Crímenes del Futuro (Crimes of the Future)

Patología de lo sintético

Por Emiliano Fernández

A pesar de que han transcurrido ocho largos años desde el estreno de Polvo de Estrellas (Maps to the Stars, 2014), aquella parodia sobre el ecosistema hollywoodense más patético y su película inmediatamente anterior, y ya más de dos décadas desde eXistenZ (1999), una astuta reflexión sobre los videojuegos de realidad virtual y su última verdadera aventura en el siempre agitado terreno del horror y/ o la ciencia ficción, David Cronenberg en Crímenes del Futuro (Crimes of the Future, 2022) no acusa recibo del paso del tiempo y retoma su carrera en el mismo exacto lugar donde quedó allá en los años 80 y 90, en una materialidad hiper altisonante que sintetiza lo digital y lo analógico, y en los primeros lustros del nuevo milenio, en este caso en una dimensión más conceptual o simbólica aunque con las mismas preocupaciones de barricada de antaño, hablamos por supuesto del cuerpo como campo de una batalla política entre facciones que pueden compartir algunos puntos en común, como por ejemplo el empleo de recursos en línea con la hipocresía, la violencia, el chantaje, los asesinatos, la manipulación maquiavélica, el espionaje, las operaciones de “falsa bandera” y hasta la infiltración, sin embargo en el fondo resultan antagónicas porque un bando adopta una actitud conservadora, defendiendo el statu quo de la estabilidad física y psicológica que todos conocemos, mientras que el otro -o quizás los otros, variaciones en la intensidad de por medio- adoptan una amplia gama de posturas revolucionarias o de izquierda en pos de un cambio de paradigma que deje de fetichizar a la salud burguesa, rutinaria e inofensiva y adopte la perspectiva central del suplicio, la enfermedad, el virus, el parásito, el dispositivo biotecnológico, la droga o el agente invasivo externo de turno sobre la anatomía falsamente sacrosanta y cerrada en cuestión, por ello en el cine del gran director y guionista canadiense explorar las posibilidades del cuerpo no es sólo una posibilidad de los privilegiados sino una suerte de deber de los mortales inconformistas que no desean quedarse estancados en la previsibilidad de los estatutos tácitos o explícitos de ese establishment de las corporaciones capitalistas, los Estados y la mafia oligárquica comunal/ civil que se mueve en las sombras.

 

Echando mano de una insólita estructura de film noir que recupera elementos del cine de espionaje, el drama identitario, la comedia negrísima, el erotismo de impronta exploitation y ese inefable body horror que Cronenberg creó y del cual es, fue y será el máximo adalid en todo el planeta, la película propone una trama compleja y arrebatadora como ya casi no existe en el paupérrimo séptimo arte de hoy en día, donde lo estandarizado reemplazó a la creación iconoclasta: todo transcurre en un futuro no especificado en el que la destrucción del globo por parte de la humanidad, cortesía de la contaminación y el cambio climático, ha trastocado la evolución biológica al punto de que desaparecieron en gran medida el dolor y las enfermedades infecciosas, se pueden realizar cirugías en coyunturas cotidianas sin mayores peligros, el sufrimiento se convirtió en un lujo que sólo se experimenta durante el sueño y para colmo existen artistas conceptuales especializados en los cambios del cuerpo o la metamorfosis psicofísica que llevan adelante performances ante un público fascinado, en este rubro sobresale el tremendo Saul Tenser (un genial Viggo Mortensen), individuo que depende de implementos biomecánicos de avanzada, como una cama que regula sus centros del dolor, una silla bizarra para la digestión y un módulo originalmente de autopsias, Sark, para materializar sus shows debido a que padece el denominado Síndrome de la Evolución Acelerada, trastorno que lo conduce a tener que extirparse continuamente nuevos órganos vestigiales que de permanecer en su anatomía podrían modificarla y -se cree- llevarlo a la muerte. Tenser trabaja con una cirujana que es también su pareja, Caprice (la esplendorosa Léa Seydoux), entra en contacto con dos admiradores que además son burócratas estatales encargados de registrar cada uno de sus flamantes órganos, Wippet (Don McKellar) y Timlin (Kristen Stewart, más freak que nunca), y asimismo oficia de informante para un detective que vigila y reprime a los artistas, a los matasanos que los asisten, como un tal Doctor Nasatir (Yorgos Pirpassopoulos), y sobre todo a una célula terrorista que se opone al evolucionismo conservador que auspicia/ impone el gobierno, Cope (Welket Bungué).

 

Crímenes del Futuro, título que remite socarronamente a aquella propuesta experimental del mismo título de 1970 acerca de la dermatología, los productos cosméticos y un mundo desfeminizado, se mueve muy cómoda en la frontera entre el Cronenberg visceral de los años 70 y 80 y esa faceta más artística que fue apareciendo de a poco desde Pacto de Amor (Dead Ringers, 1988) y Almuerzo Desnudo (Naked Lunch, 1991), por ello mismo en esta oportunidad regresan con todo las conspiraciones demenciales de esta última, adaptación de la mítica novela homónima de 1959 de su ídolo William S. Burroughs, y el fetichismo con las aberraciones corporales de Pacto de Amor, éstas no sólo representadas en la extinción del dolor y la curiosa “destreza” de Tenser, un personaje que sufre de insomnio y graves molestias digestivas, respiratorias y sensoriales, sino también en la capacidad de un pobre niño para digerir plástico, Brecken (Sozos Sotiris), el cual es ahogado con una almohada por su madre, Djuna (Lihi Kornowski), por considerarlo un monstruo y para lastimar al progenitor, Lang Dotrice (Scott Speedman), jerarca de esa célula terrorista señalada que es monitoreada por Cope, policía de la unidad de Nuevos Vicios cuyos esbirros encubiertos, las lesbianas Router (Nadia Litz) y Berst (Tanaya Beatty), trabajan como técnicos de una empresa de biotecnología, LifeFormWare, así matan al Doctor Nasatir con unos taladros que le destrozan el cráneo por instalarle una cremallera abdominal a Saul para un Concurso de Belleza Interior. En lo que respecta a la primera fase del canadiense, aquella de joyas como Cromosoma 3 (The Brood, 1979), Scanners (1981), Cuerpos Invadidos (Videodrome, 1983), La Zona Muerta (The Dead Zone, 1983) y La Mosca (The Fly, 1986), la susodicha se da cita mediante la obsesión de “cartografiar el caos interior”, como afirma Caprice en una escena ya con lindos implantes subdérmicos en la frente, y de pensar los límites de esta patología de lo sintético, siendo lo externo, el envenenamiento o la facultad sobrenatural el agente catalizador de una transformación que a veces es festejada con ahínco, como ocurre con Tenser, y en otras ocasiones es muy resistida, como sucede con el pequeño Brecken.

 

Una vez más el realizador apela a la asistencia de compatriotas veteranos en fotografía y música, los extraordinarios Douglas Koch y Howard Shore, respectivamente, y unifica con elegancia y desparpajo las diferentes subtramas de un relato que sin duda se enmarca entre lo laberíntico y el trasfondo onírico belicista a lo país ocupado con una resistencia en plena ebullición, hoy en esencia haciendo que Lang le ofrezca al dúo arty de Saul y Caprice la posibilidad de efectuar una autopsia sobre el nene en tanto confirmación -y publicidad para la causa revolucionaria, que aboga por aceptar el rumbo bizarro de la evolución biológica en vez de sabotearlo- de lo que sería una milagrosa transmisión de la habilidad del padre, quien también come plástico pero en forma de barras símil chocolate y gracias a una cirugía de reemplazo de órganos naturales, a su vástago, niño que de hecho en una de las primeras secuencias del film se dedica a masticar y tragar los bordes de un tacho de basura ayudado por una baba blanca que corroe el material como ácido y le permite digerirlo. Sólo un genio de la talla, la valentía, la imaginación y el intelecto culto de Cronenberg puede trasladar semejante batería ideológica, tan radical como morbosa, a una trama coherente y sensata con la capacidad de satirizar la manía contemporánea en relación al cuerpo modificado y la belleza más superficial, boba y accesoria en detrimento del sexo en sí, generando muchos castrados conceptuales y prosaicos que desconocen el coito “a la antigua” y se ofuscan con berretines que la van de vanguardistas o superadores aunque siempre rozan el narcisismo y el exhibicionismo burgués de siempre, por ello mismo en pantalla el Estado fracasa pero también esa secta de comedores de plástico cuando se descubre que los órganos del nene fueron reemplazados por Cope a través de Timlin, otra agente encubierta más, movida que pretendía ocultar desviaciones más sutiles que sí acumulaba el purrete en su interior, lo que nos deja con el naturalismo consciente de la “tercera posición”, Tenser, el cual acechado por un dolor crónico abandona el alimento orgánico y muta en la paradoja con patas del ser humano que come sus propios residuos artificiales, simbolizados en el plástico en barras…

 

Crímenes del Futuro (Crimes of the Future, Canadá/ Grecia/ Francia/ Reino Unido, 2022)

Dirección y Guión: David Cronenberg. Elenco: Viggo Mortensen, Léa Seydoux, Kristen Stewart, Scott Speedman, Lihi Kornowski, Don McKellar, Sozos Sotiris, Nadia Litz, Tanaya Beatty, Welket Bungué. Producción: Steve Solomos, Robert Lantos y Panos Papahadzis. Duración: 108 minutos.

Puntaje: 10