Hoy en día a Robert Enrico, creador galo hijo de inmigrantes italianos, se lo suele recordar por una trilogía de cortos que realizó a principios de su carrera como director y guionista y que fueron adaptaciones de relatos varios del escritor estadounidense Ambrose Bierce, señor que luchó en la Guerra de Secesión dentro de las filas del bando unionista, hablamos de El Río del Búho (La Rivière du Hibou, 1961), film que cubre la Guerra Civil de Estados Unidos desde los ojos melancólicos de un civil ejecutado por ahorcamiento que anhela con fervor el reencuentro con su esposa, El Ruiseñor (L’Oiseau Moqueur, 1962), la cual adopta la perspectiva de un soldado temeroso que abrió fuego por accidente contra su hermano gemelo, y Chickamauga (1962), análisis de las carnicerías de la Batalla de Chickamauga de 1863, una clara victoria confederada, desde el punto de vista de un niño sordo y mudo que no comprende en toda su dimensión la tragedia que lo circunda, atrapado en una pesadilla desconcertante y lúdica de nunca acabar. A pesar del hecho de que los tres legendarios cortometrajes del artista francés serían reunidos en un film colectivo de inmediato, En el Corazón de la Vida (Au Coeur de la Vie, 1963), que no tuvo tanta difusión como las obras individuales que lo componían, lo cierto es que el primer trabajo, El Río del Búho, sería el más famoso a nivel internacional debido a la popularidad que trajeron los premios al Mejor Cortometraje en Cannes y en los Oscars y en especial su insólita inclusión en La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), única oportunidad en la que se usó material externo en el show creado por Rod Serling, algo que ocurrió luego de que el productor de la serie de la CBS, William Froug, viese la propuesta de Enrico un par de años después de su estreno y decidiese comprar los derechos de transmisión por 25 mil dólares, de este modo se convirtió en el episodio oficial número 22 de la quinta y última temporada del programa bajo aquel título de Un Suceso en el Puente de Owl Creek (An Occurrence at Owl Creek Bridge, 1964), referencia al cuento original de Bierce de 1890 que inspiró el cortometraje.
Toda la carrera posterior de Enrico se desarrollaría bajo el enorme peso de ese éxito inicial irreproducible que lo dejó desempeñándose en el terreno estándar del cine europeo de la época, escollo cuyas razones se extienden hacia lo extracinematográfico ya que El Río del Búho se convertiría en la memoria cultural en la “traslación oficial” del relato más famoso e influyente de Bierce, cuento que patentó el desenlace engañoso o con trampa basado en el ardid retórico de “lo que acabamos de ver fue una manifestación onírica del protagonista, nada ocurrió realmente porque todo responde a su imaginación desesperada o tortuosa”, lo que por cierto se transformaría en un recurso más en los campos tanto de la literatura como de la gran pantalla, ejemplos hay muchos aunque basta con citar a Brazil (1985), de Terry Gilliam, El Descenso (The Descent, 2005), opus de Neil Marshall, y Pienso en el Final (I’m Thinking of Ending Things, 2020), de Charlie Kaufman. Más allá de algunos films menores pero dignos, en línea con Los Bocones (Les Grandes Gueules, 1965), Los Aventureros (Les Aventuriers, 1967) y El Secreto (Le Secret, 1974), colaboraciones con gente de la talla de Lino Ventura, Alain Delon, Serge Reggiani, Jean-Louis Trintignant, Marlène Jobert y Philippe Noiret, en realidad su mejor largometraje -dejando de lado a En el Corazón de la Vida, por supuesto- es El Viejo Fusil (Le Vieux Fusil, 1975), película de venganza durísima y visceral que está basada en la Masacre de Oradour-sur-Glane del 10 de junio de 1944, la matanza de 643 personas por parte de las Waffen-SS en una comuna de la Francia de Vichy como parte de las muchas tácticas de terror de los nazis para evitar un mayor despliegue de la Resistencia Francesa en momentos en los que se estaba librando la Batalla de Normandía de la Segunda Guerra Mundial, en esencia una suerte de ampliación al Frente Occidental de los crímenes contra la población civil que los nacionalsocialistas ya venían cometiendo desde 1941 en el Frente Oriental en general y la invasión a la Unión Soviética en concreto, la Operación Barbarroja, sin duda alguna la mayor equivocación estratégica de la dictadura.
El guión de Enrico, Pascal Jardin y Claude Veillot transcurre en un pueblito rural de 1944, Montauban, donde el cirujano Julien Dandieu (Noiret) trabaja en un hospital tratando de evitar que las tropas de las SS se lleven a sus pacientes, simpatía hacia los saboteadores de la Resistencia de por medio. Dandieu está casado desde antes de la guerra con Clara (Romy Schneider) y tiene una hija adolescente de un matrimonio anterior, Florence (Catherine Delaporte), y por miedo a que las represalias nazis se multipliquen en consonancia con la Batalla de Normandía le pide a un amigo y colega, François (Jean Bouise), que lleve a las mujeres a un castillo de su familia en la región cercana de Barberie mientras él se queda con su madre (Madeleine Ozeray), no obstante pasan cinco jornadas y el médico no tiene novedades y por ello se decide a viajar hasta la comarca, donde descubre los cadáveres ametrallados de todos los habitantes del pueblo en una pequeña capilla y luego los cuerpos de Florence, también acribillada, y de Clara, ésta incinerada en una situación espantosa que incluyo una violación en grupo por parte de un pelotón alemán al mando de un oficial impiadoso y exaltado de las SS (Joachim Hansen). Conociendo los pasadizos, recovecos y laberintos de la propiedad, incluidas sus ramificaciones subterráneas, el cirujano recuperará un viejo fusil que perteneció a su padre, a quien solía acompañar en sus expediciones de caza de jabalíes, para tenderles trampas a los miembros solitarios del ejército del Tercer Reich e ir matándolos uno a uno con una paciencia que va dejando paso al cansancio, la angustia, la improvisación y una locura apenas disimulada, algo que la narración explora no sólo a través de la sangre fría cuasi militar de la revancha de Dandieu, metódica como una de sus cirugías y tendiente a aislar a las tropas nacionalsocialistas al sabotear el único puente de entrada/ salida del castillo, sino asimismo mediante una catarata de recuerdos acerca de la familia y hasta el detalle de no comunicarle lo sucedido a un escuadrón de la Resistencia Francesa que podría asistirlo, prefiriendo asesinar él mismo a los germanos.
Aquí Enrico se luce tanto a escala humana, en materia del entramado psicológico en declive del médico protagónico, como a nivel bélico o de cine de acción, léase en la estructuración y garra de escenas memorables como esa del fallecimiento de la esposa e hija, la primera muerte en el pozo de agua, la del puente caído, la del nazi reventado contra el lavatorio, aquella del descenso vía soga, la del balazo en la mano, la del fusilamiento del desertor, la del ahogamiento de los dos soldados y todo el apoteósico desenlace en su conjunto desde detrás del espejo de dos caras. El director no oculta que su modelo para la algarabía gore es aquel Sam Peckinpah de Mayor Dundee (Major Dundee, 1965), La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, 1969), Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), La Fuga (The Getaway, 1972) y Tráiganme la Cabeza de Alfredo García (Bring Me the Head of Alfredo García, 1974), e incluso se podría hablar de una retroalimentación creativa porque algunas escenas parecen anticipar lo hecho por el norteamericano en ocasión de La Cruz de Hierro (Cross of Iron, 1977), su última obra maestra y gran epopeya sobre la Segunda Guerra Mundial. Noiret, como siempre, está perfecto como un hombre común en circunstancias excepcionales y Romy Schneider vuelve a lucirse como una actriz maravillosa y una mujer cuyas belleza y encanto justifican esta truculenta cruzada de desquite, una que incluye desde granadas y lanzallamas hasta ametralladoras y ese fusil que conecta las atrocidades del presente con aquellas también vanas del pasado, nos referimos a la cacería con el progenitor, lo que trae a colación la otra obsesión de Enrico además del ímpetu demencial homicida, la memoria, por ello el metraje está repleto de flashbacks que sirven para desarrollar/ ampliar la relación romántica entre Julien y Clara aunque a veces resultan redundantes y frenan de manera demasiado brusca el frenesí de la carnicería. Fábula sobre el paraíso familiar perdido y un retrato minimalista de la Masacre de Oradour-sur-Glane, El Viejo Fusil sabe golpear fuerte en el estómago del espectador para desde allí estrujarle bien el corazón y jamás soltarlo…
El Viejo Fusil (Le Vieux Fusil, Francia/ República Federal de Alemania, 1975)
Dirección: Robert Enrico. Guión: Robert Enrico, Pascal Jardin y Claude Veillot. Elenco: Philippe Noiret, Romy Schneider, Jean Bouise, Joachim Hansen, Robert Hoffmann, Karl Michael Vogler, Caroline Bonhomme, Catherine Delaporte, Madeleine Ozeray, Antoine Saint-John. Producción: Pierre Caro. Duración: 98 minutos.