Trilogía de los Niños de Jack Clayton

Pesadillas góticas del desarrollo

Por Emiliano Fernández

El británico Jack Clayton fue uno de los directores más meticulosos, sensatos, parejos a nivel cualitativo y menos prolíficos de la segunda mitad del Siglo XX, un señor que comenzó desempeñándose como asistente de dirección en las décadas del 30 y 40 y luego se volcó al rol de productor durante los 50 -trabajando especialmente para el inmenso John Huston- hasta finalmente transformarse en director a fines de esa década y entregar apenas siete largometrajes en sus últimos -y fundamentales- 30 años de carrera. Se podría decir con gran seguridad que entre la fauna advenediza de la cinefilia de cotillón sólo se lo recuerda por haber dirigido The Innocents (1961), definitivamente su obra cumbre, y The Great Gatsby (1974), quizás su trabajo menos atractivo y aún así la mejor adaptación a la fecha de la mítica novela de 1925 de F. Scott Fitzgerald, con guión del mejor Francis Ford Coppola y la presencia de Robert Redford en el rol titular. En otro de esos casos de un olvido más perezoso que “conveniente” o intencional de la historia del cine, lo cierto es que los otros films del inglés, un especialista en rechazar trabajos que no sentía propios o abandonarlos cuando la eterna bicicleta burocrática/ caprichosa de los estudios o los productores no respondía en tiempo y forma, son muy buenos de por sí y funcionan a la perfección dentro de la idiosincrasia estándar del director de jamás repetirse; así pasaron Room at the Top (1959), The Pumpkin Eater (1964), Our Mother’s House (1967), Something Wicked This Way Comes (1983) y The Lonely Passion of Judith Hearne (1987), todos exponentes de la labor detallista y porfiada de un profesional que se tomaba muy en serio su trayectoria y que la llevaba hasta las últimas consecuencias en materia del armado macro de sus opus. Sin embargo las propuestas más admirables y congruentes de Clayton pueden ser agrupadas en un tríptico específico centrado en la temática del contradictorio crecimiento infantil y cierto sustrato de ocultismo supraterreno que adquiere la forma de un dispositivo intra relato orientado a reforzar/ explorar la dinámica que deben atravesar los niños y los adultos en las películas en cuestión -léase The Innocents, Our Mother’s House y Something Wicked This Way Comes– para intentar sobrellevar los obstáculos materiales y psicológicos que se les presentan en el devenir diario, cortesía de personajes desdeñables que hacen del poder acumulado una herramienta para la influencia, la manipulación, el tormento, los delirios ególatras y la consecución de dinero, placer y/ o un nuevo y elevado escalafón de autoridad social. En este trío de pesadillas góticas del desarrollo vital encontraremos una concepción de la juventud que por suerte poco y nada tiene del burdo maniqueísmo del Hollywood de ayer y hoy, ya que el horizonte de las películas pasa por retratar en toda su complejidad, paradojas e imprecisiones el camino del crecer humano hacia la incorporación en aquella comunidad en la que nos haya tocado nacer, jugando asimismo con las particularidades e intereses de cada pichón de bípedo en formación y el rol de unos mayores que casi siempre terminan poniendo al descubierto -de una forma u otra- su hipocresía, miserias, locura, arrepentimientos, embrollo existencial y compulsiones cotidianas, un para nada simpático ajuar psicológico que suele ir a parar a sus vástagos de manera progresiva, esos chiquillos que están condenados a recibir la educación sentimental/ cultural que su coyuntura tenga para ofrecerles. Es en el ida y vuelta de este diálogo, entre adultos individualistas aunque tácitamente atolondrados y una niñez que no debe ser homologada a candidez o simple inocencia bobalicona, que se articula el núcleo ideológico de la que podemos definir como la Trilogía de los Niños, films que indudablemente se ubican entre lo mejor que haya entregado el mainstream anglosajón en lo referido a un análisis enriquecido y de múltiples lecturas acerca del trecho que nos separa de los psicópatas mundanos del capitalismo, por un lado, y acerca de la evolución identitaria de los sujetos en tanto sucesión de fases de la vida en donde -como se verá- hay rasgos compartidos a nivel general pero suelen dominar características singulares que son producto del entorno inmediato eventual, por otro lado.

 

 

The Innocents (1961):

 

Mucho más que sobre un proceso de crecimiento y/ o de corrupción sistemática -depende de la perspectiva- a manos de una difusa figura de autoridad con rasgos psicopáticos y un hambre un tanto desmedida por el sufrimiento ajeno, The Innocents (1961) trata acerca de los coletazos de dicho estado de cosas en la mente de un grupo de diversos personajes, lo que desde ya asimismo pone en primer plano el sustrato neurótico autodestructivo del ser humano y el hecho de que suele extraer placer de la violencia, tanto de la ejercida contra otros como de la que esos terceros le dedican al sujeto en cuestión. La gran obra maestra de Clayton está basada en The Turn of the Screw (1898), el majestuoso relato de terror de Henry James, y en The Innocents (1950), una puesta teatral de William Archibald también inspirada en el enclave literario: el guión del propio Archibald y el inmenso Truman Capote -con la colaboración adicional de John Mortimer- respeta en gran medida ambas fuentes pero cuenta con una entidad propia de neto corte cinematográfico basada en la ambigüedad del planteo conceptual de base, la riqueza de la fotografía de Freddie Francis, el excelente desempeño del editor Jim Clark y el mismo enfoque perfeccionista en general de Clayton para con el material, dejando siempre que la paciencia narrativa, la claustrofobia y la meticulosidad sean sus aliados fundamentales a nivel formal. Deborah Kerr, en el que podemos definir como el mejor trabajo de su carrera, compone a la Señorita Giddens, una institutriz que consigue su primer trabajo de importancia a mediados del Siglo XIX en la Inglaterra victoriana cuidando a dos hermanos pequeños, los huérfanos Miles (Martin Stephens) y Flora (Pamela Franklin), quienes están a cargo de su tío (Michael Redgrave), un diletante del hedonismo capitalista que prefiere la agitada vida citadina antes que hacerse responsable de los purretes y sus necesidades, precisamente por ello los mantiene en Bly, su gigantesca finca/ mansión de las afueras de Londres. Siendo ella hija de un clérigo de una zona rural y definiéndose como una amante irrestricta de los niños, Giddens de a poco comienza a alarmarse por una serie de detalles que hacen al mundo paralelo -y en apariencia tétrico- que han construido Miles y Flora por fuera de lo que pueden percibir los adultos que los rodean, empezando por la reciente expulsión del nene del colegio por ser una “mala influencia” para los demás jóvenes, pasando por los silencios convenientes y los secretos que mantienen entre ellos apuntalados en el arte del murmullo, y finalizando con Miles ahorcando desde atrás a su institutriz, mientras jugaban a las escondidas, y luego efectivamente rompiéndole el cuello a una paloma, cuyo cadáver guarda en su cama, debajo de la almohada. Para colmo la susceptible Giddens se la pasa viendo a un par de fantasmas que merodean los alrededores del caserón, y por boca de la ama de llaves, la Señora Grose (Megs Jenkins), descubre que los susodichos eran una pareja de amantes que vivían en la propiedad, la Señorita Jessel (Clytie Jessop), la profesora previa de los pequeños, y el tremendo Peter Quint (Peter Wyngarde), nada menos que el mayordomo y “cabeza” del lugar, aparentemente un hombre cruel e irrefrenable que gustaba de beber y que humillaba todo el tiempo a Jessel, con la que tenía una relación de naturaleza sadomasoquista sustentada en el control absoluto de la sumisa mujer. Proponiéndose una cruzada en pos de salvar a los niños de lo que considera el yugo de estas dos almas corruptoras, al punto de afirmar que Quint está tomando posesión de Miles y Jessel de Flora con vistas a reencarnar y seguir con su lujuria, Giddens juzga que la paz sólo puede ser restablecida en Bly con los purretes reconociendo el dominio que los espectros tienen sobre ellos, ya que la impronta maquiavélica de Quint -quien murió por una herida en su cabeza producto de una caída por una borrachera- se extendió tanto a los niños y Jessel -la cual se suicidó ahogándose en un lago cercano a raíz del dolor que le provocó la muerte del mayordomo- como a la propia Grose, una veterana que le temía a Quint a la vez que le resultaba fascinante en su sutil perversidad. Finalmente la protagonista, toda una histérica y reprimida sexual que tiene pesadillas sobre el tema, lee el asunto en términos de la culpa cristiana y se impone como una salvadora tracción a buenas intenciones, decide enviar a Flora y Grose con el tío, sobre todo por un ataque de furia y vulgaridades de la nena por haberla confrontado con el fantasma de Jessel, para así después quedarse sola con Miles y hacer lo mismo con esa “sombra” mucho más poderosa de Quint, lo que desemboca en el fallecimiento del joven justo en el instante en el que por fin pronuncia el nombre de su amo/ ídolo desde el más allá; doble derrota práctica para Giddens ya que no sólo no logra salvar a su pupilo sino que al percatarse de su muerte, lo besa en sus labios cayendo ella misma en la telaraña erótica de un Quint homologado a una pasión carnal que trató en vano de evitar y que por cierto pasa a estar simbolizada en ese pequeño convertido en el mayordomo mujeriego, violento y manipulador. Los éxitos de la película van más allá del clásico dilema entre la realidad concreta o la imaginación de la adalid femenina, entre si lo que vemos está sucediendo o es simplemente el subproducto de un intelecto tan insidioso y febril en su perniciosidad/ aberración como el de los hipotéticos hermanos malignos, debido a que la trama además aprovecha con astucia y sigilo el despertar infantil hacia el mundo de los adultos y todas sus miserias, remarcando una insatisfacción que resulta intrínseca al devenir cotidiano y que suele derivar en comportamientos dañinos permanentes que repercuten en la coyuntura hogareña de los sujetos, circunstancia que también puede verse en la muy interesante The Nightcomers (1971) de Michael Winner, especie de precuela de la presente propuesta con un genial Marlon Brando en el rol de Peter Quint. Este “efecto contagio” de la vileza a la que tanto teme el personaje de Kerr, en especial porque sabe que ya ejerció su poder sobre la psiquis de sus víctimas, asimismo trae a colación la fantochada social alrededor del carácter inocente de los críos, como si se tratase de entidades neutras/ puras/ cristalinas alejadas de lo que en realidad son, seres que funcionan como una esponja incorporando todo lo positivo y negativo -casi siempre sin discernir por completo el uno del otro, algo que padece también la mayoría de los adultos- que van hallando en los diferentes ámbitos en los que se mueven y habitan a escala diaria (este sustrato irónico de denuncia y casi de humor negro está enfatizado por el título del film y se mantiene oculto bajo la bella carcasa del desasosiego de Giddens y la poesía visual taciturna de la fotografía de Francis). El sadismo de Quint se topa con distintas respuestas en Bly, léase la pasividad temerosa de la analfabeta Grose, el entusiasmo volcado a la imitación de Flora y Miles, y la condena enérgica, derechosa e hiper conservadora de la misma docente; un claro ejemplo tanto del andamiaje represivo psicológico de la sociedad como del hecho de que el ser humano adora empardar a su ansiada libertad con la capacidad de destruir al prójimo a gusto sin marco moral restrictivo de por medio, las dos puntas o extremos de un único planteo centrado en el goce individual en función del influjo del poder ya sea en términos de dominio sobre terceros o acatar el mandato de un otro al que se le asigna autoridad, carisma, inteligencia, sex appeal o vacua preeminencia indeterminada por sobre el resto de los mortales. En este sentido, The Innocents es uno de los estudios más completos y apabullantes de las flaquezas del conformismo humano, de la tentación de lanzarse de cabeza en la pedofilia, el incesto o hasta la necrofilia, y de la facilidad con la que hombres y mujeres suelen caer en brazos de psicópatas narcisistas y en conceptos religiosos o filosóficos simplones con el objetivo de justificar su existencia cuanto antes, sometiéndose de lleno a un supuesto designio superior.

 

The Innocents (Reino Unido, 1961)

Dirección: Jack Clayton. Guión: Truman Capote, William Archibald y John Mortimer. Elenco: Deborah Kerr, Martin Stephens, Pamela Franklin, Michael Redgrave, Megs Jenkins, Clytie Jessop, Peter Wyngarde, Isla Cameron, Eric Woodburn. Producción: Jack Clayton. Duración: 100 minutos.

 

 

Our Mother’s House (1967):

 

Uno de los recursos narrativos favoritos de los cuentos góticos de cadencia infantil, y por consiguiente uno de los engranajes centrales al momento de retratar la enorme capacidad de adaptación de los niños y la construcción paulatina de su identidad, pasa por una orfandad repentina que se introduce al comienzo del relato en cuestión, hermoso ardid que en términos cinematográficos posmodernos tiene su origen en Our Mother’s House (1967), uno de los primeros intentos -y uno de los más exitosos- en llevar la fórmula hasta sus últimas consecuencias y al mismo tiempo evitar desbaratar el verosímil, logrando que el aislamiento de los niños de turno resulte creíble incluso viviendo en una ciudad gigantesca como Londres. De hecho, la película por un lado analiza la entereza de unos purretes metropolitanos ante las difíciles situaciones que les tocan vivir, por cierto sin jamás caer en esa indulgencia patética contemporánea en lo que al acervo pueril se refiere, y por otro lado desarma el fariseísmo de sus dos progenitores, denunciando sus mentiras cotidianas y cómo éstas funcionan no sólo como un mecanismo de reafirmación individual y una máscara destinada a los ojos del resto de los adultos, sino también como un pivote pedagógico central -explícito o implícito- en materia del adoctrinamiento diario de sus hijos, los cuales copian/ reproducen/ imitan lo que hacen y dicen sus padres al punto de constantemente incorporar a su ideario esos conceptos hipócritas que los susodichos repiten una y otra vez cual justificaciones ad infinitum de su accionar y la misma vida que llevan. El catalizador de la historia es la reglamentaria muerte -por una enfermedad sin especificar- de Violet Hook (Annette Carell), una mujer de mediana edad fanática cristiana que deja en su casa de los suburbios londinenses la friolera de siete vástagos con unas edades que van de los cinco a los catorce años, a saber: la fémina de mayor edad es Elsa (Margaret Leclere), una chica que de inmediato toma el mando de la situación y se transforma en la líder del grupo, el muchacho de más años es Hubert (Louis Sheldon Williams), suerte de pata humanista y sensible del contingente, luego vienen Diana (Pamela Franklin), otra personalidad fuerte, y Dunstan (John Gugolka), gran fundamentalista religioso, y finalmente están los tres más pequeños del lote, Willy (Gustav Henry), Gerty (Phoebe Nicholls) y el tartamudo Jiminee (Mark Lester). Pasado el shock por el fallecimiento, los nenes deciden enterrar a la madre en el jardín de la residencia, encuentran un testamento que los declara herederos universales de la mujer, mueven algunos muebles a una cabaña precaria lindante a la casa principal -a la que consideran un tabernáculo- y “reemplazan” a la Señora Hook mediante sesiones espiritistas improvisadas con Diana actuando de médium, planteo que en la praxis les devuelve la voz de una Violet dispuesta a hablarles desde el más allá y responderles a los niños cualquier inquietud que tengan. Todo marcha bien en un principio porque consiguen mantener el secreto en el colegio, se sacan de encima a la enfermera/ empleada doméstica bien metiche de la vivienda, la Señora Quayle (Yootha Joyce), y hasta logran cobrar los cheques de la seguridad social que recibe Hook todos los meses haciendo que el habilidoso Jiminee falsifique la firma de Violet, no obstante el asunto se complica primero cuando deciden castigar a Gerty por haberse subido a la motocicleta de un extraño, lo que genera que le corten su cabello y la nenita caiga en una depresión y una enfermedad muy aguda que le impide concurrir a la escuela, y segundo cuando Jiminee de improviso se aparece con un amigo de su clase, Louis (Parnum Wallace), que pretende quedarse a vivir con ellos por un berrinche ignoto con su madre, a lo que el colectivo de solitarios huérfanos accede. Eventualmente Gerty se recupera pero los purretes corren peligro de que se rompa su burbuja en el momento en que una docente del colegio al que asisten, la Señorita Bailey (Claire Davidson), se presenta en el hogar compartido afirmando que compañeros de los chicos vieron a Louis entrar en la vivienda: el que los salva de ser denunciados es Charlie Hook (un magnífico Dirk Bogarde), nada menos que el otrora marido de Violet, un vividor y oportunista que se aparece de golpe porque Hubert le escribió una carta solicitando ayuda durante el pico más álgido de la enfermedad de su hermanita. Bailey se lleva a Louis, devolviéndolo a su familia, y Charlie pasa a controlar el destino de los niños porque éstos lo consideran su padre en un contexto de suma vulnerabilidad emocional y luego de “preguntarle” a la finada qué hacer a continuación, con la médium dando enseguida el beneplácito a la permanencia del hombre en el lugar. En una fase inicial el personaje de Bogarde se muestra afectuoso y comprensivo con los pequeños aunque después utiliza al ingenuo/ manipulable Jiminee para falsificar más firmas y sacar todo el dinero de Violet del banco, en consonancia con una metamorfosis que lo lleva a apostar a las carreras de caballos, comprarse un automóvil, emborracharse continuamente, girar hacia la anímico agresivo, rodearse de prostitutas y semejantes, organizar fiestas nocturnas en la residencia, desmantelar el tabernáculo e incluso habilitar la vuelta de una reaparecida e insoportable Quayle, la cual se convierte en su amante. El primer punto de ebullición es la noche que pasa con una tal Doreen (Edina Ronay), con quien Diana lo encuentra acostado en la que fuera la cama de la madre (la chica, que está enamorada platónicamente de él, se enoja pero luego lo perdona ante sus ruegos), y el segundo -y definitivo- es la visita de un agente inmobiliario, el Señor Moley (Garfield Morgan), que cae con una pareja con intención de mostrarles la casa para venderla, todo por el interés del buenazo de Charlie de convertir en efectivo la residencia, abandonar a los purretes en un orfanato e irse campante con lo recolectado durante su “etapa paternal”. En la confrontación final entre el hombre y Elsa, con el contingente en su conjunto como testigos, el advenedizo trata de defenderse echando mano de su apariencia estándar de bondad sin embargo cuando la joven le muestra que tiene el testamento en sus manos, ese que Charlie previamente había destruido y tirado al cesto de la basura sin darse cuenta de que luego Elsa lo rescató y lo pego con cinta adhesiva, el Señor Hook estalla en rabia y decide enfatizar que para el exterior su madre siempre estuvo en un sanatorio lejano y que él posee un poder notarial con una firma falsificada de Jiminee haciéndolo administrador general de todo y todos hasta que cumplan los 21 años. Cuando a los gritos dice que está cansado de los críos y que ninguno es en verdad su hijo ya que su madre era una tremenda promiscua que se acostaba con cualquier macho, colocando luego en el fuego de la chimenea un retrato de Violet, es Diana la que le parte la cabeza a Charlie con un atizador en un arrebato de furia por haberles entregado -sin anestesia alguna- la gran verdad oculta acerca de la matriarca, en esencia una hipócrita que combinaba el mesianismo cristiano con el sexo sin restricciones aunque culposo a la vez, trayendo un vástago tras otro a este horrendo mundo para luego abandonarlos con la llegada de la enfermedad y su contracara, el frenesí/ clímax religioso. El guión de Jeremy Brooks y Haya Harareet, a partir de la novela homónima de 1963 de Julian Gloag, le permite a Clayton sacar a ventilar la cobardía y el pancismo de Charlie y el doble discurso de Violet, dos figuras de autoridad que ejercen una enorme fascinación sobre los chicos y que los llevan a convalidar una ideología que sólo beneficia a los adultos, por ello mismo el personaje de Franklin, ya vista en The Innocents (1961), es fundamental porque sintetiza el fracaso del discurso de la madre (de a poco se van cayendo todas las pavadas que dejó escritas en el testamento relacionadas con que siempre los acompañaría, en vida o muerte, y que nada malo les ocurriría mientras vivan en “armonía cristiana”, frustración que la niña termina reconociendo cuando en un momento le dice a Hubert que siempre fingió en las sesiones espiritistas por miedo/ terror a que su madre los haya dejado solos de manera permanente) y el descalabro del supuesto encanto fabulador callejero de Charlie (hablamos al mismo tiempo de un padre que no pudo ser y de una entidad erótica/ atractiva para Diana, esa que paradójicamente se erige como su verdugo en los minutos finales cuando descubre que la estafa no es exclusivamente amorosa -“infidelidades” de por medio- sino también paternal, con el hombre destruyendo la hasta entonces sacrosanta figura de la Señora Hook). Asimismo el título del film subraya a la morada del grupo, esa a la que llega Elsa al inicio y a la que todos abandonan para nunca más regresar en el desenlace, en tanto sinónimo de un enclave de socialización hermanado al mismo concepto de familia, una unidad símil génesis comunal que implosiona primero con el fracaso de la estampa paterna y luego con su homóloga materna, indicando en simultáneo que los chicos estaban mejor solos y que el momento de ingresar a una adultez forzada ha arribado con toda su virulencia y ferocidad, impidiendo sin duda la comodidad de un descubrimiento pausado del mundo. Our Mother’s House es una joya semi olvidada que necesita de un mayor reconocimiento ya que el preciosismo naturalista e impiadoso -a nivel ideológico existencialista- de Clayton redondea una obra exquisita sobre las tristes fachadas de la adultez y su falta de piedad en lo que respecta a llevarse puestos a los niños, cuyos procesos de maduración y aprendizaje requieren de mucho más cariño, respeto, paciencia y atención que los que suelen recibir.

 

Our Mother’s House (Reino Unido, 1967)

Dirección: Jack Clayton. Guión: Jeremy Brooks y Haya Harareet. Elenco: Dirk Bogarde, Margaret Leclere, Pamela Franklin, Louis Sheldon Williams, John Gugolka, Mark Lester, Phoebe Nicholls, Gustav Henry, Parnum Wallace, Yootha Joyce. Producción: Jack Clayton. Duración: 104 minutos.

 

 

Something Wicked This Way Comes (1983):

 

Resulta toda una ironía que Something Wicked This Way Comes (1983), una de las películas más maltratadas por el sistema de estudios de Hollywood, se haya convertido en un film tan eficaz y disfrutable, detalle que por cierto da a entender que los ejecutivos imbéciles de un puñado de décadas previas eran un poco mejores que los ejecutivos imbéciles de nuestros días: la productora de la obra que nos ocupa, la hiper imperialista y execrable Walt Disney, no se sintió cómoda con el corte que Clayton le entregó porque lo consideraba muy oscuro/ adulto y porque no fue bien recibido en las proyecciones de testeo, típicas herramientas de marketing del mainstream encaradas por infradotados a los que no les interesa la cultura y destinadas a oligofrénicos de igual calibre, por lo que eventualmente la compañía tomó el asunto en sus manos, dejó de lado al realizador, despidió al editor original Argyle Nelson, reemplazó la banda sonora de Georges Delerue -con quien Clayton había trabajado en Our Mother’s House (1967)- por otra más amigable para el “público menudo” de James Horner, y finalmente refilmó algunas secuencias, desechó otras y volvió a montar todo con el editor Barry Mark Gordon a cargo, suerte de “brazo técnico” de los caprichos de los jerarcas de Disney. Aún así, la propuesta resultante es increíblemente coherente debido a que por un lado la enorme mayoría del metraje del producto final es responsabilidad de Clayton, y por otro lado el guión del legendario Ray Bradbury, aquí adoptando su querida novela homónima de 1962, se erige estoico y sensato respetando casi todos los elementos centrales del convite literario, lo que de por sí constituye toda una proeza considerando los infinitos problemas en postproducción de la película. El relato de base es una reformulación del mito fáustico llevado al campo de un pueblito de cadencia nostálgica que es progresivamente engullido por una feria itinerante que utiliza los deseos y frustraciones más íntimos de los lugareños para manipularlos, someterlos, esclavizarlos e incorporarlos al espectáculo, siempre con el objetivo de fondo de alimentarse de su fuerza vital cual usina de pavor y desesperación mefistofélica. La acción se sitúa en otoño, en Green Town, Illinois, una comarca diminuta y bucólica en la que viven los dos protagonistas principales, el prudente Will Halloway (Vidal Peterson) y el impetuoso Jim Nightshade (Shawn Carson), dos niños de doce años con diversos problemas familiares apenas disimulados: la Señora Nightshade (Diane Ladd) cría sola a su hijo Jim porque su padre Harry salió a recorrer los mares y nunca más regresó al pueblo, lo que dispara recurrentes fantasías del muchacho sobre la ansiada vuelta de su progenitor, y si bien la madre de Will, la Señora Halloway (Ellen Geer), trata de aplacar la angustia y tristeza de su esposo bibliotecario Charles Halloway (el maravilloso Jason Robards), el hombre sabe que es muy mayor para poder seguir el ritmo de su vástago; a lo que para colmo se suman una condición cardíaca potencialmente peligrosa y un sentimiento de culpa de lo más persistente por no haber podido rescatar a Will cuando una tarde tiempo atrás, con el nene atesorando cuatro años, fue arrastrado por las furiosas aguas de un río, situación pesadillesca en la que un Charles que no sabía nadar se quedó petrificado mientras otro hombre, en la orilla opuesta, se lanzaba sin pensarlo y conseguía salvar al purrete, hablamos de Harry Nightshade, el padre borrachín del hoy mejor amigo de su hijo. De repente llega a Green Town un tren tenebroso que segundos después se transforma en una feria, “Dark’s Pandemonium Carnival”, una representación concreta de esas promesas vanas que se sirven del egoísmo de los habitantes para sus propios fines, arcano que pronto es descubierto por los jóvenes y -como de costumbre- pasado por alto por los adultos, quienes uno a uno van cayendo en las garras del líder del semi circo, el Señor Dark (Jonathan Pryce), su mano derecha, el Señor Cooger (Bruce M. Fischer), y la sacerdotisa del contingente, esa Bruja del Polvo (la gloriosa Pam Grier) que utiliza su magia negra al servicio del personaje de Pryce. Así las cosas, el Señor Tetley (Jake Dengel), el dueño de la cigarrería de la comarca, es atrapado por su único interés en la vida, el dinero, cuando se le ofrece un premio de mil dólares y un habano especial por participar en una de las atracciones de la feria; el Señor Crosetti (Richard Davalos), el peluquero, cae por su gustito por las mujeres exóticas que nunca conoció; Ed (James Stacy), el cantinero tullido y héroe de antaño del fútbol americano, se rinde ante la realidad distorsionada que le brindan unos espejos mentirosos y así siente que recupera su brazo y pierna izquierda amputados; la Señorita Foley (Mary Grace Canfield), la docente veterana de los chicos, no puede resistir la promesa de rejuvenecer pero luego de recobrar la belleza de sus años mozos, de golpe pierde la vista en otra de las tantas condenas tácitas mordaces que padecen los pueblerinos; y hasta un vendedor misterioso y errante de pararrayos, el estrafalario climatólogo mundano Tom Fury (Royal Dano), termina en las garras de los feriantes y sometido primero a los encantos de la Bruja del Polvo y a posteriori a una tortura eléctrica para que revele cuándo llegará la “gran tormenta”, indicio incuestionable de que la troupe infernal debe partir. Jim y Will son testigos de las destrezas sobrenaturales del Dark’s Pandemonium Carnival, sobre todo de un carrusel que puede retroceder o adelantar el tiempo para cualquier ser humano en un santiamén, y del estado calamitoso/ entumecido de las diferentes víctimas, precisamente por ello el Señor Dark vuelca todos sus recursos en buscarlos y capturarlos para convertir al primero en su futuro socio y al segundo en un “juguete” para un enano del espanto (Angelo Rossitto), acoso en el que el único aliado de los pequeños será un Charles empoderado y consciente de que debe salvarlos sí o sí a pesar de su edad, salud y diversas inseguridades psicológicas. Durante el desenlace, enfrentado en la casa de los espejos a su pasividad en el potencialmente trágico episodio de su hijo arrastrado por el río, el hombre logra reponerse a sus remordimientos y encuentra la paz a partir de su fuerza de voluntad y su mismo amor hacia Will, lo que coincide con el inicio de la mencionada tormenta, la liberación de Fury y la destrucción de la Bruja del Polvo en manos del anterior, quien le clava un simpático pararrayos en el abdomen. Después de rescatar a Jim de Dark, ver cómo los relámpagos aniquilan al Belcebú de turno, comprender que la desesperación y el dolor son el alimento de los feriantes y presenciar la desaparición del Dark’s Pandemonium Carnival en medio de un enorme huracán, Charles y los niños regresan corriendo a Green Town con la alegría de vivir a flor de piel, ya con la vejez nunca más convertida en sinónimo automático de infelicidad y con la certeza de que la liberación de todos los esclavos sólo es posible vía la lucha activa porfiada. Como decíamos con anterioridad, la obra posee una coherencia sorprendente si reparamos en los numerosos cambios y parches que padeció, conservando intacta y reluciente esa clásica melancolía humanista de Bradbury y sus distintos ejes conceptuales, léase la antigüedad consumida por la modernidad, el paso de la infancia a la adultez, la oposición entre vida campestre y agite metropolitano, la familia y amistades versus el mundo externo, la presencia de debilidades que pueden revertirse con osadía y resolución, y finalmente ese cariño y ese respeto por la inteligencia de los seres queridos que funcionan como la principal arma contra el embate despersonalizador -orientado al marasmo y la explotación- de una elite que se sirve de la ingenuidad del pueblo con vistas a anular las relaciones humanas y transformar al vulgo en un medio para un fin, nada menos que la acumulación ad infinitum de más y más poder devorador. De hecho, es esa amenaza enmascarada en fortuna y realización de viejos anhelos/ sueños/ aspiraciones la que motiva el devenir narrativo de esta bella fantasía macabra al punto de remarcar que lo que está en juego es la coexistencia en simultáneo en todos los seres humanos de una maldad y una bondad que se pueden canalizar en comportamientos destructivos polirubro o en ayudarse a sí mismo y auxiliar a otros, nuestros prójimos, cuando éstos lo necesiten. Aquí Clayton apuntala una atmósfera muy lograda que en ningún momento cae en lo pueril maniqueo porque continuamente complejiza el desarrollo de personajes planteando contradicciones y ambigüedades tendientes a evitar los latiguillos paradigmáticos del enclave mainstream y siempre orientadas a la par hacia el temor y el júbilo aventurero agridulce de la infancia o adolescencia, perspectiva que también es reforzada desde el título, una cita de Macbeth (1606) de William Shakespeare en la que se anuncia el arribo de la maldad aunque sin perder la fe en cuanto al combate concreto que los justos pueden dar para repelerla. Película encantadora sobre la restauración de los lazos sociales y la denuncia del carácter pérfido de la ambición y el egoísmo posmodernos, Something Wicked This Way Comes es una de las epopeyas familiares más tétricas y astutas que haya dado el cine de la década del 80, una aproximación muy lúcida a todos los peligros que se ocultan en esas tácticas, estafas y falacias de manipulación masiva que dicen darle a los individuos lo que ellos reclaman pero en realidad lo único que hacen es adoctrinarlos cual autómatas sin voluntad ni conciencia propias para que se transformen en títeres del baluarte cínico y concentrado en cuestión.

 

Something Wicked This Way Comes (Estados Unidos, 1983)

Dirección: Jack Clayton. Guión: Ray Bradbury. Elenco: Jason Robards, Vidal Peterson, Shawn Carson, Jonathan Pryce, Pam Grier, Diane Ladd, Royal Dano, Mary Grace Canfield, Richard Davalos, James Stacy. Producción: Peter Douglas. Duración: 95 minutos.