Nacional III

¿Pero a Miami van peregrinos?

Por Emiliano Fernández

Nacional III (1982), el eslabón final de la Trilogía de la Familia Leguineche de Luis García Berlanga, esa que comenzó con La Escopeta Nacional (1978) y continuó de la mano de Patrimonio Nacional (1981), es sin duda la película más rutinaria del lote porque aquí se reemplaza el único emplazamiento narrativo de la primera y el andamiaje retórico bastante caótico de la segunda con una premisa más simple aunque muy bien aprovechada vinculada a las típicas “misiones” de la comedia lunática, donde los personajes deben respetar un mandato -en este caso autoimpuesto, a pesar de que lo más común sea la orden externa- a lo largo del desarrollo cual carrera de obstáculos o quizás una retahíla de intentos fallidos. Nacional III es también la entrega más preocupada por disparar al espectador alusiones a la realidad histórica española del momento en materia de hechos específicos y procesos más prosaicos o palpables que puras abstracciones, como ocurría en los dos capítulos previos, por ello nos topamos primero con aquella Copa Mundial de Fútbol de 1982 organizada en España, donde resultó ganadora Italia y tuvieron una performance lamentable tanto la selección local como la anteriormente campeona, la de Argentina, en el contexto de la Copa Mundial de 1978 del terrorífico Proceso de Reorganización Nacional, la dictadura más cruenta que padeció el país latinoamericano, segundo con la vuelta del divorcio en 1981 durante la fase final de esta Transición hacia la Democracia (1975-1982), legislación que restituye un derecho que en sí había sido concedido en 1932 durante la Segunda República y luego derogado por la tiranía franquista, y tercero con el fugaz Golpe de Estado de 1981 de Antonio Tejero, Jaime Milans del Bosch y Alfonso Armada, la intentona reaccionaria/ neofascista más famosa del período dentro de una seguidilla de situaciones parecidas, todas de marco cívico militar, que fueron desarticuladas por el rey Juan Carlos I y el responsable del gobierno del momento, aquel Adolfo Suárez de la UCD/ Unión de Centro Democrático.

 

Sin embargo lo que se mueve por detrás de la realización -y lo que impregna cada una de sus escenas- es la futurología de Berlanga y su coguionista de cabecera, el genial Rafael Azcona, en lo que respecta a la desaparición del Estado de Bienestar y la llegada de los socialistas al poder vía las elecciones de 1982, dos factores que están interconectados: recuperando y profundizando el latiguillo fundamental de los dos opus previos, léase el miedo de la oligarquía aristocrática a una vuelta mágica de esos comunistas completamente extintos de la Guerra Civil (1936-1939), el director no sólo se burla de las clases pudientes en su conjunto sino de los fantasmas que éstas se crean porque el “monstruo” de turno de enemigo para con los poderosos demostraría no tener nada, más bien todo lo contrario ya que la friolera de los cuatro gobiernos de Felipe González (1982-1996) del PSOE/ Partido Socialista Obrero Español, uno de los polos del bipartidismo vernáculo junto con el PP/ Partido Popular, por un lado extendió derechos a la salud y la educación sobre la población y por el otro lado derrapó sin más primero en un generoso volumen de casos de corrupción, un comportamiento paradigmático de cualquier bando que se eterniza en el poder y sus prebendas, segundo en una “guerra sucia” contra ETA/ Euskadi Ta Askatasuna mediante los GAL/ Grupos Antiterroristas de Liberación, una organización parapolicial dedicada al terrorismo de Estado y financiada por el Ministerio del Interior de González que actuó en el País Vasco Francés entre 1983 y 1987, tercero en la obsesión con permanecer en la OTAN/ Organización del Tratado del Atlántico Norte, una alianza militar imperialista encabezada por Estados Unidos que había sido atacada por el PSOE antes de su llegada al gobierno, y cuarto en la desregulación del mercado laboral en un entorno nacional de recesión, lo que introdujo los denominados “contratos basura” y elevó significativamente el desempleo y la conflictividad social mediante huelgas, el descontento popular y el embate de la izquierda.

 

La propuesta comienza, precisamente, con el Golpe de Estado de 1981 de fondo, al cual el Padre Calvo (Agustín González) apoya fervientemente, y con Luis José (José Luis López Vázquez) y su criado fiel, Segundo (Luis Ciges), armando un menú folklórico -bautizado “Platoespaña”- al que pretenden patentar para vendérselo a los aficionados al fútbol que llegarán de a montones por el torneo mundial de la FIFA España 1982, mejunje que incluye un vaso de sangría, un pote de gazpacho, un turrón, unos mariscos, un plato de paella y una naranja con una cara pintada justo como esa ridícula mascota de la copa internacional, Naranjito. En esta oportunidad los Leguineche viven en un piso marginal de Madrid al que alquilan luego de que el patriarca, el Marqués alias Don José alias Pepón (Luis Escobar), malvendiese su palacio reconvertido en museo de Patrimonio Nacional y encima pusiese todo a nombre de Viti (Chus Lampreave), esposa de Segundo que se ha transformado en amante del veterano ante la indiferencia de su marido y una mujer que pretende casarse con Pepón aprovechando el regreso del divorcio, panorama que se ve revolucionado cuando llega un telegrama informando que falleció el padre de Chus (Amparo Soler Leal), con el que ella vivía en Extremadura desde que se separase cuatro años atrás de Luis José, por ello mismo este último se traslada con su padre, los dos sirvientes y el cura hasta la granja y matadero de cerdos con vistas a reingresar en su vida, reconquistarla y heredar todas las propiedades del caso, algo que logra por la vulnerabilidad de la fémina. Tiempo después la pareja reconciliada se aparece en el departamento madrileño del marqués con una valija repleta de dinero diciendo que vendieron la finca, en esencia dedicada a la fabricación artesanal de jamones, y que ahora desean trasladar los millones de pesetas a Miami a raíz de la próxima llegada de los socialistas al poder, situación que les genera pánico porque piensan que los “rojos” los perseguirán como en aquella época de la Guerra Civil Española.

 

Sirviéndose del sencillo leitmotiv narrativo de la fuga de capitales, una idea muy propia del masoquismo de los países latinos de negar lo propio y ponderar la “seguridad” que brinda un ecosistema extranjero endiosado que para colmo se desconoce por completo, Nacional III piensa la farsa de los gobiernos populistas que no lo son porque bajo una demagogia de campaña de promesas progresivas, igualitarias y/ o redistributivas se esconden las mismas recetas neoliberales de siempre que caracterizan a todo el planeta desde las décadas del 80 y 90 en adelante, algo que quedó patente en el gobierno de Suárez y que por supuesto no impide que la derecha más paranoica, la alta burguesía y la nobleza europea demacrada caigan en un pavor risible que los lleva a debatirse entre el golpismo institucional, el exilio cobardón en algún paraíso fiscal o capitalista turístico burdo, la especulación, el parasitismo exacerbado y por supuesto el reclamo de mayores ajustes y una mayor represión popular. Mediante los intentos de sacar el dinerillo de España, en un principio a través de conventos y el Padre Calvo, luego mediante un enigmático correo (Francisco Merino) con una otrora amiga/ amante de Don José oficiando de intermediaria, Paulita (María Luisa Ponte), señora que tiene una hilarante academia de cocina encabezada por un chef neurótico y grosero (Roberto Camardiel), y finalmente ocultando los billetes debajo de un yeso/ escayola que sus parientes le colocan a Luis José haciéndose pasar por un enfermo más en peregrinación anual a Lourdes, Francia, la película nos regala un mayor protagonismo de parte de Chus, ahora aparentemente embarazada, y de Viti, jefa implícita del hogar de los Leguineche por su relación con el pollerudo/ dominado de Pepón y porque su marido la abandona por una ninfa tetona con la que monta un negocio de lustrado de zapatos en topless, Emilia (Mabel Escaño), amén de la vuelta del sobrino del marqués, Álvaro (José Luis de Vilallonga), y la novedad de la aparición de su madre que lo acompaña en la casona de Biarritz, la cínica Tía Pierita (Carmen Carbonell). Incorporando además el fracaso de ese socialismo francés de François Mitterrand, otro mandatario que trepó hasta lo más alto del aparato estatal y llegó a gobernar entre 1981 y 1995, el film se ubica al mismo nivel cualitativo de Patrimonio Nacional, lo que significa que ambos están por debajo del opus insuperable del grotesco costumbrista, La Escopeta Nacional, y en parte atesora cierta esperanza en materia de lo que podría ocurrir en el desarrollo ulterior de la democracia española, el posicionamiento ante los bloques militares mundiales de turno y el mejoramiento de las condiciones de vida del pueblo, un trasfondo que -como afirmábamos con anterioridad- derivaría en un nuevo fiasco que de seguro fue parodiado en el guión de ¡Viva Rusia!, trabajo de Berlanga, su hijo Jorge, el inefable Azcona y Manuel Hidalgo que estaba destinado a ser el cuarto eslabón de la saga y que no pudo filmarse por el fallecimiento en 1991 de Escobar y debido al hecho de que el realizador optó por rodar La Vaquilla (1985), joya satírica sobre la Guerra Civil y su última obra maestra, y Moros y Cristianos (1987), odisea fallida sobre el licuamiento de la identidad nacional e individual en el capitalismo moderno de palurdos intercambiables…

 

Nacional III (España, 1982)

Dirección: Luis García Berlanga. Guión: Luis García Berlanga y Rafael Azcona. Elenco: Luis Escobar, José Luis López Vázquez, Amparo Soler Leal, Luis Ciges, María Luisa Ponte, Agustín González, José Luis de Vilallonga, Chus Lampreave, Carmen Carbonell, Mabel Escaño. Producción: Alfredo Matas y Helena Matas. Duración: 104 minutos.

Puntaje: 9