A la Hora Señalada (High Noon)

Perfidia en tiempo real

Por Emiliano Fernández

La recordada A la Hora Señalada (High Noon, 1952), dirigida por Fred Zinnemann, es una de esas películas que generaron una revolución por sí solas, en este caso tanto formal como temática/ discursiva: en lo que respecta al primer apartado, el film respeta una estructura retórica en tiempo real que acompaña al protagonista en los preparativos ante una balacera que promete ser mortal, una jugada que por supuesto se unifica con la segunda dimensión, la conceptual, ya que el asunto va remarcando de a poco la falta completa de apoyo por parte de su entorno en lo que funciona como una metáfora acerca del mccarthismo, léase la caza de brujas encabezada entre 1950 y 1956 por el senador Joseph McCarthy contra los oponentes políticos de izquierda, pisoteando todas las libertades civiles en nombre de la seguridad interna de Estados Unidos y en pos de encarcelar a supuestos “infiltrados comunistas” dentro del gobierno, la milicia y especialmente los medios de comunicación, lo que generó una serie interminable de acusaciones bajo una desconcertante presunción de culpabilidad que llevaba a las víctimas a tener que probar su inocencia “delatando” a otros hipotéticos amigos de los soviéticos como si se tratase de un tribunal eclesiástico de la Inquisición de la Edad Media, desde ya todo a su vez mezclado con interrogatorios ilegales, denuncias falsas, declaraciones pomposas y listas negras pobladas de personas sospechosas de ir en contra de los “sacrosantos” valores norteamericanos, en esencia vinculados con el capitalismo, el conservadurismo y la hipocresía moral. El guionista del film que nos ocupa, el militante de izquierda Carl Foreman, de hecho había sido obligado a comparecer ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses, un órgano previo a la cruzada psicópata de McCarthy, pero como no nombró a colegas -también afiliados al Partido Comunista- fue catalogado como testigo “no cooperativo”/ hostil y forzado a mudarse al Reino Unido al tener que separarse de su traicionero compañero, el productor Stanley Kramer, quien de golpe solicitó la disolución de la sociedad creativa en cuestión, y al ser incluido en las listas negras en boga, sobre todo bajo la insistencia de Harry Cohn, el presidente de Columbia Pictures, y de dos fascistas adicionales, el actor John Wayne y la poderosa columnista de chimentos de la época Hedda Hopper, la cual escribía para el periódico Los Ángeles Times.

 

Foreman concibió la historia en soledad y luego descubrió que se parecía a un cuento corto de 1947 de John W. Cunningham, The Tin Star, por ello compró los derechos de adaptación cinematográfica para evitar futuros reclamos judiciales de plagio. El guionista, al igual que el austríaco Zinnemann, estaba de por sí muy interesado en explorar la psicología de los personajes y en construir un realismo árido y complejo que se oponga a la eterna banalidad de cartón pintado de Hollywood, algo que se ve en la mayoría de los trabajos previos de ambos y sobre todo en su colaboración anterior, Vivirás tu Vida (The Men, 1950), un drama muy duro en el que Marlon Brando interpretaba a un veterano de guerra paralizado de la cintura hacia abajo que debía atravesar el proceso de rehabilitación y adaptarse a su nueva realidad en diversos ámbitos. La acción transcurre en Hadleyville, un pequeño pueblo de Nuevo México, durante el día en el que el alguacil a cargo, Will Kane (Gary Cooper), se está casando con la joven Amy Fowler (Grace Kelly), una celebración que implica retirarse del cargo para mudarse a otra ciudad, administrar una tienda y eventualmente construir una familia. En el trajín llega un telegrama anunciando que absolvieron y liberaron a un notorio criminal que el protagonista encarceló hace cinco años por asesinato, Frank Miller (Ian MacDonald), el cual definitivamente regresará a Hadleyville en busca de venganza porque sus cofrades están esperándolo en la estación local ya que arribará en el tren del mediodía, hablamos de los forajidos Jack Colby (debut en pantalla del legendario Lee Van Cleef), Jim Pierce (Robert J. Wilke) y Ben Miller (Sheb Wooley), el hermano menor de Frank. Como Fowler es una cuáquera de fuertes principios pacifistas porque vio morir a su padre y su hermano bajo el fuego de las armas, el flamante matrimonio no se puede poner de acuerdo sobre cómo afrontar el peligro y la mujer es incapaz de convencer a Kane de abandonar el pueblo, tanto porque el hombre de por sí se rehúsa a huir como por el hecho de que será en vano ya que la pandilla los perseguirá y jamás podrán asentarse tranquilos en ningún lado, optando por quedarse para hacer frente a la amenaza. Como resultado de la diferencia de criterios, la fémina decide marcharse en ese tren del mediodía para presionarlo a que desista en su determinación institucionalizada del deber, por lo que predice será una muerte segura.

 

A sabiendas de que cuatro contra uno no es precisamente un duelo parejo, Will intentará infructuosamente reclutar asistentes/ agentes especiales entre las huestes de una ciudad que le dará vuelta la cara, a mitad de camino entre la indiferencia, el morbo y la oposición clara a un Kane que “limpió” el lugar de maleantes como Miller y su paradójicamente redituable negocio de putas, juego y semejantes: el juez Percy Mettrick (Otto Kruger) escapa raudo debido a que él fue quien sentenció a Miller, el segundo del alguacil, Harvey Pell (un genial Lloyd Bridges), le suelta la mano a Kane porque no lo apoyó como su sucesor ante las autoridades, su amigo Sam Fuller (Harry Morgan) se esconde temeroso detrás de su esposa Mildred (Eve McVeagh), Will recibe ayuda de un pobre borracho llamado Jimmy (William Newell) pero la rechaza ya que el señor encima es tuerto, el predecesor del protagonista, el ex alguacil e hiper nihilista Martin Howe (el querido Lon Chaney Jr.), no puede ayudarlo por su avanzada edad y su artritis, un hombre que había aceptado en un principio sumarse al grupo anti Miller, Herb Baker (James Millican), luego se termina bajando cuando ve que sólo serían ellos dos ante la pandilla, y Kane finalmente recibe una oferta de asistencia de un muchacho de 14 años llamado Johnny (Ralph Reed), al que también rechaza por ser un mocoso con mucho tiempo por vivir. Quizás el mejor resumen de los argumentos que recibe el alguacil por parte de los habitantes de Hadleyville lo constituyan las dos escenas de pedidos colectivos de auxilio, la primera centrada en la taberna del pueblo, en donde están todos los que se beneficiarían con la vuelta de Miller y por ello ofrecen una oposición activa a la cruzada de Kane, y la segunda vinculada a la iglesia protestante local, donde están los asistentes a la boda del inicio y la supuesta fauna “civilizada” de la ciudad, esa que opta por la apatía, la falta de solidaridad y/ o la comodidad de sentirse “ofendidos” por el planteo, con el religioso a cargo, Mahin (Morgan Farley), optando por lavarse las manos y el alcalde del lugar, Jonas Henderson (Thomas Mitchell), cayendo en el facilismo de invitar a Will a dejar atrás Hadleyville como si fuese una solución permanente a la amenaza (la idea de evitar la confrontación inmediata, a la espera de que el arribo del nuevo alguacil al día siguiente solucione todo, trae a colación el cortoplacismo y la triste cobardía general).

 

El sustrato ético enrevesado del film se desprende tanto de este egoísmo patético popular con el que debe lidiar el protagonista, ese mismo que enmarcó a la sociedad norteamericana durante el mccarthismo y al establishment de los diversos satélites yanquis del resto del planeta, como de la contradictoria respuesta de Kane hacia esa Espada de Damocles que cuelga sobre su cabeza, en este sentido basta con considerar que a su valentía en lo que atañe al gesto de quedarse en el lugar y enfrentar un posible homicidio se contrapone su desesperación progresiva ante la ausencia de un mínimo apoyo por parte de la comunidad circundante -cómplice activa o pasiva de una caza de brujas con el rostro de Frank Miller y sus secuaces- y un miedo que asimismo va in crescendo a medida que avanza el metraje y que no se parece en nada al coraje de los héroes cristalinos del western clásico ya que pone en primer plano la vulnerabilidad del adalid principal y su faceta humana enmarañada, en todo su esplendor y complejidad. Por ello mismo A la Hora Señalada con el devenir de los años se transformaría en uno de los modelos ineludibles, junto a la también misteriosa e intrincada El Desconocido (Shane, 1953), de George Stevens, de los spaghetti westerns que inundarían el mercado cinematográfico internacional durante las décadas del 60 y 70, un enclave que le debe muchísimo al opus de Zinnemann y Foreman ya que éste cimentó a la mugre moral, el fariseísmo y la pusilanimidad como elementos centrales de un entramado ficcional que pasaba de celebrar una concepción utópica hermanada a la prosperidad y el “sueño americano” a denunciar el carácter salvaje y pancista de los ejes de la construcción nacional pública y privada, incluso con la mítica Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968), una de las varias obras maestras de Sergio Leone, citando de modo explícito a El Desconocido y A la Hora Señalada dentro de su estructura narrativa. El canibalismo oportunista, un concepto muy pegado a la película en su conjunto y al spaghetti western, calza perfecto con el fluir en tiempo real ya que el “detalle” de acompañar al personaje de Cooper en su frustrante periplo en busca de socorro permite apreciar con minuciosidad las tragicómicas reacciones de cada secundario frente al pedido de cooperación para resistir en una lucha que termina siendo del individuo contra la mafia criminal y la mudez del entorno.

 

Resulta curioso que este mensaje de fondo, vinculado a subrayar la connivencia de las elites capitalistas con la basura política de derecha que gobierna el planeta desde mediados del Siglo XX hasta el presente, venga amparado por el semblante de Gary Cooper, un actor ya veterano, amigo de John Wayne y también republicano conservador que había testificado ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses aunque sin nombrar a nadie, siendo él mismo una figura contradictoria -como su Will Kane en pantalla- que a posteriori se haría muy amigo de Foreman, insistiría con que su nombre apareciese en los créditos y hasta lo defendería en público oponiéndose con virulencia a las listas negras de Hollywood: Cooper, en esencia un colaboracionista moderado que estaba en contra de las purgas, a decir verdad nunca fue un gran intérprete pero su rostro de piedra y ajado se acopla de maravillas con una propuesta en la que la melancolía y las “últimas oportunidades” son fundamentales, algo que puede verse en el triángulo amoroso entre él, Fowler y la tremenda Helen Ramírez (Katy Jurado se roba cada secuencia en la que interviene), con la primera siendo una mujer joven homologada a un “retiro soñado” y la segunda una fémina más experimentada que simboliza el pasado agitado del alguacil porque Ramírez, además de ser la dueña de la cantina de Hadleyville, fue pareja de Miller, Kane y hasta Pell, señalando que forma parte de una existencia que Will debe dejar atrás por el cansancio de los años acumulados y por esta idiosincrasia mediocre y ultra tímida que lo rodea (de hecho, a pesar de que abandona definitivamente la ciudad en el final, es Helen quien le dice a Amy que de ser su hombre, ella se quedaría a pelear a su lado como después hace Fowler, transformándose en un apoyo crucial que garantiza la supervivencia de Kane y la muerte de los forajidos). La perfidia social nunca quedó tan desnuda como en A la Hora Señalada, un trabajo impecable desde la apertura con esa reunión de los secuaces de Miller mientras suena la excepcional canción homónima de Dimitri Tiomkin y Ned Washington, en la voz de Tex Ritter, hasta el glorioso guiño contracultural de aquel desenlace, retomado en parte en la también genial aunque de derecha Harry, el Sucio (Dirty Harry, 1971), de Don Siegel, y basado en un Will ya harto arrojando su estrella de alguacil al suelo y yéndose en silencio ante una multitud morbosa…

 

A la Hora Señalada (High Noon, Estados Unidos, 1952)

Dirección: Fred Zinnemann. Guión: Carl Foreman. Elenco: Gary Cooper, Thomas Mitchell, Lloyd Bridges, Katy Jurado, Grace Kelly, Otto Kruger, Lon Chaney Jr., Harry Morgan, Ian MacDonald, Lee Van Cleef. Producción: Stanley Kramer y Carl Foreman. Duración: 85 minutos.

Puntaje: 10