Canoa

Pinche histeria colectiva

Por Emiliano Fernández

Al momento de la aparición de Canoa (1976) la industria cinematográfica mexicana estaba atravesando un período de transición que se ubicaba entre el ya lejano declive de aquella “etapa dorada” de mediados del Siglo XX y el bastante posterior repunte cualitativo y en materia de variedad de las décadas subsiguientes y -sobre todo- del nuevo milenio: la muy interesante película formó parte de una especie de trilogía con otras dos realizaciones también dirigidas por Felipe Cazals en esa misma andanada de meses, El Apando (1976) y Las Poquianchis (1976), que en conjunto adoptaron un realismo documentalista bien crudo y de cadencia rural para cargarse a lo que todavía era el horizonte explícito de buena parte del séptimo arte azteca, léase esa colección de culebrones, comedias y géneros varios que funcionaban cual espejos aggiornados de lo que acontecía en el norte, en Hollywood. A diferencia de los dos films citados, que se centran específicamente en una pobreza de corte marginal y la ineficiencia de los engranajes del Estado para corregir la gigantesca inequidad de la sociedad mexicana, el opus que nos ocupa pasa a desmenuzar en simultáneo la complicidad de las masas en su situación de sometimiento y lo fácil que resulta para las cúpulas el redirigirlas hacia sus propios intereses como si se tratase de un perro que no sólo simplemente celebra a su amo de turno sino que llega al punto de festejar todo el esquema conductivista que lo supedita a su voluntad, en este caso ese infaltable cristianismo que aún en aquellas épocas conservaba una gran influencia en el devenir de la vida comunitaria del interior del país vía contactos con el execrable Partido Revolucionario Institucional o PRI.

 

Luego de una introducción de tipo documental con distintos personajes que nos interpelan hablando a cámara acerca del oscurantismo católico y la mafia gubernamental del enclave de San Miguel Canoa, situado a 12 kilómetros de Puebla de Zaragoza, la capital del Estado de Puebla, la trama adopta un registro testimonial ficcional para retratar un hecho verídico ocurrido en la fatídica noche que va del 14 al 15 de septiembre de 1968, cuando cinco jóvenes empleados de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla llegan al lugar en plan turístico y con el objetivo manifiesto de hacer montañismo en La Malinche, un volcán activo que encabeza una zona englobada en un parque nacional. Pronto los forasteros, Julián González Báez (Roberto Sosa), Ramón Calvario Gutiérrez (Arturo Alegro), Miguel Flores Cruz (Carlos Chávez), Roberto Rojano Aguirre (Jaime Garza) y Jesús Carrillo Sánchez (Gerardo Vigil), se transforman en peones en manos del sacerdote que controla Canoa, Enrique Meza (Enrique Lucero), el cual tiene bajo su poder a los funcionarios municipales, se aboga el derecho de cobrar impuestos y en esencia protagoniza una guerra política contra una facción liderada por Lucas García (Ernesto Gómez Cruz). Mediante su sarta de esbirros y lambiscones, y una buena tanda de altoparlantes que se ubican en el centro del pueblo, el pinche cura incita a un insólito linchamiento público contra los turistas bajo la acusación de ser comunistas que vienen a colocar una bandera rojinegra en la iglesia y a difundir consignas ateas, despachando de paso a ese García que les dio alojamiento en medio de una tormenta nocturna luego de que el eclesiástico se los negara en su parroquia.

 

El episodio en cuestión, que dejó como saldo el homicidio del rival político de Meza y de dos de los turistas, amén de la tortura y palazos de toda índole a los que fueron sometidos por la turba demencial durante la prolongada embestida, asimismo está contextualizado en los Alzamientos Estudiantiles de 1968 de México, una catarata de protestas sociales que pugnaban por una mayor igualdad, democracia y libertad y por el cese inmediato del típico autoritarismo corporativista del PRI, el cual respondió con una salvaje represión a escala nacional que terminó cristalizando en la Masacre de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de la Ciudad de México, la capital de la república, donde el ejército y paramilitares abrieron fuego contra una manifestación pacífica de estudiantes para eliminar ya definitivamente toda oposición al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Cazals describe esta sucesión de acontecimientos desde un detallismo y una inteligencia que de manera continua saltan en el tiempo para complejizar al lienzo institucional/ económico/ social en su conjunto, poniendo de relieve cómo las estructuras mafiosas se sirven de la ignorancia, el hermetismo pusilánime y los prejuicios más burdos del vulgo con el fin de metamorfosearlos en armas destinadas a ser usadas contra los rivales de la derecha en el poder, en esta oportunidad llegando al extremo de cargarse a cinco pobres perejiles que nada tenían que ver con las contiendas autóctonas. En Canoa el fanatismo, la violencia y la religión se mezclan en un cóctel de lo más trágico que sin duda está homologado al crimen organizado y la corrupción en sintonía con el cine de Gillo Pontecorvo y Costa-Gavras.

 

A pesar de que al metraje le sobran unos cuantos minutos que bien podrían haber quedado en la sala de edición, el nivel técnico de la película y el desempeño del elenco son impecables y sobre todo el guión de Tomás Pérez Turrent llama a las cosas por su nombre y no se anda con eufemismos ni intentos por complacer a nadie, consiguiendo un relato coral sincero y de izquierda que denuncia el miedo, la paranoia, la estupidez y la histeria masiva, incluso llegando a incorporar a los medios de comunicación en la mixtura, aquí rústicos e informales pero igual de poderosos a nivel de la cooptación de voluntades entre el pueblo: nos referimos a esos altavoces que monopoliza el sacerdote, el mismo fascista asesino y maquiavélico que dice ser responsable de la electricidad, el agua, una carretera y el teléfono en la región con vistas a cobrar impuestos extorsivos por prácticamente cualquier excusa que encuentre y disponer sobre la vida de todos los locales según su parecer, cual patrón de estancia que administra a sus esclavos/ empleados cosificados a gusto porque “él” es la ley. Contrariando la imagen ensoñada de México que presentaba la mayoría de las realizaciones del país hasta ese entonces, con algunas contadas excepciones anti utopía folklórica símil la maravillosa Los Olvidados (1950) de Luis Buñuel, Canoa examina el mismo meollo de las contradicciones culturales de los aztecas -y de casi toda Latinoamérica, por añadidura- a través de un caso de locura compartida comandada desde unas elites que pueden cambiar de rostro y estandarte con el transcurso de los años pero que continúan hasta el día de hoy manteniendo sus privilegios en sociedades sumamente analfabetas en términos políticos…

 

Canoa (México, 1976)

Dirección: Felipe Cazals. Guión: Tomás Pérez Turrent. Elenco: Roberto Sosa, Arturo Alegro, Carlos Chávez, Jaime Garza, Gerardo Vigil, Enrique Lucero, Ernesto Gómez Cruz, Salvador Sánchez, Rodrigo Puebla, Manuel Ojeda. Producción: Roberto Lozoya. Duración: 115 minutos.

Puntaje: 8