Dios se lo Pague

Pirámide de la mendicidad

Por Emiliano Fernández

Luis César Amadori (1902-1977) fue uno de los directores principales de la Época de Oro del cine argentino, un artesano dedicado casi exclusivamente a productos comerciales de entonces vinculados a los melodramas, las comedias, las faenas históricas, los musicales, las películas biográficas y hasta algún que otro film con toques fantásticos o de horror o suspenso, la mayoría de ellos muy alejados de la pulcritud y el realismo burgués de fines de los 60 en adelante y más cercanos a la verborragia, el costumbrismo, las poses castradoras y aquella algarabía histriónica o hiperbólica de mediados del Siglo XX. El señor, por cierto nacido en Italia, fue el equivalente a un magnate polirubro de la época porque, además de dirigir y escribir decenas y decenas de películas, impulsó el vodevil erótico vernáculo al adquirir el Teatro Maipo, uno de los históricos de la Ciudad de Buenos Aires, ofició de directivo en la Sociedad General de Autores de la Argentina alias Argentores, entidad que administra los derechos de autor en el ámbito cultural nacional, se encargó del doblaje al castellano de Fantasía (1940), Pinocho (Pinocchio, 1940), Dumbo (1941) y Bambi (1942), todos productos de la factoría de Walt Disney y destinados al mercado planetario, escribió la letra de muchos tangos de la década del 30, como por ejemplo Madreselva (1931), con música de Francisco Canaro, y Confesión (1930), a la par de ese querido Enrique Santos Discépolo, e incluso se casó con una de las actrices más cotizadas del momento, Zully Moreno, a la que ayudó a alcanzar una mayor popularidad fichándola en sus propios films a lo largo de los años 40 y 50. Si bien su carrera como realizador comienza precisamente en los 30 es indudable que su cúspide cualitativa se da con la llegada del peronismo al poder en 1945, régimen del que se beneficia mediante aquel aceitado sistema de proteccionismo estatal y los récords alcanzados en materia de producción anual, amén de prohibiciones de impronta política/ laboral como las que padecieron el director Luis Saslavsky, la actriz Niní Marshall y el guionista Tulio Demicheli, entre tantos otros que entraron en las listas negras.

 

Ahora bien, gran parte del acervo artístico de Amadori -por no decir casi todo- envejeció muy mal no tanto por el desfasaje entre el sentir del público de antaño y su homólogo de hoy en día, al fin y al cabo estupidez y caprichos escapistas hubo siempre y nadie puede abogarse el derecho a la verdad en materia de gustos, sino por el carácter intercambiable de cada uno de sus productos y por cierta mediocridad conformista que lo acompañó desde siempre y que hizo que la búsqueda del éxito instantáneo opacase a una mínima riqueza artística o conceptual que podría haber rescatado, de hecho, a las propuestas en cuestión del contexto productivo de su momento y de los rasgos retóricos de turno en lo que atañe a esa supuesta garantía de popularidad en taquilla. De su primer período se suele recordar Hay que Educar a Niní (1940), una de las obras más importantes de la célebre Marshall, y de la etapa peronista epopeyas interesantes como Almafuerte (1949), biografía del enorme Pedro Bonifacio Palacios (Narciso Ibáñez Menta), y Nacha Regules (1950), melodrama a toda pompa con su esposa Moreno y el gran actor mexicano Arturo de Córdova, y propuestas ya desparejas en sintonía con La Pasión Desnuda (1953), otro dramón romántico aunque con María Félix, y El Grito Sagrado (1954), convite sobre la figura de Mariquita Sánchez de Thompson (Fanny Navarro), en cuya casa se entonó por primera vez en 1813 el Himno Nacional Argentino, preámbulo a su exilio -por un acoso que asimismo padecieron Hugo del Carril, Tita Merello y Atilio Mentasti, entre otros- con motivo del derrocamiento del peronismo, para el que había realizado el corto propagandístico Eva Perón Inmortal (1952), y la llegada en 1955 de la Revolución Libertadora, por ello se radicó en Europa y se dedicó a filmar nuevas propuestas comerciales con presupuestos de España, Italia, Francia, México y Alemania durante la década que va desde 1958 hasta 1968, fase en la que sólo se destacan dos trabajos españoles, La Violetera (1958), colosal éxito con Sara Montiel, y ¿Dónde vas, Alfonso XII? (1959), melodrama histórico protagonizado por Vicente Parra y Paquita Rico.

 

Dios se lo Pague (1948), sin duda la mejor película del peronista convencido Amadori, fue paradójicamente escrita por el antiperonista Demicheli a partir de la obra teatral homónima de 1933 del brasileño Joracy Camargo, una fábula muy inteligente sobre las apariencias, la miseria, la revancha y el rol del dinero en la estratificación no sólo económica o social sino también psicológica, romántica y hasta ética/ humana. La trama gira alrededor de Mario Álvarez (un estupendo De Córdova que estaba en la cima de su carrera como también lo demuestran sus colaboraciones con Luis Buñuel, en Él de 1953, y Rogelio A. González, en El Esqueleto de la Señora Morales de 1960), sujeto que siendo joven respondía al nombre de Juca y trabajaba durante el día en la fábrica de un chupasangre, Richarson (Federico Mansilla), y durante las noches se dedicaba a planear un telar revolucionario que pretendía patentar para salir del círculo vicioso de la pobreza, la explotación y el hastío, no obstante el mandamás engaña a la mujer del obrero e ingeniero amateur, María (Zoe Ducós), y se lleva los planos, lo que genera una pelea en la pareja y el suicidio por ahorcamiento de la fémina. El protagonista de allí en más se niega a reingresar en ese mercado laboral que sólo le generó dolor y muta en un mendigo experto que recorre infatigablemente las calles de Buenos Aires y con los años acumula el capital suficiente para realizar inversiones ignotas y vivir de rentas símil millonario con el objetivo de vengarse de Richarson, a cuyo hijo, Pericles (Florindo Ferrario), le paga diez mil pesos para que robe las acciones al portador de la compañía del padre y se las entregue a él, a Mario. El relato, asimismo, abarca la amistad de Álvarez con otro indigente, Barata (Enrique Chaico), a quien le enseña el oficio mendicante, y un triángulo amoroso entre este millonario mendigo, el hijo ludópata del villano, Pericles, y una cuasi prostituta que frecuenta los casinos ilegales de la ciudad para conseguirse un macho con dinero que le pague las fichas para la ruleta y le ofrezca el estilo de vida ostentoso que siempre quiso y no pudo tener, Nancy (la elegante y eficaz Moreno).

 

Considerando que el que pide con la cabeza gacha no reclama o exige y por ello no resulta impertinente ni molesta al statu quo de la sociedad o a sus personeros/ portavoces/ sicarios lobotimizados, en esencia debido a que la caridad es anestesia en regímenes injustos como el capitalismo y el acto de pedir “es un derecho universalmente reconocido que alivia al que da y no provoca envidia”, en el sentido de que no señala las inequidades y la represión contra el marginado y el pobre o hambriento, la propuesta de Amadori establece continuos contrastantes entre mujeres y hombres (las primeras son tachadas de frívolas y putas, los segundos de hipócritas o necios bastante delirantes), entre solicitar una dádiva por motivos ideológicos o hacerlo por simple y llana necesidad (Nancy padece la posición relegada de las mujeres de entonces, siempre urgida de un esposo o mecenas masculino, y Mario/ Juca, por su parte, podría trabajar pero le reclama a la sociedad que salde su deuda con él por haberlo metido preso en medio de una discusión con Richarson por los planos del telar, así considera a la limosna una forma de reparación en cuentagotas por el período de ocho años de cárcel), entre lo que sugiere la superficie y lo que acontece en realidad (ella se comporta como una ricachona y lleva una vida de hoteles y taxis que no puede pagar, mientras que a él lo conocemos pidiendo monedas en las calles aunque posee una mansión con criados) y entre las posturas a favor y en contra del trabajo, éste idealizado por izquierda y derecha como catalizador mágico que otorga dignidad al hombre cuando en verdad es casi siempre sinónimo de esclavitud maquillada (el antiperonismo, por ejemplo, aparece en pantalla mediante el gesto de Álvarez de negarse a trabajar y el peronismo vía ese flashback del pasado del protagonista, cuando no existían las leyes de protección laboral y dominaban los oligarcas como Richarson). Apoyada en el amor histérico y la fantasía del enriquecimiento por limosnas, Dios se lo Pague es un excelente estudio sobre los desvaríos de la pirámide plutocrática y esas burbujas de comodidad de la burguesía siempre a punto de estallar…

 

Dios se lo Pague (Argentina, 1948)

Dirección: Luis César Amadori. Guión: Tulio Demicheli. Elenco: Arturo de Córdova, Zully Moreno, Enrique Chaico, Florindo Ferrario, Federico Mansilla, Zoe Ducós, José Comellas, Ramón Garay, Adolfo Linvel, Warly Ceriani. Producción: Luis César Amadori. Duración: 119 minutos.

Puntaje: 10