Ángeles con Caras Sucias (Angels with Dirty Faces)

Pedagogía callejera comparada

Por Emiliano Fernández

Ángeles con Caras Sucias (Angels with Dirty Faces, 1938), de Michael Curtiz, es una de las películas de gangsters más extrañas del cine porque en vez de presentarnos un paulatino ascenso en la jerarquía criminal, o el declive escalonado del protagonista, o su huida eterna con respecto a los esbirros del Estado, o sus amoríos con alguna que otra femme fatale, o el juicio interminable al que es sometido, o la estructura enrevesada de un sindicato mafioso, o siquiera el punto de vista de todos los uniformados de la policía y los chupasangres del aparato legal -fiscales y jueces- que le dan caza, prefiere en cambio primero construir una semblanza sobre fraternidad maltrecha y los efectos a nivel simbólico/ cultural del accionar de los héroes populares y segundo combinar por un lado una insólita historia de ocaso profesional, “insólita” porque nuestro protagonista ronda la medianía de edad pero ya debe enfrentarse a un entramado mafioso que no quiere saber más nada con él, y por el otro lado una especie de pedagogía callejera comparada ya que el relato todo el tiempo contrasta el parecer del criminal de turno, el legendario Rocky Sullivan (Frankie Burke para la versión adolescente, James Cagney para la adulta), un hedonista con una fuerte faceta anarquista porque no deja que nadie lo pase por encima, ataca vehementemente a sus enemigos del momento y en especial desarticula de inmediato toda sacrosanta institución con la que toma contacto, y la idiosincrasia prácticamente opuesta del que fuera su amigo y colega ladrón de la infancia, Jerry Connolly (William Tracy de joven, Pat O’Brien ya mayor), un sujeto que mutó en sacerdote conservador aunque relativamente moderado y de impronta humanista derechosa que reniega de antiguos vicios de sus tiempos de excluido y hoy convalida los engranajes estatales pero no tanto por una fe ciega en la lacra política o gubernamental, de hecho en realidad la odia por corrupta y cínica, sino por una cuestión bien mundana que tiene que ver con su objetivo principal en la vida, eso de sacar a los purretes menesterosos de las calles y evitar que sigan el camino que él y Rocky una vez transitaron codo a codo.

 

El guión, como casi toda historia destinada a la gran pantalla dentro del marco productivo del Hollywood Clásico, fue un trabajo colectivo que a su vez fue modificado por los actores durante el rodaje, empezando por una historia original de Rowland Brown que derivó en un libreto de John Wexley y Warren Duff que a su vez luego fue reescrito en distintas etapas por Ben Hecht y Charles MacArthur, estos dos últimos sin aparecer en los créditos: en la previa a la Gran Depresión, específicamente en la década del 20, los púberes Rocky y Jerry roban unas míseras plumas estilográficas de un tren de carga y el segundo consigue escapar de la policía mientras que el primero es atrapado, al no lograr sobrepasar a los agentes en la reglamentaria carrera de la fuga, y enviado sin más a un reformatorio, donde no revela la complicidad de su amigo y comienza una trayectoria delictiva que lo hace trepar de ratero común y corriente a ladrón a mano armada, traficante de licores y hasta un homicida que termina despertando el interés de la prensa por ser uno de los principales capos de la mafia irlandesa, racha que se corta cuando quince años después de aquel primer incidente con la ley debe pasar tres duros inviernos en la cárcel por un robo de cien mil dólares que quedan al resguardo de su abogado y secuaz, James Frazier (Humphrey Bogart), quien desde ya cuando finalmente sale del presidio lo traiciona para quedarse con todo el efectivo e incluso pretende matarlo en complicidad con su nuevo socio, Mac Keefer (George Bancroft), dueño de un lujoso casino que falla en dicho intento de asesinato y por ello provoca que Sullivan secuestre a Frazier, le robe documentos comprometedores de coimas a autoridades públicas y luego lo intercambie por los benditos cien mil dólares, consiguiendo además una posición de privilegio al chantajear a Mac y James con hacer públicos los sobornos, no obstante el verdadero problema llega desde el lugar menos pensado porque es Jerry quien, hastiado de la enorme influencia que Rocky tiene en la minoridad en riesgo citadina, inicia una furiosa y larga campaña en la prensa denunciando las matufias de los ahora tres jerarcas criminales.

 

La realización de Curtiz, un húngaro polirubro en esencia recordado por Casablanca (1942) aunque también artífice de muchos otros mojones del período en sintonía con El Lobo de Mar (The Sea Wolf, 1941), Triunfo Supremo (Yankee Doodle Dandy, 1942), Mildred Pierce (1945), Blanca Navidad (White Christmas, 1954), No Somos Ángeles (We’re No Angels, 1955) y Melodía Siniestra (King Creole, 1958), entre otras, condimenta la ensalada retórica con un personaje femenino que le escapa a los clichés mujeriles de la época, casi siempre vinculados a la ingenua, a la vampiresa o a la mojigata que condena el accionar del varón desde el vamos, ya que nuestro interés romántico del caso, Laury Ferguson (Ann Sheridan), otrora una jovencita de la que Sullivan se mofaba, no sólo termina apoyando la cruzada del malhechor ante la condena del religioso sino que ya venía de una relación previa con un taxista que se metió en el hampa y perdió la vida tiroteándose con la policía, precisamente el que fuera su marido, a lo que se suma la presencia de ese pelotón de mocosos revoltosos que se convierten en el eje de las disputas educacionales entre los dos amigos, en total seis muchachos que fueron interpretados por un grupo de actores conocidos en la época como The Dead End Kids por una obra de Broadway de Sidney Kingsley, Dead End (1935), que los tuvo en su elenco y los llevó a participar en una efímera seguidilla de siete películas en el segundo lustro de la década del 30 empezando por la adaptación cinematográfica oficial, Callejón sin Salida (Dead End, 1937), opus de William Wyler, hablamos de Soapy (Billy Halop), Swing (Bobby Jordan), Bim (Leo Gorcey), Pasty (Gabriel Dell), Crab (Huntz Hall) y Hunky (Bernard Punsly), quienes tienen de ídolo a Rocky en una relación de espejo que enerva a un Jerry que no consigue “domesticar” a los adolescentes porque los trata con demasiado respeto, al contrario de la saña de los cachetazos y golpes arteros de un Sullivan que los castiga con la misma violencia que desparraman en su entorno para hacerse notar y/ o imponer abiertamente su frágil voluntad en esos enclaves burgués y proletario del barrio.

 

El eterno Cagney ofrece una actuación brillante y por momentos bastante tranquila o hasta naturalista, siempre dentro de su estilo pirotécnico habitual a la hora de interpretar a esos “tipos rudos” símil aquellos de las recordadas El Enemigo Público (The Public Enemy, 1931), de William A. Wellman, Héroes Olvidados (The Roaring Twenties, 1939), de Raoul Walsh, Ciudad de Conquista (City for Conquest, 1940), de Anatole Litvak, y Alma Negra (White Heat, 1949), otra gran joya de Walsh, y en lo que atañe al resto del elenco, O’Brien se luce como un santurrón no tan santurrón, Bogart como el abogado excrementicio al que todos odian y nadie respeta, Bancroft en el rol del mafioso enérgico amigo de la perfidia y de los homicidios automáticos y la espléndida Sheridan como la ninfa que ofrece reparos éticos iniciales aunque luego acompaña a Rocky, además de unos Dead End Kids que de carteristas intimidantes no tienen demasiado aunque sí funcionan a escala dramática como una excelente representación de una juventud que se debate entre el respeto a la propiedad privada para no terminar presos y la gloria inflada de una existencia amoral y caótica bajo la sombra de modelos profesionales de mayor edad como el tremendo Sullivan. Ahora bien, por supuesto que el carácter anómalo multifunción de la propuesta de Curtiz es sumamente bienvenido sin embargo el factor que eleva en serio al convite por sobre tantas otras obras del film noir de entonces, el de corrupción social generalizada por la Ley Seca y la pobreza y desesperación posterior a la Crisis del 29, es el desenlace, cuando Connolly le pide a su amigo, ya condenado a la silla eléctrica por haber matado a un policía y a sus socios Frazier y Keefer debido a que éstos pretendían despachar al curita, que muera llorando, “como un cobarde”, para que desaparezca la imagen inmaculada que de él tienen los purretes, lo que provoca los alaridos y súplicas finales del personaje de Cagney en una escena magistral y profundamente ambigua que abre las interpretaciones del público, pudiéndose considerar parte de la farsa que pedía el clérigo o quizás un acto sincero de horror ante la conciencia ya definitiva de que está próximo a perder la vida a manos del horrendo Estado: la lágrima en el ojo derecho de Jerry y el fuera de campo de los gritos sollozantes de Rocky -sólo los escuchamos, no hay ni una toma que quiebre con imágenes la estampa masculina férrea del mítico actor- constituyen lo más cerca que alguna vez estuvo el sistema hollywoodense de estudios para con la riqueza discursiva existencialista de un Ingmar Bergman o un Robert Bresson, pensemos en este sentido que esta secuencia terminal homologa a las instituciones tradicionales con la mentira, esa con la que el sacerdote oportunista se gana a sus feligreses de corta edad, y a la marginalidad con unas honestidad y verdad rarísimas tratándose de una propuesta mainstream de alcance internacional, al punto de que Sullivan muta de antihéroe delictivo del montón a mártir como bien lo confirma el cura en la última línea de diálogo, cuando invita a los muchachos a rezar por “un chico que un día no pudo correr tan rápido como yo”, sin duda una de las frases más hermosas de toda la historia del séptimo arte…

 

Ángeles con Caras Sucias (Angels with Dirty Faces, Estados Unidos, 1938)

Dirección: Michael Curtiz. Guión: John Wexley y Warren Duff. Elenco: James Cagney, Pat O’Brien, Humphrey Bogart, Ann Sheridan, George Bancroft, Billy Halop, Bobby Jordan, Leo Gorcey, Gabriel Dell, Huntz Hall. Producción: Samuel Bischoff. Duración: 97 minutos.

Puntaje: 10