No cuesta mucho afirmar que Del Crepúsculo al Amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996) es la mejor película de Robert Rodríguez, la más adictiva y satisfactoria a nivel narrativo y la que mejor sintetiza su peculiar carrera, trayectoria que se movió de manera demasiado esquizofrénica entre por un lado la sinceridad a toda prueba del humanismo freak de su vertiente profesional infantil/ preadolescente/ púber, siempre muy cercana al esperpento o aquella ridiculez absoluta símil Looney Tunes y Fantasías Animadas de Ayer y Hoy (Merrie Melodies), y por el otro lado el cinismo estrambótico, putañero y violento de sus propuestas orientadas al mercado adulto o la autoindulgencia del pastiche posmoderno, también algo empalagosas en su narcisismo anárquico formalista aunque siempre desparramando esas libertad e imprevisibilidad que caracterizaban a los queridos artesanos de antaño, señores que justo a continuación podían aparecerse con cualquier bodrio o con cualquier joya según cómo soplasen los vientos antojadizos del azar, del gusto del público y/ o del oportunismo comercial: la gran responsable de la faceta pueril fue la simpática Mini Espías (Spy Kids, 2001), un éxito rotundo en taquilla que nos condenó a una triste catarata de mamarrachos insoportables compuesta tanto por los corolarios directos de 2002, 2003 y 2011 como por trabajos asociados o de resonancias estilísticas semejantes en línea con Las Aventuras del Niño Tiburón y la Niña de Fuego (The Adventures of Sharkboy and Lavagirl 3-D, 2005), La Piedra Mágica (Shorts, 2009) y Superheroicos (We Can Be Heroes, 2020), y en lo que respecta al cine para adultos de Rodríguez conviene diferenciar sus interesantes películas “originales”, como por ejemplo El Mariachi (1992), Aulas Peligrosas (The Faculty, 1998), Sin City (2005), Planet Terror (2007), Machete (2010) y Battle Angel: La Última Guerrera (Alita: Battle Angel, 2019), del pelotón deslucido de secuelas en sintonía con Desperado (1995) y Érase una vez en México (Once Upon a Time in Mexico, 2003), reformulaciones para el ecosistema anglosajón de El Mariachi, y las redundantes Machete Mata (Machete Kills, 2013) y Sin City: Una Dama por la que Matar (Sin City: A Dame to Kill For, 2014), amén de la desastrosa Red 11 (2018), relectura hueca y muy ficcional de las experiencias del director en una clínica de drogas experimentales en Austin, Texas, mientras trataba de reunir los siete mil dólares de presupuesto total para su famosa ópera prima indie de 1992.
El guión de Del Crepúsculo al Amanecer fue escrito por un Quentin Tarantino que estaba en lo mejor de su carrera, justo a posteriori de dirigir Perros de la Calle (Reservoir Dogs, 1992) y Tiempos Violentos (Pulp Fiction, 1994), ambas asimismo firmadas por su socio de los comienzos Roger Avary, y de aportar las historias de base para Escape Salvaje (True Romance, 1993), de Tony Scott, y la “continuación espiritual” de la anterior Asesinos por Naturaleza (Natural Born Killers, 1994), del pirotécnico Oliver Stone, aunque en realidad el relato principal ya había sido concebido por Robert Kurtzman, un célebre especialista en maquillaje para films de horror y ciencia ficción del entramado hollywoodense que por aquella época había empezado de a poco a dirigir de la mano de trasheadas absolutas como La Demoledora (The Demolitionist, 1995), un rip-off extremadamente Clase B de RoboCop (1987), la joya de Paul Verhoeven, y El Amo de los Deseos (Wishmaster, 1997), producida por nada menos que Wes Craven, genio que gozaba del éxito en taquilla de Scream (1996). Rodríguez, el cual venía de colaborar con Quentin en Cuatro Habitaciones (Four Rooms, 1995), olvidable antología codirigida además por Allison Anders y Alexandre Rockwell, amigotes que por cierto eventualmente volverían a cruzar sus caminos en Sin City, donde Tarantino se puso al mando de las cámaras para una mínima secuencia, y en Grindhouse (2007), díptico que unificaba Planet Terror y aquel bodriazo de Quentin intitulado Death Proof (2007), en Del Crepúsculo al Amanecer nos presenta la sencilla historia de un par de hermanos ladrones de bancos, el eficiente aunque violento Seth Gecko (George Clooney) y el violador serial y psicópata/ mentiroso patológico Richard Gecko (el propio Tarantino), que escaparon de la cárcel, asaltaron otro antro de la mega especulación capitalista y vienen huyendo de la policía con la idea de cruzar a México para entregarse al amparo de un tal Carlos (Cheech Marin) que les comerá el 30% del botín, por ello toman de rehenes a un ex pastor, Jacob Fuller (Harvey Keitel), y sus dos hijos adolescentes, Kate (Juliette Lewis) y Scott (Ernest Liu). La comitiva consigue atravesar la frontera y termina en un bar/ cabaret/ strip club llamado Tornado de Tetas (Titty Twister), gran tugurio en el que el barman Razor Charlie (Danny Trejo) y la stripper Satánico Pandemónium (Salma Hayek) encabezan una troupe de vampiros dispuestos a beber su sangre o más bien a descuartizarlos con celeridad.
Resulta más que evidente que la camaradería y el respeto laboral mutuo entre Tarantino y Rodríguez tienen que ver con la división férrea del trabajo de turno, algo que asimismo se deduce de sus otras colaboraciones y que en esta oportunidad se traduce en una primera mitad controlada por Quentin y una segunda parte en la que Robert “hace lo suyo”, a saber: mientras que Tarantino satura la fase inicial de film noir de acción de la trama con rasgos paradigmáticos de su arsenal de los años 90, como los trajes negros del hampa, las tomas desde los baúles de los coches, diálogos floridos, una estética visceral a lo Sam Peckinpah, Robert Aldrich o Sergio Leone, las fuentes de las letras de los créditos, el ritmo pausado y el tono sardónico a lo Nouvelle Vague, la presencia de un elenco coral de estrellas o de aspirantes a serlo, muchos guiños cinéfilos, un soundtrack rockero y soulero, unas cuantas puteadas al paso y el apego para con una violencia fetichizada que se inspira en el cine de los hermanos Joel y Ethan Coen, Rodríguez por su parte desata su circo demencial en el segundo acto de horror, cuando los hermanos Gecko, el predicador y sus vástagos deben unir fuerzas junto a un par de extraños, Frost (Fred Williamson) y Máquina Sexual (Tom Savini), para combatir a estos chupasangres que responden a un linaje ancestral azteca, así las cosas pronto nos topamos con un humor simple aunque gracioso, mucho ardor visual exploitation, el combo “putas + armas bizarras + gore + marginalidad”, ese pulso narrativo que señalábamos antes símil dibujos animados de la Warner Bros. de los años 30, 40 y 50, coqueteos con el spaghetti western, el drama familiar y la comedia satírica desaforada de ZAZ, léase el trío de Jim Abrahams y los hermanos David y Jerry Zucker, la conjunción de artificio digital y practical effects de vieja escuela y finalmente el cariño para con la súper acción ochentosa y caricaturesca. Si el derrotero pueril del Rodríguez modelo Mini Espías puede ser desconcertante, como lo fue el vuelco de Luc Besson hacia comarcas semejantes a partir de Arthur y los Minimoys (Arthur et les Minimoys, 2006), a decir verdad forma parte de la misma cosmovisión artística vinculada a la Clase B hiperbólica, la autoparodia, la combinación semi asiática de géneros y la efervescencia melodramática y las complejas coreografías de aquella Matanza Heroica/ Heroic Bloodshed de John Woo y Ringo Lam, idiosincrasia duplicada en Machete, Planet Terror, Sin City, El Mariachi y sus corolarios.
Apuntalada también en otros latiguillos del cineasta norteamericano de estirpe mexicana como el montaje agitado y cuasi videoclipero de la segunda mitad, los zooms furiosos, los primeros planos a toda pompa y ese morphing berreta noventoso para la transformación de los humanos en criaturas nocturnas, la odisea resume muy bien los “retazos cinéfilos” del mainstream lúdico de los 90 porque no se anda con vueltas al momento de explicitar sus influencias, panorama que va desde el asedio y esas carnicerías vehementes y aventureras de La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, 1969), del siempre revulsivo Peckinpah, y Asalto al Presidio 13 (Assault on Precinct 13, 1976), de John Carpenter, la primera aludida por Seth al inicio del relato y la segunda por Scott mediante una remera, hasta los aquelarres y la seducción sacrílega de Carrera contra el Diablo (Race with the Devil, 1975), de Jack Starrett, y Satánico Pandemónium: La Sexorcista (1975), del prolífico Gilberto Martínez Solares, el opus de Starrett recuperado a través del motivo de la casa rodante/ motorhome vacacional de Jacob y el film de Martínez Solares, gran clásico del cine mexicano de terror y del trash de corazoncito nunsploitation en general, mediante el nombre del personaje de Salma Hayek, cuya recordada danza con una serpiente en el hilarante escenario del Tornado de Tetas justifica de por sí toda la experiencia. Antes del neopuritanismo repugnante del Hollywood del nuevo milenio y sus socios del streaming planetario, la pequeña y deliciosa película de Rodríguez se sumerge sin medias tintas en el onanismo del sexploitation, una perversidad digna de Lucio Fulci o Joe D’Amato, las road movies existencialistas de los 70, el gore irónico modelo George A. Romero, Larry Cohen, William Lustig o los primeros Peter Jackson y Sam Raimi, el policial siempre marginal de Don Siegel y Samuel Fuller y la desproporción de campeones del underground como los aquí perfectos Savini, legendario especialista en efectos especiales, y Williamson, tótem del blaxploitation de los 70, amén de la participación de figuras algo menores aunque entrañables como Marc Lawrence, John Saxon e incluso Michael Parks como el policía texano Earl McGraw, este último un actor fetiche de Tarantino, Rodríguez y Kevin Smith. Al hablar de la realización muchas veces se pasa por alto el hecho de que responde a dos corrientes distintas pero interconectadas, por un lado la tradición de unificar vampiros y comedia negra siguiendo los pasos de La Hora del Espanto (Fright Night, 1985), el opus de Tom Holland, Que no se Entere Mamá (The Lost Boys, 1987), de Joel Schumacher, Cuando Cae la Oscuridad (Near Dark, 1987), de Kathryn Bigelow, y Escuadrón Antimonstruos (The Monster Squad, 1987), de Fred Dekker, y por el otro lado la mucho más popular propensión a combinar horror e iconografía del Viejo Oeste, esquema que se remonta a Maldición Diabólica (Curse of the Undead, 1959), de Edward Dein, pasa por La Venganza del Muerto (High Plains Drifter, 1973), de Clint Eastwood, y El Búfalo Blanco (The White Buffalo, 1977), de J. Lee Thompson, y llega hasta Duelo de Malditos (Grim Prairie Tales, 1990), de Wayne Coe, Demonio del Polvo (Dust Devil, 1992), joya de Richard Stanley, Hombre Muerto (Dead Man, 1995), de Jim Jarmusch, Vampiros (Vampires, 1998), de Carpenter, Voraz (Ravenous, 1999), de Antonia Bird, y la citada Cuando Cae la Oscuridad, entre otras. Keitel, Tarantino y Lewis están bien aunque los que se llevan las palmas son los acelerados Clooney, Williamson y Savini, además de la graciosa intervención de Trejo, más adelante el antihéroe de Machete, y el sensual aporte de Hayek, estupenda actriz que ya se había hecho conocida en el ambiente internacional gracias a Desperado. Como si se tratase de una montaña rusa astuta que se va por la tangente cuando amaga con retomar clichés del vértigo y de las explosiones anímicas ya agotadas, Del Crepúsculo al Amanecer, eje de dos secuelas apestosas y una serie de TV también paupérrima, sabe aprovechar la algarabía más terrorista y con cojones del cine de género de antaño de una forma que Tarantino nunca pudo redondear del todo por más que logró acercarse en el caso de su trilogía primigenia del film noir, esa de Perros de la Calle y Tiempos Violentos más Jackie Brown (1997), y en el díptico de Kill Bill: Volumen 1 (Kill Bill: Volume 1, 2003) y Kill Bill: Volumen 2 (Kill Bill: Volume 2, 2004), un planteo que sin dudas se extraña mucho en el fluir conservador y castrado de un Siglo XXI que ni siquiera puede entregar delirios, ejercicios estéticos o refritos de segunda mano como el presente…
Del Crepúsculo al Amanecer (From Dusk Till Dawn, Estados Unidos/ México, 1996)
Dirección: Robert Rodríguez. Guión: Quentin Tarantino. Elenco: George Clooney, Quentin Tarantino, Salma Hayek, Harvey Keitel, Juliette Lewis, Cheech Marin, Danny Trejo, Tom Savini, Fred Williamson, Michael Parks. Producción: Meir Teper y Gianni Nunnari. Duración: 108 minutos.