21° BAFICI

Parte 4

Por Martín Chiavarino

God of the Piano (2019), de Itay Tal:

COMPETENCIA OFICIAL INTERNACIONAL

El sacrificio

Una madre obsesionada por convertir a su hijo en un prodigio del piano es el punto de partida de God of the Piano (2019), la ópera prima del realizador israelí Itay Tal, un film donde los sueños pueden convertirse en la pesadilla de una familia. Una reconocida pianista descubre que su hijo recién nacido es sordo, lo que la sume en una depresión que la lleva a intercambiarlo por un niño sano mientras las enfermeras están distraídas para mantener sus férreos planes de formarlo como pianista, una tradición familiar que Anat no pretende romper. Los años pasan y el niño, Idan, crece bajo la estricta educación musical de su madre. Su talento como intérprete y compositor precoz lo llevan a aplicar tempranamente para un prestigioso conservatorio cuyo director es su abuelo, el padre de Anat, lo que lleva a la madre a exigirle cada vez más a un niño de doce años que ya comienza a sentir el hastío de la presión materna por triunfar en el cerrado ambiente de la música clásica. Mientras fuerza a su hijo a trabajar más duro, la madre encuentra solaz de su deteriorada relación con su marido en un amorío con un compositor israelí famoso pero la posibilidad de haberse equivocado al intercambiar a los bebés la atormenta y no puede dejar de preguntarse qué hubiera pasado si se hubiera quedado con su verdadero hijo. En esta dinámica disfuncional los personajes se lastiman en una relación cada vez más tensa donde la necesidad de destacarse y encontrar el equilibrio entre la inspiración y la técnica conduce a cegueras que asustan por su realismo. God of the Piano logra crear una historia sobre los sacrificios y presiones que ejercen los padres severos en la búsqueda de la genialidad, la angustia ante la posibilidad del rechazo y la negación como reacción ante el fracaso, la iluminación como producto de la pasión y la frustración de no lograr el objetivo, ejes de un relato dramático que desespera. Las buenas actuaciones de todo el elenco y la precisión de un realizador con una directriz muy clara marcan esta alegoría sobre la búsqueda de la excelencia, la maternidad tanto en su dimensión instintiva como en la de construcción social y la dialéctica entre la necesidad de los protagonistas de escapar y la imposibilidad de hacerlo que ellos mismos se imponen arbitrariamente como un contrato en código que no pueden romper. Itay Tal pone así sobre la mesa una cuestión escabrosa y sórdida sobre las penurias del proceso de formación de los grandes compositores y sus sufrimientos para llegar hasta la cima de sus posibilidades, con el objetivo de preguntarse si realmente vale la pena y si no es una forma de tortura psicológica que debería ser evitada en pos de la búsqueda de la felicidad.

 

Método Livingston (2019), de Sofía Mora:

COMPETENCIA OFICIAL ARGENTINA

La arquitectura de familia

El arquitecto argentino Rodolfo Livingston siempre abogó por una escucha atenta de los deseos del cliente a partir de un diálogo sobre las formas de habitar y vivir. Con sus ideas sobre la arquitectura de familia y un sistema de diseño participativo no sólo ha ganado premios sino que ha marcado a varias generaciones que aplicaron y discutieron sus nociones desde distintos ángulos. Sofía Mora construye en El Método Livingston (2019) un documental entretenido y educativo sobre un personaje tan extrovertido y carismático como interesante, y muy didáctico sobre su concepción de la arquitectura y las formas de construir y habitar el espacio. A partir de material de archivo de noticieros, programas de televisión variopintos y una extensa entrevista a Livingston a sus 85 años, Mora reconstruye la vida del arquitecto, su niñez, su viaje a Cuba, sus inicios en la profesión, su método puesto en práctica, sus libros, sus amistades, su relación con la academia, sus obras más emblemáticas en la Argentina, su vínculo con su familia y hasta una relación amorosa de su juventud a través de un reencuentro en México. Ya sea en su breve y conflictivo paso por la administración pública en los inicios del Centro Cultural Recoleta a comienzos de la década del noventa con su férrea y justificada oposición a la sesión de una gran parte del lugar para desarrollar un shopping, hasta sus ideas sobre el rol de las enredaderas y los parques, Livingston ha defendido el espacio público a la vez que se ha enfrentado a las ideas neoliberales, esas que promueven el negocio inmobiliario por sobre el interés público de tener más verde, sombra y silencio. En el documental Mora hace manifestar a Livingston su opinión sobre el rol de las casas y los barrios como historias familiares que tienen vida propia: en este sentido, la tarea técnica del arquitecto es preservarla y darle nuevos bríos para crear nuevas historias a partir de las prácticas de las nuevas generaciones. Livingston rescata así la arquitectura como un espacio de encuentro entre personas, donde estas desarrollan sus ceremonias cotidianas. El documental también cuenta con un encuentro muy divertido entre Livingston y Alfredo Moffatt, un amigo de toda la vida, también arquitecto, discípulo de Enrique Pichón Rivière y psicólogo social que exploró terapias populares y el psicodrama como tratamiento. Livingston y Moffatt, así como otros personajes amigos del arquitecto, todos referentes rebeldes bien alejados de las ideas canónicas de sus disciplinas, logran deponer el clima de homenaje de este tipo de documentales para darle una impronta más pícara y jovial, propia de la personalidad del díscolo arquitecto, que se roba la cámara con sus exultaciones de alegría y sus ocurrencias. Sofía Mora consigue retratar a un personaje tan querible como inolvidable, que seguramente será reivindicado como un arquitecto innovador que antepuso la felicidad del habitar al negocio de la edificación.

 

El Diablo Blanco (2019), de Ignacio Rogers:

VANGUARDIA Y GÉNERO

La sangre derramada

La ópera prima del actor argentino Ignacio Rogers como director es una película de terror sobre un grupo de amigos de treinta y pico de años que se toman unos días de vacaciones para alejarse de la ciudad y visitar unas cabañas cercanas a un lago que administra un ex colega del padre de Fernando, el conductor designado del viaje. Apenas llegan a su destino anegado a través de las rutas tucumanas, Fernando cree ver a un hombre harapiento y ensangrentado deambulando alrededor de la laguna que parece acecharlo, y a la mañana siguiente la joven hija del dueño de las cabañas, Anahí, aparece asesinada y Fernando es el principal sospechoso, por lo que debe permanecer en el pueblo por orden policial. Cuando los amigos intentan irse asustados por la posibilidad de que el asesino regrese descubren que su auto está averiado y empiezan a sentir que realmente hay algo siniestro en toda la secuencia de acontecimientos. Las vacaciones de las dos parejas de amigos se convierten así en una pesadilla rodeada de sagrarios con fotos colgadas al revés -en estacas en la ruta y en el bosque- de personas que fueron asesinadas con un corte en el cuello, lo que guarda relación con una leyenda local sobre un noble español asesinado de la misma forma por los nativos debido a su crueldad y con una secta que clama por sangre para liberar su alma del suplicio eterno. Ya en el principio del film el rito sacrificial del noble español por parte de los nativos tucumanos aparece como la clave de una obra que tiene a la sangre derramada como un elemento simbólico muy presente para el desarrollo metafórico del film. El Diablo Blanco (2019) utiliza el terror ritual para conducir a los personajes hacia lo desconocido que acecha como residuo de un asesinato acaecido durante la época del genocidio de los pueblos originarios como consecuencia de los crímenes cometidos por la barbarie española contra las comunidades nativas que habitaban la región y que fueron salvajemente sometidas y exterminadas. En la trama, Rogers propone un esquema típico del género de parejas de la ciudad que al adentrarse en el interior de su país descubren un culto que mantiene prácticas sacrificiales y deben intentar huir de sus fanáticos perseguidores. El guión del propio Rogers logra atrapar con su historia pero va perdiendo fuerza a medida que repite algunas características un poco abusadas en las películas de terror, pero que aun así funcionan. La fotografía de Fernando Lockett le aporta mucha profundidad a una propuesta con buenas actuaciones que mantiene el clima de suspenso y terror durante todo el film para ofrecer una obra correcta que sorprende por momentos gratamente, pero que en general sigue un camino demasiado prefijado por las expectativas del género.