Honestamente ver Kraven, el Cazador (Kraven, the Hunter, 2024) resulta una experiencia dolorosa no sólo porque la película es impersonal, aburrida y demasiado hueca, rasgos que le caben a buena parte del emporio mainstream del nuevo milenio, sino también debido a la presencia del responsable crucial, J.C. Chandor, otrora un director con dignidad que supo regalarnos tres realizaciones muy buenas correspondientes al primer lustro de la década previa, hablamos de El Precio de la Codicia (Margin Call, 2011), drama coral acerca de las primeras fases de la crisis financiera de 2007 y 2008, Todo Está Perdido (All Is Lost, 2013), recordado relato de supervivencia marítima con un Robert Redford que pronunciaba apenas 51 palabras a lo largo de todo el film, y El Año más Violento (A Most Violent Year, 2014), drama criminal con aires de neo noir que asimismo ofrecía actuaciones magistrales de parte de Oscar Isaac y Jessica Chastain. Chandor en esta ocasión no cuenta con excusa alguna que lo exima de culpa porque él mismo había demostrado mediante aquella Triple Frontera (Triple Frontier, 2019), una obra cien por ciento comercial para Netflix con ingredientes de western crepuscular y cine de acción, que aun existe la posibilidad de entregar productos interesantes con pretensiones ultra populares sin caer en la redundancia o pereza creativa.
Kraven, el Cazador, de hecho la cuarta faena del cineasta estadounidense, forma parte del espantoso ciclo de bodrios de Sony alrededor de personajes del universo comiquero del Hombre Araña (Spider-Man), hoy centrándose en el villano anodino e intercambiable del título, creado en 1964 por los nunca particularmente brillantes Stan Lee y Steve Ditko. La historia arranca con Sergei Kravinoff (Levi Miller) y su medio hermano, Dmitri (Billy Barratt), debiendo aceptar el fallecimiento de su progenitora y la preeminencia de su padre narcotraficante, Nikolai (Russell Crowe), quien los lleva de cacería a Tanzania para que Sergei termine mortalmente herido cuando protegía a Dmitri de un león, no obstante es revivido por una niña llamada Calypso (Diaana Babnicova), la cual utiliza un elixir mágico que le dio su abuela tarotista. Dieciséis años después, nuestro protagonista creció hasta transformarse en Kraven (Aaron Taylor-Johnson), un cazador de facinerosos con destrezas animales que revienta a un traficante de armas en una prisión rusa, Semyon Chorney (Yuri Kolokolnikov), y sin quererlo desata una suerte de guerra de sucesión que lo involucra, así el malévolo Aleksei Sytsevich (Alessandro Nivola) secuestra al Dmitri mayorcito y pianista (Fred Hechinger) y contrata a un mercenario/ sicario, El Extranjero (Christopher Abbott).
El convulsionado y al mismo tiempo raquítico guión de Richard Wenk, Art Marcum y Matt Holloway sobrecarga el relato de villanos de pacotilla como el forzudo titular, todo un especialista en trepar y encarar saltos sobrehumanos, la Calypso adulta (Ariana DeBose), en las historietas una sacerdotisa vudú, ese Sytsevich que muta en El Rinoceronte, sujeto con una piel impenetrable y un par de cuernos en la frente, El Extranjero, loquito que utiliza la hipnosis para matar a sus presas luego de dejarlas indefensas, e incluso un Dmitri destinado a convertirse en El Camaleón, aquí más un metamorfo que un maestro del disfraz. Sexta entrega y aparentemente la última -según lo que informó Sony por el fracaso total del opus en taquilla, esperemos que el estudio cumpla su palabra- de la franquicia que comenzó con Venom (2018), Venom: Carnage Liberado (Venom: Let There Be Carnage, 2021), Morbius (2022), Madame Web (2024) y Venom: El Último Baile (Venom: The Last Dance, 2024), la obra trae a colación de modo involuntario el cansancio que despierta el cine de superhéroes más idiota, léase el lelo del Marvel Cinematic Universe y productos asociados como el que nos ocupa porque a DC a veces se le escapa alguna joyita como The Batman (2022), de Matt Reeves, o El Pingüino (The Penguin, 2024), miniserie de Lauren LeFranc para HBO.
Arrastrando un tufillo insoportable a “directo a video” de la década del 90 aunque en su versión más cutre y superficial, Kraven, el Cazador resulta larguísima y torpe, no ofrece ni protagonistas atractivos ni adversarios creíbles y para colmo de males incluye CGI a medio cocinar, diálogos lamentables, secuencias de acción poco imaginativas, chistes ineficaces, gore con cuentagotas -a pesar de venderse como un producto para adultos- y un discurso remanido en el que una y otra y otra vez se repite la pavada hollywoodense de la debilidad y la fortaleza para subrayar que Nikolai y Aleksei se parecen porque son unos oligarcas fascistas cuya única doctrina es el darwinismo social, los abusos de poder y las clásicas “tomas de posesión hostiles” del empresariado capitalista, amén de actuaciones en piloto automático que fetichizan determinados tics de cada intérprete hasta transformarlos en unas caricaturas, algo que va desde Taylor-Johnson y Nivola hasta Hechinger, DeBose, Abbott y ese hilarante Russell Crowe improvisando un acento ruso y cobrando el cheque en cuestión, sin duda el único que la pasó bien en el rodaje. Si bien se agradece cierta idea ecologista de fondo y la intentona de combinar acción, espionaje y un neo noir mafioso que se debate entre el honor y los trofeos, la mediocridad todo lo tapa con sus ridiculeces y majadería…
Kraven, el Cazador (Kraven, the Hunter, Estados Unidos/ Reino Unido/ Canadá/ Islandia, 2024)
Dirección: J.C. Chandor. Guión: Richard Wenk, Art Marcum y Matt Holloway. Elenco: Aaron Taylor-Johnson, Russell Crowe, Alessandro Nivola, Christopher Abbott, Fred Hechinger, Ariana DeBose, Yuri Kolokolnikov, Levi Miller, Billy Barratt, Diaana Babnicova. Producción: Matt Tolmach, David B. Householter y Avi Arad. Duración: 127 minutos.