19° BAFICI

Parte 11

Por Emiliano Fernández

El Candidato: El marketing político del macrismo

COMPETENCIA INTERNACIONAL

 

Si hay algo de lo que carece el cine argentino actual es del sentido de la oportunidad, ese saber qué tipo de película puede “calzar” en determinado momento o situación de nuestro simpático país. Lo paradójico de todo el asunto es que en otros períodos de la industria -con una impostación verdaderamente ridícula a nivel del relato y muchas menos herramientas formales que hoy en día- sí se contaba con esta intuición a mitad de camino entre los campos de lo social y lo comercial: mientras que antes teníamos artesanos que narraban con todas las horrendas características del cine vernáculo del pasado (diálogos declamatorios, actuaciones exageradas, metáforas muy evidentes, poco desarrollo, etc.) pero a la vez conseguían productos que interpelaban a su época, hoy nos encontramos con cineastas que resolvieron aquellos dilemas aunque sin saber cómo hablarle de frente a nuestro presente.

 

La segunda película como realizador de Daniel Hendler, El Candidato (2016), funciona como una singular excepción dentro de este panorama y además supera con creces al opus anterior del uruguayo, Norberto Apenas Tarde (2010), y al desempeño promedio del señor en su rol de actor… mal que le pese a quien le pese. La propuesta que nos ocupa ofrece una experiencia rarísima para los estándares de las comedias locales, lo que no hace más que engrandecer el sustrato discursivo del film y sus intenciones paródicas para con el tópico en cuestión: el director y guionista se mete de lleno en la construcción comunicacional de la “campaña de lanzamiento” de un empresario devenido en político que se asemeja bastante a Mauricio Macri por su vacuidad, estupidez, corrupción, prácticas mafiosas y obsesión con el marketing basado principalmente en las redes sociales y las tristes encuestas de opinión.

 

Toda la trama se centra en una reunión durante un fin de semana en la casa de campo de Martín Marchand (Diego De Paula), el susodicho, en la que se intentará delinear los rasgos de los spots audiovisuales que servirán para situarlo dentro de la contienda electoral. Más allá del “no perfil” del candidato y la creación de sus preocupaciones/ plataforma básica como una ficción lisa y llana que busca un posicionamiento en lo que se considera un mercado y no una sociedad, la historia se explaya en el patetismo del protagonista, sus asesores, sus esbirros y finalmente los técnicos y publicistas que contrata para el armado general de la estafa pública, léase su candidatura. La contrafigura del relato, por llamarla de alguna forma, es Mateo Borrás (Matías Singer), un diseñador gráfico apolítico que en su levedad se da cuenta que no hay ningún contenido que rellene las imágenes y los eslóganes.

 

Entre el absurdo, la mundanidad y el humor negro, Hendler va redondeando una pequeña joya que coquetea con el minimalismo del indie norteamericano y aquellas comedias políticas de Europa de tiempos pasados. El realizador le saca el jugo al autoritarismo y los delirios de estos millonarios decadentes y anodinos, a los cuales a su vez sigue una horda de esclavos de distinta índole y un cúmulo de parásitos/ profetas de una comunicación cada día más devaluada, en la que la ideología está ausente y sólo prima la lógica de construir un perfil hueco para llegar al poder y hacer negocios personales valiéndose del Estado, los recursos del país y la suprema ignorancia de las masas locales. Aquí la sarta de mentiras y la manipulación se unifican con los tiempos muertos de estas camarillas a las que no les tiembla el pulso al momento de matar y que para colmo están infiltradas por rivales…

 

Prevenge: Inherentemente malvados

NOCTURNA

 

De manera directa o indirecta la maternidad casi siempre fue representada en el cine desde una mirada convalidante y berretonga de derecha centrada en “la ponderación de la vida” y todas esas pavadas que ya no significan nada en un planeta sobrepoblado, empobrecido y con un medio ambiente asimismo al borde del colapso por el accionar de los parásitos más destructivos desde el prisma de la evolución, los seres humanos. Sólo el terror le buscó la vuelta inconformista al asunto para desnaturalizar la ignorancia del sentido común de las sociedades occidentales, analizándolo -en la que podemos definir como la fase decisiva y posmoderna del género- a través de un espectro que abarca tres vertientes primordiales: tenemos en primera instancia el enclave diabólico en sintonía con El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), luego viene la sátira acre símil El Monstruo Está Vivo (It’s Alive, 1974) y finalmente nos encontramos con la furia revanchista de Inside (À l’intérieur, 2007).

 

En cierta medida Prevenge (2016), la ópera prima de Alice Lowe, quien además escribe y protagoniza la faena, retoma distintos elementos de las tres cátedras históricas del tópico dentro del horror, aunque al mismo tiempo consigue volcar el combo hacia esa típica entonación británica orientada al humor negro exacerbado, la misantropía, una demencia controlada y las clásicas referencias a la estructura de clases sociales del Reino Unido. La premisa básica del film nos presenta a una embarazada, Ruth (interpretada por Lowe), que comienza un raid de asesinatos alrededor de una amplia gama de personajes mediocres, egoístas, sumisos y muy hipócritas. Dos factores principales enmarcan las aventuras de la susodicha: las víctimas no son seleccionadas al azar sino que responden a un objetivo específico (mejor no adelantar detalles al respecto), y la instigadora de los homicidios es su beba no nata (con la cual mantiene bellas conversaciones sobre la necesidad de la cacería).

 

Indudablemente los horizontes de la Lowe directora son los opus de sus compatriotas Edgar Wright y Ben Wheatley, dos señores con los que trabajó como actriz en Arma Fatal (Hot Fuzz, 2007) y The World’s End (2013) por un lado y en Kill List (2011) y Turistas (Sightseers, 2012) por el otro. Si bien está más que claro que la impetuosidad tragicómica de las carnicerías es deudora del primero y que el pulso freak de índole semi surrealista/ psicodélica obedece a las preocupaciones formales del segundo, en realidad es Turistas el pivote fundamental en el que está apuntalada Prevenge. Aquella película, también escrita y protagonizada por Lowe, quizás era un poco más “improvisada” que la presente -fiel al estilo descontracturado de Wheatley- pero ambas comparten la idea de un periplo teñido de rojo en pos de encontrar un ápice de felicidad vía la acumulación de cadáveres de gente esencialmente odiosa por su idiotez o conformismo, síntomas del vacío ideológico actual.

 

Más allá de la anécdota centrada en el hecho de que la cineasta estaba en serio embarazada durante la filmación, la cual a su vez duró menos de dos semanas, la propuesta arrastra una maravillosa visceralidad vinculada con la comedia nihilista y el slasher más tradicional, ese de cuchillos resplandecientes que se clavan a puro naturalismo ácido y decadente, sin maquillaje que complejice los preparativos previos a cada muerte o endulce la condición de Ruth. Lowe logra destacarse, precisamente, al convertir la supuesta indefensión detrás de la gestación en una especie de inconsciente que reclama que se ajusticie al individualismo de un mundo en el que “un alma bondadosa es tan rara como un unicornio”, circunstancia que le sirve a la realizadora para también sopesar la dificultad psicológica que conlleva el embarazo en general y el duelo frente al fallecimiento de un ser querido. Prevenge se mete con esa maldad inherente a los hombres y mujeres para desnudar su patetismo camuflado…