Jack Cardiff (1914-2009) fue quizás el mejor director de fotografía de la historia del cine y prueba de ello constituyen realizaciones fundamentales como Bajo el Signo de Capricornio (Under Capricorn, 1949), de Alfred Hitchcock, Pandora y el Holandés Errante (Pandora and the Flying Dutchman, 1951), de Albert Lewin, La Reina Africana (The African Queen, 1951), obra de John Huston, Los Vikingos (The Vikings, 1958), de Richard Fleischer, Fanny (1961), de Joshua Logan, Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 1978), de John Guillermin, Los Perros de la Guerra (The Dogs of War, 1980) y Cuento de Fantasmas (Ghost Story, 1981), ambas de John Irvin, y por supuesto la maravillosa trilogía de Escalera al Cielo (A Matter of Life and Death, 1946), Narciso Negro (Black Narcissus, 1947) y Las Zapatillas Rojas (The Red Shoes, 1948), las tres de Michael Powell y Emeric Pressburger alias The Archers, colección a la que se suman trabajos accesorios en sintonía con Los Últimos Días de Pompeya (The Last Days of Pompeii, 1935), su debut no acreditado bajo las órdenes de Ernest B. Schoedsack, César y Cleopatra (Caesar and Cleopatra, 1945), de Gabriel Pascal, Las Aventuras del Capitán Scott (Scott of the Antarctic, 1948), de Charles Frend, La Rosa Negra (The Black Rose, 1950), opus de Henry Hathaway, La Caja Mágica (The Magic Box, 1951), de John Boulting, El Bribón del Mar (The Master of Ballantrae, 1953), de William Keighley, La Condesa Descalza (The Barefoot Contessa, 1954), de Joseph L. Mankiewicz, La Guerra y la Paz (War and Peace, 1956), de King Vidor, El Niño y el Toro (The Brave One, 1956), film de Irving Rapper, El Príncipe y la Corista (The Prince and the Showgirl, 1957), de Laurence Olivier, Leyenda de los Perdidos (Legend of the Lost, 1957), otra más de Hathaway, El Príncipe y el Mendigo (The Prince and the Pauper aka Crossed Swords, 1977) y Conan, el Destructor (Conan, the Destroyer, 1984), las dos de Fleischer, Los Ojos del Gato (Cat’s Eye, 1985), antología de Lewis Teague, y Rambo II (Rambo: First Blood Part II, 1985), de George P. Cosmatos, entre muchas otras epopeyas que lo pasearon por una pantalla que fue mutando gradualmente desde el blanco y negro hacia el Technicolor y mucho más allá ya que la capacidad de adaptación e inventiva de Cardiff era extraordinaria.
En el Siglo XXI muy pocos recuerdan que el susodicho probó suerte como realizador, sobre todo durante la década del 60, a través de una retahíla de propuestas que lo posicionaron como un artesano desparejo y un tanto trash, como si no le importase el prestigio industrial o simplemente disfrutase del cine de género más aparatoso y/ o desprejuiciado, así las cosas entregaría apenas dos obras verdaderamente memorables, léase Hijos y Amantes (Sons and Lovers, 1960), adaptación de la célebre novela de 1913 de D.H. Lawrence que fue lo más cercano al “cine serio” en la faceta como director de Cardiff, y El Último Tren a Katanga (The Mercenaries aka Dark of the Sun, 1968), gesta siempre disfrutable que en el universo hispanoparlante también es conocida como Los Mercenarios y de hecho rankea en punta como la mejor y más revulsiva tentativa del británico dentro del mainstream furiosamente comercial de la época, la primera encarada después de tres aventuras criminales simpáticas, esas Vacaciones en España (Scent of Mystery aka Holiday in Spain, 1960), Trama Siniestra (Beyond This Place aka Web of Evidence, 1959) y La Amenaza Implacable (Intent to Kill, 1958), ópera prima que en términos concretos llegó luego del que hubiese sido su debut, La Historia de Guillermo Tell (The Story of William Tell, 1953), película independiente rodada en Italia con Errol Flynn que colapsó por motivos financieros y no llegó a completarse, y la segunda efectivamente rodeada de odiseas heterogéneas aunque en mayor o menor medida intrascendentes como Mi Dulce Geisha (My Geisha, 1962), El León (The Lion, 1962), Los Invasores Vikingos (The Long Ships, 1964), El Soñador Rebelde (Young Cassidy, 1965), Asesino a Sueldo (The Liquidator, 1965) y El Sello de la Muerte (Penny Gold, 1973), sin olvidarnos de las indescriptibles La Chica de la Motocicleta (The Girl on a Motorcycle aka Naked Under Leather, 1968), incursión en la bella contracultura del período, y Mutaciones Macabras (The Mutations, 1974), faena muy grotesca de horror. El Último Tren a Katanga, asimismo, fue uno de los primeros intentos de la gran industria anglosajona de analizar sin racismo ni romantizaciones la Descolonización de África, proceso que abarca desde los 50 hasta mediados de los años 70 e implica un sinfín de revueltas, guerras civiles y genocidios.
La trama está centrada en la Rebelión Simba (1963-1965), un alzamiento de izquierda que se engloba en la Guerra Fría y esa Crisis del Congo (1960-1965) en la que la derecha en el poder, encabezada en esencia por el Presidente Joseph Kasa-Vubu y el Comandante en Jefe del Ejército Joseph-Désiré Mobutu/ Mobutu Sese Seko y apoyada por Estados Unidos y el antiguo colonizador, Bélgica, se enfrentó a rebeldes de inspiración maoísta que recibían apoyo de Cuba, China y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y exaltaban a Patrice Lumumba, legendario Primer Ministro inicial del Congo luego de la independencia de 1960 que fuera asesinado en 1961 a sus 35 años de edad por la CIA, los fascistas occidentales y sus socios locales, prólogo para el arribo de un ejército de mercenarios provenientes del Reino Unido, Sudáfrica, Francia, Angola, Alemania del Oeste, España e Irlanda, a la postre derrotando a los sublevados, eliminando algunos intentos secesionistas -el más importante en la Provincia de Katanga, sede de minas de coltán, radio, cobre, uranio, cobalto, estaño y diamantes- y pavimentando el terreno para la espantosa dictadura de Mobutu (1965-1997), quien rebautizó al país Zaire. La historia es extremadamente simple y gira alrededor del Capitán Bruce Curry (un Rod Taylor más salvaje que nunca), mercenario yanqui que junto a su segundo al mando, el Sargento Ruffo (Jim Brown en modalidad proto blaxploitation), es contratado por el presidente del Congo, Mwamini Ubi (Calvin Lockhart), y el infaltable oligarca minero de Bélgica, Delage (Guy Deghy), para recuperar 50 millones de dólares en diamantes que están en una bóveda de un pueblo inhóspito a punto de ser arrasado por los simbas en sólo tres días, todo con la excusa de rescatar a los habitantes blanquitos del lugar. Debiendo aceptar la presencia del Capitán Henlein (Peter Carsten), ex nazi que está a cargo de las tropas congoleñas, y con la ayuda de un matasanos ultra alcohólico, el Doctor Wreid (Kenneth More), Curry se sube a un pequeño tren y en el viaje se topa con una linda rubia que recientemente enviudó por obra y gracia de los rebeldes, Claire (Yvette Mimieux), una entre varias complicaciones que incluyen un ataque aéreo de la ONU, un temporizador en la bóveda, una hembra preñada, la codicia de Henlein y por supuesto los tremendos simbas.
Con la idea general de denunciar la complicidad del Primer Mundo en la Crisis del Congo, otra de las catástrofes provocadas por la rapiña colonial capitalista y la deuda externa que dejó detrás, y de enfatizar el hecho de que los mercenarios de Taylor y Brown cuentan con más honor/ integridad que el oficial institucionalizado en la piel de Carsten, un psicópata o neonazi simbólico que ejecuta a dos niños congoleños por considerarlos posibles espías de los simbas, Cardiff en El Último Tren a Katanga se luce en primer lugar en la dimensión visual (planos aéreos, zooms, tomas desde las ametralladoras, ralentíes, superposiciones y mucha panorámica monumental) y en segunda instancia en las carnicerías y atropellos del montón (mutilaciones, refriega con motosierra, antorcha introducida en boca, muchísimos morteros, algún que otro suicidio, machetes, tortura varia, bayonetas, una casi decapitación mediante la locomotora, un brazo roto, cuchilladas, esas violaciones tanto masculinas como femeninas -incluidas monjas- y aquellos purretes masacrados, amén del cruento bacanal de los simbas y a posteriori de los mercenarios en el asentamiento minero de los caucásicos). Parte de la tradición del séptimo arte en torno al convoy sobre rieles, esa que arranca en El Maquinista de La General (The General, 1926), de Buster Keaton y Clyde Bruckman, El Expreso de Shanghái (Shanghai Express, 1932), faena de Josef von Sternberg, y La Dama Desaparece (The Lady Vanishes, 1938), de Hitchcock, pasa por Testigo Accidental (The Narrow Margin, 1952), del querido Fleischer, Tren Nocturno (Pociag, 1959), de Jerzy Kawalerowicz, El Tren (The Train, 1964), de John Frankenheimer, Crimen en el Coche Cama (Compartiment Tueurs, 1965), debut de Costa-Gavras, Emperador del Polo Norte (Emperor of the North Pole, 1973), de Robert Aldrich, La Captura del Pelham 1-2-3 (The Taking of Pelham One Two Three, 1974), de Joseph Sargent, Asesinato en el Expreso de Oriente (Murder on the Orient Express, 1974), de Sidney Lumet, El Expreso de Chicago (Silver Streak, 1976), una comedia de Arthur Hiller, Bastardos sin Gloria (Quel Maledetto Treno Blindato, 1978), de Enzo G. Castellari, El Gran Asalto al Tren (The First Great Train Robbery, 1978), de Michael Crichton, y Escape en Tren (Runaway Train, 1985), de Andrey Konchalovskiy, y llega hasta realizaciones recientes como Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited, 2007), de Wes Anderson, Ocho Minutos antes de Morir (Source Code, 2011), de Duncan Jones, y Snowpiercer (2013), de Bong Joon-ho, la película, festejada por Martin Scorsese y Quentin Tarantino, evidentemente aprovecha la popularidad en la época del spaghetti western de la mano de aquella Trilogía del Dólar o Trilogía del Hombre sin Nombre de Sergio Leone, Por un Puñado de Dólares (Per un Pugno di Dollari, 1964), Por unos Dólares más (Per qualche Dollaro in più, 1965) y El Bueno, el Malo y el Feo (Il Buono, il Brutto, il Cattivo, 1966), sustrato que incluye no sólo el carácter despiadado del villano sino asimismo el emparejamiento entre los mercenarios negro y blanco, Ruffo y Curry, el humor que aporta nuestro médico sarcástico y borrachín y el ensalzamiento en general de la vehemencia polirubro y la figura del antihéroe, hoy un Taylor que venía de colaborar con el director en El Soñador Rebelde y Asesino a Sueldo y estaba en lo mejor de su trayectoria como lo demuestran La Máquina del Tiempo (The Time Machine, 1960), de George Pal, La Noche de las Narices Frías (One Hundred and One Dalmatians, 1961), de Clyde Geronimi, Hamilton Luske y Wolfgang Reitherman, Los Pájaros (The Birds, 1963), de Hitchcock, y 36 Horas (36 Hours, 1964), de George Seaton. El escueto guión de Ranald MacDougall y Adrian Spies, sobre la novela homónima de 1965 del sudafricano Wilbur Smith, no es precisamente una joya aunque aporta el pretexto perfecto para que Cardiff exprima la maravillosa música de Jacques Loussier, colabore sin acreditar en la fotografía con Edward Scaife, despliegue un nivel de crueldad inusitado para aquel tiempo, de por sí toda una jugada vanguardista y subversiva, e incluso apueste en el desenlace, cuando Curry revienta a Henlein, el asesino de Ruffo, y eventualmente se entrega al Cabo Kataki (Bloke Modisane) para ser sometido a una corte marcial, por una civilidad precaria en tanto cierre de la doble brutalidad de fondo, la mercenaria de la depredación neocolonial y la vernácula de influjo menesteroso feliz y semi cavernícola que busca una venganza de nunca acabar…
El Último Tren a Katanga (The Mercenaries aka Dark of the Sun, Reino Unido/ Estados Unidos, 1968)
Dirección: Jack Cardiff. Guión: Ranald MacDougall y Adrian Spies. Elenco: Rod Taylor, Jim Brown, Peter Carsten, Yvette Mimieux, Kenneth More, André Morell, Olivier Despax, Guy Deghy, Bloke Modisane, Calvin Lockhart. Producción: George Englund. Duración: 101 minutos.