Autocine sin Salida (Dead End Drive-In)

Pesadillas del punitivismo posmoderno

Por Emiliano Fernández

El director Brian Trenchard-Smith, nacido en el Reino Unido pero con una extensa carrera desarrollada en Australia y Estados Unidos, constituye un buen ejemplo de las fortalezas del cine exploitation de las décadas del 70 y 80, especialmente su imaginación y valentía en materia del gore y las provocaciones varias, y también de sus debilidades al momento de defenderse en serio o tener que adaptarse a los cambios operados en la industria del cine desde los 90 en adelante, cuando Hollywood de a poco no sólo dejó de apoyar con acuerdos de distribución al indie y las cinematografías nacionales/ alternativas sino que incluso se propuso eliminarlas como competencia en los albores de la globalización o fin de la Guerra Fría. Después de una fase iniciática consagrada a la realización de trailers, documentales y especiales de televisión como Los Dobles de Riesgo (The Stuntmen, 1973), El Mundo del Kung Fu (The World of Kung Fu, 1973), Asesinos del Kung Fu (Kung Fu Killers, 1974) y La Epidemia del Amor (The Love Epidemic, 1975), en suma obsesionándose con ese campo de los dobles del cine al que volvería en ocasión de Fanáticos del Peligro (Dangerfreaks, 1987), el señor encara sus primeras epopeyas ficcionales de la mano de El Hombre de Hong Kong (The Man from Hong Kong, 1975), Los Temerarios (Deathcheaters, 1976), Stunt Rock (1978) y El Día de los Asesinos (Day of the Assassin, 1979), esta última dirigida junto a Carlos Vasallo y las tres primeras con alguna participación de Grant Page, precisamente un artesano de las escenas riesgosas que conoció en sus comienzos profesionales. Ya en este grupito de obras es posible identificar el fluir errático que marcará su carrera a futuro porque Los Temerarios y El Día de los Asesinos son propuestas muy flojas en comparación con mega clásicos del ozploitation -o cine de explotación australiano- más delirante como El Hombre de Hong Kong, cruza entre odisea de artes marciales y espionaje modelo James Bond/ 007, y Stunt Rock, mixtura extraña entre musical y el cine de acción a toda pompa.

 

Sin duda el verdadero período de gloria de Trenchard-Smith es el inmediatamente posterior al prólogo de los 70, una etapa que también cuenta con sus propuestas olvidables, en línea con el melodrama Jenny me Besó (Jenny Kissed Me, 1985), el opus de horror Fuera del Cuerpo (Out of the Body, 1989) y el mamarracho de artes marciales El Día de la Pantera (Day of the Panther, 1988) más su secuela El Golpe de la Pantera (Strike of the Panther, 1988), y con un puñado de joyas del acervo trash de la época de la talla de Tiro al Pavo (Turkey Shoot, 1982), amalgama imposible de ciencia ficción distópica, película bélica y el gore desquiciado del cine de terror, Los Bicivoladores (BMX Bandits, 1983), típica comedia familiar de los 80 que significó el primer trabajo de importancia de una jovencita Nicole Kidman, El Misterio de la Laguna (Frog Dreaming, 1986), faena de aventuras para niños símil Los Goonies (The Goonies, 1985), de Richard Donner, Autocine sin Salida (Dead End Drive-In, 1986), regreso a la coyuntura distópica de Tiro al Pavo aunque ahora apelando a la sutileza y parodiando la abulia consumista de los 80 con la comida y cultura basura a la cabeza, y El Asedio de la Base Gloria (The Siege of Firebase Gloria, 1988), sorprendente intento de “gesta seria” sobre la Guerra de Vietnam que resultaba muy entretenido y hasta ofrecía un retrato humanista de los asiáticos. Sin embargo es Autocine sin Salida, también conocida como Campo de Exterminio, la mejor obra de Trenchard-Smith por la madurez expresiva/ retórica de fondo y su carácter de cuasi película de autor que engloba rasgos de siempre como un relato a priori naif de trasfondo político, escenas de acción muy buenas, personajes y diálogos surrealistas, una edición prolija en términos generales, despropósitos narrativos pasajeros, actuaciones de lo más esperpénticas y un humor negro orientado a la sátira y el comentario social iconoclasta, amén de la costumbre insistente del amigo Brian de mantenerse fiel al ideario del bajo presupuesto y la Clase B combinando varios géneros.

 

Ambientada en un contexto mundial espantoso apuntalado en la inflación, el desempleo, la contaminación del medio ambiente, la ola de saqueos y crímenes, los accidentes nucleares, la hambruna, la quiebra financiera y los alzamientos contra toda la oligarquía capitalista, su represión militar/ policial y sobre todo la herramienta fascistoide repetida del estado de sitio y los superpoderes gubernamentales, la historia se centra en Jimmy “Crabs” Rossini (Ned Manning), un muchacho adepto al fitness que trabaja repartiendo pasteles de tetas enormes, está enamorado de Carmen Marie Nicholson (Natalie McCurry), una chica de look dark, y vive junto a su madre (Bernadette Foster) y su hermano mayor, Frank (Ollie Hall), quien tiene una camioneta con la que remolca los automóviles accidentados -mucho alcohol de por medio- ya que aquí los vehículos se transformaron en una mercancía muy preciada debido a la falta de repuestos y de unidades nuevas, por ello la policía se deja sobornar ante cuentapropistas/ revendedores como Frank que se pelean entre ellos y con unas pandillas que también rapiñan entre los muertos bautizadas “carboys”, además del morbo del caso vía cronistas amarillistas de TV como Roger McManus (Ron Sinclair). Una noche Jimmy toma el coche vintage de su hermano, un Chevy del 56, para llevar a Carmen al autocine Star, un lugar del que no podrán salir porque Crabs se define como desempleado ante el propietario, Thompson (Peter Whitford), para pagar una entrada de menor valor. Como las calles no se pueden recorrer a pie por ley y la valla que rodea el predio está electrificada, Rossini debe quedarse en el autocine de manera permanente ya que unos policías le roban dos ruedas, así acepta los cupones de comida para el snack bar que le brinda Thompson y con los días ve descender a Nicholson hacia el marasmo del resto de los púberes -y no tanto- que habitan en este campo de concentración bizarro, muchos de los cuales están allí por decisión propia por la falta de comida, trabajo y perspectivas de futuro de la sociedad totalitaria australiana.

 

La estructura narrativa de Autocine sin Salida es algo curiosa porque le escapa al dominó de acción descocada del exploitation y de este mismo Trenchard-Smith, pensemos que la película nos regala una introducción que parece insinuar una cruza literal entre Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera (Mad Max 2: The Road Warrior, 1981), de George Miller, y Escape de Nueva York (Escape from New York, 1981), de John Carpenter, sin embargo el asunto progresivamente deriva en lo que sería una versión post punk o new wave irónica de El Señor de las Moscas (Lord of the Flies, 1963), de Peter Brook, esquema que tiene que ver con la noción de fondo del director de pegarle al neoliberalismo represor/ castrador/ conservador/ oscurantista de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y sus múltiples clones alrededor del globo y a la estupidización de la otrora revolucionaria juventud, en pantalla de hecho lobotomizada mediante toneladas de hamburguesas, drogas, bebidas espirituosas, música pop hueca y clásicos del cine chatarra local como Instantánea Siniestra (Snapshot, 1979), de Simon Wincer, En Busca del Avión Perdido (Race for the Yankee Zephyr, 1981), de David Hemmings, y las propias El Hombre de Hong Kong y Tiro al Pavo. El guión de Peter Smalley, reescrito sin acreditar por el realizador, por un lado está basado muy a lo lejos en Crabs (1974), un cuento corto de Peter Carey, artífice de Espérame en el Infierno (Bliss, 1985), de Ray Lawrence, Hasta el Fin del Mundo (Bis ans Ende der Welt, 1991), de Wim Wenders, Oscar & Lucinda (1997), de Gillian Armstrong, y La Verdadera Historia de la Pandilla Kelly (True History of the Kelly Gang, 2019), de Justin Kurzel, y por el otro lado apuesta por un quietismo orientado al desarrollo de personajes que resulta raro de parte de Trenchard-Smith, como decíamos antes todo un experto en la efervescencia eterna que hoy se deja llevar por las pocas acciones de Jimmy antes de la fuga final, como luchar con abusones o hurtar combustible y unas ruedas antes de que le roben a él el motor del Chevy.

 

Resulta bien lamentable que Autocine sin Salida, junto con El Asedio de la Base Gloria y la primera película por encargo de la fase posterior símil “esclavo” de Hollywood, la divertida comedia de horror La Noche de los Demonios 2 (Night of the Demons 2, 1994), forme parte de lo último potable de Trenchard-Smith, eventualmente fagocitado por el sustrato anodino e intercambiable de yanquilandia primero a través de un popurrí de viejos directos a video y algunas propuestas todavía estrenadas en salas, como Leprechaun 3 (1995), Leprechaun 4: En el Espacio (Leprechaun 4: In Space, 1996), Megido: El Código Omega 2 (Megiddo: The Omega Code 2, 2001), En su Línea de Fuego (In Her Line of Fire, 2006), Porky’s IV (Porky’s IV: Pimpin’ Pee Wee, 2009), Tempestad Ártica (Arctic Blast, 2010), El Engaño (Absolute Deception, 2013) y Fuga al Límite (Drive Hard, 2014), y segundo mediante un pelotón de bodrios para televisión verdaderamente apestosos, en sintonía con Desmentida Oficial (Official Denial, 1993), Cláusula de Escape (Escape Clause, 1996), Cometa del Fin del Mundo (Doomsday Rock, 1997), Perro Atómico (Atomic Dog, 1998), Viaje del Terror (Voyage of Terror, 1998), Britannic (2000), Segundos de Sobra (Seconds to Spare, 2002), Avistamientos: El Fantasma de Heartland (Sightings: Heartland Ghost, 2002), El Virus del Paraíso (The Paradise Virus, 2003), Washington D.C., 11 de Septiembre: Tiempo de Crisis (DC 9/11: Time of Crisis, 2003), Mareas de Guerra (Tides of War, 2005), El Hijo Perdido (Long Lost Son, 2006), Tiranosaurio Azteca (Tyrannosaurus Azteca, 2007) y La Cabaña (The Cabin, 2011), destacándose sólo las relativamente dignas Sahara (1995), faena bélica con Jim Belushi, y El Asesino de la Cara Feliz (Happy Face Murders, 1999), aquel thriller con Ann-Margret y ese Henry Thomas de El Misterio de la Laguna. Con citas adicionales a Fuga al Amanecer (Into the Night, 1985), de John Landis, y Rambo II (Rambo: First Blood Part II, 1985), de George P. Cosmatos, la película puede no ser perfecta porque es un poco light para el nivel lunático del ozploitation de culto, a veces no cuenta con la profundidad necesaria para la parodia que propone y le falta algún villano de peso más allá del cómplice raquítico del poder, Thompson, y los policías coimeros del montón, no obstante se luce en lo que atañe al empleo del inesperado artilugio retórico del tercer acto, cuando llegan los contingentes de refugiados asiáticos y la fauna caucásica juvenil derrapa en homólogos del Ku Klux Klan, por ello semejante nostalgia cultural por el autocine -en decadencia o franca desaparición durante la década del 80- en el film se transforma en una pesadilla minimalista del punitivismo posmoderno y del conformismo hermanado a la xenofobia, el racismo, la necedad, la corrupción, el atontamiento popular, la desinformación, la avaricia capitalista, la desesperanza, la autovigilancia y la simple cobardía, este último un detalle resumido en la huida solitaria del protagonista, el rechazo de su novia a acompañarlo y el miedo patético general de los adolescentes al enfrentamiento con los esbirros de la ley, justo cuando todos estaban en un mitin en el snack bar discutiendo un próximo pogromo contra los asiáticos. A través del choque entre apatía/ mansedumbre mayoritaria, represión por parte del gobierno central -siempre tendiente a demonizar a los indeseables o “desviados” que se apartan del camino estándar, como en Tiro al Pavo– y esta voz individual del correcto Manning que se opone a un aislamiento con tufillo de asesinato masivo futuro símil Holocausto, el opus de Trenchard-Smith, su más famoso en nuestro Siglo XXI y el favorito del fan inclaudicable Quentin Tarantino, es un buen retrato de la marginalidad adormecida a instancias de unas cúpulas parasitarias que consiguen plantar en las cabezas de sus rehenes una insensibilidad de marco nihilista negativo, tan indiferente ante el dolor ajeno como destructiva y pueril sin que jamás surja la idea de crear algo que reemplace aquello que tanto se odia o se niega…

 

Autocine sin Salida (Dead End Drive-In, Australia, 1986)

Dirección: Brian Trenchard-Smith. Guión: Peter Smalley. Elenco: Ned Manning, Natalie McCurry, Peter Whitford, Wilbur Wilde, Dave Gibson, Sandie Lillingston, Ollie Hall, Lyn Collingwood, Ron Sinclair, Bernadette Foster. Producción: Andrew Williams. Duración: 87 minutos.

Puntaje: 9