La carrera de Steven Soderbergh constituye un verdadero milagro dentro del calamitoso panorama artístico del Siglo XXI, etapa de una chatura expresiva y una estupidez enorme, porque el director estadounidense, uno de los padres del cine independiente posmoderno, ha logrado mantenerse prolífico y heterogéneo, con un nivel de calidad muy alto y siempre a la vanguardia formal dentro de ese mismo engranaje industrial en el que tantos colegas -del mainstream aunque también del indie- pierden su dignidad al transformarse en zombies, mercenarios o esclavos de lo que les exigen los productores oscurantistas y los imbéciles del marketing y la publicidad del nuevo milenio. La última película del amigo Steven, Los Christopher (The Christophers, 2025), es su tercera joya seguida después de Código Negro (Black Bag, 2025), un thriller de espionaje elegante y muy cerebral, y Presencia (Presence, 2024), aquel experimento en el terror fantasmal encarado desde la perspectiva del espectro de turno, lo que nos deja con un film que por un lado recupera uno de los fetiches temáticos de siempre de Soderbergh, la criminalidad capitalista y las redes de impunidad mafiosa que se mueven detrás de sociedades occidentales profundamente corruptas, y por el otro lado impone dos novedades significativas dentro del derrotero del señor, primero el reemplazo de la intriga estándar por la sensibilidad, esta última un recurso que sin duda suele aparecer con cuentagotas en el acervo del norteamericano, y segundo una incursión en un territorio hasta ahora no explorado, léase el ABC pictórico delictivo en línea con Mi Obra Maestra (2018), de Gastón Duprat, La Mejor Oferta (La Migliore Offerta, 2013), opus de Giuseppe Tornatore, y Mente Maestra (The Mastermind, 2025), odisea reciente de Kelly Reichardt protagonizada por Josh O’Connor, Alana Haim y Bill Camp, entre otras faenas semejantes.
Si bien, como decíamos con anterioridad, el realizador arrastra un extenso y fascinante catálogo de películas vinculadas al film noir, la comedia negra, los dramas criminales y las caper movies centradas en los recovecos del poder oligopólico y psicopático de hoy en día y/ o las estrategias para sabotearlo -o por lo menos ponerlo en ridículo- desde los márgenes, pensemos para el caso en la seriedad altisonante de Kafka (1991), Pasiones Latentes (The Underneath, 1995), Vengar la Sangre (The Limey, 1999), Erin Brockovich (2000), Traffic (2000), Bubble (2005), Intriga en Berlín (The Good German, 2006), Contagio (Contagion, 2011), La Traición (Haywire, 2011), Efectos Colaterales (Side Effects, 2013), Perturbada (Unsane, 2018), Ni un Paso en Falso (No Sudden Move, 2021) y Kimi (2022), más la ya mencionada Código Negro, y el planteo humorístico de Un Romance Peligroso (Out of Sight, 1998), El Desinformante (The Informant!, 2009), La Estafa de los Logan (Logan Lucky, 2017), La Lavandería (The Laundromat, 2019) y La Gran Estafa (Ocean’s Eleven, 2001), más sus secuelas de 2004 y 2007, Los Christopher ofrece una relectura curiosa del heist film de Soderbergh porque el estudio claustrofóbico de personajes toma la batuta y nos lleva a los embustes y a la especulación del capital, por supuesto, aunque también a las derrotas íntimas de los dos personajes principales, el otrora famoso pintor Julian Sklar (Ian McKellen con la friolera de 86 años) y la bonita restauradora y falsificadora Lori Butler (la también británica Michaela Coel), y a una de las obsesiones de todo el gremio cultural en su conjunto, eso de perdurar en la memoria de un público cada día más esquivo y pueril, no obstante la película no carga las tintas sobre la idiotez de los consumidores artísticos sino sobre los protagonistas, quienes de una manera u otra se replegaron hacia el ostracismo.
El guión de Ed Solomon, asimismo socio de Soderbergh en las estupendas Ni un Paso en Falso y Círculo Cerrado (Full Circle, 2023), aquella miniserie para HBO Max, comienza con Butler, una treintañera que vive en una semi comuna artística de Londres y se sostiene económicamente vía una gastroneta/ “food truck” de comida china, recibiendo el encargo de los dos hijos de Julian, Barnaby (James Corden) y Sallie (Jessica Gunning), de hacerse pasar por una asistente del anciano y finiquitar la tercera serie inacabada de retratos de un tal Christopher que en realidad se llama Owen Appleton (Ferdy Roberts), la pareja de la década del 90 de Sklar, cuando mutó en bisexual y quedó prendido de un hombre mucho más joven que ahora administra una empresa de ebanistería y carpintería en general. Julian fue un pintor muy cotizado durante las postrimerías de la centuria pasada pero el alcohol, su ego inflado y la participación como jurado en un reality show lamentable, Combate de Arte (Art Fight), minaron su prestigio y lo llevaron a tener que mantenerse primero vendiendo antiguos cuadros en la puerta de su hogar, entrevista televisiva incluida en la que destroza a los agentes del ecosistema pictórico por usureros, y después grabando una serie de videos personalizados para sus fans desde Cameo, precisamente una plataforma que sirve para ese tipo de transacciones comerciales entre las celebridades y cualquiera dispuesto a pagar lo que piden por un mensajito audiovisual del montón. La taciturna Lori consigue entrar en la casona derruida del vejete y lo manipula en sus coqueteos con la posibilidad de despedazar o quemar todas las pinturas en cuestión, sin embargo Sklar la descubre, ella confiesa todo y juntos llegan a un frágil acuerdo en materia de sabotear los trabajos con pegamento, plumas y purpurina -más litros de pintura y algo de cinta adhesiva- hasta que resulten invendibles.
Soderbergh, desde una sabiduría que sólo detentan algunos otros veteranos todavía activos como Darren Aronofsky y Danny Boyle, registra todo con cámara en mano no intrusiva y efectivamente permite el lucimiento de -y la química entre- los actores, un McKellen que está perfecto como un narcisista aún enamorado de su Christopher, 25 años a posteriori de la ruptura romántica, y una Coel hasta este momento desconocida que sorprende para bien y se asemeja a un témpano de hielo con la capacidad de descongelarse cuando el guión de Solomon así lo requiere. La historia, de hecho, siempre gira sobre los mismos leitmotivs, hablamos de la desconfianza y la admiración recíprocas por un lado, planteo que conlleva la dualidad de amigos/ enemigos, y los acuerdos temporales en lo referido a sabotear a Barnaby y Sallie por el otro lado, esta última una otrora compañera sin talento de Butler de la escuela de arte y ambos hermanos con el suficiente descaro para vender los cuadros a un oligarca tecnológico y analfabeto cultural, estando Julian todavía vivo, y recibir un millón de libras como anticipo de la futura herencia por la agonía del anciano debido a una anemia aplásica, dinerillo que para colmo ya gastaron. El realizador pocas veces sale del domicilio del pintor pero por suerte evita todo latiguillo del “teatro filmado” y aprovecha con mano maestra el esperable vínculo tragicómico entre los artistas plásticos, él habiendo renunciado durante décadas y décadas a pintar y ella habiendo visitado de niña una exposición en un museo del Julian juvenil y luego defraudándose olímpicamente cuando asistió en calidad de concursante al reality show, donde fue maltratada/ ridiculizada sin piedad alguna por Sklar. Los Christopher es una propuesta tan humilde como disfrutable que canaliza su idea madre, eso de fijar nuestra trascendencia, desde las comarcas conectadas del lienzo y el corazón…
Los Christopher (The Christophers, Estados Unidos/ Reino Unido, 2025)
Dirección: Steven Soderbergh. Guión: Ed Solomon. Elenco: Ian McKellen, Michaela Coel, James Corden, Ferdy Roberts, Jessica Gunning, Dmitri Prokopiev, Tilly Botsford, Daniel Fearn, Lucy McCormick, Dallas Campbell. Producción: Iain Canning y Jim Parks. Duración: 100 minutos.