No es casualidad que Umberto D. (1952), uno de los grandes pilares del neorrealismo italiano, comience con una manifestación que protesta para obtener mejoras salariales y aumentos en las pensiones para los jubilados en el centro de Roma. Ya a comienzos de la década del cincuenta la República Italiana había entrado en un período de crecimiento que empujó las ganancias de los empresarios, pero no tanto las de los trabajadores y menos aún las pensiones de los jubilados. Reprimida por no estar autorizada, la pacífica manifestación se desbanda y los ancianos se esconden para no ser arrestados ni sufrir la típica cólera policial, siempre dispuesta a pegarle por nada a los humildes para proteger las ganancias de los poderosos.
La huida de la represión presenta y centra la mirada en Umberto Doménico Ferrari (Carlos Battisti), un jubilado de una dependencia pública que necesita desesperadamente un aumento en su pensión para no quedar en la calle, dado que la dueña de la pieza que alquila en Roma, Antonia (Lina Gennari), una cantante de ópera con ínfulas aristocráticas a la que Umberto ayudó durante la peor parte de la guerra, quiere desalojarlo de su cuarto para disponer de una habitación extra. Para no quedar a la intemperie y tener que ir a dormir a un ominoso refugio público, Umberto debe pagarle quince mil liras que le debe a la dueña, una suma prácticamente imposible de conseguir en una sociedad aún golpeada por las esquirlas de la guerra pero que ya comienza a mostrar mejorías, lo que atenta contra un anciano sin un buen sueldo que en lugar de utilizar su cargo para enriquecerse ha intentado ayudar a las personas que lo rodean. Para ahorrar, Umberto finge una gripe para que lo internen en un hospital, por lo que debe dejar a su querido perro Flike con la sirvienta de la dueña, María (Maria Pía Casilio), una cándida joven que teme que su empleadora la despida cuando descubra que está embarazada. Para colmo la chica que se la pasa luchando contra una invasión de hormigas y no sabe si el hijo que espera es de su novio de Florencia o del de Nápoles. Al salir del hospital Umberto regresa a la pieza para ver cómo la dueña ha puesto a trabajar a unos peones en la unión de la habitación con el cuarto contiguo, demoliendo una pared y sacando el empapelado. Pero lo que realmente alarma a Umberto es que Flike se ha escapado, por lo que emprende una afiebrada búsqueda de su amado compañero canino.
A principios de la década del cincuenta Italia había iniciado una etapa de crecimiento sostenido de la mano del Plan Marshall que había apuntalado con su préstamo a un gobierno de centro derecha, dirigido por los democratacristianos, que intentaba encauzar el pesimismo del cine neorrealista italiano, el cual señalaba la crueldad de un sistema social y económico injusto que dejaba a la enorme mayoría del pueblo en el camino, hacia un cine menos crítico. Esta situación claramente no hizo mella en la actitud de De Sica, que mantuvo una línea coherente comenzada en El Limpiabotas (Sciusciá, 1946) y que continuó con Ladrón de Bicicletas (Ladri di Biciclette, 1948) y la emblemática Milagro en Milán (Miracolo a Milano, 1951), período que culminaría con Estación Terminal (Stazione Termini, 1953) luego de Umberto D., ya abandonando la austeridad del movimiento pero no las temáticas sociales, que se acrecentaban a medida que la desigual distribución del crecimiento ampliaba las contradicciones de una sociedad en ebullición con dos modelos económico, social y cultural diametralmente opuestos en pugna.
Si con El Limpiabotas De Sica irrumpiría grandiosamente en el neorrealismo gracias a un film que sorprendía por su desesperanza, Ladrón de Bicicletas, Milagro en Milán y Umberto D. continuaban y ampliaban los alcances de una crítica social feroz que aquí se centra en el abandono por parte del sistema de una generación de ancianos de clase media que con su pensión no podían afrontar los aumentos en los alquileres en la capital italiana, a lo que se sumaba un contexto lleno de personajes secundarios que completaban el lienzo comunal intentando sobrevivir como podían en una sociedad clasista en la que era muy difícil prosperar y menos aún ascender en la escala plutocrática.
El maravilloso guión de Cesare Zavattini, socio de De Sica en prácticamente toda la carrera del director y gran artífice del espíritu de su filmografía, es verdaderamente desolador. Si Zavattini ofrece a un hombre abatido empujado hacia la autodestrucción y que llega a contemplar seriamente la posibilidad del suicidio como conclusión de una serie de desgracias que configuran un entramado social de exclusión y eliminación de los eslabones más humanos e improductivos de la sociedad, De Sica consigue tomas desesperantes y emotivas y primeros planos desgarradores en un retrato social que rompe con uno de los principales elementos del cine neorrealista, el final desolador. A diferencia de muchos de sus colegas, De Sica introduce un final esperanzador en el neorrealismo: a pesar de todos los infortunios Umberto encuentra solaz en la relación con su fiel amigo, Flike, que nunca se cansa de jugar y que lo sigue a todos lados, lo elige y lo busca cuando el anciano se esconde. En el amor del perro Umberto encuentra la fuerza para seguir, a pesar de que todo se ha venido abajo. Los indicios de un final trágico dan un vuelco de ciento ochenta grados, dejando una sensación contradictoria en el espectador, que ve cómo el hombre ha perdido todo menos lo único que importa, aprendiendo una valiosa lección sobre el mundo, la sociedad, el ser humano y las relaciones cotidianas.
Aquí De Sica repitió su colaboración con el director de fotografía Aldo Graziati, con el que había logrado un gran entendimiento en Milagro en Milán, consiguiendo tomas verdaderamente magníficas que realzan las actuaciones. En Umberto D. Carlo Battisti ofrece una interpretación brillante, llena de matices, que se apropia de su personaje para darle un carácter humano, contradictorio, capaz de olvidar su tragedia diaria para aconsejar a la joven sirvienta, María, con la que tiene una amistad enternecedora, dado que la mujer prácticamente considera al anciano el padre que hubiera deseado y ella es la hija de la que Umberto se sentiría orgulloso.
Umberto D. es una de las películas más conmovedoras del cine italiano, construida magistralmente en cada escena, desde los encuentros fortuitos, la alegría de los instantes felices que se agotan rápidamente y la desesperación de las situaciones apremiantes que amenazan con destruir los planes de una vida, en suma una obra universal que denuncia al sistema capitalista donde hay que reformarlo para cambiar su lógica y construir una sociedad más justa.
Umberto D. (Italia, 1952)
Dirección: Vittorio De Sica. Guión: Cesare Zavattini. Elenco: Carlo Battisti, Maria Pia Casilio, Lina Gennari, Ileana Simova, Elena Rea, Memmo Carotenuto, Alberto Albani Barbieri, Pasquale Campagnola, Riccardo Ferri, Lamberto Maggiorani. Producción: Vittorio De Sica, Angelo Rizzoli y Giuseppe Amato. Duración: 89 minutos.