiento de los sujetos y de esa típica imaginería erótica/ misteriosa/ sensual/ peligrosa/ hipnótica que acompaña al cuero y la sumisión en la gran pantalla, hoy por cierto bastante inspirada en la imprevisibilidad, las luces de neón, aquella violencia y la oscuridad arrebatadora del maravilloso acervo artístico del danés Nicolas Winding Refn. La historia se reduce a la curiosa relación entre un cirujano cerebral y viudo llamado Juha (Pekka Strang), el cual cría solo a su hija adolescente, la afable Elli (Ilona Huhta), luego de que su esposa (Ester Geislerová) se ahogase accidentalmente en un lago siete años atrás, y una dominatrix que responde al nombre de Mona (Krista Kosonen), kinesióloga de día y adepta al sadismo de noche a la que Juha conoce cuando lleva a Elli a colocarse un piercing en la lengua en un tugurio de tatuajes, lo que deriva en una retahíla de encuentros en los lúgubres aposentos profesionales de la mujer en los que ella lo trata como un perro sucio y malo al que hay que castigar ahogándolo sin más con una bolsa de polietileno en la cabeza, situación que conduce al varón a experimentar alucinaciones en las que su esposa aún está con vida y flota junto a él en ese lago en el que falleció la mujer durante unas vacaciones.

 

El guión de Valkeapää y Juhana Lumme, concebido a partir de una idea original de este último, explora con eficacia y detallismo el placer que Juha extrae de las sesiones con Mona en simultáneo por el sometimiento en sí, la belleza de la dominatrix y esas visiones de moribundo que señalábamos con anterioridad a raíz de la falta de aire, afortunadamente sin caer en las aburridas y recurrentes sobreexplicaciones del cine contemporáneo -incluso en la comarca arty- ya que a ella no le lleva mucho tiempo deducir que lo que él busca es un suicidio tercerizado que de seguro tiene que ver con el vestido ese, uno rojo y azul, que le hace ponerse cual un fantasma sadomaso de su esposa que a su vez adora mear sobre las heridas, golpear culos con su látigo o plantar una serie de velas encendidas en la espalda de los ignotos clientes. La película denuncia el aburrimiento intrínseco y la esterilidad de la vida tradicional burguesa porque ambos protagonistas se consagran a su faceta oculta para poder sentirse a pleno consigo mismos por fuera del ámbito castrador y redundante de sus trabajos, por ello Mona, quien a pura ironía vive con un caniche al que respeta al máximo, niega de modo implícito a la kinesiología al buscar lastimar al prójimo en lugar de ayudarlo y el cirujano comienza a enamorarse de a poco de la dominatrix en una relación que se vuelve recíproca y pasa a compararse con la de Juha y la profesora de música de su hija, Satu (Oona Airola), una tarada absoluta que no deja de reírse sola ni por un segundo y que simboliza la banalidad de la enorme mayoría de la población. En tanto una especie de inversión de lo anterior, desde lo alternativo a lo habitual que por supuesto también puede generar placer, tenemos a una Elli que rápidamente se saca el piercing de la lengua y hasta comienza una relación con un muchacho llamado José (Samuel Shipway), en un principio miembro de un grupo de varones que la sometían a bullying y a posteriori su enamorado.

 

El opus de Valkeapää, artífice además de El Visitante (Muukalainen, 2008) y Ellos Han Huido (He Ovat Paenneet, 2014), no es precisamente perfecto porque en suma ofrece una representación algo naif y romantizada del sadomasoquismo en la que el componente consensuado está un poco mucho diluido en favor del empoderamiento de la mujer cuando en la realidad siempre el asunto está pautado de manera previa por ambas partes y en gran medida la voz cantante la tiene el cliente/ sometido a través de fantasías minuciosas que le comunica a la dominatrix o a la figura masculina encargada de los tormentos, dependiendo de las preferencias de cada uno, no obstante la realización supera por mucho el sustrato cinematográfico/ cultural/ artístico anodino y controlado por la corrección política de hoy en día y logra construir un retrato interesante tanto de la dialéctica de la subordinación erótica en primer plano como de la distancia que separa a la existencia prosaica y las poses laborales de seriedad, por un lado, y esa nocturnidad misteriosa y bastante border que descoloca y destruye a las apariencias aceptadas comunitariamente, por el otro lado, algo que asimismo queda en evidencia mediante la contraposición con la vecina tatuadora y más conservadora de Mona, Lävistäjä (Iiris Anttila), y con el colega también acartonado y bien estándar de Juha, Pauli (Jani Volanen). Apoyándose en un gran desempeño del director de fotografía Pietari Peltola y logrando escenas en verdad memorables como la del recital de Elli tocando en batería la genial Then I Kissed Her, de Phil Spector, Ellie Greenwich y Jeff Barry, y aquella otra de la dolorosa extracción de un diente de Juha a instancias de Mona, Los Perros no Usan Pantalones funciona como un estudio muy atrapante acerca del duelo arrastrado desde lejos, los recovecos del deleite más tenebroso, la infaltable pulsión de muerte y sobre todo esa necesidad de novedad y desenfreno para mantenernos con vida…

 

Los Perros no Usan Pantalones (Koirat eivät Käytä Housuja, Finlandia/ Letonia, 2019)

Dirección: J.-P. Valkeapää. Guión: J.-P. Valkeapää y Juhana Lumme. Elenco: Pekka Strang, Krista Kosonen, Ilona Huhta, Ester Geislerová, Jani Volanen, Oona Airola, Iiris Anttila, Samuel Shipway, Ellen Karppo, Armands Reinis. Producción: Aleksi Bardy y Helen Vinogradov. Duración: 105 minutos.

Puntaje: 7