Ingrid Goes West

Perfección y falacias de diseño

Por Emiliano Fernández

Vivimos en una época de la industria cultural en la que la comedia es sin duda el género más devaluado de todos los que componen el catálogo cinematográfico contemporáneo, principalmente por la mediocridad promedio de los guionistas de nuestros días, por la dificultad en lo que respecta a aunar criterios sobre lo que es considerado gracioso en distintas partes del globo y en esencia por la decisión del mainstream de volcarse a una seriedad mortuoria que curiosamente está empardada a un infantilismo y una levedad discursiva cansadora que pretenden suprimir toda posible tendencia hacia el inconformismo del público, a quien se desea mantener anestesiado consumiendo la misma canción hasta el final de sus días. Si tenemos en cuenta semejante panorama, Ingrid Goes West (2017) más que destacarse lo que hace es multiplicar sus de por sí interesantes logros: hablamos no sólo de una de las mejores comedias dramáticas recientes sino también de una de las mejores del cine norteamericano a secas, ejemplo de lo que se puede alcanzar cuando los realizadores apuntan a la irreverencia, el humor negro y un análisis meticuloso del contexto social del presente, al cual el film interpela con inteligencia y sin maquillaje símil corrección política.

 

La historia es simple: Ingrid Thorburn (Aubrey Plaza), una joven cuya madre recientemente falleció y que fue condenada a pasar un tiempo en una institución mental luego de rociarle gas pimienta a Charlotte (Meredith Hagner), una supuesta allegada/ contacto de Instagram, porque no la invitó a su casamiento, es dada de alta y decide utilizar el dinero que le dejó su progenitora para mudarse de Pennsylvania -en el Este de Estados Unidos- a California -el extremo Oeste del país- con el objetivo de acercarse a Taylor Sloane (Elizabeth Olsen), una influencer/ celebrity de las redes sociales que vive en los suburbios desérticos de Los Ángeles y lleva una vida aparentemente glamorosa con su esposo Ezra O’Keefe (Wyatt Russell). La mujer al llegar alquila una casa propiedad de Dan Pinto (O’Shea Jackson), un afroamericano fanático de Batman, rastrea a Sloane por sus posteos en Instagram y le secuestra a su perro Rothko, un episodio que utiliza como excusa para mantener el primer contacto real con su ídola, lo que deriva en una amistad basada en intentos desesperados por parte de Ingrid en pos de descubrir qué le gusta a Taylor y ofrecérselo para que algo de su “perfección” se le pegue a ella (a la par de sus seguidores en redes sociales, desde ya).

 

Todo marcha acorde con este bello itinerario de Thorburn de la farsa, incluido el ardid de convertir a Pinto en su novio para continuar adentrándose en el círculo de Sloane, hasta que ocurren dos acontecimientos concatenados, léase el arribo de Nicky (Billy Magnussen), el hermano sádico, cocainómano y payasesco de Taylor, y la presencia de Harley Chung (Pom Klementieff), una blogger con más de un millón de seguidores que se transforma en el nuevo objetivo de Sloane vía la posibilidad que le ofrece su hermano de conocerla y convertirse en su amiga justo como Ingrid hizo con ella. Más allá de los celos y el hecho de quedar relegada, el asunto se complica feo para la protagonista cuando Nicky le roba su celular y allí encuentra una pluralidad de fotos de Taylor y su casa que demuestran el grado de obsesión de Thorburn, situación aprovechada por el perverso Nicky para chantajearla pidiéndole cinco mil dólares o le contará todo a Sloane. Así las cosas, Ingrid no tiene mejor idea que hacerse golpear en el rostro por un chico y decirle a Dan que fue un Nicky bien drogado, dando inicio a un plan para raptarlo con el fin de asustarlo. Nada sale según lo esperado y de a poco el errático trasfondo tenderá a agravarse hasta niveles insospechados.

 

La película se hace un festín con la denuncia de la felicidad de plástico y/ o cartón pintado de buena parte de la humanidad contemporánea, consagrada a proyectar una imagen de belleza, astucia, refinamiento o singularidad que nada tiene que ver con la realidad y las diversas carencias -a veces materiales, otras tantas afectivas- que enmarcan la vida de cada individuo. El director y guionista Matt Spicer, aquí entregándonos su ópera prima, apuesta por un naturalismo muy sutil que en vez de subrayar las situaciones a lo bestia (modelo retórico estadounidense por antonomasia) o hacerse el superado/ altanero basureando a sus personajes (paradigma narrativo europeo), se decide a dejar que el mismo fluir de los hechos ponga de manifiesto el ridículo y el absurdo entrecruzados de la sociedad actual, no sólo los correspondientes a la patética cortina de humo de las redes sociales sino también los que abarca nuestra praxis cotidiana, ese vínculo directo con quien tenemos enfrente. La dialéctica de la mentira orientada a agradar al resto va de la mano con una pose eterna que funciona en términos vampíricos para con cualquier objeto o sujeto que permita “crecer” en un enclave de por sí caníbal, estéril e injusto que se basa en la superficialidad más irrisoria.

 

Definitivamente la única premisa que vale es que todos mienten, ya sea a su entorno inmediato o a sí mismos, y lo que se puede establecer es una escala para determinar quiénes son los psicópatas más peligrosos, entre los cuales la pobre Ingrid es apenas una más: ella nunca pudo reemplazar a su madre muerta y busca a amigas circunstanciales pegándose a/ tratando de duplicar la existencia bobalicona y engañosa de personas que cuentan todo lo que hacen en el ámbito virtual, Taylor por su parte dice “trabajar” de fotógrafa pero en realidad recibe dinero de marcas símil sponsoreo para que postee consumos pagos como propios y se la pasa copiando los gustos culturales de su esposo sin siquiera leer los libros que dice leer, Ezra dejó su trabajo para transformarse en pintor pero jamás logró despegar y ahora se dedica a la bebida, Nicky es un monstruo que ni siquiera se molesta en ocultar su soberbia y ventajismo constante, y hasta Dan vive en una burbuja porque sueña con escribir y vender un guión para un film de Batman, realmente creyendo que el personaje de Bob Kane y Bill Finger es una suerte de metáfora de su propia vida, ejemplo del sustrato pueril de buena parte de la humanidad actual y su tendencia a evadir los problemas con pavadas.

 

Entre la prisión del gusto ajeno, una soledad de islas digitales, la ausencia de vínculos estrechos, el delirio vacuo consumista y ese triste fetiche para con una felicidad de tipo publicitaria y/ o producto de la mente de uno de esos autómatas del marketing de los grandes conglomerados capitalistas, las relaciones que construye Ingrid Goes West son un fiel retrato de la sociedad global de hoy en día, en la que la verdad ha sido suplantada por falacias de diseño y el contenido comunicacional enriquecedor por el pescado podrido de múltiples operadores políticos/ económicos/ culturales/ mediáticos/ virtuales. El trabajo de Plaza es francamente extraordinario porque consigue moverse con soltura en la frontera entre la depresión y la algarabía, ciclotimia esquizoide que también arrastra la genial Olsen aunque vía un personaje con una coraza más firme y mucho más maquiavélica en función de una manipulación masiva que se disfraza constantemente de actitud proactiva y cool. La inestabilidad psicológica y las mentiras más burdas quedan al descubierto en esta pequeña maravilla acerca de la hipocresía y paradojas de un mundo cada vez más banal, encerrado en plantillas estancas y alejado de una verdadera y necesaria resistencia cultural crítica…

 

Ingrid Goes West (Estados Unidos, 2017)

Dirección: Matt Spicer. Guión: Matt Spicer y David Branson Smith. Elenco: Aubrey Plaza, Elizabeth Olsen, O’Shea Jackson, Wyatt Russell, Billy Magnussen, Pom Klementieff, Hannah Pearl Utt, Joseph Breen, Angelica Amor, Meredith Hagner. Producción: Aubrey Plaza, Robert Mirels, Adam Mirels, Jared Goldman, Tim White y Trevor White. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 10