El blaxploitation, o cine de explotación centrado en los estereotipos de la cultura negra de los 70, en términos generales se subdivide en tres vertientes que a su vez se corresponden con las tres películas primigenias del estilo en cuestión, hablamos de la comedia tontuela de Cotton Comes to Harlem (1970), de Ossie Davis, la pirotecnia ideológica en pos de la liberación de los afroamericanos del yugo blanco de Sweet Sweetback’s Baadasssss Song (1971), de Melvin Van Peebles, y el thriller criminal de acción -ya más tradicional y más mainstream- de Shaft (1971), opus de Gordon Parks, esquema que generó una infinidad de subdivisiones, derivados y propuestas memorables como por ejemplo Coffy (1973), de Jack Hill, Super Fly (1972), de Gordon Parks Jr., Cleopatra Jones (1973), de Jack Starrett, Foxy Brown (1974), otra de Hill, The Black Gestapo (1975), de Lee Frost, Black Mama White Mama (1973), de Eddie Romero, Black Caesar (1973), de Larry Cohen, Three the Hard Way (1974), también de Parks Jr., Friday Foster (1975), de Arthur Marks, Truck Turner (1974), joya de Jonathan Kaplan, The Mack (1973), de Michael Campus, The Harder They Come (1972), de Perry Henzell, Bucktown (1975), otra de Marks, Mandingo (1975), de Richard Fleischer, Across 110th Street (1972), de Barry Shear, Sugar Hill (1974), de Paul Maslansky, Sheba, Baby (1975), de William Girdler, Boss Nigger (1974), de Jack Arnold, Penitentiary (1979), de Jamaa Fanaka, y Hell Up in Harlem (1973), también de Cohen, entre muchos otros convites que giraron alrededor de un ecosistema narrativo colorido que incluía a proxenetas, drogadictos, policías corruptos, veteranos de la Guerra de Vietnam, reos, cazarecompensas, prostitutas, sicarios, taxi boys, detectives privados, mafiosos de la más variada envergadura, traficantes, agentes secretos gubernamentales, artistas marciales, vigilantes, magnates maquiavélicos, apostadores, menesterosos de suburbio, gangsters muy marginales, muchos loquitos racistas símil Ku Klux Klan y las infaltables Panteras Negras.
Si bien la apropiación cultural de la gran industria hollywoodense blanca siempre estuvo presente, algo que puede verse en la distribución de Shaft por parte de la Metro Goldwyn Mayer y en los componentes blaxploitation de films más lejanos como Enter the Dragon (1973), el clásico de Robert Clouse con Bruce Lee, y Live and Let Die (1973), opus de Guy Hamilton perteneciente al ciclo de James Bond/ 007 con Roger Moore, asimismo fueron de la partida los autohomenajes y las autoparodias durante el período de auge del género, en sintonía con Coonskin (1974), una odisea animada de Ralph Bakshi, y la inefable Dolemite (1975), de D’Urville Martin y con un Rudy Ray Moore que regresaría como el personaje titular en The Human Tornado (1976), de Cliff Roquemore. En lo que atañe a las décadas posteriores por un lado tenemos los intentos por recuperar el espíritu del formato anárquico y agitado desde la seriedad, en este sentido recordemos a Original Gangstas (1996), de Cohen, Jackie Brown (1997), de Quentin Tarantino, y Shaft (2000), de John Singleton, ésta una remake del clásico de 1971, aunque también a propuestas ya de metacine en línea con Baadasssss! (2003), análisis de Mario Van Peebles acerca de la obra de su padre Melvin, y Dolemite Is My Name (2019), un estudio de Craig Brewer sobre el film protagonizado por Moore, y por el otro lado están las sátiras exacerbadas como Hollywood Shuffle (1987), de Robert Townsend, I’m Gonna Git You, Sucka (1988), de Keenen Ivory Wayans, Blankman (1994), de Mike Binder, Pootie Tang (2001), de Louis C.K., Undercover Brother (2002), de Malcolm D. Lee, y The Hebrew Hammer (2003), desvarío de Jonathan Kesselman, nada particularmente interesante porque hasta la aparición de la monumental Black Dynamite (2009), de Scott Sanders, la mejor reflexión/ oda/ reinterpretación/ exégesis sarcástica del blaxploitation seguía siendo el extraordinario videoclip de Spike Jonze para Sabotage, de Beastie Boys, hoy legendaria canción correspondiente al álbum Ill Communication (1994).
La trama de Black Dynamite recupera todos los clichés del blaxploitation y los unifica de manera magistral: el protagonista del título, en la piel de Michael Jai White, un huérfano musculoso que es en simultáneo un veterano de Vietnam, un ex agente de la CIA y un experto en kung fu, lleva adelante un burdel con una madama que está enamorada de él, Honeybee (Kym Whitley), y se encarga de proteger el establo de putas y de apretar a los distintos alcahuetes del barrio que no desean aportar un dinerillo para el sindicato del rubro, existencia idílica que incluye prácticas de combate y orgías con señoritas negras, blancas y asiáticas y que pronto se viene abajo cuando asesinan a su único hermano, Jimmy (Baron Vaughn), lo que lo lleva a recorrer aquellas calles de los 70, previas a la gentrificación de prácticamente todo el globo, para impartir rauda justicia junto con un par de chulos de su confianza, Bullhorn (Byron Minns) y Cream Corn (Tommy Davidson), el líder de una rama de las Panteras Negras, Saheed (Phil Morris), y una militante del orgullo racial y el Poder Negro, Gloria Gray (Salli Richardson). Desde ya que la pesquisa de semejante grupo deriva en el descubrimiento de una conspiración de la derecha capitalista más cavernícola en torno a una “limpieza étnica” de afroamericanos mediante dos estrategias, primero convertir en adictos patéticos a una nueva droga inyectable a todos los purretes de los orfanatos negros y segundo achicar los penes de los morochos a través de un componente químico misterioso introducido en el único licor de malta -en esencia, cerveza- aprobado por el gobierno de Estados Unidos, bautizado Anaconda, por ello Black Dynamite y su equipo dan de baja a los principales responsables del asunto, hablamos del mafioso Vincent Rafelli (Mike Starr), don de la Familia Carbozi, el Congresista Monroe James (Tucker Smallwood), un político corrupto, el agente de la CIA O’Leary (Kevin Chapman), el científico chino Diabólico Dr. Wu (Roger Yuan) y el mismo Richard Nixon (James McManus), mandamás del complot.
En línea general la propuesta estética y sobre todo el guión de Sanders, White y Minns, este último el asesor crucial por su conocimiento enciclopédico del blaxploitation, combinan en dosis iguales el homenaje de impronta mimética maniática, el humor seco semejante al de ZAZ o Jim Abrahams y los hermanos David y Jerry Zucker, algunos sketchs más desatados a lo Mel Brooks, Carl Reiner y el primer Woody Allen, la típica comedia física posmoderna de Blake Edwards o Jerry Lewis, el combo estándar setentoso de acción, erotismo, thriller testimonial, neo film noir, realismo social, romance meloso vía Gloria y hasta el hilarante funk de Adrian Younge, y finalmente errores planificados, paradigmáticos del exploitation de bajo presupuesto, como algún que otro micrófono visible, diálogos entrecortados, zooms desprolijos, patadas hiper falaces y saltos delirantes o torpes en la edición del material, ese que muchas veces incluía fragmentos de películas y series de mayores recursos, justo como sucede aquí debido a que el realizador y compañía recuperan algunos segundos de Missing in Action (1984), de Joseph Zito, y los productos televisivos Charlie’s Angels (1976-1981) y Police Woman (1974-1978). El desempeño de White, célebre por Spawn (1997), de Mark A.Z. Dippé, Tyson (1995), de Uli Edel, y la otra faena de Sanders, la apenas correcta Thick as Thieves (1998), es estupendo ya que el actor se siente muy cómodo en un personaje que le debe mucho a las criaturas de Fred Williamson, Richard Roundtree, Jim Brown e incluso la eterna Pam Grier, amén de una premisa que combina al “proxeneta de ghetto” de Willie Dynamite (1973), de Gilbert Moses, la venganza de Foxy Brown, las resonancias políticas de The Spook Who Sat by the Door (1973), de Ivan Dixon, las drogas genocidas de Coffy, aquella conspiración desquiciada de Three the Hard Way y la mixtura con artes marciales de Death Force (1978), del filipino Cirio H. Santiago, mejunje que genera una de las pocas obras maestras de la comedia del Siglo XXI y la carta de amor definitiva al cine de los 70…
Black Dynamite (Estados Unidos, 2009)
Dirección: Scott Sanders. Guión: Scott Sanders, Michael Jai White y Byron Minns. Elenco: Michael Jai White, Salli Richardson, Kevin Chapman, Tommy Davidson, Byron Minns, James McManus, Phil Morris, Tucker Smallwood, Mike Starr, Kym Whitley. Producción: Jon Steingart y Jenny Steingart. Duración: 84 minutos.