Tranquilamente se puede afirmar que en el Siglo XXI ha quedado un tanto desdibujado el lugar de las producciones paradigmáticas de Nikkatsu, el estudio más antiguo del Japón y efectivamente uno de los más añejos del planeta porque fue fundado hace 113 años, en 1912, dentro de la historiografía de las películas de yakuza o mafia japonesa, una suerte de olvido que tiene mucho que ver con su obsesión con el destino funesto de los personajes, en detrimento de los comentarios sociales, y con el trasfondo tradicionalista de la productora a la hora de encarar sus “líneas de productos” favoritas, en este caso una relectura del policial negro -por entonces denominado melodrama criminal- que bebía de los exponentes del rubro provenientes de Hollywood y en mucha menor medida de Europa. Tanto es así que hoy por hoy el representante por antonomasia de Nikkatsu en el imaginario cinéfilo es una anomalía, aquel Seijun Suzuki de El Vagabundo de Tokio (Tôkyô Nagaremono, 1966) y Marcado para Matar (Koroshi no Rakuin, 1967), entre otras joyas que le faltaron el respeto a las marcas registradas de la compañía introduciendo pinceladas de kitsch, surrealismo, autoparodia y arte pop barroco. En este punto conviene tener presente el desarrollo del cine de yakuzas porque la ortodoxia del estudio durante los 50 y 60 no tuvo demasiado que ver con la etapa previa y con su contemporaneidad, hablamos primero de la fase muda de las décadas inaugurales del Siglo XX, cuando los protagonistas eran representados como unos forajidos obligados a delinquir símil Robin Hood por la presión de una coyuntura injusta o asfixiante, y segundo del período semi simultáneo alrededor de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la Ocupación Estadounidense del Japón (1945-1952), en general bautizado Ninkyo Eiga o “películas de caballería” ya que otro estudio, Toei, se dedicó a explotar por lo bajo los traumas nacionales a raíz de la derrota bélica, la caída del Imperio del Japón y los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki de 1945 mediante una seguidilla de productos que fetichizaron la crisis del bushidô o código de ética de los samuráis, cuyos sucesores, los ronins o samuráis sin amo/ daimio/ señor feudal y los bakutos o jugadores nómadas, efectivamente oficiaron de preludio espiritual para el moderno sindicado mafioso japonés, ya en ocasión de las postrimerías del Siglo XIX e inicios de la centuria siguiente.
Lejos también de las dos fases ulteriores, el Jitsuroku Eiga o “películas de registros reales”, léase aquella andanada de epopeyas nihilistas y salvajonas de los años 70 que tuvieron en la saga comenzada por Batallas sin Honor ni Humanidad (Jingi naki Tatakai, 1973), convite de influjo documentalista de Kinji Fukasaku, uno de sus máximos exponentes, y el pastiche posmoderno que sobrevino a partir de los años 80 y 90, ahora con una yakuza demencial, aletargada y/ o pirotécnica en función de cineastas como Takashi Miike, Ryuhei Kitamura y Takeshi Kitano, la verdad es que las odiseas de Nikkatsu, tantas veces empardadas al rótulo de Mukokuseki Akushon o “acción sin fronteras”, poco tenían que ver con el idealismo del cine mudo modelo Un Diario de los Viajes de Chuji (Chuji Tabinikki Daisanbu Goyohen, 1927), de Daisuke Itô, con los dilemas morales -siempre luchando entre el honor y la vida personal- del Ninkyo Eiga, en gran medida un derivado de El Ángel Ebrio (Yoidore Tenshi, 1948), de Akira Kurosawa, e incluso con los floreos lunáticos del propio Suzuki, artesano Clase B esclavizado por Nikkatsu y eventualmente expulsado en 1968 de la empresa luego de Marcado para Matar, la gota que rebalsó el vaso. Sin duda una de las experiencias más sorprendentes dentro del acervo conservador y mimético del estudio es Cruel Historia de Armas (Kenjû Zankoku Monogatari, 1964), film ultra violento de Takumi Furukawa que tuvo como protagonista al actor fetiche tanto de Suzuki como de Nikkatsu en su conjunto, Joe Shishido, figura central en un sinfín de propuestas de la época de las que sobrevivieron sus tres clásicos al servicio del tremendo Seijun, La Juventud de la Bestia (Yajû no Seishun, 1963), La Puerta de la Carne (Nikutai no mon, 1964) y la susodicha Marcado para Matar, trabajos que patentaron el look tan particular -o directamente bizarro- del intérprete debido a una cirugía estética de 1957 orientada al aumento de pómulos. Cruel Historia de Armas, literalmente una de las epopeyas de atracos más cruentas de la historia del séptimo arte por esa media hora final que acumula masacre tras masacre a manos de colegas, seres queridos o socios, puede pensarse como un exploitation de Casta de Malditos (The Killing, 1956), de Stanley Kubrick, pero adaptado al sustrato elegante y sumamente estilizado de las faenas de Nikkatsu, muy cuidadas en cuanto a los decorados, el vestuario y una fotografía exquisita.
Si bien asimismo es posible identificar elementos de otros pivotes previos del heist film en sintonía con La Jungla de Asfalto (The Asphalt Jungle, 1950), de John Huston, Rififí (Du Rififi chez les Hommes, 1955), opus de Jules Dassin, y Bob, el Jugador (Bob, le Flambeur, 1956), de un Jean-Pierre Melville que por cierto más adelante nos legaría una propuesta con un asalto muy semejante al de Cruel Historia de Armas, nos referimos a Hasta el Último Aliento (Le Deuxième Souffle, 1966), otra de sus aventuras en el ecosistema de las caper movies junto con El Soplón (Le Doulos, 1962), El Círculo Rojo (Le Cercle Rouge, 1970) y Un Policía (Un Flic, 1972), es de hecho Casta de Malditos el gran espejo en el que decide mirarse la obra que nos ocupa, sobre todo conocida por su título en inglés, Cruel Gun Story, ya que el relato pasa por el robo a un hipódromo que deriva en un desastre de traiciones o canibalismo tácito dentro del hampa, en esta oportunidad con Shishido componiendo a Joji Togawa, un criminal con amplio bagaje a cuestas que acaba de salir de prisión como aquel protagonista de la gesta de Kubrick, Johnny Clay (Sterling Hayden). Togawa aquí acepta el ofrecimiento de Itô (Yasukiyo Umeno), mano derecha de un jefe de la yakuza que lo sacó de la cárcel dos años antes de finalizar su sentencia, Matsumoto (Hiroshi Nihon’yanagi), para liderar una banda destinada a desvalijar un camión blindado que sale del hipódromo de Tokio transportando 120 millones de yenes, todo con la promesa de que la mitad irá a parar a los cuatro miembros de la pandilla, por un lado Togawa y un amigo y antiguo compañero de andanzas, Shirai (Yûji Odaka), y por el otro lado un dúo no precisamente confiable pero necesario para el plan, Okada (Shôbun Inoue), un boxeador fracasado al borde del colapso cerebral, y Teramoto (Kôjirô Kusanagi), un ludópata adepto en igual proporción al cinismo y la avaricia. El día del asalto todo parece salir bien porque desvían el camión blindado hacia una ruta rural alternativa simulando un accidente y le disparan a los dos custodios en motocicletas, no obstante el conductor y su acompañante se niegan a abandonar la cabina y deben ser cargados con camión y todo dentro de otro vehículo con un cabrestante eléctrico hasta el aguantadero derruido de los facinerosos, prólogo para una sucesión de disparos con los custodios y entre los mismos atracadores con vistas a tomar el botín y no dejar testigos.
Furukawa, todo un especialista en thrillers y cine de acción con el grueso de su filmografía desaparecida o inédita en nuestro nuevo milenio con la salvedad adicional del melodrama Temporada de Sol (Taiyo no Kisetsu, 1956), fue rescatado del olvido casi absoluto cuando The Criterion Collection decidió incluir Cruel Historia de Armas en uno de sus box sets de Eclipse, una subdivisión de la empresa volcada a DVDs de bajo costo y consagrada a títulos difíciles de hallar, específicamente aquel combo que apuntó a la producción de Nikkatsu en el film noir y también incluyó Estoy a la Espera (Ore wa Matteru ze, 1957), de Koreyoshi Kurahara, Cuchillo Oxidado (Sabita Naifu, 1958), de Toshio Masuda, Apunten al Camión de Policía (Jûsangô Taihisen Yori: Sono Gosôsha o Nerae, 1960), obra menor pero todavía interesante de Suzuki, y Un Colt es mi Pasaporte (Koruto wa ore no Pasupôto, 1967), opus de Takashi Nomura estelarizado por Shishido. En Cruel Historia de Armas el realizador exprime con inteligencia el sucinto guión de Hisataka Kai y Haruhiko Ôyabu, este último el mismo de La Juventud de la Bestia, porque aprovecha expeditivamente los motivos de la femme fatale, en pantalla una espía de Itô que se hace pasar por novia de Teramoto, Keiko (Minako Katsuki), del subalterno maquiavélico que haría cualquier cosa por trepar en la “familia” en cuestión, ese Itô que maneja como un titiritero a Matsumoto, y del trauma del antihéroe, nuestro Togawa que tres años atrás envió a hacer unas compras a su hermana menor, Rie (Chieko Matsubara), y así la muchacha terminó parapléjica al ser atropellada por un camionero, después a su vez ajusticiado por Joji al extremo de ganarse la estadía en prisión. Como decíamos antes, quizás el “plato fuerte” de la película sea el último acto y especialmente su desenlace, cuando Itô se quiere sacar de encima a la pandilla y esa dupla de Okada y Teramoto, por su parte, pretende acaparar los 120 millones de yenes para ellos solitos, un panorama que desemboca en una colección de balaceras y en la muerte de todos bajo la sociedad de Togawa con un rival de Matsumoto, Yanagida (Junichi Yamanobe), para materializar su venganza secuestrando al hijo bobo del capo, Haruhiko (Kôji Yashiro), frutilla de una torta extremadamente pesimista caracterizada por la perfidia, la mezquindad, el azar, el eventual cansancio y una confusión que en última instancia todo lo hace trizas…
Cruel Historia de Armas (Kenjû Zankoku Monogatari, Japón, 1964)
Dirección: Takumi Furukawa. Guión: Hisataka Kai y Haruhiko Ôyabu. Elenco: Joe Shishido, Shôbun Inoue, Kôjirô Kusanagi, Chieko Matsubara, Saburô Hiromatsu, Yûji Odaka, Minako Katsuki, Hiroshi Nihon’yanagi, Yasukiyo Umeno, Junichi Yamanobe. Producción: Hideo Sasai. Duración: 87 minutos.