Velvet Goldmine

Perros de diamante

Por Emiliano Fernández

Que el cine conservador y poco imaginativo de las últimas décadas haya producido una película como Velvet Goldmine (1998) constituye una gloriosa anomalía que amerita un rescate y celebración: el opus de Todd Haynes es una ópera rock a lo Ken Russell, opus que se sirve de determinados arquetipos históricos, ideológicos y temáticos correspondientes a las carreras de un puñado de artistas para exacerbarlos a gusto y edificar una torre de marfil cinematográfica cercana a lo que sería una típica fábula de inocencia y corrupción, ascenso y caída, cordura y demencia, autonomía y sometimiento grotesco, amor y odio, fascinación y desencanto, éxtasis y depresión. Para comprender al film hay que entender a la figura que lo atraviesa, el excepcional David Bowie (1947-2016), cuya carrera comenzó con un álbum de lo más bizarro, David Bowie (1967), una mezcla de pop barroco y elementos lisérgicos y de music hall, y un segundo disco ya mucho más interesante, Space Oddity (1969), cargado de una suerte de folk espacial con chispazos de psicodelia. Luego de un gran clásico del rock progresivo y el rock pesado, The Man Who Sold the World (1970), y de una maravilla del art rock kitsch tracción a piano, Hunky Dory (1971), el señor arranca con todo su fase glam -insinuada en las placas previas- cuando forma su banda soporte, The Spiders from Mars, integrada en un principio por Mick Ronson en guitarra, Trevor Bolder en bajo y Mick Woodmansey en batería, con quienes grabaría las obras maestras The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972) y Aladdin Sane (1973) y un simpático disco de covers con joyas varias del rock y el pop de la década del 60, Pin Ups (1973). El sustrato proto punk de las faenas con The Spiders from Mars, basadas en el personaje del alienígena bisexual Ziggy Stardust, un mesías en una coyuntura apocalíptica que terminaba siendo víctima del rock and roll y de su propia fama, deriva en un álbum de transición bastante singular, Diamond Dogs (1974), intentona de adaptación musical de 1984 (1949), de George Orwell, que se vio frustrada por la negativa de la viuda del escritor a concederle los derechos a Bowie, generando de sopetón otra majestuosa odisea de elegancia decadente en la que empezó a coquetear con el soul y hasta la música disco en boga en aquel período.

 

El denominado “plastic soul” a porteriori hegemonizaría tanto Young Americans (1975), un trabajo muy cercano al rhythm and blues y a Phil Spector, como Station to Station (1976), éste ya más hermanado a ese funk algo robótico de impronta altisonante y melodramática que terminaría de explotar en la Trilogía Berlinesa que el artista encararía con el productor Tony Visconti y el cocompositor y tecladista/ encargado de los sintetizadores Brian Eno, hablamos de las obras magnas Low (1977), Heroes (1977) y Lodger (1979), epopeyas de una inventiva mayúscula en las que el señor seguiría aprovechando al adalid escénico introducido en ocasión de Station to Station, aquel Thin White Duke empardado a su personaje de El Hombre que Cayó a la Tierra (The Man Who Fell to Earth, 1976), y en las que dominarían el pop vanguardista, la proto electrónica, el krautrock y el ambient más ominoso. La new wave de las postrimerías de los 70 y comienzos de los 80 aparece en el último y legendario disco de la etapa inicial, Scary Monsters (and Super Creeps) (1980), y explota hacia el pop masivo de Let’s Dance (1983), álbum producido por Nile Rodgers, de Chic, y más orientado a un sonido dance que lo llevaría a salir del Reino Unido y a hacerse famoso a lo largo y ancho del globo de la mano de hits imbatibles como Modern Love, China Girl y la canción que le da el título al disco. En esencia Let’s Dance forma parte de una trilogía de trabajos de Bowie al servicio del mainstream ochentoso de ecos recargados y baterías poperas programadas para la pista de baile, que se completa con el flojo Tonight (1984) y el más digno Never Let Me Down (1987) y se condice con el desinterés del señor en esos años en relación a la música y con su clara pasión compensatoria por la actuación, formando parte de clásicos más o menos enajenados de la talla de Christiane F. (Christiane F.: Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, 1981), El Ansia (The Hunger, 1983), Furyo (Merry Christmas, Mr. Lawrence, 1983), Fuga al Amanecer (Into the Night, 1985), Principiantes (Absolute Beginners, 1986), Laberinto (Labyrinth, 1986), El Incidente Linguini (The Linguini Incident, 1991) y Twin Peaks: Fuego Camina Conmigo (Twin Peaks: Fire Walk with Me, 1992), correlato en la pantalla grande de la serie de David Lynch y Mark Frost.

 

Haynes en Velvet Goldmine cubre de manera abstracta todo este período y lo complementa vía las colaboraciones del británico con Lou Reed para el muy exitoso Transformer (1972), peleas de por medio por el carácter violento del ex líder de The Velvet Underground, y con Iggy Pop, amigo personal de David y dúo que concibió los extraordinarios The Idiot (1977) y Lust for Life (1977), amén de Bowie haber producido el hiper popero Blah-Blah-Blah (1986) y el tercer y último disco de la etapa inicial de The Stooges, liderados por Pop, el genial Raw Power (1973). Centrándose en un disparador cercano a la investigación de El Ciudadano (Citizen Kane, 1941) y optando por recuperar parte de la efervescencia visual/ erótica/ sensorial del querido Ken Russell de La Otra Cara del Amor (The Music Lovers, 1971), El Novio (The Boy Friend, 1971), Mahler (1974), Tommy (1975) y Lisztomania (1975), el director y guionista establece como catalizador retórico la pesquisa que encara en la Nueva York de 1984 un periodista inglés homosexual que en su momento fue fanático del glam rock londinense y ahora trabaja para el periódico New York Herald, Arthur Stuart (Christian Bale), a quien se le asigna averiguar qué fue de la vida de una estrella de rock que aparentemente se retiró luego de fingir su propia muerte una década atrás, Brian Slade (Jonathan Rhys Meyers), el cual hizo que un hombre del público le disparase estando arriba del escenario. Stuart primero entrevista al primer manager del artista, Cecil (Michael Feast), y luego a su ex esposa, Mandy Slade (Toni Collette), y así surge la historia de un Brian de comienzos humildes que quedó fascinado con un rockero andrógino primigenio llamado Jack Fairy (Micko Westmoreland) y que eventualmente crea un álter ego espacial para actuar, Maxwell Demon, a su vez inspirado en el salvaje frontman de una influyente banda garage, The Rats, Curt Wild (Ewan McGregor). Desde ya que la fama, las drogas, el poder, la promiscuidad, el dinero y un ego ultra inflado llevan a Slade a comportamientos autodestructivos dentro de una espiral paulatina hacia un mainstream lavado que va desde contratar a un flamante manager, Jerry Devine (Eddie Izzard), a transformarse con el tiempo en un ídolo pop ochentoso, el muy popular Tommy Stone (Alastair G. Cumming).

 

Bowie, ni lento ni perezoso, descubrió durante la preproducción que el guión estaba basado en dos biografías para nada autorizadas, Stardust: The David Bowie Story (1986), del periodista Henry Edwards y el ex manager Tony Zanetta, y Backstage Passes: Life on the Wild Side with David Bowie (1994), de la ex esposa Angela Bowie, y por lo tanto amenazó con iniciarle un juicio a Haynes y a los productores de la película a menos que reescribieran el asunto, lo que generó primero que ni una sola canción de David haya quedado en el film y segundo que algunos aspectos del protagonista Slade estén inspirados en Bruce Wayne Campbell alias Jobriath, Marc Bolan de T. Rex, Norman Carl Odam alias Legendary Stardust Cowboy, Bryan Ferry de Roxy Music y hasta en el impresentable de Paul Francis Gadd alias Gary Glitter, sin embargo el grueso de la trama y de la idiosincrasia del señor continúa correspondiéndose a los rasgos y el devenir histórico de Bowie: en este sentido, se nota mucho que Haynes “se vengó” del eje de su proyecto, por el detalle de no permitirle usar sus canciones y obligarlo a reescribir la propuesta, echando mano del virulento ardid del desdoblamiento de personalidad de Brian entre Maxwell Demon (ambos interpretados por Meyers), la faceta glam del artista, Jack Fairy, algo así como la dimensión bisexual primitiva, y el irreconocible Tommy Stone, exégesis masiva de ese mega éxito planetario de Let’s Dance y más allá que parece negar el shock disruptivo social/ musical previo; algo que el director tomó de Ese Oscuro Objeto del Deseo (Cet Obscur Objet du Désir, 1977), convite en el que Luis Buñuel utilizó a dos actrices para interpretar al personaje de Conchita, Carole Bouquet y Ángela Molina, y que luego el propio Haynes recuperaría y ampliaría para I’m Not There (2007), estupendo film centrado en Bob Dylan y sus diversas facetas artísticas y personales, representadas a su vez por Christian Bale, Heath Ledger, Cate Blanchett, Richard Gere, Marcus Carl Franklin y Ben Whishaw. En lo que atañe a esta rencilla tácita, el realizador es lo suficientemente inteligente como para no comprometer a la película en su conjunto y por ello maquilla su sutil revancha contra Bowie a través de la decadencia en simultáneo del gran testigo de las miserias del estrellato, el periodista Stuart.

 

Precisamente es la mirada del personaje de Bale la que permite exorcizar los fantasmas de un Slade ególatra y solitario que se aleja de Fairy (en pantalla éste se mueve como un ser independiente con respecto a Brian pero también simboliza a Slade/ Bowie ya que Mandy/ Angela le aclara a Arthur que Jack grabó con Wild/ Pop en Berlín, referencia a The Idiot y Lust for Life y a la colaboración de Iggy en What in the World del Low) y se acerca a Stone en una metamorfosis que le da la espalda a los primeros admiradores en pos de salir por fin del gueto del rock y aspirar a más en términos de llegada popular (aquí juega en primer plano la eterna acusación del ámbito del rock por parte de los fans veteranos en materia de “venderse” cuando el artista en cuestión alcanza determinado margen de difusión entre ese público general que no suele consumir la cultura marginal y por cierto desconoce de lleno las primeras fases de la carrera del susodicho, muchas veces descubriéndolas de manera retrospectiva y así motivando una revaloración tardía de tal o cual disco o de esta o aquella película que en un primer momento fueron ninguneados o quizás malinterpretados). Entre citas varias al inconformismo literario de Oscar Wilde y Jean Genet, inspiración este último de Poison (1991), también de Haynes, Mandy asimismo pasa de la euforia creativa inicial de la moda, el sexo, las drogas y la música a la alienación posterior aunque sin llegar al subibaja del heroinómano Curt, el cual es rescatado del olvido por Brian -luego de la separación de The Rats/ The Stooges- y después termina cayendo de nuevo en el delicioso reviente rockero contracultural, figura que en la trama se acuesta con Arthur, ayudándolo a “salir del clóset”, y que retoma la estampa de Pop y le agrega detalles de los derroteros de Reed y Kurt Cobain, de Nirvana. La imaginación de la fotografía de Maryse Alberti, el diseño de producción de Christopher Hobbs, el vestuario de Sandy Powell y la dirección de arte de Andrew Munro se complementan de maravillas con la puesta en escena entre freak, surrealista y bien prosaica del director, quien recurre a ingredientes del videoclip y a la exuberancia delirante de Ken Russell aunque sin jamás caer en esos musicales berretas a lo Baz Luhrmann, muy deudores del lenguaje publicitario televisivo más vacuo y grasiento.

 

Otro eje sin duda fundamental de la propuesta es el soundtrack, en el que participó gente como Bernard Butler de Suede, Thom Yorke y Jonny Greenwood de Radiohead, Donna Matthews de Elastica, Andy Mackay de Roxy Music, Thurston Moore y Steve Shelley de Sonic Youth, Ron Asheton de The Stooges, Mike Watt de Minutemen y Mark Arm de Mudhoney, amén de colaboraciones de Pulp, Shudder to Think, Placebo y Grant Lee Buffalo y la creación de dos supergrupos para el film, Wylde Ratttz de Curt Wild y The Venus in Furs de Brian Slade, reemplazo de The Spiders from Mars y alusión explícita a un famoso tema de The Velvet Underground & Nico (1967) inspirado a su vez en La Venus de las Pieles (Venus im Pelz, 1870), la célebre novela de Leopold von Sacher-Masoch que originó el término “masoquismo”. Ahora bien, resulta evidente que la decisión de Bowie de no permitir la utilización de sus canciones de Space Oddity, The Man Who Sold the World, Hunky Dory, los años de Ziggy Stardust y Diamond Dogs mató en gran medida al retro encanto del glam y el proto punk del período que retrata el film con tanto cariño agridulce, asimismo filtrados por el britpop y el indie noventosos, no obstante Haynes hace todo lo posible para compensar el faltante a través de clásicos del acervo de Pop como Gimme Danger y T.V. Eye, infaltables de Bolan y T. Rex en línea con 20th Century Boy, Cosmic Dancer y Diamond Meadows, alguna que otra joya de Reed como Satellite of Love y de los New York Dolls como Personality Crisis, proezas de Brian Eno en sintonía con Needles in the Camel’s Eye, Dead Finks Don’t Talk, Baby’s on Fire y The Fat Lady of Limbourg, y en especial diversos temas de Roxy Music, pensemos en la importancia narrativa de Virginia Plain, Bitters End, 2HB, Bitter-Sweet y Ladytron. Velvet Goldmine, cuyo título remite a un descarte de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars y uno de los mejores lados B de la historia del rock, editado por primera vez en un maxi-single de 1975 de Bowie que incluía además a Space Oddity y Changes, en última instancia funciona como un paneo ensoñado y esplendoroso por estos “perros de diamante” de la elegancia y por los cambios profesionales, ideológicos e individuales de cada mortal, desde el artista que sueña con la masividad a contrapelo de la ortodoxia de su público sectario hasta el fan/ periodista/ intelectual que ve licuarse sus utopías de antaño y observa con melancolía el surgimiento de la rutina y de la mediocridad de la vida adulta en lo que otrora fuera bandera de rebeldía. Haynes ofrece una interpretación bien fatalista e irónica del recordado Farewell Speech del amigo David -antes de encarar Rock ‘n’ Roll Suicide– en el determinante show del 3 de julio de 1973 en el Hammersmith Odeon de Londres, actuación registrada para la posteridad por D.A. Pennebaker en la concert movie Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1979), donde afirmó que la presente sería la última performance de The Spiders from Mars y del mismo personaje de Ziggy Stardust, lo que generó en su momento una verdadera histeria de especulaciones cruzadas que iban desde el retiro definitivo de la música por parte de Bowie hasta un posible suicidio por desencanto progresivo en torno al mundo del espectáculo, en ojos y oídos del magnífico cineasta norteamericano un punto de inflexión para la algarabía gay de los primeros tiempos y un mojón para el nacimiento de una madurez ya definitiva…

 

Velvet Goldmine (Reino Unido/ Estados Unidos, 1998)

Dirección y Guión: Todd Haynes. Elenco: Jonathan Rhys Meyers, Ewan McGregor, Christian Bale, Toni Collette, Eddie Izzard, Michael Feast, Micko Westmoreland, Alastair G. Cumming, Emily Woof, Janet McTeer. Producción: Christine Vachon, Michael Stipe, Olivia Stewart y Christopher Ball. Duración: 118 minutos.

Puntaje: 10