Vivimos en una época en la que la ciclotimia exasperada es la regla y por ello casi todos se van de un extremo al otro sin tener en cuenta la gama de grises de turno ni comprender que el punto de vista del otro, por más distante o antagónico que parezca, siempre guarda algún tipo de similitud con respecto al propio y hasta una relativa verdad, considerando que cada uno considera -valga la redundancia- determinada evidencia y determinados hechos para formular sus conclusiones y deja de lado a ese “resto” que podría refutar nuestro parecer. Tomemos de ejemplo la carrera como director de Sean Penn, señor que empezó detrás de cámaras con un díptico indie noventoso que no vio casi nadie, las muy interesantes Bajo la Misma Sangre (The Indian Runner, 1991) y Vidas Cruzadas (The Crossing Guard, 1995), y que allanó el camino para la película que nos ocupa, Código de Honor (The Pledge, 2001), síntesis de su maduración como cineasta y sus preocupaciones ideológicas atormentadas de siempre, a su vez sucedida primero por la sobrevalorada al extremo Hacia Rutas Salvajes (Into the Wild, 2007), acerca de un burgués bastante imbécil llamado Chris McCandless (Emile Hirsch), típico delirante new age de nuestros días que se murió de puro ingenuo e improvisado en las regiones más inhóspitas de Alaska y que también fue el núcleo de un simpático documental de Ron Lamothe, El Llamado de la Naturaleza (The Call of the Wild, 2007), y segundo por las fallidas El Último Rostro (The Last Face, 2016) y El Día de la Bandera (Flag Day, 2021), realizaciones con motivo de las cuales la prensa y el público contemporáneos volvieron a demostrar cuánto tienden a exagerar tanto al momento de la condena como a la hora de los elogios desproporcionados, un esquema ahora transformado en ataques virulentos y apenas camuflados a Penn en particular por su historial de abuso doméstico -nunca probado del todo debido a que siempre se casó con locas tan importantes/ enajenadas como él mismo, en línea con Madonna, Robin Wright y Leila George- y por su militancia de izquierda apoyando a dictadores y demagogos para molestar al establishment político republicano de Estados Unidos, una mafia de la que buena parte de los actores y los directores del país del norte -casi todos demócratas, otra mafia- adoran burlarse con recelo.
Si la pensamos en términos de la trayectoria concreta de Penn, Código de Honor, al mismo tiempo remake de El Cebo (Es Geschah am Hellichten Tag, 1958), del húngaro Ladislao Vajda, y la primera y tardía adaptación estadounidense de La Promesa: Réquiem para la Novela Policial (Das Versprechen: Requiem auf den Kriminalroman, 1958), novela corta de dramaturgo suizo Friedrich Dürrenmatt, a su vez guionista de la anterior, puede ser leída como una propuesta de transición entre el acervo cassavetiano símil cine independiente clásico de Bajo la Misma Sangre y Vidas Cruzadas y ese vuelco hacia el preciosismo lírico que vendría a posteriori de la mano de Hacia Rutas Salvajes, por cierto muy influenciado por un Terrence Malick con el que Penn colaboraría en ocasión de La Delgada Línea Roja (The Thin Red Line, 1998) y El Árbol de la Vida (The Tree of Life, 2011). Jerry Black (Jack Nicholson, hoy reincidente con respecto a Vidas Cruzadas) es un detective de Reno, en el Estado de Nevada, que en la jornada de su jubilación acompaña a su sucesor, el soberbio Stan Krolak (Aaron Eckhart), a la escena del crimen de una tal Ginny Larsen, nena que fue asesinada con suma brutalidad y cuyo cadáver fue descubierto por un mocoso que vio a un indígena con una deficiencia cognitiva abandonar el lugar, Toby Jay Wadenah (maravilloso desempeño de Benicio Del Toro), a quien Krolak pronto le endilga el asunto hasta que el subnormal se suicida pegándose un tiro con un arma robada a los policías. Black, amigo de su superior Eric Pollack (Sam Shepard), informa a los padres acerca del hallazgo del cuerpo y se ve obligado a prometerle sobre un crucifijo a la madre de la niña, la devota Margaret (Patricia Clarkson), que atrapará al responsable, preludio de una obsesión investigativa autodestructiva que lo llevará a la compulsión y lo hará olvidarse de su retiro y comprar una estación de servicio destartalada a Floyd Cage (el gran Harry Dean Stanton) con el objetivo manifiesto de identificar y detener a lo que cree que es un asesino en serie de mocosas que se mueve en determinada área. Decidido a pescar con carnada, utiliza a una madre soltera y siempre golpeada por su ex, la camarera Lori (Wright), para echar mano de su pequeña hija, Chrissy (Pauline Roberts), purreta que encaja a la perfección con el perfil de las víctimas.
Vale aclarar que dentro del lote de las reinterpretaciones variopintas del opus de Vajda, un clásico absoluto del film noir europeo con ingredientes de El Vampiro Negro (M, Eine Stadt sucht einen Mörder, 1931), de Fritz Lang, y Si Muero antes de Despertar (1952), de Carlos Hugo Christensen, y del trabajo literario de Dürrenmatt, escrito tanto para corregir el “final feliz” de la película de 1958 como para negar estereotipos varios del policial en tanto género como la rutinaria captura del culpable por las autoridades y la ausencia de elementos prosaicos externos que colaboren en la impunidad, Código de Honor por un lado es sin duda la mejor de todas las remakes, seis en total contando la presente, y por el otro lado se mantiene más fiel con respecto al libro si la comparamos con El Cebo, epopeya que como aseverábamos antes optaba por una “lavada de cara” ética para con el detective en cuestión, Matthäi (Heinz Rühmann), quien en última instancia encontraba al asesino, Schrott (Gert Fröbe), un personaje patético que descargaba su furia contra las chiquillas porque no podía desquitarse con su esposa, una arpía y empresaria farmacéutica controladora (Berta Drews), y por ello el oficial recibía el perdón tácito de la fémina manipulada de turno, la Señorita Heller (María Rosa Salgado), por el detalle de servirse de su pequeña hija como carnada, Annemarie (Anita von Ow), exactamente lo contrario a lo que acontece en la propuesta de Penn, inusualmente amarga y valiente para el promedio pusilánime de Hollywood, ya que enfatiza la soledad, la indisimulable misantropía y el descenso hacia la locura de un Jerry que logra identificar al villano, luego de coquetear con la posibilidad de un responsable que resulta ser un falso culpable, el pastor y conductor de una barredora de nieve Gary Jackson (Tom Noonan), y hasta consigue movilizar a un equipo de SWAT al mando de Krolak pero el susodicho no se aparece en el reglamentario encuentro con Chrissy porque fallece en un accidente de tránsito al chocar contra un camión, nos referimos a un tal Oliver al que casi nunca vemos -apenas por unos segundos y desde detrás de una ventana, justo antes de la entrevista de Black con la abuela de Ginny, Annalise (Vanessa Redgrave)- y que parece ser el esposo de una vendedora con retraso mental de una gris tienda navideña (Kathy Jensen).
El guión de los polacos Jerzy y Mary Olson Kromolowski, cuyo único otro trabajo en el séptimo arte es la historia de En el Centro de la Tormenta (In the Electric Mist, 2009), obra perteneciente a ese conjunto de cuatro películas rodadas en inglés por el francés Bertrand Tavernier, ciclo que se completa con las muy poco vistas La Muerte en Directo (La Mort en Direct, 1980), Cerca de la Medianoche (Round Midnight, 1986) y Nuestros Días Felices (Daddy Nostalgie, 1990), recupera motivos cruciales del clásico de Vajda como el periplo vacacional inicial que se desvanece cuando el esbirro institucional desiste de un viaje en avión para continuar investigando el caso, esa promesa/ compromiso del título original que hace referencia a la palabra dada a la progenitora cristiana fanática, Margaret, el facilismo policial infaltable de culpar a un bobo que evidentemente no es el homicida, hoy Wadenah y antes un vendedor ambulante que encontraba el cadáver, Jacquier (Michel Simon), el dibujo pueril de la occisa con un gigante dándole erizos de chocolate y un coche de fondo y por supuesto, finalmente, toda esta estratagema oportunista de ganarse a la madre del cebo viviente, antes una especie de empleada doméstica de la estación de servicio y ahora una mujer vulnerable convertida en amante de Black, para así despertar el interés del psicópata exhibiéndola a orillas de la carretera en un columpio y con un vestido rojo. La presencia de Nicholson, amigo e ídolo profesional de Penn, no es fortuita porque más allá del dejo de thriller melancólico de ocaso la faena también tiene mucho de drama setentoso de realismo sucio y bien ingrato, áspero a más no poder, ya que la idea de fondo de Código de Honor de no tranzar con el mainstream banal para descerebrados de los 80 y 90 en adelante calza con comodidad con una figura mítica de la contracultura como el querido Jack, aquí entregando un unipersonal muy medido y extraordinario a lo “show de un solo hombre” que no teme explorar el costado menos feliz de los fetichismos monotemáticos de la masculinidad y de la vejez en general. A la par más misteriosa y menos explicativa que El Cebo, la película de Penn sabe que la salvación del alma, meta que persigue Jerry con gran ahínco, es imposible cuando el hermetismo ya le ha ganado a cualquier contacto con la realidad que nos rodea…
Código de Honor (The Pledge, Estados Unidos/ Canadá, 2001)
Dirección: Sean Penn. Guión: Jerzy Kromolowski y Mary Olson-Kromolowski. Elenco: Jack Nicholson, Aaron Eckhart, Benicio Del Toro, Patricia Clarkson, Tom Noonan, Robin Wright, Vanessa Redgrave, Helen Mirren, Mickey Rourke, Harry Dean Stanton. Producción: Sean Penn, Elie Samaha y Michael Fitzgerald. Duración: 124 minutos.