Todo el mundo sabe que si Santa Claus/ Papá Noel/ San Nicolás viviese entre nosotros de seguro terminaría en un manicomio codeándose con otros marginados a los que la sociedad no les da cabida alguna salvo en determinadas fechas, precisamente como esa Navidad en la que el grueso de los mortales adora ponerse la máscara del apego y la cordialidad para minutos después de finalizado el evento volver a consagrarse a la codicia, el egoísmo y el escapismo banal y rutinario. Hollywood desde sus inicios trabajó las festividades de fin de año desde un marco ideológico en ocasiones sensato y en muchas otras oportunidades bastante volcado a la manipulación romantizada del período vía planteos mágicos, alegorías bien literales, clichés palurdos y un humanismo infantilizado al que se le ven los hilos de los gigantes mentirosos del capitalismo que se mueven por detrás de tamaña farsa. Ahora bien, las excepciones siempre están a la orden del día y sin lugar a dudas la más hermosa y sincera de todas, esa que no se engolosina con el sustrato sobrenatural y/ o las metáforas marketineras de cartón pintado, es De Ilusión También se Vive (Miracle on 34th Street, 1947), escrita y dirigida por George Seaton a partir de una historia original de Valentine Davies, faena tan adorable como perspicaz y naturalista que piensa a la hiper tradicional etapa del año en términos mucho más complejos y ricos que los habituales del ecosistema cultural mainstream norteamericano, sobre todo problematizando sin boberías temáticas clásicas del cine navideño, como el cinismo de los escépticos y los individualistas y la antinomia entre lucro y servicio público fraternal, y tópicos realmente inusitados para el formato narrativo en cuestión como la cultura empresarial, los límites de la psiquiatría, la mediocridad del mercado laboral, el destrato a los ancianos, el fluir de la imaginación, el fantasma del desempleo, el amor entre opuestos, los compañeros de trabajo algo mucho psicópatas y finalmente la posibilidad del propio sujeto de autodeterminación más allá del parecer, los caprichos o las opiniones del resto de la variopinta fauna y flora a su alrededor.
Seaton fue un trabajador semi ignoto del marco artesanal de antaño que supo saltar desde la actuación a la escritura de guiones y de allí, luego de un generoso derrotero profesional durante la década del 30 y la primera mitad de los años 40, a la dirección de largometrajes, rubro en el que su opus más conocido continúa siendo De Ilusión También se Vive a pesar de ofrecer otras propuestas más o menos atendibles o amenas aunque inferiores en sintonía con La Angustia de Vivir (The Country Girl, 1954), Los Héroes También Lloran (The Proud and Profane, 1956), Enséñame a Querer (Teacher’s Pet, 1958), Espía por Mandato (The Counterfeit Traitor, 1962), El Precio de la Venganza (The Hook, 1963), 36 Horas (36 Hours, 1964), Aeropuerto (Airport, 1970) y Amigos hasta la Muerte (Showdown, 1973). En la película que nos ocupa, la única verdaderamente valiosa de la etapa inicial de Seaton como realizador, se nota mucho su importante experiencia en materia de los guiones porque la historia del film logra la proeza de explotar con inteligencia una premisa muy sencilla sin caer en la hipocresía nauseabunda de Hollywood y siempre manteniéndose anclada en una realidad tragicómica que merece el mayor de los respetos así como el espectador pensante del otro lado de la pantalla. Kris Kringle (Edmund Gwenn) es un viejito afable que afirma ser Santa Claus y denuncia a un borrachín disfrazado con el archiconocido traje rojo para un desfile conmemorativo en Nueva York organizado por Doris Walker (Maureen O’Hara), quien lo contrata como reemplazo para el evento y lo lleva luego a trabajar en la sucursal de la Calle 34 del título original en inglés de Macy’s, donde ella es una mandamás al servicio del dueño R.H. Macy (Harry Antrim) y tiene por colega a un tal Julian Shellhammer (Philip Tonge). Kringle vive en un asilo para ancianos y disfruta trabajar con niños recibiendo sus pedidos en el local durante la víspera navideña, no obstante en vez de recomendarle a los purretes juguetes de Macy’s en ocasiones los manda a sedes de la competencia, en especial a la mega tienda Gimbels, cuyo dueño es precisamente el Señor Gimbel (Herbert Heyes).
La movida solidaria, como podría esperarse, pronto tiene una buena acogida por parte de un público que valora -y mucho- que alguien le recomiende un producto más barato o mejor de otro emporio por departamentos o hasta le indique dónde hallar aquello que está buscando y que Macy’s no posee en su catálogo, y así por una multitud de felicitaciones que recibe Shellhammer el dueño de la empresa, su superior, decide generalizar la jugada a toda la tienda desde el típico fariseísmo de la alta burguesía cual estratagema para dar una imagen benefactora y altruista mientras fideliza a los clientes y las ganancias se disparan hacia las nubes. Walker, más una realista recalcitrante que una cínica, crió a su pequeña hija, Susan (una Natalie Wood pueril), sin ilusiones ni fábulas en el horizonte y es por ello que ambas desconfían de la Navidad y de personajes bizarros como Kringle que la defienden en tanto celebración humanista que debería servir de ejemplo para un trato más cordial y justo entre los hombres. Mientras el abogado vecino de Doris, una divorciada, trata de conquistarla a pesar de que no comparte para nada su rechazo a la riqueza de la imaginación creadora, Fred Gailey (John Payne), el viejito simpaticón demuestra su carácter aguerrido al luchar contra un imbécil que trabaja en Macy’s haciéndose pasar por psicólogo cuando su trabajo en verdad se reduce a someter a los empleados a tests de inteligencia, Granville Sawyer (Porter Hall), quien se obsesiona con hacer echar a Kris después de que lo golpea con un paraguas por haberle metido en la cabeza un triste complejo de culpa a un compañero, el muchacho de mantenimiento Alfred (Alvin Greenman), otra persona de buen corazón que no molesta a nadie. El episodio deriva en la internación en un neuropsiquiátrico de Kringle, a instancias de Sawyer y aduciendo que es un esquizofrénico peligroso que se pone violento cuando lo contradicen, y a posteriori en un proceso judicial en el que Gailey defiende al anciano en un tribunal presidido por el Juez Henry X. Harper (Gene Lockhart), un aspirante a político que no quiere negar la existencia de Papá Noel para no perder a posibles votantes.
De Ilusión También se Vive, definitivamente una de las mejores películas navideñas de la historia del séptimo arte en su conjunto, explora a la perfección la sequedad y la ausencia de vida tanto del racionalismo tecnocrático representado en Walker como del trasfondo mortuorio, tacaño y deshumanizador del consumismo hueco convertido en un fin en sí mismo y simbolizado en el relato en los jerarcas de las tiendas más conocidas de la Gran Manzana, esos Macy y Gimbel que eventualmente se llevan bien luego de odiarse durante años gracias a la cultura solidaria que impuso el protagonista, el señor panzón y barbudo, con el ejemplo práctico más que con las formulaciones teóricas autoindulgentes de muchos santurrones de fin de año del mainstream y del indie cinematográficos. Mientras Gailey quiebra la frialdad de su vecina y Kris hace lo propio con el escepticismo patológico y el semblante algo mucho estéril de Susan, la cual no sólo no cree en San Nicolás sino que no juega, se muestra siempre conservadora y medida e incluso desconoce las alegrías, el placer y las diferentes enseñanzas que deparan la ficción y esa anarquía que nos saca de la cárcel del sentido común y nos acerca a la comarca de la fe sin conocimiento absoluto o rotundo detrás, el juicio por su parte pasa de funcionar como un proceso para determinar la locura o cordura del vejete a transformarse en un pleito freak entre aquellos que dicen que la figura mitológica de Santa Claus no existe y quienes afirman que sí, planteo que en términos del film equivale a una contienda entre el fiscal Thomas Mara (Jerome Cowan), otro que no desea ganarse la antipatía de los purretes y sus padres rechazando la existencia del gordo de Navidad, su trineo y sus renos, y un Fred que debe probar fehacientemente que Kringle es quien dice ser, problema que Seaton resuelve de modo estupendo con la nimiedad de las cartas dirigidas a Papá Noel y siendo entregadas a pura ironía a Kris en el tribunal, más para sacarse de encima los kilos y kilos de correo basura que por una hipotética muestra de apoyo al anciano. La película combina estos detalles sardónicos con un encanto sincero que se desprende especialmente de la química entre el extraordinario Edmund Gwenn y la ya talentosa Natalie Wood, cuyo personaje le pide al jerarca máximo de la Navidad nada menos que una casa aunque no por codicia sino por la esperanza de contar con un patio y un columpio como nunca tuvo en su departamento neoyorquino, algo que sintetiza también el ideario de la propuesta porque lo que podría ser sinónimo de ambición descocada por parte de la chiquilla se convierte en un ejemplo de la riqueza no sólo de la inventiva sino de la infancia en general y sus intentos ultra honestos por compensar faltantes a través del anhelo ilusorio sin fronteras ni limitaciones, de allí que hasta resulte muy meritorio que la realización no caiga en las soluciones mágicas forzadas prototípicas de los grandes estudios yanquis y se conforme en última instancia con apenas una mínima insinuación fantástica cuando en los segundos finales Doris y Fred ven dentro de la casa soñada por la niña, esa que comprarán como flamante pareja y para no decepcionar a Susan, un bastón semejante al del veterano, emblema de un humanismo que no se sustrae de la realidad y que celebra la ética, el cariño y la imaginación, pequeñas cosas intangibles que nos acercan al prójimo…
De Ilusión También se Vive (Miracle on 34th Street, Estados Unidos, 1947)
Dirección y Guión: George Seaton. Elenco: Edmund Gwenn, Natalie Wood, Maureen O’Hara, John Payne, Gene Lockhart, Porter Hall, Jerome Cowan, Philip Tonge, Harry Antrim, Herbert Heyes. Producción: William Perlberg. Duración: 96 minutos.