19° BAFICI

Parte 9

Por Emiliano Fernández

Eagle vs. Shark:

RESCATES

Antes de que Taika Waititi se hiciese conocido en el ámbito internacional con las extraordinarias Hunt for the Wilderpeople (2016) y Casa Vampiro (What We Do in the Shadows, 2014), el director entregó la también interesante Boy (2010) y la que fuera su ópera prima, Eagle vs. Shark (2007). Al igual que el resto de la producción creativa del neozelandés, ésta última se mueve en un terreno similar al de Jared Hess, Wes Anderson, Charlie Kaufman y hasta el injustamente olvidado Hal Ashby: en esta oportunidad la entonación narrativa alucinada, siempre ubicándose entre lo freak marginal y lo adorable de resonancias dementes, nos pasea por el romance entre Lily (Loren Taylor), una chica de pocas palabras y sentimientos a flor de piel, y Jarrod (el inefable Jemaine Clement), un muchacho obsesionado con regresar a su pueblo natal para vengarse de un bravucón que lo atormentó durante su adolescencia. Waititi utiliza precisamente esta excursión por los fantasmas del pasado para desplegar la fauna familiar de Jarrod, sus amistades y toda esa dialéctica de los losers con un corazón enorme, siempre capaces de perseguir sus sueños hasta las últimas consecuencias. Eagle vs. Shark se inspira en las características más valiosas y agridulces de la comedia indie norteamericana para transitar un ridículo encantador/ contracultural que nos repite cuán horrendas son las “personas normales” y cuán maravillosos pueden ser los inadaptados y su colección de manierismos…

 

El Gran Silencio:

RESCATES

A pesar de que Django (1966) es sin duda la película más conocida de Sergio Corbucci y El Mercenario (Il Mercenario, 1968) y Vamos a Matar, Compañeros (1970) dos de sus joyas imbatibles, la verdadera obra maestra del italiano -y uno de los opus capitales del spaghetti western y el cine en general- es El Gran Silencio (Il Grande Silenzio, 1968), propuesta que lleva hasta el paroxismo el poderío, la convulsión y el nihilismo de las décadas del 60 y 70. La premisa de base gira alrededor de Silencio (Jean-Louis Trintignant), un mudo misterioso que defiende y se enamora de Pauline Middleton (Vonetta McGee), una mujer cuyo marido murió a manos de un “caza recompensas” conocido como El Loco (Klaus Kinski). Utilizando como contexto las durísimas tormentas de nieve que azotaron las montañas de Utah a fines del siglo XIX, la trama nos ofrece dos bandos en pugna: el que representa al pueblo está conformado por Silencio, Pauline y todos los pobres habitantes que se ven obligados a robar para sobrevivir en medio de las privaciones y la hambruna, y el sector que representa a los parásitos del capital está encarnado por Henry Pollicut (Luigi Pistilli), un banquero corrupto y repugnante de la región, y por el propio El Loco, líder de un grupo de mercenarios que en términos prácticos se mueven como una avanzada parapolicial al servicio del poder. Si de por sí los spaghettis del período constituían una subversión de las reglas narrativas y toda esa derecha fascistoide pro-imperialista del western clásico norteamericano, El Gran Silencio significó un paso más allá porque -de hecho- se propuso trastocar los mismos preceptos del spaghetti: el mutismo del protagonista exacerbaba el minimalismo expresivo del subgénero y el tono atroz del relato, a lo que se sumaba la condición afroamericana de Pauline y un desenlace mítico por su crudeza y su falta de concesiones para con la estupidez del público promedio del mercado cinematográfico global, todos a su vez pivotes de lo que en su momento funcionó como una alegoría sobre los asesinatos de Ernesto “Che” Guevara y Malcolm X. Tanta furia retórica apabullante y esa convicción de izquierda de Corbucci son las dos caras de este Santo Grial del cine militante, desenfrenado y antiautoritario, siempre hermanado con la denuncia del popurrí de barbaridades y masacres que la alta burguesía y sus esbirros de turno cometen a diario…